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martes, 19 de mayo de 2020

Reflexiones sobre el marxismo de nuestro tiempo.-a



Por Ariel Petruccelli
 19/08/2020

A comienzo de los años noventa, quien observara de manera realista lo que sucedía en el mundo en términos políticos e intelectuales bien podría dudar respecto a si, treinta años después, quedaría algo de marxismo. A la luz de la debacle ignominiosa de los “socialismo reales”, el ascenso vertiginoso del neoliberalismo, el retroceso cuantitativo y cualitativo del movimiento obrero y la marginalidad política de todas las izquierdas (incluyendo aquellas que habían sido críticas de ese “socialismo real”), el escenario de la desaparición lisa y llana de la tradición socialista, dentro de la que el marxismo había sido sin margen para la duda la fuerza hegemónica, no podía ser descartado. Y aún cuando la pura y simple desaparición no pareciera lo más probable, sólo cabía imaginar en términos sombríos su futuro. 

En las páginas finales de Los fines de la historia, publicado en 1992, Perry Anderson  ((Londres, 1938) es un historiador y ensayista político inglés, especialista en historia intelectual. Es profesor de Historia y Sociología en la Universidad de California y editor de la revista New Left Review.) imaginó cuatro futuros posibles para el socialismo.

 El primero era que, andando el tiempo, se viera a las experiencias del socialismo del siglo XX como una anomalía exótica. Anderson establecía una analogía con las experiencias comunitarias de las misiones jesuíticas del Paraguay. 
La segunda posibilidad -cuya analogía histórica eran los levellers– era que ciertos componentes limitados de su ideario se traspasaran a otros movimientos cuyas principales preocupaciones serían otras y cuyo lenguaje es ya muy diferente. 
La tercera posibilidad -cuya analogía eran los jacobinos- implicaba una mutación y el surgimiento de un nuevo movimiento de transformación social que reconocía su deuda con la vieja tradición. 
La cuarta y última posibilidad contemplada por Anderson es que sucediera con el socialismo algo semejante a lo que sucedió con el liberalismo: luego de un eclipse prolongado, un resurgimiento arrollador.

Aunque sin pronunciarse de forma categórica sobre cuál alternativa sería la más probable. Parece indudable que Anderson se inclinaba por la última, al menos como apuesta política, como orientación, como deseo. Pero no es menos innegable que mostraba algo así como lo que Gilbert Achcar denominó “pesimismo histórico”, que el propio Anderson no reconocería como tal. Más allá de optimismos y pesimismos, Anderson defendía un “realismo intransigente”, caracterizado por la negativa a toda componenda con el sistema imperante, pero rechazando toda piedad o eufemismo que puedan infravalorar su poder. Mirar la realidad cara a cara, sin consuelos bienpensantes, podríamos decir.

Si como fuerza política el socialismo estaba en los noventa devastado, como tradición intelectual el marxismo no estaba mucho mejor. Fiel al realismo intransigente, a la premisa de mirar la realidad a la cara por poco confortables que fueran las imágenes que el espejo nos devolviera, en el año 2000 el mismo Anderson constataba:

Todo el horizonte de referencia en el que se formó la generación de la década de 1960 prácticamente ha sido barrido del mapa: los hitos del socialismo reformista y revolucionario por igual. A la mayoría de los estudiantes, la lista de los nombres de Bebel, Bernstein, Luxemburgo, Kautsky, Jaurès, Lukács, Lenin, Trotsky, Gramsci les resulta hoy tan remota como una lista de obispos arrianos… 
La mayor parte del corpus del marxismo occidental ha quedado también fuera de la circulación general: Korsch, el Lukács de Historia y conciencia de clase, casi todo Sartre y Althusser, la escuela de Della Volpe, Marcuse. Lo que mejor ha sobrevivido es menos directamente político: en lo esencial, la teoría de la Escuela de Frankfurt del período de posguerra y algunas obras escogidas de Benjamin. En nuestro país, Raymond Williams ha sido arrinconado, casi como Wright Mills en los Estados Unidos hace veinte años; Deutscher ha desaparecido; el nombre de Miliband habla de otro tiempo.


Si esta era, grosso modo, la situación hace veinte o treinta años, ¿cómo se nos presenta en la actualidad?

Desde el ángulo de las organizaciones políticas, la situación de cualquiera de las dos grandes tradiciones socialistas internacionales de masas -la segunda y la tercera internacional- la situación es de completo descalabro. Los Partidos Comunistas abdicaron o fue derrocados en casi todos lados. Allí donde esto no sucedió, como en China, la deriva hacia el capitalismo fue a marchas forzadas. China es hoy un país capitalista en toda la regla desde el punto de vista económico, acoplado a un estado policial máximamente autoritario. Y se ha convertido en la principal locomotora de la economía capitalista y en una de las principales usinas de la devastación ecológica planetaria. La vieja socialdemocracia ha devenido en un insulso liberalismo social.
 En Europa principalmente, las viejas banderas socialdemócratas asociadas al “Estado benefactor” han sido retomadas por los residuos de los viejos partidos comunistas, que ya carecen de toda pretensión revolucionaria. La oleada de supuestos gobiernos posneoliberales en América Latina ha sido un gran fiasco. Más allá de los fuegos de artificio retóricos (“socialismo del siglo XXI”, “buen vivir”, etc.), la sórdida y oscura realidad ha sido un desarrollismo capitalista basado crecientemente en el “extractivismo”, la expansión de las mismas pautas de histeria consumista del denostado “norte global”, desastres ecológicos, hipoteca del futuro… Todo a cambio de módicos derechos y una tibia redistribución económica en medio de la ola pasajera de altos precios de las commodities. 

Ciclo progresista.

Una década larga de explosión de los precios agrícolas internacionales, combinado con gobiernos “progresistas”, sirvió para mejorar un poco las condiciones de vida de las grandes mayorías populares, sin que casi se viera afectada la increíble desigualdad que caracteriza a nuestra región (que es la más desigual del mundo). Los pobres eran un poco menos pobres, pero los ricos cada vez más ricos. Pasada la coyuntura favorable, la caída de los precios internacionales agrícolas y petroleros, junto con la llegada al poder de gobiernos menos comprometidos con la “justicia social”, provocó que se desandara en pocos meses lo que supuestamente se había avanzado en dos o tres lustros. Por lo demás, el crecimiento económico -condición necesaria, se nos dice, para conseguir a lo sumo módicas mejoras de las clases populares- está devastando el planeta. Este es un problema acuciante en la actualidad: el crecimiento económico se parece demasiado al crecimiento de un cáncer.

Ningún gobierno del llamado “ciclo progresista” introdujo cambios socioeconómicos equiparables ni analogables a los que en su momento introdujeron las revoluciones rusa, china o cubana. Y su atractivo disminuyó o se eclipsó en apenas una década. La Venezuela de Maduro se halla envuelta en una crítica situación económica y social, además de política, que no puede ser explicada por las agresiones externas. El gobierno de los “movimientos sociales” del MAS en Bolivia fue derrocado sin ofrecer resistencia por un golpe de Estado con apoyo masivo de sectores medios urbanos, sin que los movimientos sociales que supuestamente gobernaba salieran a defenderlo. 
Más que el gobierno de los movimientos sociales, parece haber sido el gobierno de la cooptación y desmovilización de tales movimientos. La perfomance de Syriza en Grecia ha sido seguramente el mayor fiasco de la historia de un gobierno de “izquierdas” en el poder y la deriva de Podemos en España, menos trágica y vertiginosa que la de Syriza, no ha sido menos decepcionante: pasaron de condenar a la socialdemocracia como un proyecto agotado y a “la casta” como la raíz de todos los males, a convertirse en socialdemócratas y en parte de “la casta” poco después, como aliados minoritarios y subordinados en el Gobierno de Pedro Sánchez, del PSOE.

Por otra parte -y no es este un dato menor- ninguna fuerza de izquierda revolucionaria ha podido hacer pie entre las masas ni acercarse al poder. La marginalidad política ha sido la marca de los tiempos de las fuerzas políticas verdaderamente radicales, entre ellas las varias “cuarta internacional”. Allí donde ha habido movimientos de masas significativos, las demandas han sido parciales, antes que globales, orientadas a “ampliar derechos”, antes que a subvertir el orden social. Aunque en estos terrenos acotados y específicos se han librado grandes luchas y conquistado no pocas posiciones, las mismas han tenido lugar dentro de los marcos de lo políticamente tolerable por el sistema, y en términos que más que socavar su base de sustentación, más bien parecen haberla ampliado. 

Como señalara recientemente Susan Watkins luego de reseñar los importantes avances del feminismo en las últimas décadas a escala mundial:


 “los avances en la igualdad de género han ido de la mano con el aumento de la desigualdad socioeconómica en la mayor parte del planeta”.

 La historia reciente del feminismo es, de hecho, un ejemplo claro de esta situación: las corrientes más anticapitalistas del feminismo han sido hasta el momento domeñadas. El campo lo dominan perspectivas abiertamente liberales (como las que buscan romper el “techo de cristal”) u otras más belicosas en sus discursos y a veces en sus prácticas, pero limitadas a demandas puntuales (como el derecho al aborto) perfectamente integrables al orden capitalista. Los feminismos populares, cuya importancia no puede ignorarse, se hallan de momento a la saga.

Aunque en los últimos años han estallado aquí y allá movimientos huelguísticos (en Francia, por ejemplo) el nivel de activismo obrero, en alza en algunos países, se halla todavía muy por debajo de otros momentos históricos, y en general bastante desligado de todo imaginario socialista. El panorama en los múltiples movimientos ecologistas no es mucho mejor. Los viejos partidos “verdes” europeos de los años setenta/ochenta, fueron ya hace tiempo domesticados e integrados. Los nuevos movimientos surgidos más recientemente (como “extinción rebelión”) de momento no son mucho más que una promesa, y se hallan orientados más bien a sensibilizar a la opinión pública y formular demandas a las autoridades, antes que a derrocar un régimen social. 
Aunque el nacionalismo no ha desaparecido, ni tampoco la religión, comparados con los movimientos nacionalistas y religiosos de otros tiempos muchos de los contemporáneos parecen cuasi paródicos. Y los movimientos nacionalistas y religiosos, que en el pasado supieron tener en no pocos casos inclinaciones progresistas e incluso revolucionarias, en la actualidad se hallan predominantemente orientados en sentidos conservadores. Es difícil ver en ellos algo más que una reacción mayormente ciega a ciertas tendencias de la globalización, con muy escasa capacidad de proponer y promover reordenaciones sociales generales. Su horizonte no va más allá del capitalismo.

En todos estos campos sobreviven corrientes que procuran vincular estas demandas con alguna perspectiva socialista revolucionaria, así como articularlas entre sí. Pero son, de momento, minoritarias. Aunque ni el imaginario ni el lenguaje del socialismo han desaparecido del mapa, su situación sigue siendo crítica.








¿Qué sucede en el campo intelectual?

El pensamiento crítico, antisistema, no se ha detenido, en modo alguno. Más bien al contrario, en los últimos años han proliferado todo tipo de teorías críticas. Disponemos de una cartografía no exhaustiva pero sí muy apropiada de este campo en la obra de Razmig Keucheyan, Hemisferio izquierda
Entre las conclusiones más importantes que deja traslucir Keucheyan cabe destacar un cierto desplazamiento de la intelectualidad crítica a las instituciones superiores de USA (en sintonía con la hegemonía cultural de la superpotencia); la consolidación del ámbito universitario como sitio de producción del pensamiento crítico -academización a marcha forzada por decirlo de algún modo-; una fuerte tendencia a la dispersión (contexto en el cual el pensamiento inspirado en la obra de Marx ha perdido sin ninguna duda la centralidad que supo tener en al campo de las teorías críticas en el siglo XX); el marxismo específicamente, como parte de una totalidad más amplia de teorías críticas, ha tendido a fragmentarse en un archipiélago de mil y un marxismos; el género y la etnia han desplazado a la clase en la preocupación general, el lenguaje ha corrido a la economía, la filosofía ha desplazado a la historia y la crítica abstracta ha prácticamente sepultado al pensamiento estratégico. Con las debidas excepciones, este es el panorama general.

Keucheyan prevé, sin embargo, que en el futuro inmediato el pensamiento crítico de tradición marxista recobre nuevos bríos. Hay algo del orden del deseo en esa previsión, sin duda. Pero hay también sereno análisis de la situación. La crisis económica del 2008 colocó a la economía en primer plano, luego de décadas donde todo parecían ser juegos de lenguaje. Y la crítica situación ecológica del planeta vuelva a poner sobre la mesa la abolición radical de las relaciones capitalistas de producción: es obvio que un capitalismo sin crecimiento económico es virtualmente un absurdo, y no es menos evidente que ese crecimiento nos conduce a un desastre colosal. 

Las propias características y magnitud de la crisis ecológica y del presente cambio climático llevan a pensar casi ineludiblemente (para quien no sea un apologista cínico -e incluso pago- del capitalismo) en algún tipo de solución colectivista. Las dimensiones y alcances del problema, por lo demás, obligan a miradas globales, totalizadoras; antes que a focalizaciones parciales. Y en el campo de las teorías abarcantes, dialécticas (en el sentido de pensamiento inseguro que busca integrar diferentes dimensiones) la tradición marxista tiene pocos rivales.

Por otra parte, una auténtica pax-capitalista es inviable (aún cuando las fuerzas anticapitalistas sean sumamente débiles). Y no se trata únicamente de la naturaleza intrínsecamente destructiva del capitalismo como sistema (basado en lo que se suele llamar “destrucción creativa”), la recurrencia ineliminable de las crisis periódicas o las tradicionales pujas entre potencias emergentes y declinantes (China/USA hoy en día). 
En la actualidad se ha sumado un componente muchísimo más grave: la crisis ecológica provocada por un tipo de desarrollo basado en el agotamiento de los recursos no renovables, la “compra de tiempo” a costa de la hipoteca del futuro y la depredación de las dos fuentes de la riqueza: 


los trabajadores y la naturaleza.

 El futuro ha llegado tras tres o cuatro siglos de desarrollo capitalista: el sistema más “exitoso” y expansivo de todas las creaciones humanas se halla al borde de una catástrofe sin precedentes: ha cortado las ramas sobre las que estaba parado, ha destruido su entorno vital.

La gran paradoja del mundo contemporáneo es que mientras el sistema capitalista se empeña en generar caos a escala planetaria y se dirige raudamente hacia lo que bien podríamos llamar un colapso, las fuerzas políticas dispuestas a enfrentarlo son absolutamente exiguas. En el imaginario popular, una invasión extraterrestre parece más probable que una revolución social.


Y sin embargo, se mueve. Con escasa claridad política en cuanto al mundo que se quiere, en diferentes lugares han reaparecido revueltas de masas que indican, al menos, lo que ya no se quiere. El rechazo a una forma de vida que se torna insoportable, incluso allí donde se consideraba que todo era “modélico”: Chile, Francia, Hong Kong. 
Sobran las razones del malestar. Descontento y protestas, podemos darlo por seguro, no faltarán en el futuro. Pero ello no significa que puedan ser orientadas en un sentido anticapitalista. De hecho, es tan grande la asimetría de poder material y simbólico en el mundo contemporáneo que todos los grandes movimientos de los últimos años han sido o empantanados o esterilizados:


 las primaveras árabes, los indignados españoles, el 2001 argentino, y la lista podría seguir.

Pero hay otra no menos evidente y ya atronadora paradoja en el mundo contemporáneo. Distintas corrientes de pensamiento, cuestionando el supuestamente rudo determinismo o reduccionismo clasista del marxismo, insistieron en que a la explotación de clase había que sumar, en pie de igualdad, la opresión de género y étnica. Con el tiempo esto tendió a decantar, más que en una cierta paridad, en una ostensible preferencia por las dimensiones étnico-raciales o género-sexistas de la opresión y la explotación.
 Hablar de clases pasó prácticamente a ser sinónimo de estrechez mental, dogmatismo e incluso insensibilidad. Paradójicamente, mientras el ascenso económico de Asia oriental (China sobre todo, pero no exclusivamente) reducía las desigualdades entre países y estados, y mientras los avances del feminismo -sobre todo en el llamado “mundo occidental”- achicaba la brecha de género, las desigualdades de clase se dispararon hasta las nubes en las últimas décadas.
 Curiosamente, la forma de desigualdad, opresión y explotación de la que menos se habla es la que más ha crecido en los últimos tiempos. Y es, además, la única que no puede desaparecer sin que desaparezca el capitalismo. Por difícil que sea de alcanzar en la práctica, no es teóricamente imposible un capitalismo sin desigualdad de género o étnica. Pero un capitalismo sin clases es no sólo empírica sino lógicamente imposible.


A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX diferentes teóricos y escuelas marxistas debatieron sobre la supuesta teoría del derrumbe del capitalismo. Hubo interpretaciones de todo tipo y para todos los gustos: a favor y en contra del derrumbe; derrumbistas reformistas y derrumbistas revolucionarios; negadores del derrumbe desde perspectivas revolucionarias y desde perspectivas reformistas. El derrumbe en cuestión era, con todo, un proceso económico: la posibilidad, o no, de que el capitalismo pudiera seguir su marcha económica basada en la acumulación ampliada de capitales. Estas viejas discusiones hace rato que han salido de la agenda. Y sin embargo, la civilización burguesa se aproxima raudamente a lo que parece un colapso o un derrumbe. 

El talón de Aquiles del sistema se sitúa -para decirlo con los términos de James O’Connor- no tanto en la “primera contradicción del capitalismo” -la contradicción capital/trabajo- sino más bien en la “segunda”:


 la contradicción capital/naturaleza. El descalabro ecológico planetario provocado por el desarrollo incesante del capital ha colocado a la humanidad a las puertas de una situación catastrófica.

Ahora bien, desde la perspectiva de la primer contradicción -y con relativa independencia de si se creyera o no en un derrumbe automático del sistema del capital como consecuencia de su propio desarrollo económico- es razonable pensar que el propio desarrollo del capitalismo generará una masa creciente y crecientemente organizada de proletarios: la materia prima de una revolución anticapitalista, los sepultureros del capital, como dijo Marx. 
El curso histórico real no correspondió plenamente a ese modelo. Aunque la masa de trabajadores asalariados ha crecido indudablemente a escala planetaria, su organización y su predisposición a la lucha ha fluctuado, aunque la tendencia a largo plazo (hasta ahora) ha sido una general integración consumista al sistema (no sin tensiones ni estallidos) antes que la impugnación revolucionaria en el ámbito de la producción. Mayormente, lo que se constata en las últimas décadas es un proceso de relativa desorganización de los proletariados tradicionales de los países centrales, no compensada por un proceso paralelo de organización y beligerancia de los nuevos proletariados en Asia y América Latina. El ideario socialista, por lo demás, sigue en baja.

Aunque el crecimiento económico (resultado necesario del capitalismo y condición clave del funcionamiento “normal” capitalista a largo plazo) se ha ralentizado en los viejos países industriales, la emergencia económica de Asia oriental y sus “tasas chinas” de crecimiento han compensado de momento la ecuación. Y, fundamentalmente, las reformas neoliberales y el proceso de globalización han permitido una enorme concentración de la riqueza: la riqueza privada capitalista ha crecido en promedio muy por encima del crecimiento económico. 
Superada la coyuntura excepcional de las guerras mundiales, dislocada la amenaza anticapitalista que en algún momento parecieron suponer los estados surgidos de la Revolución rusa, esterilizadas las organizaciones sindicales por una burocracia crecientemente privilegiada y parasitaria, desorganizados las viejos movimientos obreros por los procesos de deslocalización empresarial, a la clase trabajadora no les quedó mucho más que el consuelo de un consumismo acrecentado por medio de una densa red de crédito al consumo de los hogares, dependiente de un crecimiento económico no menor del 3 % anual y crecientemente vulnerable a las fluctuaciones y crisis económicas, cuya frecuencia y magnitud la propia globalización financiera profundiza.

Visto desde el ángulo de la “primera contradicción”, el capital parecería tener la vaca atada, como dice el dicho campero. Aunque las recurrentes crisis elevan olas de protesta popular, las crisis económicas son parte del funcionamiento “natural” del sistema capitalista. En tanto esas protestas carezcan de voluntad de poder, de un proyecto alternativo de sociedad, y de organizaciones dispuestas no sólo a demandar sino decididas a transformar de raíz el sistema social, los personeros del capital no tienen demasiadas razones para la preocupación. La vaca zapatea, pero sigue atada y se la ordeña a diario.

Sin embargo, la situación del sistema es tremendamente critica y sumamente frágil. El crecimiento económico inherente al desarrollo capitalista ha destrozado el suelo sobre el que se levanta todo el edificio social. La devastación incesante y sistemática de la naturaleza coloca a la civilización del capital a las puertas de un colapso, debido a la incapacidad de integrarse establemente en el medio ambiente. El proceso que un tanto reductivamente se llama “cambio climático” es ya una realidad palpable incluso a simple vista. Y de consecuencias dramáticas en lo que tienen de previsibles; e imprevisibles si el aumento de la temperatura promedio no se detiene en 1,5 grados. Aquí están las claves de lo que bien se puede llamar “crisis civilizatoria”.

La contradicción capital/naturaleza ha saltado, pues, al primer plano, amenazando con catástrofes inauditas. 

Regresemos ahora a los cuatro escenarios posibles para el futuro del socialismo contemplados por Perry Anderson. Si la rápida panorámica aquí brindada es válida, entonces parecería que de los cuatro futuros posibles para el socialismo, la opción jacobina sería la que mejor encaja si confiamos en que la crisis en curso de nuevos bríos al socialismo revolucionario: la subsunción del viejo ideario dentro de un movimiento renovado, ecologista, feminista, plurinacional y socialista. Sin embargo quizá lo más adecuado sea verlo como una situación intermedia o híbrida entre la posibilidad “jacobina” y la “liberal”.

 Pienso esto por varias razones. La primera es que desde sus orígenes el socialismo tuvo un componente internacionalista y feminista. No siempre, evidentemente, su práctica real estuvo en consonancia con sus planteos internacionalistas y feministas teóricos. Pero no es menos obvio que ninguna de estas dimensiones le ha sido ajena a la tradición socialista. La cuestión ecológica es de otro calado. No tuvo ninguna centralidad en la tradición, y en este terreno hay que introducir modificaciones mucho mayores.

 Pero, sin embargo, su misma universalidad hace que la cuestión ecológica, aunque en principio podría involucrar a todos y todas, carezca de un referente social claramente determinado (como las mujeres para el feminismo, cierta nación para el nacionalismo, o los trabajadores para el socialismo); y esos referentes más acotados y precisados son indispensables para una movilización y organización sostenidas en el tiempo. Como problemática “vaporosa”, que nos concierne a todos y todas, la cuestión ecológica es fácilmente domesticable por el capital: con políticas empresariales “verdes”, propuestas para un Green New Deal o insulsas campañas escolares de recolección de basura. La problemática ecológica -socialmente explosiva- sólo tendrá fuerza y potencialidad revolucionaria cuando sea adoptada por sectores específicos (particularmente por la clase trabajadora) y encuentre responsables fundamentales bien determinados (la clase capitalista y su afán de lucro). Aunque ningún socialismo posible en el futuro podría no ser ecologista, y aunque ningún socialismo deseable podría no ser feminista y antirracista, el enemigo esencial a abatir es el capitalismo. 

La fuente fundamental de los desmanes en el mundo contemporáneo, lo que nos coloca como humanidad al borde del precipicio, es el capitalismo, no el patriarcado o el racismo (por condenables que sean, y por cierto lo son). En consecuencia, aunque un movimiento revolucionario en el siglo XXI deba ser necesariamente plural y multifacético, su centro de anudamiento es el combate contra el capital. Esto no significa necesariamente dar ninguna apriorística prioridad a las clases trabajadoras, por ejemplo, por encima de las mujeres o ciertos grupos étnicos.

 Significa, más bien, que todos los planteos vinculados a demandas clasistas, etnicistas o feministas deberán ser evaluados en primer lugar por cómo se posicionan en relación al capitalismo como sistema. Por consiguiente, habrá que apoyar a los feminismos anticapitalistas, pero denunciar a los procapitalistas. Habrá que intentar orientar las demandas de los trabajadores en un sentido anticapitalista, antes que favorecer acríticamente reivindicaciones puramente absorbibles por el sistema. Por último, si el capitalismo es un sistema basado en el desarrollo de las fuerzas productivas en un sentido crecientemente destructivo e incluso autodestructivo, la participación decisiva de los trabajadores en el combate contra el mismo es fundamental. Y es precisamente el movimiento de los trabajadores el que menos ha avanzado en los últimos años: más bien ha retrocedido. Revertir esto es imperioso.


Aunque la tradición marxista estuvo fuertemente influida por concepciones escatológicas, perspectivas ingenuamente optimistas respecto al progreso histórico, confianza excesiva en el desarrollo de las fuerzas productivas, etc., no es menos evidente que, al interior de la propia tradición ha habido importantes contrapesos. 
Prácticamente desconocido, antes que injustamente olvidado, el caso de Manuel Sacristán es de referencia obligada. Como dijera Jorge Riechmann, “Manuel Sacristán pensó el ecosocialismo antes de que el termino ni siquiera existiera”.

En su “Comunicación a las Jornadas de Ecología y Política” de 1979 -un texto prácticamente desconocido- en seis apretados puntos, esbozó un verdadero manifiesto de marxismo ecológico que hoy haríamos bien en reivindicar. En el punto número uno ponía las cartas sobre la mesa y obligaba a un ejercicio autocrítico:

La principal conversión que los condicionamientos ecológico proponen al pensamiento revolucionario consiste en abandonar la espera del Juicio Final, el utopismo, la escatología, deshacerse del milenarismo. Milenarismo es creer que la Revolución Social es la plenitud de los tiempos, un evento a partir del cual quedarán resueltas todas las tensiones entre las personas y entre éstas y la naturaleza, porque podrán obrar entonces sin obstáculo las leyes objetivas del ser, buenas en sí mismas, pero hasta ahora deformadas por la pecaminosidad de la sociedad injusta. La actitud escatológica se encuentra en todas las corrientes de la izquierda revolucionaria. Sin embargo, como esta reflexión es inevitablemente autocrítica (si no personalmente, si en lo colectivo), conviene que cada cual se refiera a su propia tradición e intente continuarla y mejorarla con sus propios instrumentos.
En el marxismo, la utopía escatológica se basa en la comprensión de la dialéctica real como proceso en el que se terminan todas las tensiones o contradicciones. Lo que hemos aprendido sobre el planeta Tierra confirma la necesidad (que siempre existió) de evitar esa visión quiliástica de un futuro paraíso armonioso. Habrá siempre contradicciones entre las potencialidades de la especie humana y su condicionamiento natural. La dialéctica es abierta. En el cultivo de los clásicos del marxismo conviene atender a los lugares en los que ellos mismos ven la dialéctica como proceso no consumable.

En consonancia con esto, Sacristán podía afirmar sin subterfugios que “hemos de ver que somos biológicamente la especie de la hybris, del pecado original, de la soberbia, la especie exagerada”. 
Pero la biología es meramente condición de posibilidad de ciertos desarrollos. La clave de las mismos no reside en las biológicas posibilidades, sino en las estructuras económico-sociales que empujar en cierta dirección. En tal sentido, no es la humana biología la causa de los presentes descomunales desequilibrios ambientales. Su causa fundamental es el capitalismo. El desarrollo capitalista entraña, necesariamente, desmesura. Y una desmesura potencialmente autodestructiva de la propia especie humana. Ante ello, Sacristán reivindicará el valor de la mesura. Apelará al desarrollo de “una ética revolucionaria de la mesura y la cordura”

Esto es, mesura en el consumo, mesura en la relación con la naturaleza, mesura en la producción de bienes, mesura en la investigación y producción científico-técnica: no todo lo que puede ser producido debe serlo. Pero -y esto conviene subrayarlo- la mesura no se contraponía al radicalismo. Al contrario, Sacristán asumía que en términos ecológicos había que ser muy radical. Los problemas son tales, y de tal magnitud, que no hay ni tiempo para el gradualismo ni es sensato el reformismo. La crisis ecológica en la que se estaba sumergiendo la humanidad era una crisis que exigiría soluciones radicales, revolucionarias. Y no es que esperara Sacristán grandes e inminentes éxitos del movimiento obrero revolucionario.

 Mas bien al contrario, en 1981 declaró sin atenuantes que se vivían tiempos de derrota, y que nadie de su generación viviría cambios sociales progresivos. Ello no obstante, y a pesar del sólido posicionamiento del capitalismo y del naciente neoliberalismo, la dialéctica perversa del desarrollo capitalista continuaría operando: el capitalismo llevaría ineludiblemente a una situación de crisis ecológica colosal. Podía dudar Sacristán de si se hallarían soluciones a tiempo. De lo que no dudaba es de que las soluciones, si las hubiera, tendrían que ser revolucionarias. Vale decir, con cambio radical de las estructuras económicas y con modificación sustantiva de las finalidades sociales. Tampoco dudó respecto a que el movimiento obrero debería ser un actor clave. En tal sentido escribió:

Las clases trabajadoras (…) se tienen que seguir viendo como sujeto revolucionario no porque en ellas se consume la negación absoluta de la humanidad, negación a través de la cual vaya a irrumpir la Utopía de lo Último, sino porque ellas son la parte de la humanidad del todo imprescindible para la supervivencia.

La clase trabajadora debía ser vista, y tendría que verse a si misma, “como sustentadora de la especie, conservadora de la vida”. En esta línea de pensamiento, Sacristán exploró las opciones políticas, proponiendo simultanear prácticas indispensables a dos niveles: el del ejercicio del poder estatal y el de la vida cotidiana. Ambos necesarios, ambos insuficientes sin la complementariedad del otro. Pero también aclaró:

Las dos prácticas complementarias han de ser revolucionarias, no reformistas, y se refieren específicamente al poder político estatal y a la vida cotidiana. Es una convicción común a todos los intentos marxistas de asimilar la problemática ecológico-social que el movimiento debe intentar vivir una nueva cotidianeidad, sin remitir la revolución de la vida cotidiana a “después de la Revolución”, y que no debe perder su tradicional visión realista del problema del poder político, en particular estatal.

Problemas colosales, soluciones radicales. Pero se trata de un radicalismo no alocado, un radicalismo científicamente informado y mesurado. Su perspectiva política ahondaba todavía analizando problemas conexos, que siguen siendo hoy nuestros problemas. Por ejemplo sostuvo que “la crisis ecológica aumenta la validez y la importancia del principio de planificación global y del internacionalismo”.

Manuel Sacristán -que no en vano fue temprano lector de Georgescu Roegen y su tesis sobre la entropía en el proceso económico- ya lo sabía: 


el crecimiento económico ilimitado es una ilusión criminal. Lo que nuestra especie y el resto de las especies que comparten con nosotros este planeta necesitan es un reparto igualitario de las riquezas (que no son pocas) y de los esfuerzos, reducir las actividades industriales y el consumo superfluo, planificar la economía y equilibrar el metabolismo socio-natural. Nada de esto es posible sin abolir el capitalismo como modo de producción.

 La crisis ecológica se profundizará en los años próximos y las consecuencias del cambio climático, que ya se están haciendo sentir, serán desoladoras. Es imperioso, en tales circunstancias, romper toda atadura subjetiva con el sistema del capital. Abandonar las ensoñaciones reformistas: ese posibilismo castrado de las últimas décadas que llevó a ver con buenos ojos cualquier proyecto que fuera un poco menos que el neoliberalismo puro y duro. Habrá que hacer a un lado al neoliberalismo y criticar de lleno a la verdadera fuente de los males: el capitalismo. Habrá que volver a hablar de socialismo. Habrá que hacer del ecosocialismo un proyecto de masas. Y habrá que volver a pensar en la revolución. La alternativa es aceptar la hecatombe y que se salve quien pueda.


domingo, 28 de julio de 2019

Simon Leys y el maoísmo a


En los años setenta tuvo lugar un extraordinario fenómeno de confusión política y delirio intelectual que llevó a un sector importante de la inteligencia francesa a apoyar y mitificar a Mao y a su “revolución cultural” al mismo tiempo que, en China, los guardias rojos hacían pasar por las horcas caudinas a profesores, investigadores, científicos, artistas, periodistas, escritores, promotores culturales, buen número de los cuales, luego de autocríticas arrancadas con torturas, se suicidaron o fueron asesinados. En el clima de exacerbación histérica que, alentada por Mao, recorrió China, se destruyeron obras de arte y monumentos históricos, se cometieron atropellos inicuos contra supuestos traidores y contrarrevolucionarios y la milenaria sociedad experimentó una orgía de violencia e histeria colectiva de la que resultaron cerca de 20 millones de muertos.

En un libro que acaba de publicar, Le parapluie de Simon Leys (El paraguas de Simon Leys), Pierre Boncenne describe cómo, mientras esto ocurría en el gigante asiático, en Francia, eminentes intelectuales, como Sartre, Simone de Beauvoir, Roland Barthes, Michel Foucault, Alain Peyrefitte y el equipo de colaboradores de la revista Tel Quel, que dirigía Philippe Sollers, presentaban la “revolución cultural” como un movimiento purificador, que pondría fin al estalinismo y purgaría al comunismo de burocratización y dogmatismo e instalaría la sociedad comunista libre y sin clases.
Un sinólogo belga llamado Pierre Ryckmans, que firmaría sus libros con el nombre de pluma de Simon Leys, hasta entonces desinteresado de la política —se había dedicado a estudiar a poetas y pintores chinos clásicos y a traducir a Confucio—, horrorizado con esta superchería en la que sofisticados intelectuales franceses endiosaban el cataclismo que padecía China bajo la batuta del Gran Timonel, se decidió a enfrentarse a ese grotesco malentendido y publicó una serie de ensayos —Les Habits neufs du président Mao, Ombres chinoises, Images brisées, La Fôret en feu, entre ellos— revelando la verdad de lo que ocurría en China y enfrentándose con gran coraje y conocimiento directo del tema al endiosamiento que hacían de la “revolución cultural”, empujados por una mezcla de frivolidad e ignorancia, no exenta de cierta estupidez, buen número de los iconos culturales de la tierra de Montaigne y Molière.

Los ataques que recibió Simon Leys por atreverse a ir contra la corriente y desafiar la moda ideológica imperante en buena parte de Occidente, que Pierre Boncenne documenta en su fascinante libro, dan vergüenza ajena. Escritores de derecha y de izquierda y las páginas de publicaciones tan respetables como Le Nouvel Observateur y Le Monde lo bañaron de improperios —entre los cuales, por cierto, no faltó el de ser un agente y trabajar para los americanos—, y lo que más debió dolerle a él siendo católico fue que revistas franciscanas y lazaristas se negaran a publicar sus cartas y sus artículos explicando por qué era una ignominia que conservadores como Valéry Giscard d’Estaing y Jean d’Ormesson y progresistas como Jean-Luc Godard, Alain Badiou y Maria Antonietta Macciocchi consideraran a Mao “genio indiscutible del siglo XX” y “el nuevo Prometeo”.
Nunca tan cierta como en aquellos años, la frase de Orwell: “El ataque consciente y deliberado contra la honestidad intelectual viene sobre todo de los propios intelectuales”. Pocos fueron los intelectuales franceses de aquellos años que, como un Jean-François Rével, guardaron la cabeza fría, defendieron a Simon Leys y se negaron a participar en aquella farsa que veía la salvación de la humanidad en el aquelarre genocida de la revolución cultural china.
La silueta de Simon Leys que emerge del libro de Pierre Boncenne es la de un hombre fundamentalmente decente, que, contra su vocación primera —la de un estudioso de la gran tradición literaria y artística de China fascinado por las lecciones de Confucio—, se ve empujado a zambullirse en el debate político en el que, por su limpieza moral, debe enfrentarse, prácticamente solo, a una corriente colectiva encabezada por eminencias intelectuales, para disipar una maraña de mentiras que los grandes malabaristas de la corrección política habían convertido en axiomas irrefutables. Terminaría por salir victorioso de aquel combate desigual, y el mundo occidental acabaría aceptando que la “revolución cultural”, lejos de ser el sobresalto liberador que devolvería al socialismo la pureza ideológica y el apoyo militante de todos los oprimidos, fue una locura colectiva, inspirada por un viejo déspota que se valía de ella para librarse de sus adversarios dentro del propio partido comunista y consolidar su poder absoluto.

Leys se atrevió a desafiar la moda ideológica imperante en buena parte de Occidente

¿Qué ha quedado de todo aquello? Millones de muertos, inocentes de toda índole sacrificados por jóvenes histéricos que veían enemigos del proletariado por doquier, y una China que, en las antípodas de lo que querían hacer de ella los guardias rojos, es hoy una sólida potencia capitalista autoritaria que ha llevado el culto del dinero y del lucro a extremos de vértigo.
El libro de Pierre Boncenne ayuda a entender por qué la vida intelectual de nuestro tiempo se ha ido empobreciendo y marginando cada vez más del resto de la sociedad, sobre la que ahora no ejerce casi influencia, y que, confinada en los guetos universitarios, monologa o delira extraviándose a menudo en logomaquias pretenciosas desprovistas de raíces en la problemática real, expulsada de esa historia a la que tantas veces recurrieron en el pasado para justificar enajenaciones delirantes, como esa fascinación por la “revolución cultural”.

Una cultura en la que las ideas importan poco condena a la sociedad al fin del espíritu crítico

No hay que alegrarse por el desprestigio de los intelectuales y su escasa influencia en la vida contemporánea. Porque ello ha significado la devaluación de las ideas y de valores indispensables, como los que establecen una frontera clara entre la verdad y la mentira, nociones que hoy andan confundidas en la vida política, cultural y artística, algo peligrosísimo, pues el desplome de las ideas y de los valores, a la vez que la revolución tecnológica de nuestro tiempo, hace que la sociedad totalitaria fantaseada por Orwell y Zamiatin sea en nuestros días una realidad posible. Una cultura en la que las ideas importan poco condena a la sociedad a que desaparezca en ella el espíritu crítico, esa vigilancia permanente del poder sin la cual toda democracia está en peligro de desmoronarse.
Hay que agradecerle a Pierre Boncenne que haya escrito esta reivindicación de Simon Leys, ejemplo de intelectual honesto que no perdió nunca la voluntad de defender la verdad y diferenciarla de las mentiras que podían desnaturalizarla y abolirla. Ya en el libro que dedicó a Revel, Boncenne había demostrado su rigor y su lucidez, que ahora confirma con este ensayo.

Biografía

 Simon Leys, seudónimo de Pierre Ryckmans (Bruselas, 28 de septiembre de 1935 - Canberra, 11 de agosto de 2014),1​ fue un escritor, crítico literario, traductor y sinólogo belga. Sus obras tratan sobre todo de la cultura china, la literatura y el mar.
Hijo de un burgomaestre de Amberes, estudió derecho e historia del arte en la Universidad Católica de Lovaina. Con diecinueve años, participó en un viaje de un mes en China, y a partir de 1959 prosiguió sus estudios de lengua, literatura y arte chinos en Taiwán, Singapur y Hong Kong.
En 1970 se estableció en Australia para dar clases de literatura china, primero en la Universidad Nacional Australiana y posteriormente en la Universidad de Sídney. Fue miembro de la Academia Australiana de Humanidades.
En 1971 publicó Los trajes nuevos del presidente Mao, libro en el que denuncia la barbarie de la Revolución Cultural en China.
En 2004 fue galardonado con el Premio Mundial Cino Del Duca.

Tel Quel

Tel Quel fue una revista literaria francesa publicada entre 1960 y 1982.
Descripción:

En ella se debatían temas de la teoría y la crítica literaria. Sus creadores y mayor impulsores fueron Philippe Sollers y Jean-Edern Hallier. El nombre Tel Quel es una expresión francesa que se traduce al español como «sin cambios».
Fundada en 1960,​ su comité de redacción estaba compuesto por Sollers y Hallier, así como por Jean-René Huguenin, Jean Ricardou, Jean Thibaudeau, Michel Deguy, Marcelin Pleynet, Denis Roche, Jean-Louis Baudry, Jean-Pierre Faye, Jacqueline Risset, y Julia Kristeva.
Entre sus principales colaboradores se encuentran Roland Barthes, Georges Bataille, Jacques Derrida, Jean-Pierre Faye, Michel Foucault, Julia Kristeva, Bernard-Henri Lévy, Marcelin Pleynet, Maurice Roche, Tzvetan Todorov, Francis Ponge, Umberto Eco, Gérard Genette, Severo Sarduy, Phillippe-Joseph Salazar, Pierre Boulez, Jean-Luc Godard, Pierre Guyotat y Maurice Blanchot.
Cesó en 1982.

viernes, 26 de julio de 2019

El nacional socialismo fue movimiento de izquierda nacionalista y racista.-a


Carlos Rodríguez Braun considera que los nazis son una variante de la izquierda que aunque permitió la propiedad privada nominalmente, en la práctica esta era ejercida por el Estado alemán.
Como todas las variantes de la izquierda, los nazis se asociaron con los trabajadores, y el NSDAP era Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, es decir, Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán.
Sin embargo, la norma entre los socialistas y los comunistas es enlazar a los nazis siempre con los capitalistas. Como dice George Reisman la clave de la confusión a propósito de esta supuesta relación estriba en que la mayoría de las empresas en la Alemania nazi estaban en manos de propietarios privados.

Ludwig von Mises apuntó antes que nadie que los nazis eran una acepción del socialismo, y argumentó que en el nazismo las empresas eran solo nominalmente privadas, dado que las características de la propiedad eran ejercidas por el Estado alemán, que decidía la producción, precios, salarios y dividendos. 
“La propiedad estatal de facto de los medios de producción, como decía Mises, era una implicación lógica de los principios colectivistas básicos abrazados por los nazis, como que el bien común prevalecía sobre el privado, y que el individuo era un medio para los fines del Estado, y también, por supuesto, su propiedad”.
Que la Alemania nazi era una economía socializada de facto se comprueba en la imposición de controles de precios y salarios ya en 1936, supuestamente con el objetivo de controlar la inflación, que había sido producida por el propio Estado con la expansión monetaria destinada a sufragar el enorme gasto público desde que los nazis toman el poder en 1933. Como siempre, el control de los precios llevó al desabastecimiento, y de ahí al caos que esto siempre provoca, y que estamos viendo ahora en el régimen populista de Venezuela.

Mises advirtió que, para resolver el problema del desabastecimiento causado por el control de precios, el Estado sólo tiene dos posibilidades: o acabar con dicho control o aumentar la intervención hasta la socialización de la economía, que fue la opción elegida, aunque los nazis no llegaron a imponer totalmente el socialismo sino lo que Mises llamó una economía de mercado bloqueada, o paralizada.
Reisman recuerda que tanto Mises como Hayek denunciaron que los dogmas intervencionistas de los nazis no eran diferentes de las ideas mayoritariamente aceptadas entonces (y ahora…), en particular estas seis: 
1) el capitalismo es injusto y explotador, solo beneficia a una minoría; 
2) el deber del gobierno es sustituir la administración capitalista por la estatal;
3) los controles de precios y los salarios mínimos son los medios más adecuados para proteger a los consumidores y elevar el nivel de vida de los trabajadores;
4) la expansión monetaria y crediticia es el mejor método para aliviar los males del pueblo y lograr la prosperidad, y no causan ninguna crisis, porque las crisis son un mal inherente al capitalismo desregulado; 
5) los que niegan lo anterior tienen malas intenciones y son apologistas de las clases explotadoras;
6) las únicas ventajas del comercio exterior residen en las exportaciones: las importaciones son malas, y lo mejor es no “depender” del exterior.

Este artículo fue publicado originalmente en La Razón (España) el 15 de febrero de 2017.

¿Por qué Hitler y los nazis eran socialistas? (por Jan Doxrud)
Historia, Economía

Fascismo, ¿de qué estamos hablando?

En  este  artículo  pretendo  aclarar  un  error que  suele  cometerse  y es el de identificar a Hitler y el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) con el conservadurismo  y el capitalismo. ¿Cuál es  el  hecho?  Que  Hitler era socialista, es decir, pertenecía una vertiente del socialismo que ponía el énfasis en la nación (pueblo = volk) y la raza. Pero también debo añadir que, como la mayor parte de los socialismos existentes, el de Hitler  no fue completamente fiel a sus ideales, ya que su régimen fue más bien uno de carácter mixto, o más  bien  un  híbrido de socialismo y capitalismo dirigido. Hitler tuvo que ser pragmático  y  cooperar  con  elites  económicas  y  religiosas. Pero, regresando a nuestro punto,  el  nazismo  es  un  tipo  particular  de  socialismo, nacionalismo exacerbado y racismo. Estos dos últimos elementos no son necesariamente contrarios al socialismo,  es  decir, pueden coexistir sin mayores  problemas  (hasta  Stalin se vio en la necesidad de apelar al nacionalismo y no a la ideología cuando Hitler inició la Operación Barbarroja). El socialismo tampoco se contrapone al imperialismo ya  que  Stalin  y  sus  sucesores  llevaron  a  cabo  un  política  de expansión ideológica que forzó a la Europa oriental a permanecer bajo su violento yugo. En relación  al antijudaísmo, debemos decir que Stalin no fue un personaje que se caracterizó por su amor a los judíos.

Todo  este tema  de  la  derecha y  la  izquierda hay  que  entenderlo  en su contexto. Desde la década de  1930  la  propaganda comunista manipuló groseramente el lenguaje y, por ende, el significado de conceptos como el  de  fascismo  y  nazismo.  No  me  centraré  en  el  fascismo  ya que abordé este en otro artículo,  pero  digamos que para los comunistas el fascismo pasó a ser sinónimo de nazismo y cualquier  postura  que  se  declarase  abiertamente  anticomunista  pasaba  automáticamente  a  ser  un  fascista.  Ser  anticomunista  sin  ser  fascista era prácticamente imposible, pero cualquier persona intelectualmente honesta sabrá que tal aseveración  es  una falacia. En ese sentido y en aquel contexto quizás  se  puede  decir  que el nacionalsocialismo era de derecha ya que no era de izquierda, es decir, comunista.  De  lo  que  se  trata  entonces es de hacer  un uso correcto del lenguaje y dejar claro que el nazismo fue conservador en algunos aspectos (como lo fue el comunismo), revolucionario en otros y ciertamente  no fue capitalista,  lo  cual  no  significa que este sistema fuese completamente abolido (abolición que,  por  lo  demás,  nunca  sucedió  en ningún régimen socialista, salvo el de los Jemeres Rojos). Pero hay que aclarar que la propiedad privada  en  Alemania, tal como lo explicó Ludwig von Mises y posteriormente George Reisman, era de carácter  puramente  nominal, ya que el ejercicio del poder a la larga residía en el Estado. Al respecto escribe Reisman:

"Lo  que  Mises  identificó  fue  que  la  propiedad  privada  de  los  medios  de  producción  existía  sólo nominalmente  bajo  el  régimen  nazi  y que la sustancia real de la propiedad de los medios de producción residía en el gobierno alemán. Porque fue  el  gobierno  alemán,  y  no los propietarios nominales privados, el que ejerció todos los poderes sustantivos  de la propiedad…decidió lo que  iba  a  ser  producido,  en  qué cantidad, mediante qué métodos, y a quiénes  serían distribuidos (lo producido), así como los precios que se cobrarían y lo salarios que se pagarían , y qué dividendos  y  otros ingresos privados se les permitiría recibir a los propietarios. La posición de los supuestos propietarios privados, demostró Mises, se reduce esencialmente a la de los pensionistas”[1].


¿Hitler  de  derecha  y  conservador?

 Si  Hitler hubiese sido un conservador y un hombre de derecha alemán,  lo  más lógico hubiese sido que  el  caudillo alemán, una vez alcanzada la Cancillería (1933) y muerto  el Presidente Hindenburg, hubiese llamado nuevamente al Kaiser Guillermo II exiliado en Bélgica para reinstaurarlo en el trono. Esto  no sucedió puesto que Hitler tenía en mente un proyecto refundacional,  un  nuevo  Reich  que  marcaría  una  nueva  historia  para  Alemania.  En relación al concepto  de “conservadurismo”  cabe decir que tal concepto no puede abordarse como si orbitase en un  “vacío  histórico”  o  fuera  de  un  contexto  histórico determinado. Cabe añadir que esta palabra la estoy tomando desde el punto de vista de quien “conserva”  algo, como por ejemplo una tradición, lo cual no es algo negativo ya que la civilización ha progresado no  sólo  a  través de cambios sino que también conservando aquellos aspectos que la favorecen.

Desde  este punto de vista, todos somos conservadores en alguna medida (así, de pasada, terminamos con  esa  dicotomía  absurda de conservador versus progresistas). El que se opone a cualquier clase de cambio no son los conservadores  sino  que  los dogmáticos. Así, Hitler si fue conservador en algunos aspectos  como cuando invocaba a la mitología y cultura alemana (Lohengrin, Parsifal,  Wagner, etc). Pero  el  punto  más  controvertido  es  el  de  afirmar  que  Hitler  era  un  socialista , lo  cual  es comprensible  ya  que  a  ningún  socialista marxista o socialdemócrata le gustará que su nombre esté asociado al pártido nazi, pero el hecho  es  que ese es el caso. Podrán tratarse de distintos socialismos, pero al final,  pertenecen  a  la  misma  familia  ideológica. Pero  la  mejor forma de demostrar esto es recurriendo a las palabras del dictador populista alemán,  al programa  de  los  25 puntos  del partido nazi y al breve escrito de Joseph Goebbels sobre qué es el socialismo. Destaquemos algunos de  los 25 puntos del Programa nazi (Asamblea de Hofbrauhaus. 1920):

4. Sólo puede ser ciudadano el que sea miembro del pueblo. Miembro del pueblo sólo puede ser el que tenga sangre alemana, sin consideraciones por su confesión religiosa. Ningún judío puede, por consiguiente, ser miembro del pueblo.

10. El primer deber de todo ciudadano debe ser producir, espiritual ó corporalmente. La actividad del individuo no ha de contravenir los intereses de la colectividad, sino que ha de desarrollarse dentro del marco comunitario y en provecho de todos.

11. Abolición de las ganancias obtenidas sin trabajo y sin esfuerzo. Quebrantamiento de la servidumbre del interés.

13. Exigimos la nacionalización de todas las empresas monopólicas y de los trusts.

14. Exigimos la participación en las ganancias en las grandes empresas.15. Exigimos una ampliación generosa de la asistencia social a la vejez.

16. Exigimos la creación de una clase media sana y su conservación; la comunalización de las grandes tiendas y su alquiler a bajo precio a pequeños artesanos y talleristas y un decidido trato preferencial de éstos en los suministros al Estado, las provincias o los municipios.

17. Exigirnos una reforma agraria adaptada a nuestras necesidades nacionales; la creación de una ley para la expropiación gratuita de tierras para fines de bien común.

18. Exigirnos la lucha implacable contra aquellos que con su actividad perjudican el interés común. Los viles criminales del pueblo, los usureros, los especuladores, etc., serán castigados con la pena de muerte, sin consideraciones de ninguna índole por su confesión y su raza.

Los 25 puntos del Programa nazi

Dentro  del programa estatal y económico del partido nazi destaca el Principio politico-económico, donde  se  enfatizaba  que   la  misión  de  la  economía  comunitaria  (Volkwirtschaft)   era   la   de cubrir  las  necesidades  del  pueblo  y  no  la  de  lograr  una  rentabilidad  cada  vez  más alta para el capital  prestamista.  También  cabe  destacar  el principio político-financiero el  cual  afirmaba que las  finanzas  estaban  al  servicio   del  Estado  y  que  los  poderosos  del  dinero no debía formar un Estado dentro del Estado, de manera que  la meta  del  partido  destruir  la  servidumbre  del interés. Tal servidumbre podría ser abolida por medio  de  una  serie de medidas. En primer lugar había que liberar  al Estado y al pueblo de su endeudamiento tributario  frente  a  los  grandes  prestamistas. En segundo  lugar  se  debía  nacionalizar  el  Reichsbank  y  los  bancos  de  emisión.  En  tercer  lugar había  que  implantar  una  moneda  estable  con respaldo.  En cuarto lugar se debía crear un Banco de la Construcción y de la Industria de la utilidad pública. En  quinto  lugar  se menciona la idea de otorgar  préstamos  sin  intereses.  En  sexto   lugar  se  hacía  necesario   modificar   radicalmente  la práctica  impositiva  conforme  a  los  principios  sociales  de  la  economía  comunitaria, liberando a los consumidores de la carga de impuestos indirectos, y de los productores de aquellos impuestos que frenaban la producción. Por último la financiación de todas las grandes obras públicas se realizarían mediante emisión de bonos estatales sin intereses.

Tenemos entonces que la ideología del partido nazi era una de tipo socialista, claro que nacionalista y racista, a diferencia del internacionalismo del socialismo marxista que no apelaba a una raza o nación en particular, sino que a los  proletarios  sin  distinción de ningún tipo. Para entender este socialismo debemos recurrir al escrito de Joseph Goebbels, Ministro de propaganda y Canciller del Reich tras el suicidio de Hitler. El jerarca nazi explicaba que los nazis veían en el socialismo una manera de lograr la  unión  de  todos  los  ciudadanos,  así  como  una forma de mantener la herencia racial y de poder recobrar la libertad política y renovar el Estado alemán. Pero Goebbels toma distancia del socialismo marxista en cuanto a que en el socialismo nacionalista alemán no consistía en una lucha de clases. Ya que involucraba a toda la población alemana. En otras palabras para el líder nazi, el socialismo sin el elemento nacionalista el socialismo era una mera teoría, era nada, un castillo en el cielo. A esto añade Goebbels:

“El  pecado del pensamiento liberal fue sobrepasar al socialismo nacional, creando fuerzas, permitiendo sus energías  ir  en  una dirección contra lo nacional. El pecado del Marxismo era degradar al socialismo en  una  pregunta  de  sueldos  y  estómagos, poniéndola en conflicto con el Estado y su existencia nacional. Comprendiendo  estos  dos  factores,  nos  permite  llegar  a  un  nuevo  sentido  del  Socialismo, que  ve  su naturaleza como nacionalista, progreso estatal, liberando y construyendo”.


Termina el autor con la siguiente exclamación:

¡Nosotros estamos contra el burgués político, y para el Nacionalismo genuino!

¡Nosotros estamos contra el Marxismo, pero para el verdadero Socialismo!

¡Nosotros estamos a favor del primer estado Nacional alemán de naturaleza Socialista!

¡Nosotros estamos a favor de los trabajadores alemanes NacionalSocialistas!

El socialismo, al igual que el anarquismo y el capitalismo, puede venir en distintos sabores, y el nacionalsocialismo es uno de ellos.

Aquí dejo un extracto de la declaración de del nacismo en Chile en la década de 1930 (que poco contacto y vínculo guardaba con el alemán)

jueves, 25 de abril de 2019

Giovanni Gentile.-a

Giovanni Gentile

Biografía.

(Castelvetrano, 1875 - Florencia, 1944) Filósofo y escritor italiano. Terminó sus estudios de filosofía en 1897 y entró inmediatamente en la enseñanza; desde 1906 ejerció como profesor universitario. Ésta fue también la fecha del comienzo de su colaboración y amistad con Benedetto Croce, que acababa de fundar La Critica. En 1917 se instaló en Roma, donde su actividad de sabio profesor se vio casi suplantada por otra fuerte pasión: la política. Desde 1920 Mussolini recurrió a la competencia de Gentile y le nombró ministro de Instrucción Pública (1922).
A su paso por el gobierno se debe una de las más radicales reformas de la enseñanza, fundada en una nueva orientación de los estudios y no en una modificación de los reglamentos administrativos. Gentile fue nombrado senador en 1925, y creó diversos organismos de cultura que dirigió o presidió, en tanto que iba acumulando honores. Al caer el régimen fascista se mantuvo fiel al mismo, y una vez restaurado apoyó el gobierno republicano, del cual aceptó algunos cargos; pero su Discurso a los italianos, pronunciado el 24 de junio de 1943 en el Capitolio, le creó enemigos aun en su propio campo, y casi un año después cayó asesinado por un desconocido a la puerta de su casa.
Autor fecundo, Giovanni Gentile fue ante todo un filósofo. Partió de la reforma de la dialéctica de Hegel, la cual, según sus propias palabras, significaba la aceptación de este concepto fundamental: la historia se identifica con el pensamiento actuante o con la filosofía. Por este camino desembocó en su doctrina del "actualismo", que expuso en su obra Teoría general del espíritu como acto puro (1916), dedicada a Croce.
En esa época graves divergencias ya habían separado a los dos amigos en el terreno filosófico, a pesar de su común aversión por el positivismo y el empirismo. Gentile tendía a aproximarse a Giambattista Vico y alcanzaba progresivamente el desarrollo final de su doctrina en el tratado de lógica: Sistema de lógica como teoría del conocimiento (1917-23), y luego en el tratado de estética: La filosofía del arte (1931). Aparte de sus numerosas obras, dirigió la edición de varios autores (Giordano Bruno y Baruch Spinoza, entre otros) y fue director técnico de la Enciclopedia italiana.

Asesinato.

Miembro del Gran Consejo Fascista, permaneció fiel a Mussolini después de la creación de la República Social Italiana. El 24 de junio de 1943 pronunció su Discurso a los italianos donde señaló los errores en que había caído el fascismo y pidió la unidad de todos los italianos fueran fascistas o no.​ Fue asesinado en abril de 1944 por partisanos (miembros de la resistencia antifascista) dirigidos por Bruno Fanciullacci, gracias a la ayuda de Teresa Mattei (quien conocía personalmente a Gentile por haber sido su discípula en la Universidad de Florencia), cuando Gentile se dirigía a interceder por un grupo de docentes y estudiantes universitarios que habían sido acusados de actividades antifascistas.
 Su asesinato dividió al frente antifascista. Fue desaprobado por la rama toscana de la CLN con la única excepción del Partido Comunista Italiano, que aprobó el asesinato y se atribuyó su responsabilidad. Mussolini ordenó una investigación sospechando que un grupo de fascistas contrarios a Gentile habían realizado el asesinato, pero dicha hipótesis fue desestimada.

Obras.

De carácter filosófico en general

L'atto del pensare come atto puro (1912)
La riforma della dialettica hegeliana (1913)
La filosofia della guerra (1914)
La teoria generale dello spirito come atto puro (1916)
I fondamenti della filosofia del diritto (1916)
Sistema di logica come teoria del conoscere (1917-1922)
Guerra e fede (1919)
Dopo la vittoria (1920)
Discorsi di religione (1920)
Il modernismo e i rapporti tra religione e filosofia (1921)
Frammenti di storia della filosofia (1926)
La filosofia dell'arte (1931)
Introduzione alla filosofia (1933)
Genesi e struttura della società (póstumo, 1946)

De carácter historiográfico.

Delle commedie di Antonfrancesco Grazzini detto il Lasca (1895)
Rosmini e Gioberti (1898, tesis doctoral)
La filosofia di Marx (1899)
Dal Genovesi al Galluppi (1903)
Bernardino Telesio (1911)
Studi vichiani (1914)
Le origini della filosofia contemporanea in Italia (1917-1923)
Il tramonto della cultura siciliana (1918)
Giordano Bruno e il pensiero del Rinascimento (1920)
Frammenti di estetica e letteratura (1921)
La cultura piemontese (1922)
Gino Capponi e la cultura toscana del secolo XIX (1922)
Studi sul Rinascimento (1923)
I profeti del Risorgimento italiano: Mazzini e Gioberti (1923)
Bertrando Spaventa (1924)
Manzoni e Leopardi (1928)
Economia ed etica (1934)
Studi su Dante (1965; editado por Vito A. Bellezza)

De carácter pedagógico.

L'insegnamento della filosofia nei licei (1900)
Scuola e filosofia (1908)
Sistema di pedagogia come scienza filosofica (1912)
I problemi della scolastica e il pensiero italiano (1913)
Il problema scolastico del dopoguerra (1919)
La riforma dell'educazione (1920)
Educazione e scuola laica (1921)
La nuova scuola media (1925)
La riforma della scuola in Italia (1932)

Durante el fascismo.

Manifesto degli intellettuali del fascismo (1925)
Che cos'è il fascismo (1925)
Fascismo e cultura (1928)
Origini e dottrina del fascismo (1929)
La mia religione (1943, discurso en Florencia)
Discorso agli Italiani (1943, discurso en Roma)


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Diccionario filosófico marxista · 1946

no figura

Diccionario filosófico abreviado · 1959

Giovanni Gentile (1875-1944)

Filósofo y político italiano, profesor de la Universidad de Roma, ministro de Instrucción Pública en el gobierno de Mussolini. En su trabajo La filosofía de Marx (1899), criticó el marxismo. Gentile sometió igualmente a revisión la doctrina de Hegel eliminando de ella la naturaleza y la idea objetiva, elaboró el sistema del “actualismo”, variedad subjetivo-idealista del neohegelianismo. Todo cuanto existe, según Gentile, es resultado del movimiento del pensamiento pensante. El pensamiento siempre es actual, activo; su creación no se halla vinculada a condiciones de espacio y tiempo. La materia por él engendrada es muerta, inerte, aunque forma una unidad con el pensamiento. Para evitar el solipsismo, Gentile introduce el concepto del “Yo” universal. La realidad no es idéntica a las ideas de la conciencia individual, sino que es el pensamiento puro del principio supraindividual, trascendental, en el universo, principio que en el proceso de formación supera todas las contradicciones. En sus concepciones político-sociales, Gentile evolucionó del liberalismo al fascismo. El subjetivismo y el voluntarismo de su filosofía se convirtieron en uno de los fundamentos de la ideología del fascismo italiano. Trabajos principales: La reforma de la dialéctica hegeliana (1913), El sistema de la lógica como teoría del conocer (1917).

Diccionario filosófico · 1965:202

Giovanni Gentile (1875-1944)

Filósofo y político italiano, Ministro de Educación en el gobierno de Mussolini. En la obra La filosofía de Marx (1899) sometió a crítica el marxismo. Gentile revisó también la doctrina de Hegel y creó el sistema del “actualismo”, variedad idealista subjetiva del neohegelianismo. Según Gentile, todo lo existente es resultado del movimiento de la idea pensante, que siempre es actual y activa; su creatividad no está circunscrita a las condiciones del espacio y el tiempo. La materia engendrada por el pensamiento es muerta e inerte, aunque se halla en unidad con él. La realidad no es idéntica a las ideas de la conciencia individual, sino que constituye el pensamiento puro del principio trascendental suprapersonal en el Universo, el cual, en el proceso de su formación, supera todos los contrarios. En sus opiniones sociopolíticas, Gentile evolucionó del liberalismo al fascismo. Obra fundamental: La reforma de la dialéctica hegeliana (1913).

Diccionario de filosofía · 1984:195

jueves, 27 de abril de 2017

Marxismo-leninismo.-a





El marxismo-leninismo es la teoría del movimiento de emancipación del proletariado, la teoría y la táctica de la revolución socialista proletaria y de la dictadura del proletariado, la teoría de la construcción de la sociedad comunista. «La historia de la filosofía y la historia de la ciencia social enseñan con toda claridad que en el marxismo no hay nada que se parezca al “sectarismo”, en el sentido de una doctrina tímida, anquilosada, que ha surgido al margen de la gran ruta del desarrollo de la civilización mundial. Por el contrario, el genio de Marx está precisamente en haber dado soluciones a los problemas planteados antes de él por el pensamiento avanzado de la humanidad. Su doctrina surge como la continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo» (Lenin). La filosofía del marxismo –el materialismo dialéctico y el materialismo histórico– constituye el fundamento teórico del comunismo, la base técnica del partido marxista. Defendiendo del modo más resuelto el materialismo filosófico contra todas las tentativas de desvirtuarlo, combatiendo contra las diversas formas del idealismo filosófico, Marx y Engels no se detuvieron en el materialismo de sus predecesores, sino que imprimieron nuevo impulso a la filosofía, enriqueciéndola con las adquisiciones de la filosofía clásica alemana, especialmente de la filosofía de Hegel. La más importante de estas adquisiciones es la dialéctica. El alma del marxismo es la dialéctica materialista, “la teoría del desarrollo en su forma más completa, más profunda y más libre de unilateralidad, la teoría de la relatividad del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en constante desarrollo” (Lenin). “Ahondando y desarrollando el materialismo filosófico, Marx lo llevó hasta su término e hizo extensivo su conocimiento de la Naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una conquista formidable del pensamiento científico. El caos y la arbitrariedad que imperaban en las opiniones sobre la historia y sobre la política dejaron el puesto a una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que revela cómo de un sistema de vida social se desarrolla, al crecer las fuerzas productivas, otro más alto, cómo de la servidumbre de la gleba, por ejemplo, nace el capitalismo” (Lenin). Por oposición a las teorías idealistas que reconocen la idea, la inteligencia, como el fundamento del desarrollo de la sociedad, Marx demostró que el régimen económico, las condiciones materiales de la producción y no las ideas, son el fundamento sobre el cual se erigen las superestructuras políticas, &c.; que la fuerza motriz del desarrollo en las sociedades divididas en clases antagónicas, es la lucha de clases. La obra principal de Marx, El Capital (ver) está consagrada al estudio del régimen económico de la sociedad capitalista. “Allí donde los economistas burgueses veían una relación entre cosas (cambio de unas mercancías por otras), Marx puso de manifiesto una relación entre personas” (Lenin). En su teoría de la plusvalía, Marx descubrió la fuente de las ganancias y de la riqueza de la clase capitalista. “La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx” (Lenin). Investigando las leyes que rigen el desarrollo del modo capitalista de producción, Marx fundamentó el carácter inevitable de su muerte y el triunfo del comunismo. En comparación con el feudalismo, el capitalismo que le sustituyó era un régimen más progresista. Pero una forma de explotación y de opresión de los trabajadores fue reemplazada por otra. Como reflejo de la opresión capitalista y de la protesta contra ella, comenzaron inmediatamente a surgir diversas doctrinas socialistas. El socialismo rudimentario era un socialismo utópico: criticaba acremente el régimen capitalista, lo condenaba, fantaseaba acerca de un régimen mejor en el que no hubiera explotación, pero no podía señalar una salida real. Marx y Engels fueron los primeros que transformaron el socialismo de un sueño en una ciencia. Pusieron de manifiesto el papel histórico-universal de la clase obrera como sepulturera del capitalismo y creadora de la sociedad socialista. Lo principal en el marxismo es la doctrina de la dictadura del proletariado. Marx escribía que “entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda”, que “el Estado de este período no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”. Para la lucha contra la burguesía, el marxismo pertrechó a la clase obrera con una teoría revolucionaria, dando al movimiento obrero que hasta entonces se desarrollaba de una manera espontánea, una orientación socialista. Cuando se revelaron las primeras manifestaciones de la influencia de las ideas marxistas sobre las masas, “todas las fuerzas de la vieja Europa se unieron para la santa cruzada” contra el marxismo. La burguesía luchaba y sigue luchando contra el marxismo no sólo por la violencia. “La dialéctica de la historia hace que el triunfo teórico del marxismo obligue a sus enemigos a revestirse con el ropaje marxista. El liberalismo podrido interiormente, intenta revivir bajo la forma del oportunismo socialista” (Lenin). “El oportunismo no siempre consiste en renegar abiertamente de la teoría marxista o de algunas de sus tesis y conclusiones. A veces, el oportunismo se manifiesta en el intento de aferrarse a determinadas tesis aisladas del marxismo, que han comenzado ya a envejecer, y de convertirlas en dogmas, para contener de este modo el desarrollo ulterior del marxismo y con él, consiguientemente, el desarrollo del movimiento revolucionario del proletariado” (Historia del P. C. (b) de la U.R.S.S., Compendio). El marxismo es una ciencia creadora. Los fundadores del marxismo consideraban siempre su teoría como una teoría revolucionaria, como guía para la acción. Muerto Engels, Lenin, el formidable teórico, y después de su muerte, sus discípulos con Stalin a la cabeza, son los únicos marxistas que no sólo desenmascararon implacablemente a los oportunistas de toda calaña y defendieron el marxismo contra su desnaturalización, sino que imprimieron nuevos impulsos gigantescos a la teoría marxista, enriqueciéndola con nuevas experiencias, bajo las nuevas condiciones de la lucha de clases del proletariado. Demostraron práctica y efectivamente la omnipotencia del marxismo creador. El marxismo-leninismo es la concepción del mundo única, indisoluble, armónica y científica de la clase obrera. Marx y Engels actuaron y batallaron en el período del capitalismo industrial que aún se desarrollaba en una línea ascendente, en el período en que el proletariado se preparaba para la revolución. Lenin y Stalin, los geniales discípulos de Marx y Engels, actuaron ya en el período del imperialismo, en el período del capitalismo agonizante, en el período de las revoluciones proletarias, en el período en que la revolución proletaria ya ha triunfado en un país y ha inaugurado la era de la democracia proletaria, la era de los Soviets, la era de la construcción del socialismo. “He aquí por qué el leninismo es un nuevo desarrollo del marxismo” (Stalin). El leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias. «…Lenin no “añadió” ningún “principio nuevo” al marxismo, ni tampoco suprimió ninguno de los “viejos” principios del marxismo» (Stalin). Basándose plena y enteramente en los principios del marxismo, Lenin lo continuó, teniendo en cuenta las nuevas condiciones, la nueva fase imperialista del capitalismo. Stalin, en su entrevista con la primera delegación de obreros norteamericanos, señaló lo nuevo aportado por Lenin al tesoro del marxismo. En primer lugar, Lenin elaboró el problema del imperialismo, nueva fase del capitalismo. “En esto, el mérito de Lenin, y por lo tanto lo que hay de nuevo en Lenin, es que basándose en los principios fundamentales de El Capital hizo un fundamentado análisis marxista del imperialismo, última fase del capitalismo, poniendo al desnudo sus lacras y las condiciones de su hundimiento inevitable. De este análisis surgió la tesis, bien conocida de Lenin, de que en las condiciones del imperialismo la victoria del socialismo es posible en algunos países capitalistas tomados por separado” (Stalin). Luego, Lenin desarrolló la idea de Marx sobre la dictadura del proletariado, descubriendo el Poder de los Soviets corno su forma estatal: definió la dictadura del proletariado como la forma específica de la alianza de clase del proletariado con las masas explotadas de las clases no proletarias (campesinos, &c.); demostró que en la sociedad de clases la dictadura del proletariado es el tipo más elevado de la democracia. Lo fundamental en el leninismo es la teoría de la dictadura del proletariado, lo que hace también del leninismo “la teoría internacional de los proletarios de todos los países y sirve y es obligatorio para todos los países sin excepción, incluyendo los países desarrollados desde el punto de vista capitalista” (Stalin). Bajo las nuevas condiciones, en el periodo de transición del capitalismo al socialismo, en un país cercado por Estados capitalistas, Lenin planteó de una manera nueva el problema de las formas y los procedimientos de la construcción eficaz del socialismo, fundamentando la posibilidad de edificar una sociedad socialista en el país de la dictadura del proletariado cercado por Estados capitalistas, a condición de que este país no fuese estrangulado por una intervención militar. Lenin señaló las formas y caminos concretos de la construcción del socialismo, demostrando que en la U.R.S.S., existe todo lo necesario para su triunfo. Luego, Lenin desarrolló la idea de Marx sobre la hegemonía del proletariado, elaborando “un sistema armónico de la dirección de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo por el proletariado, no sólo para derrocar el zarismo y el capitalismo, sino también para edificar el socialismo bajo la dictadura del proletariado” (Stalin). Sobre el problema nacional-colonial, basándose en las ideas de Marx, Lenin las desarrolló, adaptándolas a la nueva época, reunió aquellas ideas en un todo único, en un sistema armónico de concepciones sobre las revoluciones nacional-coloniales en la época del imperialismo, demostrando que la solución del problema nacional-colonial está indisolublemente relacionada con el derrocamiento del imperialismo, “proclamó la cuestión nacional-colonial como parte integrante del problema general de la revolución proletaria internacional” (Stalin). Lenin dotó a la clase obrera rusa y a la clase obrera internacional de una teoría armónica sobre el Partido, sobre los fundamentos políticos, tácticos, orgánicos y teóricos de dicho partido, un partido de nuevo tipo, radicalmente distinto de los partidos de la Segunda Internacional infectados totalmente por el oportunismo. La teoría de Marx, Engels y Lenin obtuvo su ulterior desarrollo en los trabajos de Stalin, quien no sólo desenmascaró implacablemente a los enemigos del leninismo, no sólo defendió contra ellos la unidad, el carácter monolítico y la pureza del Partido bolchevique, sino que desarrolló e impulsó la teoría de Lenin sobre el Partido. Sobre la base de la teoría de Lenin, Stalin continuó desarrollando la teoría sobre la posibilidad del triunfo del socialismo primeramente en unos cuantos países y en un solo país por separado, y de la imposibilidad de su triunfo simultáneo en todos los países, bajo las condiciones del imperialismo. Stalin siguió desarrollando las grandes ideas de Lenin sobre la industrialización del país y la colectivización de la economía agraria, elaboró el problema de la vía de transformación socialista del campo y de la liquidación de los kulaks como clase sobre la base de la colectivización total. Stalin elaboró y siguió desarrollando la doctrina de Marx, Engels y Lenin sobre el Estado en las condiciones del socialismo, mientras durase el cerco capitalista. Dotó al Partido y al pueblo de la Unión Soviética del conocimiento de las leyes de la lucha de clases en las nuevas condiciones y señaló el papel que el Estado proletario desempeña en la defensa de las conquistas del comunismo. Los trabajos de Stalin sobre el problema nacional pertenecen a las mejores páginas de la literatura marxista mundial en este dominio. Stalin continuó desarrollando la teoría de Marx, Engels y Lenin sobre el socialismo y el comunismo, demostrando que el movimiento stajanovista prepara las condiciones para el tránsito del socialismo al comunismo. Bajo la dirección de Stalin, los principios fundamentales del comunismo científico están ya prácticamente realizados en la U.R.S.S., y sancionados por su Constitución, la Constitución del primer Estado socialista en el mundo. En la Constitución staliniana está sintetizada la gigantesca experiencia de la construcción de la sociedad socialista en la U.R.S.S. Los más difíciles problemas esbozados en sus líneas fundamentales por Marx, Engels y Lenin –los problemas del tránsito del socialismo al comunismo, de la supresión de los contrastes entre la ciudad y el campo, entre el trabajo manual y el trabajo intelectual–, fueron elaborados por Stalin y bajo su dirección están siendo prácticamente solucionados en la U.R.S.S. Stalin enseña que el eje de las tareas históricas en el período del socialismo es la tarea de la asimilación de la teoría marxista-leninista por los cuadros la intelectualidad soviética. Dominar el marxismo-leninismo significa aprender a distinguir su letra de su esencia, asimilarse su contenido, aprender a emplearlo en las diferentes condiciones de la lucha de clases, saberlo enriquecer, desarrollar e impulsar en consonancia con la nueva situación histórica y los nuevos objetivos. Un poderoso medio de asimilación del marxismo-leninismo es el Compendio de Historia del P. C. (b) de la U.R.S.S., creado por el Comité Central del Partido Bolchevique con la participación personal de Stalin. (Ver: Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la U.R.S.S., Compendio.)

Diccionario filosófico marxista · 1946:192-195

Marxismo-leninismo

Teoría del movimiento de liberación del proletariado, teoría y táctica de la dictadura del proletariado, teoría de la construcción de la sociedad comunista. “La historia de la filosofía y la historia de la ciencia social enseñan con toda claridad, que en el marxismo nada hay que se parezca al “sectarismo”, en el sentido de ser una doctrina cerrada, petrificada, nacida al margen de la ruta principal del desarrollo de la civilización mundial. Por el contrario, toda la genialidad de Marx consiste, precisamente, en que él dio las respuestas a preguntas que ya se había planteado el pensamiento avanzado de la humanidad. Su doctrina surgió como una prolongación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, de la economía política y del socialismo” (Lenin).

Diccionario de filosofía y sociología marxista · 1959:60-61

Marxismo-leninismo

Ciencia relativa a las leyes del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad, a la revolución de las masas explotadas, a la victoria del socialismo, a la construcción de la sociedad comunista; ideología de la clase obrera y de su Partido Comunista.

Fueron fundadores del marxismo los geniales pensadores y jefes de la clase obrera Carlos Marx y Federico Engels. Habiendo sintetizado y reelaborado críticamente todo lo valioso y avanzado que fue creado por el pensamiento social a lo largo del desarrollo multisecular de la humanidad, armaron al proletariado con la teoría revolucionaria de la lucha por la construcción de la sociedad comunista sin clases. Al revelar las fuerzas motrices del desarrollo social, y descubrir las leyes objetivas que sirven de base para este desarrollo, el marxismo realizó una revolución en la historia del pensamiento social.

Marx y Engels vivieron y trabajaron en la época en que el capitalismo se desarrollaba aún en línea ascendente, cuando recién maduraban las premisas para la revolución proletaria. En el linde entre los siglos XIX y XX el capitalismo entró en su última etapa monopolista (ver Imperialismo). En la época, en que el centro del movimiento revolucionario mundial se trasladó a Rusia, el jefe del proletariado ruso Lenin defendió al marxismo de los atentados de parte del revisionismo y el oportunismo, desarrolló de manera creadora el marxismo, adaptándolo a las nuevas condiciones históricas. El leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria, de la época de la victoria del socialismo.

Las partes integrantes del marxismo-leninismo son: la filosofía marxista, la economía política marxista y la teoría del comunismo científico. La filosofía del marxismo-leninismo, el materialismo dialéctico, representa la unidad del método dialéctico marxista y el materialismo filosófico marxista. La dialéctica marxista es la ciencia más profunda y multifacética sobre el desarrollo. El materialismo filosófico marxista es la forma superior del materialismo, que revela científicamente las leyes del desarrollo del mundo objetivo. El materialismo histórico es la aplicación del materialismo dialéctico al estudio de la vida de la sociedad. El materialismo dialéctico e histórico, fundamento teórico del comunismo, es el único método correcto de investigación científica y transformación revolucionaria del mundo en interés de las masas trabajadoras. Los problemas de la filosofía marxista son expuestos en forma más completa y amplia en las obras: El Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, Crítica de la economía política de Marx, Anti-Dühring de Engels, Materialismo y Empiriocriticismo de Lenin.

La economía política marxista-leninista estudia las relaciones sociales de producción, es decir las relaciones económicas entre los hombres. La piedra angular de la teoría económica de Marx es la teoría de la plusvalía, que revela la naturaleza de la explotación capitalista, fuente de enriquecimiento de la clase burguesa. El marxismo-leninismo enseña que las relaciones de producción del capitalismo, que al principio contribuyeron al crecimiento de las fuerzas productivas, a la creación de la gran producción social, se transformaron posteriormente en grilletes para el desarrollo de las fuerzas productivas. Se agrava extremadamente la contradicción entre el carácter social de los bienes materiales existente bajo el capitalismo y la forma privada de su apropiación. Madura la necesidad de la liquidación revolucionaria de las relaciones de producción capitalistas. La teoría económica marxista fundamenta científicamente la inevitabilidad de la desaparición del capitalismo y de la victoria del comunismo. Las obras principales de la economía política marxista son El Capital de Marx e Imperialismo, etapa superior del capitalismo de Lenin.

También antes de Marx y Engels existían teorías que pregonaban la necesidad del establecimiento del socialismo, pero no eran científicas, sino utópicas. Criticando agudamente el orden de cosas capitalista, el socialismo utópico no podía sin embargo señalar el camino correcto hacia el socialismo, no vio la fuerza capaz de liquidar al régimen capitalista y construir la sociedad socialista. El marxismo-leninismo transformó el socialismo de utopía en ciencia, demostró que el capitalismo mismo crea las condiciones de su desaparición personificadas por el proletariado, la clase más revolucionaria de la historia, llamada a ser el sepulturero del capitalismo y el creador del comunismo. La teoría del comunismo científico está expuesta con mayor profundidad en las obras: Crítica del programa de Gotha de Marx, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, El Estado y la Revolución, La economía y la política en la época de la dictadura del proletariado y El izquierdismo enfermedad infantil del comunismo de Lenin.

La fuerza motriz de toda sociedad antagónica, enseña el marxismo-leninismo, es la lucha de clases, la lucha entre los explotadores y los explotados. Para cumplir su misión histórica, el proletariado tiene que realizar, en alianza con el campesinado trabajador y otras capas explotadas de la población, la revolución socialista, expropiar a la burguesía los medios de producción y transformarlos en propiedad social. La doctrina marxista-leninista sobre el comunismo fundamenta científicamente la legitimidad de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado, señala los caminos concretos de la construcción de la sociedad comunista.

La producción social en gran escala, el crecimiento del proletariado y la elevación de su conciencia de clase y organización crean las condiciones objetivas para la transformación revolucionaria del régimen capitalista. En la solución del problema de la transformación socialista de la sociedad, el marxismo-leninismo es ajeno al esquematismo. Lenin señalaba que “todas las naciones llegarán al socialismo; esto es inevitable, pero no todas llegarán en forma idéntica, cada una de ellas aportará algo peculiar a tal o cual forma de la democracia, a tal o cual variedad de la dictadura del proletariado, a tal o cual ritmo de la transformación socialista de los diversos aspectos de la vida social”.

La revolución proletaria no se limita a la toma del poder por el proletariado. Después de tomar el poder, el proletariado lo utiliza para la construcción de la sociedad socialista. Por eso la teoría de la dictadura del proletariado, como contenido fundamental del período de transición del capitalismo, al comunismo, es lo principal en el marxismo-leninismo.

Muy importante para la solución exitosa de todas las tareas de la revolución socialista es la teoría marxista-leninista sobre el partido del proletariado como forma superior de organización de la clase obrera, como su destacamento de vanguardia. Los Partidos Comunistas y Obreros, que se apoyan en su actividad en la teoría marxista-leninista, son la fuerza dirigente y orientadora en la preparación y la realización de la revolución, en la construcción del socialismo y del comunismo.

El marxismo-leninismo es una ciencia creadora, que se desarrolla y enriquece constantemente en el proceso del desarrollo y la generalización de la experiencia del movimiento obrero internacional, de la construcción socialista y del desarrollo de la ciencia.

Diccionario filosófico abreviado · 1959:322-325

Marxismo-leninismo

Doctrina revolucionaria de Marx, Engels y Lenin; constituye un sistema íntegro y armónico de concepciones filosóficas, económicas y político-sociales. El marxismo surgió en la década de 1840, tuvo por cuna la lucha liberadora de la clase obrera y se convirtió en expresión teórica de los intereses fundamentales de dicha clase, en programa de su lucha por el socialismo y el comunismo. El nacimiento del marxismo representó un gran viraje revolucionario en la ciencia de la naturaleza y de la sociedad. Los fundadores del marxismo llevaron a cabo una hazaña científica sin par en la filosofía, la economía política, la teoría del socialismo y otras esferas del saber humano, crearon una auténtica ciencia revolucionaria, cuyo objetivo no se circunscribía a explicar acertadamente el mundo, sino que se incluía, además, el propósito de modificarlo. La doctrina de Marx, indicaba Lenin, es completa y armónica. Proporciona al hombre una concepción cabal del mundo. Es omnipotente porque es exacta. Lo principal, en el marxismo, estriba en la fundamentación del papel histórico-mundial de la clase obrera como creadora de la sociedad comunista, sin clases- El comunismo científico –importantísima parte componente del marxismo-leninismo– tiene su profunda fundamentación económica en la economía política creada por Marx, teoría que nos descubre las leyes del modo capitalista de producción y demuestra que el cambio de la sociedad capitalista en socialista es inevitable. La base filosófica del marxismo-leninismo está constituida por el materialismo dialéctico e histórico. El marxismo-leninismo se desarrolla como una doctrina viva y creadora, incompatible con todo dogmatismo. Extrae de la vida, de la práctica revolucionario, su fuerza creadora. Es característico del marxismo-leninismo, el estrecho vínculo entre la teoría y la práctica, y ello lo distingue de todo género de teorías reformistas y revisionistas. Marx y Engels prosiguieron infatigablemente las investigaciones acerca de su teoría, la fueron enriqueciendo con nuevas tesis y conclusiones cuya veracidad comprobaban en la experiencia revolucionaria de las masas, en los nuevos éxitos de la ciencia. La nueva etapa en el desarrollo creador del marxismo está indisolublemente unida al nombre de Vladimir Ilich Lenin, fiel continuador de la teoría de Marx. La aportación de Lenin a la doctrina marxista es tan grande que con razón esta teoría se llama, hoy, marxismo-leninismo. La nueva época histórica que se inicia a fines del siglo XIX –la época del imperialismo y de las revoluciones socialistas– planteó al movimiento comunista internacional nuevos problemas acerca de la teoría y de la práctica de la lucha revolucionaria. Lenin aplicó con gran maestría la dialéctica marxista al análisis de los fenómenos de la época que se iniciaba, prosiguió el análisis que Marx había hecho del capitalismo, formuló una teoría científica acerca del estadio imperialista del modo capitalista de producción, hizo avanzar la teoría de la revolución socialista y llegó a la conclusión de que era posible la victoria del socialismo primero en un solo país. La victoria de la revolución socialista en la U.R.S.S. convirtió en realidad las ideas de Lenin. El Partido Comunista de la Unión Soviética elaboró un plan para construir la sociedad socialista e hizo posible que se llevara a cabo. El subsiguiente desarrollo creador del marxismo-leninismo se halla indisolublemente unido a la experiencia de la construcción socialista en la U.R.S.S. y en los países de democracia popular, a la formación del sistema socialista mundial, al paso de la U.R.S.S. al período de la edificación del comunismo en todo el frente. En las resoluciones y en los documentos de los Congresos XX y XXII del P.C.U.S. y de los partidos proletarios de otros países, de las Conferencias de representantes de partidos comunistas y obreros, la teoría marxista-leninista ha alcanzado desenvolvimiento ulterior en su aplicación a los problemas del desarrollo mundial en nuestro tiempo y de la lucha por la paz, por la democracia y por el socialismo. Una de las importantes condiciones para el desarrollo creador de la teoría marxista-leninista en este periodo, ha sido la superación de las nocivas consecuencias del culto a la personalidad de Stalin, el restablecimiento de las normas leninistas de la vida del Partido, del Estado y la sociedad. El programa del P.C.U.S., elaborado y aprobado por el XXII Congreso, representa un nuevo e importante hito en el desarrollo del marxismo-leninismo. En el programa se hace una síntesis de los conocimientos marxistas-leninistas acerca de todas las cuestiones esenciales de nuestro tiempo. Se parte del examen de los nuevos fenómenos del capitalismo moderno, se generaliza la experiencia de la lucha de clases y de la lucha de liberación nacional en la etapa presente, se resuelven con espíritu creador los problemas de la revolución socialista, de la guerra y de la paz, las cuestiones fundamentales de la edificación del comunismo. Todo el espíritu, todo el contenido del programa del P.C.U.S. son un reflejo de la unidad existente entre la teoría del marxismo-leninismo y la práctica de la edificación comunista. Cuestiones como la creación de la base material y técnica del comunismo, como la formación de relaciones sociales comunistas y la educación del hombre nuevo son problemas esenciales de la teoría marxista-leninista y, al mismo tiempo, de la práctica de la construcción comunista. Por primera vez en la historia del marxismo-leninismo, en el programa se determinan las vías concretas de la construcción del comunismo, las tareas en el dominio de la industria y de la agricultura, en el desenvolvimiento del Estado, de la ciencia, de la cultura y de la educación comunista. Actualmente, el marxismo-leninismo no es sólo la teoría, sino también la práctica de centenares de millones de personas que construyen el socialismo y el comunismo. Bajo el socialismo, y en la edificación del comunismo, el papel y la importancia de la teoría marxista-leninista crecen extraordinariamente, pues el socialismo y el comunismo se construyen de manera consciente y planificada. En el programa del P.C.U.S. se subraya que el Partido considera como importantísima obligación suya seguir impulsando el desarrollo de la teoría marxista-leninista a partir del estudio y de la generalización de los nuevos fenómenos de la vida de la sociedad soviética, así como de la experiencia del movimiento obrero y de liberación en todo el mundo, conjugar con espíritu creador la teoría y la práctica de la construcción comunista. Una de las condiciones importantes para el ulterior desarrollo del marxismo-leninismo sigue siendo, como antes, la lucha contra el revisionismo, el dogmatismo y el sectarismo, contra las tergiversaciones, cualesquiera que sean, de la teoría revolucionaria de Marx, Engels y Lenin, la lucha por llevar a la práctica, de modo creador, esta teoría.

Diccionario filosófico · 1965:295-297

Marxismo-leninismo

Sistema científico de opiniones filosóficas, económicas y sociopolíticas, creado por Marx y Engels y desarrollado con espíritu creador en las nuevas condiciones por Lenin. El marxismo surgió a mediados del siglo 19, cuando se vislumbraron ya los límites históricos del capitalismo y salió a la palestra de la historia el futuro sepulturero del capitalismo: la clase obrera. Fue creado sobre la base de la reelaboración crítica de las realizaciones de la filosofía clásica alemana (Hegel, Feuerbach), la economía política de A. Smith y D. Ricardo y el socialismo utópico de Saint-Simon, Fourier y Owen, que Lenin llamó fuentes del marxismo. Las partes integrantes interiormente interconectadas del marxismo-leninismo son: la filosofía (materialismo dialéctico e histórico), la economía política y el comunismo científico. El marxismo-leninismo no sólo explicó científicamente el mundo, sino que determinó las condiciones, vías y medios de su transformación. La aplicación de los principios de la filosofía marxista, de la dialéctica materialista al análisis de la sociedad condujo al descubrimiento de las leyes de su funcionamiento y desarrollo. Por primera vez la sociedad fue concebida como un organismo íntegro en cuya estructura se pueden destacar las fuerzas productivas, las relaciones de producción y las esferas –determinadas por ellas– de la vida social: el Estado, la política, el Derecho, la moral, la filosofía, la ciencia, el arte y la religión. Marx y Engels crearon la economía política científica, que puso de relieve la naturaleza de la explotación capitalista, demostró el carácter históricamente pasajero del capitalismo y fundamentó la necesidad del tránsito al socialismo. Los principios y el programa de la edificación de la nueva sociedad constituyen una importantísima parte integrante del marxismo-leninismo: el comunismo científico. El marxismo mostró que la transición del capitalismo al socialismo se opera en virtud de la lucha de la clase obrera, cuya misión histórica consiste en la conquista revolucionaria del poder político, con el objetivo de suprimir toda explotación del hombre por el hombre y edificar el comunismo. El movimiento obrero sólo vence en caso de que se una a la teoría socialista, al marxismo. Esta unión la realiza el partido comunista, vanguardia de la clase obrera, su organizador y dirigente. El marxismo-leninismo es una guía para la transformación de la sociedad y la naturaleza. No es una colección de dogmas y recetas preparadas, sino una doctrina en constante desarrollo. Una nueva etapa importantísima en el desarrollo del marxismo está ligada a la actividad de Lenin que enriqueció creadoramente todas sus partes integrantes en el período en que la revolución proletaria y la edificación del socialismo se convirtieron en una cuestión de práctica inmediata. Elevó a un peldaño cualitativamente nuevo la filosofía marxista al sintetizar las últimas realizaciones del pensamiento científico, y desarrolló en todos sus aspectos la dialéctica materialista, aplicándola a las nuevas condiciones de la vida social. Lenin formuló la doctrina del imperialismo como fase superior última del capitalismo, y enriqueció la teoría de la revolución socialista. En el proceso de dirección de la primera revolución socialista del mundo, Lenin determinó las vías concretas de edificación de la nueva sociedad. En el presente, el marxismo-leninismo se desarrolla con espíritu creador gracias a los esfuerzo colectivos del PCUS y de otros partidos comunistas y obreros, los cuales analizan el proceso de profundización de la crisis general del capitalismo, así como la contradicción fundamental de la época contemporánea –la existente entre el socialismo y el capitalismo– y su influencia sobre los procesos del desarrollo mundial. La experiencia histórica ha confirmado que las regularidades generales de la revolución socialista y la edificación de la nueva sociedad se manifiestan en diversas formas concretas en dependencia del grado de desarrollo de la sociedad y de la correlación de las fuerzas de clase en el país y en el ámbito internacional. Estas regularidades sirven de base objetiva a la solidaridad internacional de la clase obrera y de todas las fuerzas del movimiento liberador mundial. Tiene trascendental significado la conclusión de los partidos comunistas de que no existe la inevitabilidad fatal de una nueva guerra mundial, el análisis del nexo entre la coexistencia pacífica y la lucha de clases, así como la importancia de la lucha por la paz para el progreso social. El PCUS y los partidos comunistas y obreros de otros países socialistas elaboraron la concepción sobre la sociedad socialista desarrollada, madura. Al ser construida en la URSS la sociedad socialista desarrollada, el Estado de la dictadura del proletariado se convirtió en Estado de todo el pueblo y se formó una nueva comunidad histórica: el pueblo soviético. Los partidos comunistas defienden el carácter creador del marxismo-leninismo en la lucha contra la ideología burguesa y contra las tergiversaciones revisionistas y dogmáticas del marxismo-leninismo. En nuestra época, la teoría marxista-leninista concede una atención primordial a los problemas de la edificación socialista y comunista, de la lucha de la clase obrera en los países capitalistas y del movimiento de liberación nacional. Toda la marcha del desarrollo social contemporáneo demuestra la fuerza y la vitalidad, la justeza de las conclusiones y tesis fundamentales del marxismo-leninismo y hace ver su creciente influencia sobre la orientación, las formas y el ritmo del progreso social. El marxismo-leninismo se apoderó de las mentes de la humanidad progresista y se materializa en la actividad de millones de personas que luchan por una vida mejor y construyen el socialismo y el comunismo.

Diccionario de filosofía · 1984:272-273

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