sábado, 27 de julio de 2019

Un enigma llamado “Fabiola” (Adriana del Carmen Mendoza Candia) a

Un enigma llamado “Fabiola” (Adriana del Carmen Mendoza Candia)




El septiembre de 1986, en una casa en el Cajón del Maipo, una veintena de combatientes del FPMR se prepara para morir. Están a punto de atentar contra la comitiva de Augusto Pinochet y tienen la certeza de que no saldrán con vida. Sólo uno de ellos es mujer; usa la chapa de “Fabiola”. La emboscada fracasa, pero la joven logra huir, evadiendo por años a la justicia. Su huella fue seguida por el periodista Juan Cristóbal Peña, autor de Los fusileros, la más completa investigación publicada sobre el atentado y sus protagonistas. Esta es la historia de esa búsqueda. En la emboscada a Pinochet se inspiró parte del octavo capítulo de la serie Los archivos del cardenal.
Por Juan Cristóbal Peña

as cosas ocurren en los patios de la antigua Peña de los Parra. Calle Carmen, entre Marín y Santa Victoria. Es de noche, es comienzos de septiembre de 2006 y en minutos comenzará un acto de homenaje por los veinte años transcurridos desde el atentado al general Pinochet. En ese entonces, cuando el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) estuvo a punto de matar a Pinochet, muchos de los presentes en este patio bordeaban los veinte años y eran muchachos y muchachas dispuestos a dar la vida. Más todavía en el caso de quienes se ofrecieron a participar de una acción que -se les dijo- cambiaría la historia de Chile pero en la que había un uno por ciento de posibilidades de salir con vida. Todos los fusileros salieron con vida de esa acción, pero en el camino varios fueron perdiéndola. Por las balas, por las torturas, por el cáncer y por accidentes de tránsito.
Más que héroes, los fusileros que quedan vivos para septiembre de 2006 son sobrevivientes, y algunos de ellos –y ella- rondan por los patios de la antigua Peña de los Parra.
Ella es “Fabiola”, la Negra “Fabiola”, la única mujer que esa tarde de domingo 7 de septiembre de 1986 disparó a la caravana en que viajaba el dictador. La única de entre veinte hombres.
“Fabiola” pertenece a la categoría de los fusileros que fue identificado pero jamás detenido. Jamás hasta que un hecho casual ocurrido mucho después del atentado la llevó a pasar unos pocos días en prisión, sin que se acreditara su autoría en el hecho por el que tenía orden de captura.

Vivió en la clandestinidad por muchos años. Incluso hasta después del fin de la dictadura. La prensa y la policía de los años ochenta la llamaron “una peligrosa terrorista” y la describieron como “morena y de estatura baja”. Esa misma policía, y la que vino después en democracia, la supuso participando en hechos subversivos de relieve. Ella misma corroboró esto último en una entrevista a Punto Final -la única que ha dado-, en la que dijo que esa tarde de domingo 7 de septiembre, en la cuesta las Achupallas del Cajón del Maipo, “las fuerzas de elite de la comitiva del tirano no dispararon un solo tiro” y “se lanzaron como conejos al barranco que da al río Maipo”.
Esa noche de septiembre de 2006, a veinte años de lo que el FPMR llamó tiranicidio, “Fabiola” subirá a un pequeño escenario y saludará a los presentes diciendo hermanos, compañeros, la lucha continua, aunque de otro modo y en otro frente. Luego subirá un muchacho con una guitarra eléctrica para interpretar una versión metalera del himno del FPMR. Esto es: una versión subversiva de un grupo subversivo. Entonces “Fabiola” volverá al escenario y presentará lo que todos han venido a ver: un documental del atentado producido por los autores del atentado.
La sala se ensombrece y la pantalla proyecta el emblema del FPMR. Por cinco, diez, quince minutos. Se escuchan tímidas rechiflas, algunas bromas. El público se inquieta, comienza a levantarse de sus asientos. Entonces alguien sube al escenario y explica que si bien, por problemas técnicos, no se podrá exhibir la película, quedan todos invitados a un vino de honor. La fecha para un nuevo estreno será anunciada en los próximos días.
Lo que ha ocurrido es un deja vu. Una cruel relación de hechos desafortunados. Como hace veinte años, el estreno de una película documental sobre el atentado falla por impericia de sus autores.

***

La primera vez que contacté a “Fabiola” fue por correo electrónico. Le conté que preparaba un libro sobre el atentado a Pinochet y que quería hablar con ella sobre el tema. Le dije que había estado en Francia y Bélgica hablando con algunos de los 21 fusileros y que la idea era contar sus vidas, quienes eran antes de esa acción y qué había sido de ellos –y de ella- después. Le escribí un largo y cuidado correo electrónico y de vuelta recibí uno corto y seco.

-Gracias, no me interesa.

Para entonces, por testimonios de ex frentistas, sabía algo de ella. Había pertenecido a las fuerzas especiales del FPMR, encargadas de realizar las acciones más connotadas y audaces, acciones de propaganda armada que pretendían apoyar el levantamiento popular al que apostaba la organización militar, apoyada por el Partido Comunista, del que dependía. En su diseño original, el FPMR no buscaba derrotar por las armas al ejército de Pinochet. Eso habría sido un delirio. Más bien el FPMR era el puntal que impulsaría a las masas a alzarse contra el dictador en tiempos en que el descontento popular campeaba. De ahí se entiende que además de organizar asaltos para financiarse y acciones de hostigamiento contra cuarteles de la CNI, la organización realizara apagones, secuestros de figuras del régimen, robos a camiones de pollos que eran repartidos en poblaciones, y tomas de medios de comunicación para la difusión de proclamas.
“Fabiola” fue la mujer -la única, otra vez- que participó de la toma de radio Minería, en junio de 1984. El FPMR cumplía seis meses de vida y sus fuerzas especiales llegaron hasta los estudios de Providencia esquina Tobalaba para realizar la que fue considerada la acción más audaz y efectiva que se le conociera hasta entonces. Técnicos y periodistas fueron encerrados en un casino mientras en La Florida un segundo grupo se ocupaba de neutralizar a los custodios de la antena transmisora. A esas horas de la noche, quienes escuchaban al locutor deportivo que relataba un partido de fútbol en directo desde el Estadio Nacional se encontraron con la grabación en caset de una voz gangosa y enérgica que dijo:
Atención, pueblo de Chile: la dirección del Frente Patriótico Manuel Rodríguez se dirige al país. Hermanos, la paciencia de los chilenos se está agotando. ¿Hasta cuando vamos a seguir soportando esta miseria a la cual se nos pretende condenar? ¿Hasta cuándo tanta hambre, tanta cesantía y tanta pobreza? ¿Hasta cuándo tendremos que vivir así, mientras unos pocos se apropian de los bienes nacionales? (…) ¿Hasta cuándo habrá que soportar tanta injusticia? ¿Tanto atropello a nuestra dignidad? ¿Tanto crimen de la siniestra CNI? ¿Tanta persecución y tanto abuso? ¿Hasta cuándo? (…) Sólo cabe luchar con renovada fuerza, empleando todos los medios que podamos, incluidas las armas.
Dos días después de la difusión de esta proclama, La Tercera del 8 de junio informaba que “el grupo, en el que aparentemente participaba una mujer, permaneció alrededor de cinco minutos en las oficinas de radio Minería”. Y que “una vez que la proclama comenzó a ser difundida, los desconocidos se retiraron” con rumbo desconocido.

Las fuerzas especiales de ese entonces estaban a cargo de Fernando Larenas Seguel, el “Loco” Larenas, ex estudiante de Ingeniería y recordado arquero del Club Social y Deportivo Orompello. Era muy cercano a otros dos jugadores del mismo club del conurbano entre Viña del Mar y Valparaíso que participarán del atentado a Pinochet y harán fama en el FPMR: Mauricio Hernández Norambuena y Mauricio Arenas Bejas. Como todos y todas en esta y en cualquier otra organización subversiva, y también en algunas de fachada legal como la misma CNI, sus integrantes usaban apodos para evitar ser identificados. Larenas era “Salomón” y así lo conocían “Fabiola” y otros combatientes que formaban parte de las fuerzas especiales..
Por testimonios y archivos judiciales supe que “Salomón” no sólo tenía a cargo un grupo de elite sino también que era uno de los que seleccionaba combatientes para enviarlos a instruirse militarmente en Cuba. Seleccionaba y daba instrucciones y dinero y mensajes cifrados en clave que solían ir embutidos al interior de un tubo de pasta dental. “Salomón” solía citar a sus subordinados en el Parque O’Higgins o en un restorán chino cercano al Paradero 9 de la Gran Avenida José Miguel Carrera llamado Sayonara. A sitios como este, que eran sitios de encuentros regulares, el FPMR los llamaba la oficina.

Es probable que “Fabiola” haya sido citaba a esta o a alguna otra oficina frecuentada por “Salomón”. Y que fuera el mismo “Salomón” quien le diera la noticia de que seguiría un curso de instrucción militar en Cuba. Aunque también es probable que la noticia se la diera Benito, el jefe que reemplazó a “Salomón” al frente de las fuerzas especiales una vez que en octubre de 1984 éste quedó fuera de combate. El hecho seguro es que en algún momento de su carrera subversiva “Fabiola” viajó a Cuba para aprender aspectos básicos de guerrilla urbana. Y que cuatro meses después del asalto a radio Minería, mientras caminaba por las cercanías del Sayonara, “Salomón” fue emboscado por la CNI.

Como correspondía a un combatiente de su talla y experiencia, “Salomón” acostumbraba andar armado y decía, como decían muchos en el FPMR, que un combatiente jamás se entrega, que antes es mejor resistir a tiros que caer en manos de los chanchos. Eso fue precisamente lo que hizo “Salomón”: se enfrentó a balazos, pero así y todo, tras recibir un tiro en la cabeza que lo dejó muy mal herido, cayó en manos de la CNI.

Ocho meses después, en junio de 1985, sus compañeros lo rescataron a balazos desde una clínica y lo sacaron del país, pero “Salomón” nunca más volvió a ser el de antes. La bala en la cabeza lo dejó con un daño neurológico irreparable.

“Fabiola” debió sentir el golpe, luego también el consuelo de saber liberado a “Salomón”. Pero ella fue leal a otra máxima que alguna vez pronunció “José Miguel”, el jefe de jefes de la organización, quien dijo que el “dolor no nos detiene a llorar”, “el dolor y la rabia -agregó- no se transforman en llanto, sino en más fuerza y empuje para salir adelante”. Eso fue precisamente lo que los jefes de “Fabiola” vieron en ella: una mujer con arrojo y preparación militar. Más capaz y preparada que varios de los hombres seleccionados para actuar en esa acción que debía cambiar la historia de Chile.

***

La segunda vez fue en directo, en septiembre de 2006, en los patios de la antigua Peña de los Parra. Había llegado a ver el estreno del documental sobre el atentado, pero sobre todo a hablar con “Fabiola”. Sabía que no era una mujer fácil de abordar para un desconocido, más todavía para un desconocido que oficiaba de periodista. A “Fabiola” no le gustan los periodistas, me advirtió un ex combatiente.

La abordé diciéndole algo similar a lo que le había dicho unos meses atrás por correo electrónico: Hola, mi nombre es tal y preparo un libro sobre el atentado a Pinochet. Soy la misma persona que tiempo atrás te escribió un correo electrónico. Quise presentarme personalmente y explicarte lo que estoy haciendo: un libro sobre quiénes eran y qué fue de los autores del atentado. Mi idea es dignificar esa historia. Me parece que esa historia ha sido muy maltratado por la prensa conservadora, me parece que hay una historia humana y política que no se ha contado como se debe.

Como la primera vez, hablé largo, midiendo mis palabras. Ella escuchó atenta, sin un asomo de empatía, y cuando terminé, como la primera vez, respondió corto y seco:

-Gracias, pero ya te dije no te voy a hablar.

“Fabiola” había hablado y su respuesta no dejaba lugar a la persistencia. Pero así y todo, guiado más por el orgullo del momento que por la curiosidad, pregunté:

-¿Por qué que no quieres hablar conmigo?

-Esa historia es nuestra. Esa historia la vamos a contar nosotros.

***

Un fusilero del atentado a Pinochet me dijo que la idea fue de “Tamara”, Cecilia Magni Camino, egresada del colegio Grange y quien llegaría a ser comandante y pareja del líder del FPMR. Tamara siempre se quejaba de que las mujeres no tenían el mismo lugar que los hombres en el FPMR, de que había mucho machismo para ser un grupo revolucionario. Por eso insistió ante la jefatura con que “Fabiola” tenía tantas o más condiciones que varios de los hombres seleccionados para participar del atentado al dictador.

Gracias a Tamara, “Fabiola” estuvo desde el comienzo. Desde que la dirección del FPMR decidió que la mejor manera de terminar con Pinochet era con un atentado dinamitero al paso de su comitiva, de la misma forma en que trece años antes ETA había acabado con la vida de Luis Carrero Blanco, el leal y más probable sucesor de Franco. Para ello se escogió una amasandería a los pies de la ruta El Volcán, frente al autódromo de Las Vizcachas, que Pinochet solía transitar cuando iba o volvía de su casa de descanso en El Melocotón. La amasandería era la fachada desde la cual nacería un túnel subterráneo cargado de explosivos, y quien estaba a cargo de atender ese negocio de pan amasado, empanadas y bebidas era “Fabiola”, la Negra “Fabiola”.
En rigor, poco antes de “Fabiola” estuvo “Claudia”, una mujer joven y menuda que hacía un pan amasado delicioso. Su problema era otro. En confianza, Claudia se mostraba temerosa y dubitativa con los alcances de la misión. “Y si nos pillan, ¿qué nos puede pasar?”, le decía a uno de los dos hombres a cargo de cavar el túnel bajo la ruta, y ese hombre no tardó en alertar a sus superiores del peligro. Entonces Tamara pensó en “Fabiola”, esa mujer resuelta, de un carácter opuesto al de “Claudia”, formada en las fuerzas especiales de “Salomón”.
Veinte años después, en la entrevista a Punto Final, “Fabiola” recordó que fue Tamara quien la citó a un punto en un café de Santiago para decirle que preparara un bolso con ropa porque “estarás fuera por un tiempo”. También le dijo que ese mismo día se reuniría con “un compañero al que [yo] había conocido en el exterior”, quien le explicaría detalles de la misión. Ese día de mayo de 1986 todo fue precipitado para “Fabiola”: al mediodía recogió su bolso, a la tarde se reunió con el hombre al que probablemente había conocido en Cuba, y a la noche ya estaba instalada en la amasandería.

En un comienzo “Fabiola” debía amasar y preparar almuerzo para ella y los dos encargados de cavar el túnel, además de llevar la marcha del negocio. Pero el trabajo era tan demandante que al tiempo no quedó otra que comprar pan y empanadas en un local cercano para venderlo como si fuera de elaboración propia. La amasandería recibía clientes, y “Fabiola” y los dos hombres debían guardar las apariencias. También, cuando las obras ya estaban avanzadas, guardaban armas y explosivos. El plan debía ser ejecutado en septiembre de 1986, a más tardar, pero por alguna razón fue abortado de manera repentina.
SI bien el diputado comunista y entonces jefe militar del FPMR Guillermo Teillier ha sostenido que la acción fue descartada porque se determinó que podía morir gente inocente, no se explica por qué no se pensó en eso antes de que el túnel de dieciocho metros de largo por seis de ancho estuviera concluido. El mismo razonamiento debilita la explicación planteada por “un alto jefe del FPMR” en el libro Operación Siglo XX (1990), de Carmen Hertz y Patricia Verdugo, según la cual “el estudio final de esa operación determinó que la velocidad de los vehículos era muy alta, sólo fracciones de segundos sobre el túnel, lo que impedía asegurar que cayeran los dos o tres autos claves de la comitiva y así asegurar la eliminación de Pinochet”.
Un hombre que tuvo rango e influencia en la jefatura del FPMR me dijo que lo que echó por tierra el atentado explosivo fue el hallazgo de los arsenales de Carrizal Bajo, ocurrido en agosto de 1986, en los días en que el plan estaba próximo a ser ejecutado. Entre las cincuenta toneladas de arsenales incautadas por la policía de Pinochet había más de 1.200 kilos de explosivos de TNT y T-4. Una décima parte de esa cantidad fue suficiente para que el auto de Carrero Blanco volara hasta 35 metros y quedara tendido sobre la azotea de un edificio. Pero según el mismo frentista al que consulté, el descalabro por la pérdida de arsenales fue de tal magnitud que obligó a cambiar los planes.

Quizás confluyeron varias cosas. Errores de cálculo, dispersión de arsenales, detenciones masivas. El hecho es que un día de agosto de 1986, cuando el túnel estuvo concluido, “Tamara” llegó a la amasandería para dar la noticia. El atentado explosivo sería reemplazado por una emboscada de aniquilamiento. Y entonces, otra vez, “Tamara” pensó en “Fabiola”.

***

En la casa del poblado de La Obra, donde se acuarteló el comando que emboscó a la comitiva de Pinochet, “Fabiola” tenía privilegios de los que no gozaban otros combatientes de su rango. Compartía una pieza junto a un grupo de tres hombres asignados a la Unidad 502, que se situaría en la ladera del cerro, frente a los primeros autos de la caravana, pero a diferencia de sus compañeros de cuarto, era la única que podía entrar y salir sin autorización de algún superior. Eso habla de una jerarquía por sobre los otros.
“Fabiola” tenía más experiencia militar que los tres hombres de ese cuarto, especialmente que “Juan” y “Óscar”. Este último, que es Lenin Fidel Peralta Véliz, declaró en el proceso del caso Atentado que en esos días de encierro en la casa de la Obra fue “Fabiola” quien lo ayudó a “practicar en seco (con un fusil), haciendo puntería a la llama de una vela en la pieza a oscuras”. También declaró, después de ser apremiado de muy malas maneras por la policía, que antes del Cajón del Maipo jamás había disparado un fusil ni menos había estado en Cuba. Cuanto más -agregó ante la sorpresa de sus torturadores- había hecho tiro al blanco en los patitos de los juegos Diana.
A diferencia de una de las piezas contiguas, donde se escuchaban risas y hasta chistes, en el cuarto de “Fabiola” había silencio, si es que no tristeza. Sobre todo después de que la acción fue postergada por una semana y en ese intertanto la jefatura decidió que “Tamara” no entraría en combate en la cuesta Las Achupallas. El argumento esgrimido por los jefes fue que “Tamara” era comandante y resultaba necesaria para la etapa que se abriría en Chile una vez que el dictador fuera ajusticiado. “Tamara” era demasiado importante para exponerla en una acción en la que de seguro resultaría muerta, se dijo.
Algunos de los que estuvieron cerca de ella en esos días me contaron que se resistió a la orden, orden que de seguro tomó el mismo “José Miguel”, el jefe de jefes, que era su pareja y tenía el nombre de Raúl Pellegrin Friedman. Dicen que Tamara protestó, que hizo amago de rebelarse, pero a fin de cuentas, porque el FPMR era una organización militar y no un club de amigos, terminó acatando.

En su reemplazo llegó “Guido”, alias de Julio Guerra Olivares, que se convirtió en el nuevo jefe de la Unidad 502.

“Tamara” estuvo hasta el último día en la casa del poblado de La Obra. Alentó a sus compañeros, repasó los planes con ellos y consoló a “Fabiola”. Fue un sustento moral para el grupo de fusileros, además de fungir ante los vecinos de dueña de casa convencional, a quien la política la tenía sin cuidado. Su lugar en esta historia quedó representado esa mañana de domingo 7 de septiembre, cuando llamó a los combatientes a formar filas en el living de la casa, y, fusil en ristre, sin mediar palabra, los hizo escuchar el último discurso del presidente Allende.
“Tamara” estuvo hasta el último, hasta minutos después de que el teléfono de la casa sonara para alertar que la comitiva del dictador se había puesto en marcha. Entonces “Tamara” y “Lidia”, la cocinera de la casa, se despidieron con abrazos del resto de los combatientes y abordaron un auto rumbo a Santiago.
El dolor no nos detiene a llorar, dirá “José Miguel”, el líder del FPMR. Pero esa tarde de domingo 7, cuando se despidió de “Tamara”, “Fabiola” la vio llorar.

***

Cuando me acerqué a “Fabiola”, quería saber cómo fue que ella vivió esos siete a nueve minutos que duró la emboscada. Qué ocurrió con el lanzacohetes LAW que tenía a su cargo, si logró dispararlo y dio en algún blanco o bien, como ocurrió esa tarde con otros combatientes, si se encontró con un lanzacohetes en mal estado. Si vació los tres cargadores de su M-16, si efectivamente vio cómo las fuerzas de elite del dictador se lanzaban como conejos al barranco que da al río Maipo.
Sabía algunas pocas cosas de ella y quería saber muchas más, entender lo que no terminaba de calzar en relatos de terceros. “Fabiola” era descrita como una mujer dura, demasiado autoritaria a gusto de algunos, pero esa misma mujer, cuando escapaba de la cuesta Las Achupallas a bordo de un Toyota Land Cruiser, dejando cinco escoltas muertos y nueve gravemente heridos, creyendo que había tenido éxito pero sin saber si lograría sortear la barrera de un control policial en Las Vizcachas, esa misma mujer de rostro severo que viaja en un auto rumbo a la muerte, fue la que le pidió matrimonio a viva voz a uno de sus compañeros que venía sentado a su lado.
“Fabiola” guardaba las distancias y parecía autosuficiente, pero esa tarde de domingo, cuando bajó del Toyota tras sortear la barrera policial y comenzó a caminar por una calle de Puente Alto, se topó con uno de los fusileros de más baja estatura, le tomó la mano y le dijo: “Vámonos juntos, chico, como pololos”.
Entonces “Fabiola” y “Rodrigo”, de la mano, como pololos ensimismados en sus asuntos, subieron a una micro cualquiera que se dirigía al centro de Santiago.

Veinte años después, en la entrevista a Punto Final, “Fabiola” habló del atentado pero no contó mucho de esa acción ni menos de sí misma. Tengo la impresión de que esa entrevista a rostro cubierto, sin identidad verdadera, ayudó a alimentar el mito de “Fabiola”. Especialmente cuando recordó el modo en que José Valenzuela Levi, el jefe de la emboscada, murió en manos de la CNI -amarrado, de rodillas, de un balazo en la cabeza- y lo relacionó con “el momento de la retirada, cuando (el mismo Valenzuela Levi) ordenó no rematar a los escoltas heridos”.

Después de leer y releer esa parte de la entrevista, me quedó rondando una duda: qué hubiera hecho ella en caso de no haber recibido esa orden. O bien, qué hubiera hecho si Valenzuela Levi hubiera ordenado lo contrario.

***
En diciembre de 1986, a cinco días de Navidad, la prensa oficialista anunció que la Policía de Investigaciones había identificado a dos mujeres protagonistas del atentado. Una de ellas era “Fabiola”, que según la información oficial se llamaba Adriana del Carmen Mendoza Candia, chilena, soltera, de 28 años.
No había más datos de ella ni pistas para ubicarla. Esa mujer que la policía chilena suponía “Fabiola” había abandonado el país a fines de septiembre de 1986.
Desde entonces, y hasta el 2000, Adriana Mendoza tuvo orden de detención pendiente. Es probable que para entonces nadie la buscara. Es probable que la misma Adriana Mendoza pensara que esa orden de detención que se dictó en 1986 había perdido vigencia catorce años después. De lo contrario no se explica que en diciembre de 2000 haya llegado a un cuartel de la Policía de Investigaciones para interponer una denuncia por robo y, para su sorpresa, quedara detenida.
En el expediente del caso Atentado, que aún sigue abierto, Adriana Mendoza negó ser “Fabiola”. Negó todo lo que le imputaban: haber participado del atentado a Pinochet, haber estado en el FPMR y conocido a una tal “Tamara”. De todas formas, pese a su negativa, y al tiempo transcurrido desde la ocurrencia de los hechos, el juez a cargo de la causa mantuvo detenida a esa mujer de profesión comerciante, con domicilio en Ñuñoa, nacida en diciembre de 1958.
Adriana Mendoza permaneció detenida hasta el 4 de enero de 2001. Casi dos semanas. Sus abogados lograron su libertad condicional después de que presentaran un escrito en el que argumentaban que las declaraciones de algunos de los fusileros que la reconocieron en fotografías habían sido obtenidas bajo tortura.
Ese escrito también formulaba razones humanitarias: Adriana del Carmen Mendoza Candia sufría un linfoma que la obligaba a someterse a tratamiento de radioterapia.

***

En estos días he vuelto a buscar a “Fabiola”. Pienso que puede haber cambiado de opinión tras leer mi libro sobre el atentado a Pinochet [Los fusileros, 2007]. Pienso, quiero pensar, que ha cambiado su parecer sobre el oficio con que me gano la vida. Me dan un par de números de teléfono fijo donde contactarla pero están fuera de servicio. Me prometen que la ubicarán y le darán mi recado. Pasan días, semanas, y “Fabiola” no acusa recibo. Vuelvo a llamar a uno de mis contactos y le pregunto cómo le ha ido con mi encargo. Me dice que bien y mal. Mi contacto ubicó a un amigo de un amigo de “Fabiola” que se comprometió a preguntarle si esta vez hablaría conmigo. Pero el amigo de ese amigo sabe que “Fabiola” es una mujer discreta, que guarda distancias, especialmente con los periodistas.
Al otro lado de la línea telefónica mi contacto promete que seguirá insistiendo, pero me advierte de que no me haga muchas ilusiones.
Tú sabes cómo es “Fabiola”, dice.

7286024-1
ADRIANA DEL CARMEN MENDOZA CANDIA 


Familia 

Madre: CANDIA AVENDAÑO, NELLY NORMA;
Hermano: EDUARDO PABLO DURÁN CANDIA, 
 29-10-2013


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