jueves, 19 de marzo de 2020

El cisne negro de Piñera.-a


Los abogados constitucionalistas suelen decir que se produce un momento en la historia que lleva a la necesidad de redactar una nueva Carta Magna, instante al que se le llama momento constitucional y varios lo consideran indispensable para que ocurra el cambio. Sin duda, el estallido social del 18 de octubre produjo esa necesidad, que llevó claramente a una ventaja amplia a favor del Apruebo. Pero el coronavirus mandó dicho estado de ánimo a cuarentena, como a miles de chilenos. Los datos epidemiológicos muestran que puede ser largo el período de aislamiento y, con ello, vendrá una especie de enfriamiento del fervor social. La misma ansiedad de varios por aparecer primeros dando una solución y una nueva fecha, puede crear la sensación de que la élite política está más preocupada de aparecer en la foto de la Constitución que de la salud pública.

El matemático y filosofo Nassim Taleb escribió en el 2007 un libro llamado El Cisne Negro: el impacto de lo altamente improbable. En él se habla de cómo los hechos que no son previstos en modo alguno, cambian completamente la agenda y el sentido de la historia. Taleb dice que los analistas financieros, y por extensión los políticos, suelen cometer lo que él llama el error de la confirmación: una subvaloración crónica de la posibilidad de que el futuro se salga del camino inicialmente previsto. Bajo esa línea de pensamiento, el coronavirus es un perfecto Cisne Negro.
Hasta hace poco eran más o menos obvios dos hechos que muy pocos discutían: en primer lugar, un marzo violento que iba a traer un recrudecimiento de las protestas sociales, con una presión muy fuerte hacia la renuncia o salida del Presidente; el segundo, era el resultado del plebiscito del 26 de abril, donde había claridad del triunfo de la opción Apruebo y la conversación instalada era por cuánto y qué iba a pasar con la segunda papeleta. Ambas incertezas eran importantes en la configuración de la Convención Constituyente.
Pero no todo son buenas noticias para la derecha. El coronavirus pondrá en tensión los sistemas públicos y, como se ha visto en Europa, quienes poseen sistemas de bienestar más desarrollados serán capaces de manejar mejor la pandemia y sus efectos económicos. El neoliberalismo también quedará con serios problemas para respirar después de la epidemia. Las empresas, si no cambian el modo en que se relacionan con las personas –lo que necesariamente implica compartir utilidades, pagar más impuestos y hacer planes de valor compartido en serio y no pantomimas armadas para páginas sociales–, serán las propias sepultureras del capitalismo.
En medios de comunicación abundaban las selfies de rostros que se veían escribiendo la nueva Constitución. También en los sectores más a la izquierda se cebaban las manos con otra cabeza del Gobierno que podía caer. La expresión del ministro Mañalich respecto a que el plebiscito constitucional corría peligro fue atacada por muchos, diciendo incluso que La Moneda quería por secretaría mantener la actual Constitución. Por desgracia, esta vez el ministro tenía razón.
Hoy no hay dos voces al respecto, el plebiscito no tiene ninguna condición de efectuarse el 26 de abril. Las fechas disponibles para su reemplazo no parecen buenas y no generan el consenso necesario. Por un lado, hacerlo en las cercanías de la elección municipal obliga a los alcaldes a pronunciarse sobre el tema, haciendo más difícil la tarea para el rechazo. Otra fecha anterior –incluso mantener la actual si no hay acuerdo– tendrá el problema de la alta abstención y, por tanto, la discusión sobre el cambio constitucional partirá coja en legitimidad. Y respecto a la movilización social, a los mismos manifestantes que aplaudían con fervor en redes sociales, hoy les exigen que permanezcan en casa.
Los abogados constitucionalistas suelen decir que se produce un momento en la historia que lleva a la necesidad de redactar una nueva Carta Magna, instante al que se le llama momento constitucional y varios lo consideran indispensable para que ocurra el cambio. Sin duda, el estallido social del 18 de octubre produjo esa necesidad, que llevó claramente a una ventaja amplia a favor del Apruebo. Pero el coronavirus mandó dicho estado de ánimo a cuarentena, como a miles de chilenos.
Los datos epidemiológicos muestran que puede ser largo el período de aislamiento y, con ello, vendrá una especie de enfriamiento del fervor social. La misma ansiedad de varios por aparecer primeros dando una solución y una nueva fecha, puede crear la sensación de que la élite política está más preocupada de aparecer en la foto de la Constitución que de la salud pública.
El coronavirus no solamente puede provocar efectos horribles como en Italia, con el drama de cerca de 3 mil fallecidos por la enfermedad, sino que ralentizará la economía chilena a niveles de los ochenta. Aunque la tecnología permite el teletrabajo y en general en Chile las empresas han cumplido dicha disposición, no tenemos una economía del conocimiento, sino extractiva y muy intensiva en mano de obra no calificada, que saldrá del mercado en el momento en que esté todo cerrado. Ello provocará, obligatoriamente, un alza del desempleo y contracción de la economía. En un artículo publicado en Mirada Semanal, Osvaldo Rosales hace una comparación con la crisis subprime y concluye que habrá un impacto mayor en lo cuantitativo y más profundo en el tiempo.
En ese escenario, la discusión constitucional pasará a segundo plano en las familias. Los partidarios del Rechazo tendrán una oportunidad de oro para decir que los recursos destinados a escribir una nueva Constitución puedan destinarse a hospitales, seguro de desempleo, apoyo a las pymes, suministros médicos y tantas otras cosas que la gente reclamará.
Pero no todo son buenas noticias para la derecha. El coronavirus pondrá en tensión los sistemas públicos y, como se ha visto en Europa, quienes poseen sistemas de bienestar más desarrollados serán capaces de manejar mejor la pandemia y sus efectos económicos. El neoliberalismo también quedará con serios problemas para respirar después de la epidemia. Las empresas, si no cambian el modo en que se relacionan con las personas –lo que necesariamente implica compartir utilidades, pagar más impuestos y hacer planes de valor compartido en serio y no pantomimas armadas para páginas sociales–, serán las propias sepultureras del capitalismo.

Carlos Correa B. 19 marzo, 2020


La teoría del cisne negro
Un cisne de la especie Cygnus atratus, desconocido en Occidente hasta el siglo xviii.

La teoría del cisne negro o teoría de los sucesos del cisne negro es una metáfora que describe un suceso sorpresivo (para el observador), de gran impacto socioeconómico y que, una vez pasado el hecho, se racionaliza por retrospección (haciendo que parezca predecible o explicable, y dando impresión de que se esperaba que ocurriera). Fue desarrollada por el filósofo e investigador libanés Nassim Taleb.

Antecedentes

Los sucesos tipo cisne negro fueron descritos por Nassim Nicholas Taleb en su libro de 2007 (revisado y completado en 2010), El cisne negro. Taleb se refiere a casi todos los grandes descubrimientos científicos, hechos históricos, y logros artísticos como cisnes negros -sin dirección e inesperados. Señala como ejemplos de sucesos cisne negro: Internet, la computadora personal, la Primera Guerra Mundial y los atentados del 11 de septiembre de 2001.
El término cisne negro fue una expresión latina, cuya referencia conocida más antigua proviene de la descripción de algo que hizo el poeta Juvenal, que es: rara avis in terris nigroque simillima cygno (6.165), cuya traducción en español significa "un ave rara en la tierra, y muy parecida a un cisne negro". Cuando la frase fue acuñada, se presumía que el cisne negro nunca existió. La importancia del símil radica en su analogía con la fragilidad de cualquier sistema de pensamiento.
La frase de Juvenal era una expresión común en el Londres del siglo xvi como una declaración de imposibilidad. La expresión de Londres deriva de la presunción del Viejo Mundo de que todos los cisnes deben ser blancos, porque todos los registros históricos de los cisnes informaron que tenían plumas blancas. En ese contexto, un cisne negro era imposible o por lo menos inexistente. Después de que una expedición holandesa, dirigida por el explorador Willem de Vlamingh en el río Swan, en 1697, descubrió cisnes negros en Australia Occidental, el término se transformó para denotar que una imposibilidad percibida podría ser refutada más tarde. Taleb señala que en el siglo xix John Stuart Mill utilizó la falacia lógica del cisne negro como un nuevo término para identificar la falsificación.

En concreto, afirma Taleb6​ en el New York Times:

Lo que aquí llamamos un "cisne negro" es un suceso con los tres atributos siguientes: En primer lugar, es un caso atípico, ya que se encuentra fuera del ámbito de las expectativas regulares, porque no hay nada en el pasado que puede apuntar de manera convincente a su posibilidad. En segundo lugar, conlleva a un impacto extremo. En tercer lugar, a pesar de su condición de rareza, la naturaleza humana nos hace inventar explicaciones de su presencia después de los hechos, por lo que es explicable y predecible.
Me detengo y resumo el triplete: rareza, impacto extremo y retrospectiva (aunque no prospectiva). Una pequeña cantidad de "cisnes negros" explica casi todo en nuestro mundo, desde el éxito de las ideas y las religiones, a la dinámica de los acontecimientos históricos, hasta los elementos de nuestra vida personal.


La identificación de un suceso de cisne negro

Basado en los criterios del autor:

El suceso es una sorpresa (para el observador).
El suceso tiene un gran impacto.

Después de su primer registro, el suceso se racionaliza en retrospectiva, como si pudiera haber sido esperado (por ejemplo, los datos pertinentes estaban disponibles, pero no se contabilizaron).

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