domingo, 25 de agosto de 2019

La nostalgia en Cine y Televisión en la actualidad 2019 a


LA NOSTALGIA INUNDA LA TAQUILLA MIENTRAS UNOS POCOS VALIENTES MIRAN AL PRESENTE

El cine ha muerto. O, al menos, eso han dicho en diferentes ocasiones cineastas como Martin Scorsese, Nicolas Winding Refn, David Cronenberg, Charlie Kaufman o Ridley Scott. Siguen haciendo películas (aunque alguno ya se ha pasado a las series), pero su fe en la supervivencia del medio tal y como lo conocíamos parece que es bien poca. No, el cine no ha muerto, pero sufre una enfermedad crónica bastante preocupante: la nostalgia. Es una dolencia que no es tóxica por sí sola (nos ha dado películas para el recuerdo), sino por su capacidad para condicionar las preferencias del público masivo, la dirección de los presupuestos de las grandes (y no tan grandes) productoras y, en consecuencia, las oportunidades de nuevas ideas/historias/personajes para alcanzar la gran pantalla. La nostalgia es una enfermedad avivada por las comunidades online y las redes sociales que, después de unos años de epidemia, parece ya algo inherente en el ecosistema de las grandes producciones de Hollywood.
Este fin de semana se ha estrenado la última película de Quentin Tarantino, ‘Érase una vez en Hollywood’, y la dosis de recuerdos colectivos está servida: las series de ‘cowboys’, el ‘star system’ alojado en Beverly Hills, Bruce Lee dando patadas voladoras, Steve McQueen de fiesta en fiesta, Sharon Tate viviendo el Sueño Americano antes de su fatal asesinato, el movimiento hippie que se torció en una carretera peligrosa y el morbo de un momento histórico que marcó el fin de los años 60 en Estados Unidos, la década de la contracultura. Es un retrato prodigioso, liderado por un actor en decadencia (Leonardo DiCaprio) y su doble de acción (Brad Pitt), en el que el director pretende borrar las partes feas del relato, como ya hizo en ‘Malditos bastardos’. Pero la necesidad de cambiar la Historia muestra uno de los problemas más preocupantes de nuestra sociedad: la incapacidad de enfrentarnos a nuestro propio pasado.

Tan bonito como es el gesto de Tarantino en el final del filme (y tanto jugo que le saca Noel Ceballos en su brillante reflexión en GQ), también simboliza de forma quizás involuntaria la terrible necesidad que tenemos de expiar los recuerdos más dolorosos de nuestra memoria colectiva e intercambiarlos por una imagen que nos resulte más cómoda. La comodidad es, sin duda, la norma a seguir en la cultura de hoy, ya sea con narrativas poco arriesgadas, con nostalgia convertida en guiños constantes al pasado compartido (y la intertextualidad como moneda de cambio) o alargar/imitar/rehacer historias que nos vienen muy a mano. Y es que en tiempos de incertezas, buscamos seguridad, una fuerza estabilizadora en que encontramos en un remake, una secuela, un 'reboot', un 'spin-off' y de ahí hasta el infinito (y más allá). No es que Hollywood se haya quedado sin ideas, como algunos apuntan, sino que apelar a lo conocido es (a veces) un negocio seguro. En un momento de saturación de opciones, y con los millones y millones que cuesta hacer una película de gran presupuesto, apostar por lo seguro es todo lo que quieren hacer las grandes 'major'. Y lo seguro no incluye lo nuevo.

En los últimos años podemos advertir algo preocupante: sí, nos cuesta indagar en las partes más incómodas de nuestra historia o incluso de nuestros ídolos, pero más pavor aún nos da enfrentarnos al presente. ¿Qué películas hoy en día hablan de los problemas del mundo en el siglo XXI? Entre las más taquilleras de 2019, ninguna: con una abrumadora predominancia de Disney, vemos nostalgia noventera (‘El rey león’, ‘Aladdin’, ‘Toy Story 4’), fantasía comiquera entre el espacio exterior y la década de los 90 (‘Vengadores: Endgame’, ‘Capitana Marvel’, ‘Spider-Man: Lejos de casa’) y cuentos de hadas formulaicos a la búsqueda de Oscars (‘Green Book’). El año pasado, la película más taquillera en España fue ‘Bohemian Rhapsody’, un inerte homenaje a la banda británica Queen y su icónico cantante, Freddy Mercury, que se antojaba más una 'playlist' para recordar aquella maravillosa música de los 70 y 80 (es decir, para complacer a un público que se arrancaba a aplaudir y cantar en mitad de la sala de cine) que una historia que quisiese entender la esencia de su personaje (o de la época, o de la música, o de cualquier cosa).

Parece un mal endémico del cine, pero la televisión (que en general parece más abierta a nuevas miradas y retratos contemporáneos, quizás porque tiene menos que perder) también exhibe algunos ejemplos de nostalgia. El más claro: ‘Stranger Things’. La tercera temporada de la serie de Netflix ha confirmado que su retrato de los 80 está algo hueco, entre sombras formulaicas de la Guerra Fría y ecos de George A. Romero tintado de puro entretenimiento. Los terceros encuentros este verano en la plataforma han continuado con ‘Glow’, que comparte con el show de los hermanos Duffer ese retrato de una época pasada (mucho más atractiva que la nuestra) donde abundaban las luces de neón y un grupo de luchadoras revolucionaba el mundo del ‘wrestling’ televisivo.

Lo cierto es que, si vamos a mirar al pasado, podemos hacerlo con cierta conciencia. La serie ‘Fosse/Verdon’, por ejemplo, nos lleva a unos años cargados de nostalgia (el Broadway de los 60, una mirada interior a la creación de clásicos como 'Cabaret' y 'All that jazz', el retrato de dos estrellas que forman parte de la memoria cinéfila), pero lo hace con una intención muy clara: que nuestros recuerdos llenos de purpurina y canon fílmico impuesto no nos despisten del hecho incontestable de que Gwen Verdon fue ninguneada en favor de la genialidad su marido, Bob Fosse, al que ayudó a construir su legado para luego desaparecer bajo la etiqueta de "asesora artística". Antes que mirar al pasado de la misma manera que siempre, centrándose en pintar una imagen de añoranza prefabricada que dista mucho de la realidad, vale la pena tener una actitud revisionista que nos enseñe de verdad sobre qué bases se han escrito nuestros libros de historia. También es el caso de ‘Pose’, una mirada a la comunidad LGTBI de los años 80, principalmente la experiencia trans, y la tradición de aquellos ‘balls’ retratados en 'Paris is burning' que darían lugar a productos masivos como ‘RuPaul’s Drag Race’. No son productos que miren constantemente añorando lo que quedó atrás, sino que cuentan sus historias con un poso de responsabilidad.

El presente, desgraciadamente, es mucho más complejo y no tan complaciente como los 60 de Tarantino o los 80 de Netflix. Hay algunos valientes que, en un mercado donde parece que solo la nostalgia vende, se han atrevido a mirar a nuestros problemas contemporáneos. La serie ‘Euphoria’ de HBO hace un trabajo brillante en su retrato de la Generación Z, olvidada absolutamente por una cultura dedicada a ensalzar tiempos pasados, y habla de una realidad entre redes sociales, un espectro de sexualidad mucho más amplio y los problemas de los adolescentes de hoy. Al presente mira también 'Years and Years', una de las revelaciones del año, que incluso avanza más allá de 2019 para especular sobre dónde nos llevarán los problemas que no estamos solucionando. Spoiler: nos llevan al desastre. El futuro se convierte así, como en 'El cuento de la criada', en un espacio para la reflexión sobre el presente, porque las distopías no dejan de ser un reflejo distorsionado de nuestra propia realidad. Una llamada de socorro que nos obliga a examinar qué estamos haciendo mal.

¿Por qué preferimos idealizar el pasado a mirar al presente?
 En en un momento de crisis y poca adhesión al nacionalismo británico en los años 80, se creó una tendencia cinematográfica cuyas características pueden alinearse con todo lo que hemos venido comentando. Se trata del 'heritage film', que construyó la imagen en pantalla de una Gran Bretaña icónica, victoriana, de vestidos blancos y hombres trajeados, de grandes castillos y bailes respetuosos en amplios salones, muy a lo ‘Downton Abbey’. Una tendencia que romantizaba el pasado, elevaba la importancia de las historias de las clases pudientes, eliminaba los conflictos de las comunidades con menos recursos y creaba una fascinación por el lujo de una era que no tuvo nada de elegante. El problema de estos productos es la de crear una visión del pasado apta para el consumidor, pero no realista. Cuando se cuentan historias sobre épocas que los actuales espectadores no han podido vivir, el pasado se convierte en un lienzo en el que crear imágenes simples para retratar momentos históricos altamente complejos. Y así, qué importará lo que digan los libros de Historia mientras en las mentes de todos exista esa fantasía de la opulencia. Así de fuerte es el poder de las imágenes.

Por eso, deberíamos tener cuidado con la forma en la que idealizamos ese pasado. La nostalgia no es inofensiva, sino extremadamente política. Mirar atrás moldea nuestra memoria, que es muy corta aunque no queramos admitirlo, y nos distrae de mirar al presente. Como espectadores, lo hacemos encantados, del mismo modo que cambiamos de canal cuando llegan las noticias o no pasamos del titular en los enlaces de Twitter. Porque es cómodo. Revivir a los Cazafantasmas una y otra vez también lo es. Pensar que en los 80 se vivía mejor y se bebía mucha Coca-Cola también. Por suerte, siempre estarán aquellos que apuestan y ganan (Jordan Peele y su 'Nosotros' es la única película original que se ha colado en el top 10 de la taquilla norteamericana este año), y tenemos cierta responsabilidad de apoyarles para que no desaparezcan. No son leones en CGI, pero lo que tienen que decir bien merece una entrada de cine.

¿Ha muerto el cine? Para nada. En un artículo publicado en The Atlantic, Derek Thompson analizaba cómo Hollywood estaba sucumbiendo a toda esta espiral de nostalgia, secuelas y búsqueda del menor riesgo, y concluía con esta reflexión:

"Las películas no están muertas en ningún sentido significativo de la palabra, particularmente ahora que pueden ser monetizadas de forma muy rentable a través de acuerdos televisivos, parques temáticos y 'merchandising'. Pero están atrapadas en una carrera armamentista cada vez más costosa con el objetivo de crear nuevas franquicias para un público nacional que busca productos originales más allá del multicine".


jueves, 22 de agosto de 2019

«Melancolía de izquierda», la tragedia de las revoluciones redentoras.-a


El asalto marxista a los cielos solo produjo un reguero de miedo, sangre, violencia, dolor y criminalidad. Este libro del profesor y filósofo italiano Enzo Traverso es una dura autocrítica de fracasos

CÉSAR ANTONIO MOLINA

11/06/2019

Este libro de Enzo Traverso, filósofo italiano y profesor en EE. UU., habla del eclipse de las utopías, fundamentalmente de la izquierda marxista. Es una visión melancólica de la historia como rememoración de los vencidos. El tránsito de la utopía a la memoria. El mejor ejemplo está en la película de Angelopoulos, «La mirada de Ulises», cuando por el Danubio baja una barcaza que lleva sedente una gran estatua de Lenin hacia el basurero de la Historia. La barcaza se aleja del escenario de la Historia para transformarse en un lugar de la memoria. Los lugares de la memoria son aquellos que tienen la necesidad de preservar una relación afectiva con un pasado agotado y bajo la amenaza del olvido. Las gentes que se detienen a ver el paso de la barcaza, como si fuera su propia existencia, miran, como diría Benjamin, unas reliquias. ¿Interpretar el mundo o cambiarlo? Este es el libro que enuncia y enjuicia los reinos perdidos de las experiencias revolucionarias. Es una dura auto- crítica de fracasos y no resignación ante el orden mundial esbozado por un ultraliberalismo desbocado.
Repensar la historia del marxismo revolucionario a través del prisma de la melancolía. La caída del telón de acero y el papel de los intelectuales y artistas diezmados en la URSS. El ángel de la historia de Benjamin que contempla un campo de ruinas que crecen incesantemente. Para Traverso difícilmente aquel mundo podrá tener redención ante la Historia: gulag, millones de asesinados, promesas sociales incumplidas, falta de libertad de expresión y de movimiento, violencia y miedo como subordinación al poder, destrucción del individualismo frente a la masa anónima…

Países adláteres

Y, luego, lo que aconteció en China y otros países adláteres. Fracasos tras fracasos de la convivencia, precisamente desde una ideología que, cínicamente, la tenía como referente. Adorno denunció la amnesia que se escondía bajo la «elaboración del pasado» incapaz para hacer el duelo de los terrores del nazismo, comunismo, maoísmo y demás ismos. Para Hobsbawm el impacto de la revolución rusa fue mayor que la francesa. La rusa acabó con las esperanzas del mundo en una utopía igualitaria.
Este ensayo abre multitud de pistas para reflexionar sobre el más oscuro pasado y tratar de evitarlo
¿Qué queda del asalto marxista a los cielos?
 ¡Nada!
Las revoluciones burguesas (la norteamericana o la francesa) tuvieron buenas consecuencias perdurables. Las comunistas solo dejaron dolor y sangre. Unas consiguieron nuevas metas de libertad, las otras lucharon furibundamente contra ella. El comunismo fracasó como proyecto ético, estético y político. Como escribe Raymond Williams en su libro «La tragedia moderna», las revoluciones siempre han tendido a negar su dimensión trágica para enaltecer su misión redentora, liberadora, apasionante y gozosa. El comunismo jamás admitió la tragedia a pesar del permanente pronunciamiento a favor de la lucha, como en el caso de Gramsci en sus «Cuadernos de la cárcel». 
Tragedia y revolución se excluían mutuamente. «La mirada de Ulises», de Angelopulos, «La vida de los otros», de Henckel, o las películas de Kusturica, son imágenes melancólicas del final del comunismo soviético. El director serbio decía que la gente compraba la ficción como si fuera una realidad.

Degradación social

En estas y otras películas, el comunismo aparece como un espacio extraño, incomprensible, de degradación social, un abismo insondable. Todo era un lamento fúnebre, una elegía. Aquel fracaso había producido un vacío insondable. Celan, en «El meridiano», habla de utopía como esperanza; y de u-topía como un no lugar. De la esperanza se había pasado al no lugar.
Enzo Traverso dedica un apartado muy importante a la bohemia de finales del XIX donde apareció la derecha revolucionaria. La bohemia era una síntesis entre una izquierda #populista antiburguesa y antidemocrática y un nacionalismo antirrepublicano que ya no sentía nostalgia por el antiguo régimen y se vuelca en un nuevo orden. Celine, Barrés, La Rochelle o Brasillach serían los representantes franceses; en Italia Marinetti; y en Alemania Van den Bruck y Benn. Fascistas coloreados por raíces bohemias.
¿Acaso Mussolini o Hitler no fueron en su juventud artistas bohemios?
Frente a esta reacción, el surrealismo cercano al socialismo revolucionario (Maiakovski o Breton y cía). Baudelaire quedó en medio de ambos fuegos. Elogió al dandi como la representación de una altiva casta, un nuevo tipo de aristocracia que se había refugiado en el culto del yo. Para Balzac un dandi equivalía a un mueble decorativo; y para Sartre era una inutilidad social.
Spengler justificó muchos de los males del siglo XX. Para huir de Spengler, decía Adorno, no bastaba con denigrar la barbarie y confiar en la salud de la cultura. Había que reconocer, antes bien, el elemento de barbarie que hay en la cultura misma. Horkheimer y Adorno en «Dialéctica de la Ilustración» hablan de una regresión a la barbarie. «La razón es totalitaria y el nazismo fue un producto de la civilización», escribieron. Y también para ambos, los totalitarismos fueron el resultado de un proceso de autodestrucción de la Ilustración. Hegel había hablado del progreso como espíritu del mundo, Adorno como catástrofe. Este libro de Traverso abre multitud de pistas para reflexionar sobre el más oscuro pasado y tratar de evitarlo.

«Melancolía de izquierda». Enzo Traverso
Ensayo. Galaxia Gutenberg, 2019. 403 páginas. 23,50 euros

lunes, 19 de agosto de 2019

Las nuevas tribus de Inglaterra.-a



18/08/2019 
Cuando la línea divisoria de la política era la derecha y la izquierda, y las lealtades eran a los tories o al Labour, en las comidas familiares de los domingos, en los pubs y en las cenas de amigos se podía hablar de política. Pero desde que la frontera consiste en seguir en Europa o marcharse, padres e hijos, compañeros de trabajo, colegas de toda la vida se tiran los trastos a la cabeza o se van dando un portazo cada vez que surge el tema. Leavers y remainers son dos tribus incompatibles, que se detestan profundamente.
Los leavers son esencialmente nacionalistas ingleses. Igual que los blancos norteamericanos de clase trabajadora de Ohio, las Dakotas y Pennsylvania que votan a Trump porque se sienten despojados de su identidad, están resentidos por el creciente protagonismo de los negros, las mujeres y los hispanos y no comparten el movimiento #MeToo. Lamentan que el Estado dedique un gasto público mayor a Escocia que a Inglaterra, que Gales y el Ulster tengan gobiernos autónomos, pero no así Yorkshire.

NOSTALGIA

Los ‘leavers’ querrían retrasar el reloj a los días del imperio, y los ‘remainers’, al 2016
Calificarlos de extrema derecha es una simplificación, aunque tienen un elemento racista que rechaza a los inmigrantes. Son populistas, culturalmente conservadores, que se sienten marginados por la globalización, abogan por sentencias más severas (incluso la pena de muerte) para combatir la delincuencia, quieren más policía y les parece bien que los agentes paren en la calle a asiáticos y afrocaribeños para pedirles los papeles. Pero lamentan el deterioro de los servicios públicos, reclaman más fondos para sanidad y educación, una mayor intervención del Estado, cortapisas a los bancos y multinacionales, más impuestos a los ricos y una cierta redistribución de la riqueza. Por eso hay muchos laboristas que son al mismo tiempo leavers.
Un miembro de esta tribu se considera “más inglés que británico” o “tan inglés como británico”, desprecia a los intelectuales y las instituciones multinacionales y desconfía de quienes ejercen el poder. Por lo general vive en el campo, no ha ido a la universidad y ya no es ningún jovenzuelo. Puede ser propietario de una pequeña empresa, tiene nostalgia del pasado, y lamenta la pérdida de la ética del trabajo duro y el servicio a la comunidad. Dice que “no tiene nada contra los inmigrantes”, pero el país ha de recuperar el control de sus fronteras, de cuántos llegan y quiénes son. Estima que el centro de gravedad de la sociedad y la vida política se ha trasladado a quienes tienen carrera, a las grandes corporaciones, a los académicos. Se siente fuera de juego, y que ningún partido político lo representa (Boris Johnson pretende cubrir ese vacío). Su identidad es leave, irse de la burocrática Unión Europea aunque sea dando un portazo, sufriendo económicamente y alentando la independencia de Escocia y la reunificación de Irlanda.

IDENTIDAD

Unos han encontrado su razón de ser en la salida de Europa, los otros, en la defensa de la UE

Así como el poso del nacionalismo inglés llevaba años latente y la revolución euroescéptica no ha hecho más que canalizarlo, el movimiento remain es por completo una novedad. Sus integrantes eran hasta hace sólo tres años parte del sistema, se definían como de centro y clase media, no eran activistas y se consideraban inmunes a las pasiones políticas. En la oposición radical al Brexit han encontrado su identidad, una causa solidaria, una razón más allá de sí mismos en la que creen y por la que vale la pena luchar, ir a manifestaciones, ondear una bandera de la UE, colocar una pegatina en la ventana, seguir obsesivamente los tuits de Jean-Claude Juncker, Michel Barnier, Donald Tusk, Sabine Weyand o Guy Verhofstadt, y pintarse la cara de azul con estrellas amarillas.
Desde el punto de vista de los leavers, los remainers son igual de fanáticos o más. A ellos les critican que ganaron el referéndum a base de mentiras, pero en el fondo se trata de malos perdedores que no aceptan el resultado y están dispuestos a darle la vuelta como sea, por la vía política o a través de los tribunales. Unos se quejan de que “uno ya no puede decir que es inglés”. Los otros, de que “te insultan si te defines como europeo”.


MARGINACIÓN

Los ‘leavers’ creen que los ingleses blancos están perdiendo su sitio
La tribu remainer se comunica a través de la página de Twitter #FBPE (Follow Back pro EU), lee el periódico digital anti Brexit The New European y las novelas de escritores eurófilos como Jonathan Coe y Ali Smith, y se envían las canciones de The Matthew Herbert Brexit Big Band. Para los estudiantes que temen perder el acceso a las becas Erasmus y a la posibilidad de trabajar en el continente, el dominio de las redes sociales viene de lejos. Para los de una cierta de edad, la pertenencia al movimiento les ha introducido de lleno en ese mundo.
La búsqueda de una identidad no es el único nexo de unión entre ambas tribus. Aunque los re mainers son por lo general parte del establishment, comparten con los leavers la sensación de que el país en el que vivían y se sentían cómodos les ha sido usurpado, de que son ignorados, de que el 52% que ganó el referéndum pretende imponer una dictadura, de que las instituciones que funcionaban se han roto, la democracia falla y los medios de comunicación –incluida la BBC– han perdido la neutralidad y favorecen el Brexit. Piensan que la moderación se ha vuelto en su contra y, enrabiados, ven al contrario no como un rival sino como un enemigo atávico que cuestiona su raison d’être. Han adoptado la confrontación y el tribalismo.


REVOLUCIÓN

Los ‘remainers’ eran gente de clase media que de repente se ha radicalizado
Entre los leavers hay laboristas, aunque dominan los conservadores por clara mayoría, pero los remainers están divididos entre todos los partidos, algo que políticamente lastra su unidad y dificulta que logren su objetivo de impedir el Brexit, batalla épica a la que se han entregado en cuerpo y alma. Los liberales demócratas consideran que encarnan la pureza del grupo, como eurófilos de toda la vida, frente a conversos o compañeros ocasionales de viaje, tories y Labour. Para los nacionalistas escoceses y galeses es una segunda identidad, como quienes tienen un segundo equipo de fútbol.

La tribu remainer siente un profundo desprecio por Boris Johnson, por Jacob Rees-Mogg y Nigel Farage, a quienes ven como ricachones aristócratas que se pueden dar el lujo de jugar al populismo y poner en peligro la economía, en la certeza de que a ellos no les va a afectar ninguna crisis. Durante mucho tiempo dieron por hechas las ventajas de la UE y no levantaron la voz cuando los euroescépticos exageraban sus limitaciones, pero ahora la defienden como el paradigma de la paz y la estabilidad en Europa, pasando por alto el sesgo hacia el fascismo en Italia, la manera en que Grecia fue ahogada económicamente por Alemania, la creciente xenofobia en Holanda, Austria y los países escandinavos, el auge de los neonazis, la falta de solidaridad hacia los refugiados... Admiran a Merkel y Macron. Creen que Johnson y compañía han convertido al Reino Unido en una caricatura, el hazmerreír del planeta. En su opinión, han sustituido al Partido Conservador como la voz del sentido común, la competencia y la responsabilidad. Al oponerse al masoquismo del Brexit, anteponen el interés nacional al de los partidos.


“Ya es hora de que llamemos a las cosas por su nombre –dice en su talk show radiofónico el eurófilo James O’Brien–. No hablemos de remainers y leavers, sino de quienes tienen razón y quienes están equivocados”. Las dos nuevas tribus de la política británica no podían ser más antagónicas y hostiles. Se inspiran mutuamente pena. Unos quieren atrasar el reloj a los tiempos del imperio; otros, a antes del referéndum. Es una batalla a muerte que no puede acabar en empate. No es de extrañar que en las casas no se pueda hablar de política... Por lo menos, sí de fútbol.

jueves, 15 de agosto de 2019

Decadencia de la socialdemocracia.-a


“Los socialdemócratas se han convertido en partidos de pensionistas”: El análisis de expertos europeos sobre la crisis de la centro-izquierda

Los académicos Sarah de Lange y Reinhard Heinisch radiografiaron el panorama de la política europea y destacaron que mientras la extrema derecha avanza en el Viejo Continente y en el mundo, la socialdemocracia se hunde y pierde sus votantes más jóvenes. El mapeo chileno lo ofrecieron la frentamplista Beatriz Sánchez y la ex subsecretaria de Educación, Valentina Quiroga.

15.08.2019 

¿Estamos asistiendo a la desaparición de la socialdemocracia? ¿Qué queda de los partidos que otrora se presentaban como la única alternativa para disputar el poder a las fuerzas conservadoras? ¿Dónde han ido a parar sus votantes? Son algunas de las preguntas que el pasado martes se plantearon en el foro “¿Crisis de la socialdemocracia?”, organizado por la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales (UDP) junto con la Fundación Friedrich Ebert (FES) y el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES).

La académica de la Universidad de Amsterdam, Sarah de Lange, como ponente principal, y el profesor de la Universidad de Salzburg, Reinhard Heinisch, fueron los encargados de radiografiar el panorama de los partidos socialdemócratas europeos; mientras que la mirada local la aportaron la líder del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, y la ex subsecretaria de Educación y directora de la Fundación Horizonte Ciudadano, Valentina Quiroga.

En el viaje por la crisis socialdemócrata europea, De Lange revisó los casos que han sido parte de sus investigaciones: Francia, Alemania, Holanda y Reino Unido. Cuatro países del Viejo Contiente que tienen en común dos tendencias: el auge de la extrema derecha, por un lado, y el declive de los partidos socialdemócratas, por el otro. Son sólo cuatro ejemplos de un mapa en el que podrían señalarse muchos otros, incluso al otro lado del Atlántico. Junto a varios cambios socialdemográficos, como el envejecimiento de la población, o el aumento de la clase media y de los niveles educativos, la académica señaló “la importancia que han tomado los conflictos socio-culturales” como otro de los factores que ha provocado el “declive estructural” de la socialdemocracia. “Los valores y las normas culturales importan más que los temas relacionados con educación o salud, tradicionalmente vinculados a los partidos socialdemócratas”, explicó.

De Lange se dedica a investigar los patrones de los votantes y los elementos contextuales que influyen en el voto a los partidos de extrema derecha. Sus estudios concluyen que el entorno en el que uno vive tiene un impacto en el apoyo a los partidos de la ultraderecha. “Tiene que ver con factores muy diversos: desde la presencia de inmigrantes en el barrio, la calidad de vida o el acceso a servicios públicos (colegios, centro médico, entre otros), hasta la seguridad o el número de propietarios de viviendas de una zona”, detalla la experta. Según ella, además, los factores de contexto que son importantes en las grandes ciudades son distintos de los que trascienden en las zonas más rurales: “Mientras en las grandes ciudades es principalmente la inmigración el factor que entrega más posibilidades de apoyar a la extrema derecha, fuera de ellas este apoyo está más relacionado con el nivel de deterioro de la zona (si está perdiendo sus servicios, si está perdiendo su gente joven porque se va a las grandes ciudades a trabajar, etc.)”, añade.

La docente holandesa consideró que este análisis es extrapolable a Chile en la medida en que la población extranjera también se concentra en las grandes ciudades y las áreas rurales empiezan a vaciarse y a decaer, por la migración del campo a las urbes del país. Por eso, la investigadora destaca la importancia de invertir en las zonas de campo “para mantener escuelas y centros de salud abiertos” y evitar, así, que sean zonas “cada vez más empobrecidas”.

Construir una nueva “alianza de clases”

El estado de salud de la socialdemocracia europea no parece ser muy alentador en la mayoría de países europeos. España y Portugal son hoy las excepciones y reflejan cierta “volatilidad” del voto socialista, según Sarah de Lange. Su diagnóstico de la crisis se enfoca en el abandono de algunos de los principios básicos de esta ideología. La docente opina que la socialdemocracia siempre se ha basado en una “alianza de clases cruzada [cross-class aliance]”, es decir, “unir bajo el proyecto de la igualdad gente de altos niveles educativos con gente de niveles más bajos; personas de clase media con otras de clase alta; y gente de zonas rurales con otra procedente de las grandes ciudades”. Ante la actual crisis, advierte que los partidos socialdemócratas tienen en sus manos la opción de construir una nueva “alianza de clases cruzada” que pueda convencer de nuevo a los votantes de que, en realidad, “hay más intereses compartidos entre ellos, que opuestos”.

Sin embargo, en su opinión, hoy a estos partidos les falta una “visión propia” para el futuro porque están “demasiado reactivos” a los movimientos de otras fuerzas, especialmente aquellas de extrema derecha, que son las que más se han concentrado en el tema migratorio. “[Los socialdemócratas] necesitan su propia mirada de los temas que nuestras sociedades tendrán que enfrentar en los próximos 20 años”, afirma.

La holandesa alertó también de la pérdida de votantes jóvenes de familia política: “Es un factor clave porque sin los jóvenes el futuro pinta muy mal”. En ese punto, respaldó sus tesis Reinhard Heinisch, experto en extrema derecha y populismos en Europa. “Los socialdemócratas se han convertido en partidos de pensionistas”, ironizó el austríaco.

Llamada a la democracia participativa

En el escenario chileno, la ex candidata presidencial Beatriz Sánchez aprovechó la instancia para deconstruir la idea de que la Concertación y la Nueva Mayoría fueron en Chile los equivalentes a los partidos socialdemócratas europeos. “Cuando la Concertación pasó de la dictadura a la democracia avanzó en las cifras de pobreza, esto es una realidad; también aumentó el nivel de consumo y las formas de vida, pero esto no fue de la mano de cambios profundos en la vida de las personas”, dijo la periodista. En su opinión, el proyecto político más cercano al modelo europeo es el representado por el Frente Amplio: “Nosotros proponíamos dejar de privatizar aspectos esenciales en la vida de las personas. En eso, el partido iba de la mano con la socialdemocracia que conocemos en Europa”, señaló.
La frenteamplista coincidió con De Lange en que los partidos más a la izquierda de la socialdemocracia –como Podemos en España, Syriza en Grecia o Die Linke en Alemania– pueden contribuir a la salida para la crisis de estas fuerzas tradicionales en la medida que tomen nota de “trabajar para una democracia participativa real” de los ciudadanos. “Hay que abrir procesos de participación vinculantes para que tomar parte en las decisiones políticas tenga una cierta gracia y le haga sentido a la gente”, dijo Sánchez.
Valentina Quiroga, por su parte, insistió en el concepto de “no desechar la idea de tener una socialdemocracia a la chilena” y afirmó que el gran desafío es “tener una mejor lectura de las necesidades que mobilizan a las personas”.

viernes, 9 de agosto de 2019

Petróleo: ¿bendición o maldición? a

Hace solamente unos años, Venezuela era el país de América Latina que, después de Argentina, parecía estar mejor situado o reunir las mejores condiciones para convertirse en una economía desarrollada. Por esa época era muy agradable ir a Caracas. El campus de la Universidad Central de Venezuela o el teatro Teresa Carreño eran instalaciones de veras envidiables. La sensación era la de una sociedad y una economía que darían el salto.
Pero parece que todos los factores que tenía Venezuela a su favor no fueron suficientes. Hace medio siglo empezó a gestarse la crisis que hoy padece ese país. El problema comenzó cuando los gigantescos ingresos petroleros y la consecuente transformación de la estructura productiva no fueron acompañados de inversiones en infraestructura y capital humano.
También vinieron los desmanes y la corrupción rampante del Copei (Partido Socialcristiano), del AD (Partido Acción Democrática) y de una clase dirigente que se lucró indebidamente de la riqueza energética, pues se evaporaron miles de millones de dólares.
El país se modernizó relativamente pero no avanzó. Más bien, la economía venezolana se estancó y se acostumbró a la facilidad de la renta petrolera, creyendo que las enormes reservas serían eternas y que bastaba con diversificarse en algunos negocios de la cadena productiva.

Después llegó Chávez, quien, al igual que los gobiernos anteriores, prometió transformar la matriz productiva. Pero tras el intento de golpe de Estado, su discurso se radicalizó, al igual que el de la oposición, y ese país cayó de nuevo en la trampa de las rentas petroleras. Cuando Chávez murió, el gobierno quedó en manos de Maduro y nada ha mejorado.
Al cabo de tantos años, Venezuela debió desarrollar ciencia y tecnología –como lo hizo Brasil– para explorar y extraer petróleo en aguas profundas, crear unas industrias pesadas y, luego, invertir en nuevas actividades según cambiaba el paradigma tecnológico. Pero no lo hizo.
Hoy, el país está preso del más absurdo modelo económico que pueda imaginarse. Venezuela es uno de los peores desastres en la historia económica contemporánea (basta con mirar su tasa de inflación). Cada vez tiene menos petróleo para vender porque las capacidades de extracción se han deteriorado, debido a que no desarrolló una industria estratégica de bienes de capital.
La debacle estructural e institucional que vive Venezuela no parece tener salida fácil, porque quienes están en la oposición son los mismos que gestaron la hecatombe.
Tampoco el populismo de Maduro es capaz de enderezar el camino, y el país ha perdido buena parte de su recurso intelectual, que era muy bueno, en el exilio.
Finalmente, Venezuela está a merced de la disputa geopolítica entre Estados Unidos, Rusia y China, muriendo lentamente en medio de un mar de riqueza.

UNA ECONOMÍA ADOLESCENTE

Aunque no ha tenido tanto petróleo como Venezuela, Colombia también ha disfrutado una bonanza petrolera de la cual aún recibe sus principales ingresos por exportaciones. Hoy, esa bonanza pretende prolongarse mediante el ‘fracking’, sin importar sus irreversibles impactos ambientales en tiempos de destrucción climática.
Ecopetrol está lejos de ser una empresa en la frontera tecnológica. Con dificultades de todo tipo, incluida la investigación penal por el caso de corrupción más grande de la historia de este país, logró construir Reficar y con mucho atraso moderniza la refinería de Barrancabermeja. Sin embargo, el Gobierno quiere vender otros activos de la cadena petroquímica para aliviar sus penurias fiscales.
Ecopetrol se ha convertido en la caja mayor para cubrir los gastos de funcionamiento del Estado, cuando debería ser la fuente de recursos para desarrollar y transformar el sistema productivo nacional. La bonanza petrolera –y, en general, la bonanza minero-energética, que en Colombia incluye oro y carbón– se debió invertir en el avance de sectores como ciencia, tecnología, educación e industrias de alta tecnología.
La fracción de las regalías que hemos logrado destinar a estas actividades ha sido bastante malgastada. Otro problema consiste en el desenfoque de las prioridades de nuestra política tecnológica. Colombia insiste en las TIC como una especialización para el desarrollo de aplicaciones digitales, lo cual es muy bueno, pero no es suficiente para aumentar la diversidad y acelerar la innovación.
No les hemos apostado a las industrias inteligentes, empezando por la electrónica y otras como la aeronáutica, la farmacéutica, los sistemas de movilidad, las energías alternativas o los nuevos materiales. Comenzamos apenas a coquetear con las industrias 4.0. Un futuro económico mejor no puede limitarse a la existencia de unidades de comercialización de las multinacionales en nuestro territorio. Hay que crear industria y atraer inversión en plantas de producción y en centros de investigación. Hay que desarrollar un sistema complejo de industrias y servicios inteligentes.

BUENOS EJEMPLOS, PERO...

Emprendimientos como Rappi y Nubank –que nació en Medellín pero opera en Brasil– son importantes e inspiradores, pero insuficientes para transformar la plataforma nacional de producción para elevar la productividad. Ejemplos mundiales –como el de Silicon Valley en California y demás Silicon Valleys esparcidos por el mundo– demuestran que también es necesario desarrollar industrias de hardware –o inteligentes– para poder multiplicar y sofisticar los negocios digitales.
Un mejor ejemplo es una empresa emergente llamada Kiwi, creada por colombianos, con sede en Medellín y también en Stanford y en China. Es la versión 4.0 de la mensajería robotizada, es decir, la integración de electrónica, materiales y software. En esta dirección también deberían apuntar las políticas TIC y la política de desarrollo productivo, porque no hay óptima industria de ‘software’ sin óptima industria de ‘hardware’.
La economía colombiana no ha madurado. El desarrollo industrial se quedó en sus etapas tempranas, y la industria sobrevive por incentivos perezosos y no por su productividad y eficiencia. También la agricultura vive de los subsidios y es de las menos productivas de América Latina, según un estudio reciente de Fedesarrollo. La actividad representa solo el 6,5 por ciento del PIB.
Finalmente, la dependencia tecnológica en bienes y servicios de punta y otros sectores intensivos en conocimiento es pasmosa, y es su mayor debilidad estructural y que impide crecimientos sostenidos del PIB por encima del 5 por ciento.
Si Colombia viviera un cerco económico y tecnológico como el de Venezuela, podría hacer algo más para autoabastecerse. Sin embargo, en poco tiempo caería en un paro productivo por su alta dependencia tecnológica.

El caso de Brasil es diferente de los anteriores. Se trata de un país que se ha convertido en potencia energética, no solo por la cantidad de petróleo disponible, sino por las capacidades que en torno a él y a otras fuentes de energía ha generado en materia de desarrollo productivo, investigación y emprendimiento.
Brasil desarrolló ciencia y tecnología para explorar y extraer petróleo en aguas profundas –es líder mundial–, construir plataformas marítimas y buques de gran tamaño para llevar el petróleo que exporta, y construyó una potente cadena petroquímica.
Basta con ver el parque tecnológico de la Universidad Federal de Río de Janeiro, que está dedicada a investigación asociada con la producción de petróleo, otras fuentes de energía y actividades afines. Ahí están asentadas cincuenta y ocho empresas, entre grandes, pymes y ‘start ups’. Entre otras, están Petrobras, Siemens, General Electric, Schumberger, Dell y Halliburton.
Entonces, en Brasil la maldición no fue el petróleo como producto, sino la corrupción en torno al petróleo. A los desvaríos ideológicos, el retroceso institucional, la crisis política y la crisis de la economía internacional del 2008 se sumó la corrupción de la gigante Odebrecht. Por supuesto, esta combinación de factores ha afectado la agenda de proyectos estratégicos del sector.

Aun así, es posible decir que si Brasil sufriera un aislamiento internacional, tendría muchas más capacidades que Colombia para autoabastecerse porque tiene la estructura productiva y de ciencia y tecnología más avanzada de América Latina.
La construcción de capacidades productivas y de conocimiento toma muchas décadas, pues implica un cambio cultural, político y de modelo económico. Solo las naciones que lo logran, las más innovadoras, pueden sobrevivir y desarrollar autosuficiencia.
La teoría y la experiencia de muchas economías muestran que la bendición de los recursos naturales se convierte en milagro si los subsidios y la acumulación se desplazan a nuevas actividades productivas, empezando por la diversificación e industrialización del recurso natural.

JAIME ACOSTA PUERTAS - RAZÓN PÚBLICA

domingo, 4 de agosto de 2019

Andrés Wood: “Me interesa la historia de los viudos de Patria y Libertad” (Araña) a


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Título original : Araña;  Año: 2019; Duración:120 min. ;País: Chile; Dirección :Andrés Wood; Guion : Guillermo Calderón ;Música: Antonio Pinto: Fotografía: Miguel Littin
Reparto: Mercedes Morán,  Marcelo Alonso,  María Valverde,  Felipe Armas,  Pedro Fontaine, Caio Blat,  Gabriel Urzúa
Productora: Coproducción Chile-Argentina; Bossa Nova Films / Magma Cine / Wood Producciones; Género:Drama

Sinopsis 

Andrés Wood vuelve a aproximarse al golpe de Estado chileno, esta vez centrándose en el frente nacionalista Patria y Libertad, grupo que en los 70 realizaba sabotajes para intentar derrocar al gobierno de Allende. El film narrará la historia de un triángulo amoroso y la traición entre tres militantes del movimiento paramilitar: Inés, Justo y Gerardo. Durante la actividad que el grupo realizaba contra gobierno de la Unidad Popular, entre Inés y Gerardo se gestará una relación amorosa. Un acto de deslealtad los separará de su camarada Gerardo, quien regresará a sus vidas 40 años después para poner en riesgo los puestos de prestigio y riqueza que han alcanzado.

Críticas

"Wood ha vuelto a contar con sus ya tradicionales colaboradores (...). Tal factor, entre otros, lleva a la audiencia de vuelta a sus altos estándares de producción, a su solvencia narrativa y a la solidez de las interpretaciones."
Pablo Marín: Diario La Tercera 

Particularmente para la historia de nuestro país, la ficción ha servido como un medio artístico donde la reflexión frente al pasado y la reconstrucción de nuestra memoria ha sido indispensable para mirar hacia el futuro. Por lo que en muchas ocasiones se ha hablado de las particularidades políticas de las producciones cinematográficas chilenas. “Araña” marca el regreso de Andrés Wood al cine después de ocho años del estreno de “Violeta Se Fue A Los Cielos” (2011), y se enfoca en el frente nacionalista Patria y Libertad, grupo paramilitar creado en 1971, basado en ideas fascistas y nacionalistas en oposición al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, marcando también el retorno del director desde “Machuca” (2004) a cintas que toman el contexto político de Chile previo al golpe militar de 1973.
La nueva película de Wood se centra en dicha organización, enfocándose en tres de sus integrantes: Gerardo (Pedro Fontaine / Marcelo Alonso), Inés (María Valverde / Mercedes Morán) y Justo (Gabriel Urzúa / Felipe Armas). Durante las actividades que el grupo realizaba contra el gobierno de Allende, el triángulo amoroso se forja, creando deslealtades y traiciones. Cuarenta años más tarde, el regreso de Gerardo pone en jaque las vidas de sus ex compañeros.



La cinta tiene como indudable objetivo el diálogo que se establece entre el pasado y el presente, creando los puentes necesarios para la reflexión frente a los hechos del ayer y sus evidentes efectos en el Chile de hoy, y cómo los protagonistas de esta historia lidian con fantasmas que aún los persiguen. Para lograr esta meta, el relato nos sitúa en el año 2018, donde tres personajes viven una vida adulta distante del espíritu joven y revolucionario que los caracterizaba; sus biografías parecen manchadas y cada uno ha decidido batallar o eludir quiénes eran hace cuarenta años, por lo que, a través de flashbacks ubicados en 1971, se va restaurando y completando esos trozos de una historia que parece incompleta. Y, aunque el relato permite contextualizar la época y se dedica a mostrar en detalle lo que estaba ocurriendo extraoficialmente, este no pretende explicar desde dónde nacen las ideologías que los personajes llevan como estandartes, pero sí se centra en el complejo triángulo interpersonal que se estaba gestando.

Los tres protagonistas de “Araña” se caracterizan por su particular complejidad, pues, una vez que Gerardo ingresa a militar en el frente nacionalista y al mismo tiempo a la vida del joven matrimonio compuesto por Inés y Justo, el inevitable desmoronamiento de su vida se empieza a acelerar, complicando cada vez más los conflictos personales y políticos por los que atraviesan. Y aunque las identidades de estas tres personas están exhibidas con vulnerabilidad y total honestidad, no están expuestas para una conexión a través de la empatía y la fácil identificación; por el contrario, sus discursos son develados sin tapujos con el objetivo de documentación frente a las ideologías que levantaron al grupo paramilitar y lo hicieron caer dos años más tarde, después del golpe militar de 1973.
Los saltos a la narración en el presente van complementando las características que estos personajes –ya con varios años a cuestas– muestran sin disimulos o engaños, y si bien esta historia no pretende ser una crónica o documentar objetivamente el viaje de estas personas, no deja de ser el reflejo de una realidad notoria, y evidencia la falta de redención a la que la ficción nos tiene acostumbrados. Por lo tanto, en ellos sigue vivo el fuego de las ideas que iniciaron al movimiento paramilitar en una primera instancia, y su humanidad es desnudada y puesta como conflicto frente a lo que el público pueda reflexionar sobre sus actos.
La dirección de Andrés Wood describe con una gran factura visual una época aún presente en la memoria. Además del paralelo y el viaje temporal establecido con sus personajes, el diálogo entre pasado y presente es aún más crudo cuando se centra en las consecuencias sociales y el estado actual de nuestro país, haciendo innegable la representación que se propone frente a la ideología de extrema derecha que se ha evidenciado con más fuerza en el último tiempo, y cómo la sensación de nacionalismo y pertenencia sigue latente.

“Araña” resulta ser una producción que arriesga en términos visuales y en su propuesta narrativa, pues, por un lado, la construcción de sus personajes da cuenta de un relato de abundante complejidad, y por otro, se caracteriza por exponer un extremo ideológico que se prefiere evitar, pero con una presencia innegable, por lo que la cinta de Wood invita a la reflexión sobre la memoria y sus consecuencias en la actualidad.

Tras ocho años fuera de las ligas del cine, el director de Machuca (2004) regresa con Araña (2019), una película incómoda y arriesgada sobre la vida, muerte y “resurrección” de tres militantes del grupo ultraderechista Patria y Libertad. Se estrena el 15 de agosto en más de 70 salas en todo Chile.
Gerardo (Marcelo Alonso) conduce un desvencijado Chevy Chevette por alguna calle del sector norte de Santiago. El paisaje se le nubla con inmigrantes de piel más oscura y con un muchacho que “carterea” a la primera mujer que se cruza en su camino. Gerardo, que luce una barba de demasiados días, cree que ha llegado su momento. Como si fuera un superhéroe del resentimiento, le saca una velocidad imposible a su auto y persigue al ladrón hasta el último callejón. El viejo justiciero está de vuelta.
Esta escena, en el Chile de nuestros días, es una fotografía instantánea de Araña, la nueva película del cineasta Andrés Wood (1965). Es el primer largometraje del director desde Violeta se fue a los cielos (2011) y es también la primera vez que el realizador de Machuca se toma tanto tiempo entre un filme y otro.
“En general me cuesta engancharme con los temas. Tengo que estar muy convencido de algo para seguir hasta el final”, reconoce Wood, que esta vez decidió poner el pie en el acelerador a fondo en un tema incómodo, difícil, eventualmente polémico: el destino de tres militantes de Patria y Libertad, el grupo de ultraderecha que se opuso a la Unidad Popular con acciones paramilitares y atentados mortales.
Esta coproducción entre Chile, Brasil, Argentina y España es ambiciosa, con al menos dos épocas en su trama. Durante la UP, Inés, Gerardo y Justo son interpretados por la española María Valverde (Tres metros sobre el cielo) y los chilenos Pedro Fontaine y Gabriel Urzúa, respectivamente. En la época actual, los roles recaen en la argentina Mercedes Morán (Neruda) y los chilenos Marcelo Alonso y Felipe Armas. Un dato interesante es que Morán y Valverde doblan al español chileno sus propias voces.
La película plantea el conflicto entre adaptados y desadaptados al interior de una colectividad aún hermética para muchos. Mientras Inés y Justo logran navegar con comodidad en el Chile democrático, el impredecible Gerardo es un fantasma que emerge para ahuyentarlos y para mostrar que la causa del odio aún tiene algo que decir.
¿Por qué le interesó contar una historia sobre Patria y Libertad?
En mi caso las películas vienen por chispazos, por personajes o hechos que las detonan. En Araña fue una huelga de camioneros durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, en el que de la nada apareció en sus manifestaciones el clásico símbolo de la araña que identificaba a Patria y Libertad. Por la misma época también vi un documental alemán (Con el signo de la araña, película de 1973 de Walter Heynowski y Gerhard Scheumann, ambos de de la ex RDA) que me impresionó mucho. Era bastante sesgada en términos ideológicos, pero alucinante por sus entrevistados y material de archivo. Queda muy claro qué pensaban, cómo actuaban y qué decían los militantes de Patria y Libertad de la época. Lo que más me llamó la atención fue el grado de ideologización de sus miembros. Ahí es cuando uno se pregunta, ¿Qué habrá sido de estos señores y de estas señoras? Yo distingo al menos tres grupos: los que se reinventaron en el minuto y son los grandes camaleones siempre vinculados al poder; los cabeza de bala, que terminan a veces en organismos como la DINA, entre ellos Michael Townley; y los viudos del nacionalismo, que son los que más me llamaron la atención. Son los románticos del grupo, los desencantados, los que están con el corazón en el pasado. De alguna manera se sintieron utilizados y creo que tienen especial relevancia hoy pues están esperando su momento para actuar otra vez. Me interesaba esa historia. Por eso Araña no es una película del pasado. Es la historia del país, pero mirada desde nuestra época.
¿Cómo empatizó con personajes así?
Fue uno de los desafíos más grandes de mi carrera. Evidentemente no tengo la misma simpatía por los tipos de Patria y Libertad que por los niños de Machuca (2004), los personajes de La buena vida (2008) o con Violeta Parra en Violeta se fue a los cielos (2011), a quien siempre admiré mucho. Sin embargo, quise tratar de entenderlos. Y ese deseo nace de mi convencimiento de que cualquier película u obra argumental chilena siempre trata de las clases sociales. Chile es un país de clases, está definido por esa división. En ese sentido, irónicamente, sí que somos los ingleses de Latinoamérica. Es curioso, pero si ves cine inglés siempre notarás que está muy claro quién viene de qué estrato social. Creo que en nuestro país el nacionalismo de ciertos grupos oculta en el fondo un clasismo muy arraigado.
¿Para hacer la película conversó con ex líderes de Patria y Libertad como Roberto Thieme o Pablo Rodríguez?
No. Me leí todos los libros posibles de ellos, pero no los entrevisté ni los contacté. No queríamos caer en los detalles historicistas, pues aún hay mucha confusión, empezando con el crimen del edecán Araya (el capitán de la Marina Arturo Araya, edecán de Salvador Allende asesinado en 1973). No está claro quién de Patria y Libertad lo mató, los que participaron en la operación o cuántos fueron. Sé que Roberto Thieme ha escrito bastante de eso, pero nuestra película no identifica a nadie ni busca ser exacta al respecto. No era la idea. Por lo demás, a la larga, tampoco nos interesaba acercarnos a entrevistarlos. Eso hubiera creado un lazo con ellos y no es lo que yo quería.
Usted hizo un guiño a Patria y Libertad en el personaje que interpretó Tiago Correa en Machuca. ¿Cuánta diferencia hay entre él y los personajes de Araña?
Ese personaje aparece con un linchaco y responde un poco a un pre-concepto muy por encima que yo tenía de la gente de Patria y Libertad: la de unos cabros locos y buenos pa los combos. Sin embargo, esa minimización es injusta con la historia de Chile: no eran sólo algunos tipos pirulos sueltos. Son personas que hicieron muchos atentados y que mataron. Y hubo una buena cantidad de participantes en esas acciones. Las armas, además, las traían de alguna manera. A lo que me refiero es que hay que observar el contexto en el que surgen: fueron un grupo, bajo mi criterio, utilizado por otras fuerzas de la sociedad.
¿Alguno de sus conocidos se incomodó cuando usted decide hacer una película sobre este tema?
Tengo amigos a los que no les ha gustado la idea de una película que se pone en los pantalones de miembros de Patria y Libertad. De alguna manera se puede creer que es poner en la misma balanza a un guerrillero de izquierda que a un radical de derecha.
¿Pueden pensar que Andrés Wood se derechizó?
Tal vez, pero a mí también me parece muy bien incomodar con una película que se haga cargo de una ideología que no se ha ido de Chile. Me refiero a que aún hay una viudez del nacionalismo en el país. Es algo muy arraigado y atraviesa todas las clases sociales. Al respecto me tocó presenciar un linchamiento y lo que ahí se vive es pura locura: se desata la rabia que la gente mantiene en secreto contra alguien más pobre o contra un inmigrante. Chile tiene incorporada una autodefensa algo enfermiza, una tendencia a protegernos de lo que no conocemos. Esa actitud es germen absoluto de movimientos como Patria y Libertad.
¿Chile abriga ahora ese nacionalismo extremo?
Quizás muchos no lo reconocen, pero esa intolerancia ante lo desconocido surge cada cierto tiempo. Se nota en los momentos de tensión, en los terremotos, cuando reaccionamos de manera muy animal y buscando las diferencias.
El personaje de Jaime Vadell, que trata de proteger a la ex militante de Patria y Libertad Inés (Mercedes Morán), es dueño de un diario, ¿Es alguna referencia en particular?
No directamente, pero sí representa al poder. Es el poder que está en todas partes. Aunque incluso es un poder un poco más a la antigua. Ese personaje representa a las viejas familias, que ni siquiera son ahora tal vez las más ricas de Chile. Otra vez es la clase, las familias, las conexiones.
¿Patria y Libertad le parece tan respetable como el MIR?
No
¿Por qué?
Porque en mi opinión Patria y Libertad ayudó a desestabilizar un gobierno democrático que no se salió de la institucionalidad aunque puede haber cometido errores, mientras que el MIR, que no son santos de mi devoción, al menos se rebelan contra el dictador. No los defiendo, pero me parecen más legítimos en su objetivo.

Existe la percepción de que el chileno medio asocia al cine nacional con la 
política y que eso no les gusta, ¿Qué opina?

Creo que muchos piensan de esa manera, pero es una visión sesgada. De la misma manera también es sesgado creer que Patria y Libertad eran cuatro locos con linchacos. Lo que pasa es que cualquier película chilena siempre va a llegar a la política. Incluso en un filme mío donde aparentemente no debería existir como La buena vida, también la hay. Este país está cruzado en cada hecho por quienes ganaron y quienes perdieron. Son a la larga también las consecuencias de la Guerra Fría.
 El problema de Araña es mucho más que intelectual: es afectivo. Esta película no quiere a sus personajes y uno como espectador los quiere todavía menos, porque son detestables.

jueves, 1 de agosto de 2019

Las monedas de Balboa de panamá.-a



sello
cara
La moneda panameña de Un balboa, nació en 2011. En cara tiene Vasco Núñez de Balboa, y el año de acuñación, y el sello el  Escudo nacional de panamá  y el valor de moneda. Se apoda  Martinelli.



 domingo 28 de julio de 2019


La señora Alicia, creo escuché se llamaba, llegó a una de las sucursales del banco de la familia panameña. Se dirigió a la caja de jubilados, y le dijo al cajero con voz un tanto trémula, pero entendible: 


Vengo a depositar mis ahorros de martinellis, son ochenta balboas.

 A un lado de ella, un adolescente, con alforja en mano, sostenía el eventual depósito. Dos o tres cuentahabientes que seguíamos en la fila, veíamos el curioso (de los múltiples) episodios en los que las polémicas monedas envuelven la sociedad panameña.
El cajero le extendió una decena de papeletas alargadas y de rayas azules en las que aparecían impresas las denominaciones de dinero a depositar, partiendo de un centavo hasta un tope de $25.00. Tras esto, dijo a la depositante: 


‘Debe colocar 20 monedas en cada una de las hojas, yo las recibo y las incluyo en sus ahorros. Doña Alicia miró su alforja en tanto su acompañante le dio a la ahorrista un toquecito de certeza, cerrando el puño derecho y lo movió a manera de satisfacción. Se fueron de vuelta a casa. Allá, pensé, tendrá mas comodidad y ayuda para meter sus monedas en el estrecho papel que advierte en mayúscula cerrada: ‘ESTE PAQUETE CONTIENE MONEDA DE LA REPÚBLICA DE PANAMÄ O DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA'.

Aquello pasó a mediados de junio de este año. Ese día, en la estación del tren de El Ingenio, dos mujeres, visiblemente desesperadas frente a la máquina de recarga, se me acercaron para que les hiciera el favor, parecía súplica, de cambiarle al menos una moneda Martinelli por un dólar. —Lo lamento, les dije, el que tengo lo ha rechazado se veía viejo, además desvencijado…. Su estética cuestionable).

Tras salir el tren, tomé un taxi. No hice comentarios al conductor anónimo sobre las vivencias del día en relación a la ya histórica —para mal o para bien— moneda. Cuando le fui a pagar, me dijo: ‘Si tiene martinellis, las recibo'. El tenía un saquito de tela y me mostraba una veintena de monedas. ‘Ese es mi ahorro favorito', comentó. Entonces, me dio el vuelto, dos dólares en buen estado.
Ha transcurrido mas de un mes de aquellas experiencias con los personajes ahorristas y las desesperadas usuarias del tren, quienes, lo más seguro, no entienden los temas de señoreaje, acuñación y de política monetaria que muestra la cuestión.


Hoy, con el arranque del ‘buen gobierno' (un eslogan atrevido y riesgoso en política), los titulares nos regresan a otro capítulo sobre el tema: El ministro Alexander afirmó que no hay planes de seguir acuñando más monedas de un balboa.
La noticia, recogida por medios televisivos, radio y prensa escrita, se basó en un mensaje hecho público por el titular de Economía y Finanzas a través de su cuenta en Twitter. Las respuestas de los tuiteros, una verdadera exclamación de júbilo por el regreso del billete verde, tuvo una interpelación, tan concreta como lógica, de una ciudadana: -Pero, ¿cuándo se acabarán los $100 millones que están en la calle?
Las monedas entraron al mercado nacional en 2014, durante el gobierno de Ricardo Martinelli. Una campaña publicitaria sirvió para mostrar su presunta superioridad frente al papel moneda: ‘se destaca su durabilidad (¡veinticinco años!), son reciclables y menos contaminantes'. Además, para sepultar cualquier duda sobre la iniciativa económica, se recordaba al usuario simpatizante del papel con la efigie de George Washington que este ‘solo duraba seis meses'.


Luis Alfredo Solano |
Mié, 05/06/2019

Para aquellos que desconocen la razón de la existencia de tan desagradable instrumento financiero, les explico un poco. Es un tema de Costo Beneficio donde prevalece la economía del país ante el gasto de la incomodidad en los bolsillos del panameño.

Para el gobierno panameño es mucho más barato licitar la emisión “Acuñamiento” de monedas Balboas que adquirir los billetes de un Dólar. La Reserva Federal  lo vende a cualquier otro gobierno los billetes y monedas que deseen adquirir al valor de este, es decir hay que pagar un dólar por un dólar, hasta allí estamos bien, pero, acá viene el mayor de los problemas, lo vende como se dice en el argot industrial “Ex Plant” es decir a las puertas de la planta de fabricación, en este caso la Reserva Federal.
Los gobiernos deben pagar para recibir el dinero comprado: Seguros, fletes a Puerto, flete entre países, flete entre puerto y Banco Nacional de Panamá, en nuestro caso, además de caravanas de resguardo en los traslados.
Como verán es un gasto que encarece el Dólar llegando a costar hasta Diez Centavos más, que no suena mucho, pero en un contenedor se pueden meter 10 millones de dólares, lo que significaría tener que pagar 1 millón de dólares para tenerlo en el banco nacional.

Agregando al costo el inconveniente que la vida útil de un billete de 1 dólar se promedia en 6 meses, es decir hay que cambiarlo, devolviéndolo a la reserva federal cada 6 meses, lo que duplica nuevamente todos los gastos.
Que sucede con el famoso Martinelli, bueno: El valor de acuñación es inferior a 1 dólar aproximadamente 95 centavos, el costo del flete es mas o menos el mismo, el seguro es inferior ya que no tiene el riesgo de transporte del billete, solo tiene valor en el territorio nacional.
No hay que cambiarlo cada 6 meses ya que una moneda tiene una vida útil de aproximadamente 30 años. Como verán, todo parece indicar que nos tendremos que acostumbrar al desagradable uso del famoso Martinelli y pagar las consecuencias de zurcir nuestros bolsillos o cargas monederos que aguanten mayor peso. 





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