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miércoles, 21 de octubre de 2020

500 años del descubrimiento del estrecho de Magallanes.-a


Mapa del viaje de Fernando de Magallanes de 1520.


 El estrecho de Magallanes es un paso marítimo localizado en el extremo sur de Chile​, entre la Patagonia, la isla Grande de Tierra del Fuego y varias islas ubicadas al oeste de esta hacia el océano Pacífico. Es el principal paso natural entre los océanos Pacífico y Atlántico. El estrecho lleva el nombre del navegante Fernando de Magallanes que lo descubrió en 1520 durante la expedición española a las Molucas.

De acuerdo a la Organización Hidrográfica Internacional, su boca oriental está determinada por la línea que une el cabo Vírgenes con el cabo del Espíritu Santo.​ Sin embargo, este límite no coincide lo establecido con el Tratado que firmaron Argentina y Chile, que firmaron el Tratado de 1984, que estableció en su artículo 10.º que «el término oriental del Estrecho de Magallanes [está] determinado por punta Dungeness en el Norte y cabo del Espíritu Santo en el Sur»,considerándolo íntegramente dentro de la jurisdicción de Chile, en la región de Magallanes y de la Antártica Chilena. De acuerdo con los tratados argentino-chilenos de 1881 y 1984, el acceso por su boca oriental y la navegación del mismo se encuentran asegurados a los buques de todas las banderas en todo tiempo y circunstancia.

El 22 de marzo de 1518 se oficializó en Valladolid la expedición, nombrándose al navegante portugués, al servicio del Imperio español, Fernando de Magallanes, capitán general de la flota y gobernador de todas las tierras que encontrara. En esta se acordaron los privilegios que tendrían Magallanes y Faleiro y se estableció que la armada a organizarse pasaría a conocerse como "de las Molucas". La Armada de las Molucas, compuesta por cinco naves, zarpó desde el puerto y Reales Atarazanas (antiguos astilleros) de Sevilla, atracando en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) para ultimar ajustes, preparación y aprovisionar las naves para su partida el 20 de septiembre de 1519.



Las naves eran la Trinidad, de 100 a 110 toneles, nave capitana al mando de Magallanes; la San Antonio, de 120 toneles, al mando de Juan de Cartagena; la Concepción, de 90 toneles, capitaneada por Gaspar de Quesada y con Juan Sebastián Elcano como maestre; la Victoria, de 85 toneles, comandada por Luis de Mendoza, y la Santiago mandada por Juan Serrano (nacido João Rodrigues Serrão). La dotación estaba formada por 239 hombres, desde el capitán general al último marinero. En Canarias y Brasil se agregaron más tripulantes hasta llegar a 265. La mayoría de ellos nunca más regresaría a España.

Hicieron escala en la isla Tenerife (Canarias), Recife y Río de Janeiro donde recalaron el 13 de diciembre del mismo año.

A comienzos de 1520, recorrieron el litoral oriental de Sudamérica. Al llegar a la desembocadura del río de la Plata en la vieja colonia de «Santa María de los Buenos Aires», Magallanes creyó que había hallado el paso hacia el mar del Sur, pero al internarse en este notó que solo se trataba de un inmenso caudal de agua dulce.

Continuó navegando hacia sur y el 31 de marzo de 1520 recaló a una gran bahía a la que llamó puerto de San Julián. Ordenó el desembarco para invernar por espacio de cinco meses. Durante esta estadía la nave Santiago naufragó y se produjo un motín dirigido por los capitanes de las naves. Antonio Pigafetta, cronista de este viaje, escribió:


Los traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio de Coca, contador; y Gaspar de Quesada. El complot fue descubierto: el primero fue descuartizado y el segundo apuñalado. Se perdonó a Gaspar de Quesada, que algunos días después meditó una nueva traición. Entonces, el capitán general, que no se atrevió a quitarle la vida porque había sido nombrado capitán por el mismo emperador, le expulsó de la escuadra y le abandono en la tierra de los patagones con un sacerdote, su cómplice.

Antonio Pigafetta

También ha de conocerse que Magallanes indultó a Juan Sebastián de Elcano, perdonándole la vida por haberse unido a los amotinados. Aquí tomaron contacto con los aborígenes de «estatura gigantesca», llegándole ellos un poco más allá de la cintura. Eran hombres blancos de pelo y muy fuertes de musculatura a los que Magallanes llamó patagão ('pie grande') o «patagones», y a la región, «Patagonia».

El 21 de octubre de 1520, descubrió un cabo detrás del cual se divisaba una gran entrada de mar. Al cabo lo bautizó como «de las Once mil Vírgenes». El 1 de noviembre de 1520, luego de explorar la entrada de mar, Magallanes entró al estrecho al que llamó «de Todos los Santos», ya que ese día la Iglesia católica celebra esa festividad.

Réplica de la nao Victoria de Hernando de 
Magallanes en el Museo Nao Victoria de Punta Arenas.



Al navegarlo, contempló en la ribera sur grandes fogatas que desprendían mucho humo, las cuales se producían por la cantidad inmensa de gas natural que emanaba en esa zona a la que los aborígenes habían prendido fuego en algún momento para hacer sus rituales mágicos. La bautizó como «Tierra de los Fuegos».

Pasado el golfo que le sirve de boca oriental, la escuadrilla se internó resueltamente en las primeras angosturas del canal, siguiendo siempre el mismo rumbo, el este-sur, hasta llegar a una espaciosa ensenada cerca de la cual se levantaban varias islas, la bahía San Bartolomé. En este punto, la naturaleza de aquellos canales cambiaba de aspecto. Hasta allí, el paisaje que se había presentado a la vista de los exploradores era triste y pobre. Extendidas playas de arena batidas por un viento frío, eminencias de poca altura, desprovistas de árboles y con una miserable vegetación herbácea, rocas áridas y peladas, y un cielo limpio y seco, fue todo lo que vieron en la primera parte del estrecho. Desde que pasaron la segunda angostura, el paisaje cambiaba como por encanto. Montañas más elevadas, con cimas cubiertas de nieve y con un suelo humedecido por lluvias frecuentes, ostentaban una lujosa vegetación de árboles y yerbas. Este cambio de paisaje causó una agradable sorpresa a los viajeros que acababan de pasar muchos meses en las estériles regiones de la costa oriental.

Desde la bahía en que había fondeado Magallanes, la costa cambiaba violentamente de dirección, dirigiéndose en línea recta hacia el sur. Este rumbo tomaron los expedicionarios; pero a poco andar hallaron el estrecho dividido en dos canales por la interposición de tierras montañosas. Magallanes mandó que dos de sus naves entraran por el camino al oriente, mientras él seguía avanzando por el otro canal con el resto de su escuadrilla. Las dos divisiones quedaron en reunirse en el punto en que se abren esos dos canales. Esta medida de precaución traería a Magallanes una de sus mayores dificultades.

En los primeros días de noviembre, Magallanes, recorrió la prolongación de la costa de la península de Brunswick, hasta el cabo Froward observando allí que el estrecho tomaba una dirección hacia el noroeste y esperó durante cinco días mientras las otras dos naves exploraban el canal oriental sin encontrarle salida. Una de ellas, la Victoria, al mando de Duarte Barbosa, que había avanzado menos en este reconocimiento, dio luego la vuelta a reunirse con el jefe expedicionario. La otra, denominada San Antonio, había ido más lejos todavía. Al tercer día (8 de noviembre) regresó de su exploración, pero no halló a Magallanes en el punto de reunión. Mandaba esta nave el capitán Álvaro de Mezquita, primo hermano de Magallanes y hombre de toda su confianza. Por desgracia, estaba embarcado también en el mismo buque el piloto Esteban Gómez que sublevó a la tripulación, apresó al capitán Mezquita, desertó y dio la vuelta a España, quedando solo tres naves en la expedición. Esta traición, que privaba a los expedicionarios de su buque de mayor porte y de una abundante provisión de víveres, estuvo a punto de frustrar la expedición.

Cuando el jefe expedicionario volvió al lugar en que debía reunirse toda la escuadra, experimentó la más desagradable sorpresa al ver que no se hallaba allí la nave que mandaba el capitán Mezquita. Magallanes, temiendo que la nave hubiera naufragado en el reconocimiento de los canales, redobló su actividad para buscar la nave perdida en los canales inmediatos. Solo después de algunos días, cuando había desaparecido toda esperanza de hallar a sus compañeros, resolvió Magallanes alejarse de aquellos lugares. Aun entonces, hizo poner señales en algunos puntos de la costa y dejó una marmita con una carta en que indicaba el rumbo que iba a tomar para que pudiera seguirlo la nave San Antonio.

La exploración de las tierras vecinas al estrecho no ofrecía ningún interés para Magallanes, que solo buscaba allí el paso para llegar a los mares de la India. Por otra parte, aquella región dominada por el frío no valía la pena de detener en su camino a los navegantes que iban en busca de las islas más ricas del mundo. Pero Magallanes, aun sin detenerse, se formaba un concepto cabal de las tierras que divisaba. Para él, la costa que tenía al norte era la extremidad austral del continente americano. La región del sur, que Magallanes denominó «Tierra del Fuego», por las muchas fogatas que allí encendían nativos que la poblaban, debía de ser una gran isla. Sin detenerse con las tres naves que formaban su escuadrilla, continuó resueltamente su navegación por el angosto canal que se abría con dirección al noroeste.

El 27 de noviembre de 1520 entraba, por fin, Magallanes en el océano Pacífico, como él mismo lo bautizó.​ Allí se terminó la primera exploración europea de aquella parte de Chile.

En Filipinas, Magallanes fue asesinado el 27 de abril de 1521 en una demostración de poder con solo 48 expedicionarios cristianos, se enfrentaron a más de 1500 guerreros de una tribu de aborígenes musulmanes bajo el mando de su jefe, el datu Lapu-Lapu, que no aceptaba al rey de España como amo y señor de esas tierras, en la isla de Mactán.

Debido al número de bajas sufridas, la Concepción fue quemada por los expedicionarios para reagruparse en las dos naves en mejor estado. Juan Sebastián Elcano tomó el mando de la nao Victoria y Gonzalo Gómez de Espinosa el de la Trinidad, continuando hacia las islas Molucas. Cuando partían con rumbo a España se descubrió una vía de agua en la Trinidad, lo que hizo que se quedarse con sus 53 tripulantes en la isla Tidore para realizar reparaciones, que posteriormente fueron capturados por los portugueses.

Solo regresó a España la Victoria, al mando de Juan Sebastián de Elcano con 18 hombres incluido el cronista del viaje Antonio Pigafetta. Recalaron en Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522. Fueron los primeros en circunnavegar la Tierra.

Es interesante consignar que la expedición, a pesar de haber perdido tres naves y de haber desertado una cuarta, tuvo un éxito económico importante. Solo con las especias que la Victoria transportó desde las Molucas a España, se cubrieron todos los costos y se obtuvo utilidad.



Antonio Pigafetta o de Pigafetta 




(Vicenza, Italia, c. 1480 - ib., c. 15344​) fue un noble italiano del Renacimiento que se desempeñó como explorador, geógrafo y cronista al servicio de la República de Venecia. Fue caballero de la Orden de San Juan.
Acompañando a Fernando Magallanes se trasladó a España en 1518. Allí tomó parte en la expedición de Magallanes, que culminaría con la primera circunnavegación del globo en 1522, realizada a bordo de la nao Victoria, única que regresó a España. Pigafetta fue uno de los 18 hombres, de los 265 de la tripulación inicial, (que sobrevivieron al viaje) que volvieron en la nao. Otros 18 sobrevivieron varios de la nao Trinidad que quedaron en las Molucas reparándola y los trajeron como prisioneros los portugueses a Lisboa y varios que habían quedado en cabo verde y volvieron por la misma vía 
Su relato de los hechos se titula Relación del primer viaje alrededor del mundo (1524), también conocido como la Relación de Pigafetta. Este relato es la fuente principal de información sobre el viaje de Magallanes y Elcano, y de la propia vida de Pigafetta. Por primera vez un europeo relataba el descubrimiento del estrecho de Magallanes, donde se constataba el paso navegable al océano Pacífico (masa de agua conocida desde 1513 por Vasco Núñez de Balboa, que la llamo «mar del Sur»), la Patagonia o el primer documento disponible acerca del idioma cebuano, de Filipinas.
Un miembro de su familia, Filippo Pigafetta (1533-1604), viajó a África en el siglo XVI y fue conocido por su libro sobre su viaje al Congo.

Biografía

Pigafetta, que se describe a sí mismo en su libro como un gentilhombre vicentino pertenecía a una rica familia de Vicenza, en la República de Venecia. Nació e entre 1480 y 1491. De su vida se conoce poco y ese poco con inseguridades. Sí se sabe que su padre fue Giovanni Antonino Pigafetta. Aunque se desconoce quién fue su madre, está documentado que Giovanni Antonio tuvo relaciones con al menos tres mujeres, primero con Castellana Terrenato da Caltrano, después con Lucia Muzan da Malo y más tarde con Angela dalla Zoga.​ Probablemente tuvo buena salud y fue robusto, siendo uno de los pocos supervivientes que logró dar la primera vuelta al mundo.

Se dice que era conocido desde su juventud por sus estudios en astronomía, geografía y cartografía, conociendo el astrolabio o el uso del imán como brújula.​ Perfeccionó su educación en la universidad al servicio del jerarca católico Francesco Chiericati, alto cargo en Roma del papa León X. Estudió conocimientos generales y probablemente francés.

Hacia 1518 acompañó al nuncio apostólico Chiericati a España donde fue presentado al emperador Carlos I. Posteriormente se instaló en Barcelona.

Pigafetta ya en España, conoció el proyecto del navegante portugués Fernando de Magallanes de abrir una ruta hacia las Indias y se interesó en él. El portugués ya había fracasado al exponer sus propósitos al rey de Portugal y decidió ir a España para exponer su audaz proyecto al joven rey Carlos I, quien aceptó. La intención era encontrar un paso marítimo hacia los territorios de las Indias Orientales y buscar el camino que, recorriendo siempre mares castellanos (según el Tratado de Tordesillas), llegase a las islas de las Especias (las Molucas), lo que era la llamada ruta hacia el oeste. Algo que ya había buscado Cristóbal Colón sin éxito.

Pigafetta era un hombre imbuido en el renacimiento, el humanismo y en conseguir la gloria. Era la época del descubrimiento de América, con los viajes de Cristóbal Colón, Américo Vespucio y Vasco de Gama, y él mismo escribe:

En el año de 1519 me hallaba en España en la corte de Carlos V, Rey de romanos, en compañía de Monseñor Chericato, Protonotario Apostólico entonces y predicador del Papa León X, de santa memoria, quien por sus méritos fue elevado a la dignidad de Obispo y Príncipe de Teramo. Ahora bien, como por los libros que había leído y por las conversaciones que había sostenido con los sabios que frecuentaban la casa de este prelado, sabía que navegando en el Océano se observan cosas admirables, determiné de cerciorarme por mis propios ojos de la verdad de todo lo que se contaba, a fin de poder hacer a los demás la relación de mi viaje, tanto para entretenerlos como para serles útil y crearme, a la vez, un nombre que llegase a la posteridad.
A. Pigafetta

Provisto de cartas de recomendación fue a Málaga en barco, y a Sevilla por tierra, donde esperó tres meses antes de que la escuadra estuviese en situación de partir. La flota estaba compuesta por cinco naos y más de doscientos hombres. Fue admitido a bordo como supernumerario, puesto destinado normalmente a jóvenes de familia noble enrolados como voluntarios en busca de aventuras o experiencia militar. Su nombre quedó registrado como «Antonio Lombardo», «Antonio de Lombardía», destinado a la nao Trinidad, capitaneada por Magallanes.Pese a dificultades iniciales con Magallanes, consiguió ganar su confianza y le sirvió como lenguaraz y cartógrafo.
En la batalla de Mactán (Filipinas) en que Magallanes perdió la vida, Pigafetta fue también herido. Sin embargo, logró reponerse y formó parte de los que acompañaron a Juan Sebastián Elcano a bordo de la Victoria en el regreso a Sevilla. Es aquí cuando finaliza sus apuntes, el lunes 8 de septiembre de 1522. Dos días antes, la nave había llegado al puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda cuando se habían cumplido tres años de viaje.

Tras el viaje

Según relata él mismo, los supervivientes de la expedición cumplen su promesa de rendir culto a la Virgen de la Antigua y a la Virgen de la Victoria en Sevilla. Después Pigafetta parte a Valladolid donde se entrevista con Carlos I y le entrega una de las copias de su diario de viaje. Marcha a Portugal para ver al rey Juan I y de ahí pasa nuevamente por España hasta llegar a Francia donde se entrevista con la reina regente Luisa de Saboya. Finalmente, según la versión del relato, le entrega una última copia al gran maestre Philippe Villiers de l’Isle-Adam y se retira a Italia.

El martes bajamos todos a tierra en camisa y a pie descalzo, con un cirio en la mano, para visitar la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y la de Santa María la Antigua, como lo habíamos prometido hacer en los momentos de angustia.
De Sevilla partí para Valladolid, donde presenté a la Sacra Majestad de don Carlos, no oro ni plata, sino cosas que eran a sus ojos mucho más preciosas. Entre otros objetos, le obsequié un libro escrito de mi mano, en el cual había apuntado día por día todo lo que nos había acontecido durante el viaje. Abandoné Valladolid lo más pronto que me fue posible y me fui a Portugal para hacer relación al rey don Juan de las cosas que acababa de ver. Pasando en seguida por España fui a Francia, donde regalé algunas cosas del otro hemisferio a Madama la Regente, madre del rey muy católico Francisco I. 
Regresé al fin a Italia, donde me consagré para siempre al muy excelente y muy ilustre señor Felipe Villiers de l'Isle-Adam, gran maestre de Rodas, a quien di también la relación de mi viaje.
A. Pigafetta

A mi regreso a Italia, su santidad el Soberano Pontífice Clemente VII, ante quien tuve el honor de presentarme en Monterosi y de referirle las aventuras de mi viaje, me acogió con bondad y díjome que le sería muy agradable poseer una copia del diario de mi viaje; híceme, pues, un deber en deferir lo mejor que pude a los deseos del Santo Padre, a pesar del poco tiempo de que entonces disponía.
A. Pigafetta

Aun así no fue a través de los escritos de Pigafetta como los europeos por primera vez escucharon hablar de la circunnavegación del globo. Más bien, fue a través de un relato escrito por Maximiliano Transilvano, publicado en 1523. Transilvano había recibido instrucciones de entrevistar a algunos de los sobrevivientes del viaje cuando la nao Victoria, regresó a España en septiembre de 1522.
Su pasado después de sus últimas líneas de su diario, se desconoce con certeza. Algunas fuentes citan que el gran maestre Philippe Villiers de l’Isle-Adam le nombró caballero de Rodas el 3 de octubre de 1524. Posteriormente escribe su obra y por eso se pone el título de caballero en ella.
Murió en su país natal en una fecha desconocida, algunas versiones aluden a su intervención contra el Imperio otomano en 1536 y un posterior retiro en su ciudad natal y otras que falleció en la isla de Malta entre 1534 y 1535.


Mapa del primer viaje de circunnavegación mundial, 
con salida y llegada en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), España

La expedición llegó a la desembocadura del río de la Plata con gran cuidado, luego bordeó las costas bajas de la Patagonia, examinó todas las bahías, creyendo siempre encontrar el estrecho tan deseado. El 18 de octubre llegó a la entrada del estrecho.9​ Tres semanas después, Magallanes anotaba la presencia del «cabo Deseado»,10​ que señalaba el extremo del camino, y bogaba por el océano Pacífico, siendo así los primeros en encontrar el camino de las Indias por occidente.
Las penurias del viaje por el Pacífico están relatadas con violento realismo:

Miércoles 28 de noviembre, desembocamos por el Estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos en seguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos durante el espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco. El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda.Para no morirnos de hambre, nos vimos aun obligados a comer pedazos de cuero de vaca con que se había forrado la gran verga para evitar que la madera destruyera las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que era necesario sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos en seguida sobre las brasas. A menudo aun estábamos reducidos a alimentarnos de serrín, y hasta las ratas, tan repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado por cada una. Sin embargo, esto no era todo. Nuestra mayor desgracia era vernos atacados de una especie de enfermedad que hacía hincharse las encías hasta el extremo de sobrepasar los dientes en ambas mandíbulas, haciendo que los enfermos no pudiesen tomar ningún alimento. De éstos murieron diecinueve y entre ellos el gigante patagón y un brasilero que conducíamos con nosotros. Además de los muertos, teníamos veinticinco marineros enfermos que sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo, pero que al fin sanaron.
A. Pigafetta


libro 




Rey CARLOS I de España, le otorgo a don Sebastián Elcano la  hidalguía, y un escudo de armas con la siguientes descripción: El escudo es cortado, 1° de  gules, con un castillo de oro; 2°  de oro, con dos palos de canela puestos en aspa, acompañados en los flancos y en punta, de tres nueces moscadas, y orlado de doce clavos de especeria, todo ello de gules. Por timbre lleva un yelmo y sobre él,   como  cimera,  un mundo circundado de una cinta con la leyenda "Primus circumdedisti me", "(«Fuiste el primero en circunnavegarme»).

Juan Sebastián Elcano ​ (Guetaria, c. 1486-Océano Pacífico, 4 de agosto de 1526) fue un marino español que completó la primera vuelta al mundo en la expedición de Magallanes-Elcano, quedando al frente de la expedición tras la muerte de Fernando de Magallanes.
De plata, tres fajas jaqueladas de gules y plata, en tres órdenes.

Fernando de Magallanes, también conocido como Hernando de Magallanes (en portugués, Fernão de Magalhães; Ponte da Barca u Oporto ​primavera de 1480—Mactán, Filipinas; 27 de abril de 1521), fue un militar, explorador, marino y navegante portugués de linaje noble. Fue nombrado adelantado y naturalizado español por la Corona Española y capitán general de la «Armada para el descubrimiento de la especería» y comendador de la Orden de Santiago.


viernes, 16 de octubre de 2020

Biografía de Cristóbal Colón.-a

medalla


Biografía

Colón, Cristóbal. Génova (Italia), 1451 – Valladolid, 20.V.1506. Descubridor del Nuevo Mundo en 1492, primer almirante, virrey y gobernador de las Indias.


La historia de Colón ha sido contemplada no como la de un simple mortal, sino como la de un mitológico semidiós capaz de gestas extraordinarias. Porque su empresa es, por antonomasia, uno de los acontecimientos trascendentales de la Historia de la Humanidad. Nadie pondrá en duda que el viaje de las tres carabelas es la primera de las palancas en la trasformación de la Historia mundial que se llama tránsito a la Edad Moderna.


Como además hay en la trayectoria vital de Cristóbal Colón multitud de puntos oscuros y su misma propuesta descubridora está signada por el misterio —a pesar de que su hijo Hernando tratara de establecer una explicación satisfactoria a la génesis del proyecto—, no tiene nada de particular que en torno al gran navegante, a su figura y sus obras se hayan multiplicado las polémicas. Ya en la Historia de las Indias, Bartolomé de las Casas afirma que sólo se sabe con seguridad que el marino ligur procedió como si él poseyera la llave de un cofre de cuyo contenido sólo Dios sabía la verdad.

Como contrapunto de aquellas oscuridades, cabe recordar que el gran navegante no fue sólo un hombre de personalidad gigantesca en sus hechos e ideaciones, fue al mismo tiempo un expositor caudaloso y de fuerza extraordinaria del proceso que impulsó y presidió. Sobre ciertos puntos capitales, su palabra es la única que queda de amplio y verdadero valor informativo. Sus subordinados e interlocutores, aquellos que con él tuvieron conversación amigable o antagónica, no nos han dejado nada que sea comparable a los escritos del Descubridor. Y los personajes de autoridad superior a la suya, es decir, los Reyes Católicos, guardaron una mayestática y lacónica compostura al manifestar algo que no fuesen elogios para “su” almirante, a excepción de aquel dramático momento en el que decidieron sustituirle como virrey-gobernador. Además, de puño y letra del Descubridor conservamos unas apostillas en las márgenes de dos códices que fueron su aliento estudioso como proyectista del Gran Viaje: los Tratados del cardenal de Ailly y la Historia rerum del papa Pío II.

Pero es en la Historia del Almirante, escrita por su hijo natural Hernando Colón, donde se nos brinda el mayor número de precisiones acerca del itinerario vital del personaje, salvo que toda la obra, concebida conforme al canon hagiográfico, no es otra cosa que un tributo devoto a la memoria del gran navegante.

Orígenes Colombinos y sus Navegaciones Mediterráneas: De modo que el primero de los esfuerzos apologéticos de Hernando fue el relativo a la cuna paterna.

De cualquier manera, las cortinas de humo que tiende Hernando sobre sus abuelos no dejan de apuntar a Génova como asiento de los Colombo. Pero a las presunciones nobiliarias de una familia con títulos —almirante— parejos a los de los Enríquez y que ha enlazado en la persona del segundo almirante Diego, con la Casa de Alba mal le convenían los perfumes de queso, vino y taller de lana que acompañaban a los hijos de Domenico Colombo. No es eso todo, Hernando intentaba además garantizar la formación intelectual del primer almirante Colón, de ahí que haga cursar a su padre, en Pavía, unos estudios de los cuales nadie haya tenido noticia hasta ahora. Y lo que es más, que reaccione con virulencia contra los cronistas genoveses que impusieron a don Cristóbal la nota infamante de sujeto obligado en su juventud a laborar con sus propias manos.

Al cobijo de las brumas hernandinas se abrió, pues, paso la primera polémica. Los suelos que se disputaron ser cuna de Cristóbal Colón fueron múltiples.

Pero para los efectos biográficos y de interpretación, dos han sido los principales contendientes: de un lado, Italia —claro es—, a cuyo favor militan todas las noticias dignas de crédito, y de otra parte, España, donde el tránsito de patriotismo a patrioterismos más emotivos que razonantes “exigió” completar la gloria española del descubrimiento, haciendo español a su protagonista. Ahora bien; el primer requisito para españolizar al Descubridor es el de descalificar como pura superchería las fuentes más próximas a la vida del almirante.

Fueron muchos los estudiosos que trataron de buscar a Colón cunas en la Península Ibérica. Galicia, Extremadura y Cataluña, entre otras regiones españolas, se disputaron el honor de contar entre sus naturales a tan eminente personaje. También en el debe de las ocultaciones de Hernando hay que anotar el empeño de Salvador de Madariaga por radicar a Colón en el seno de una familia judeoconversa.

Frente a esas pretensiones se alza un argumento incontestable: los testimonios de la época —incluido el del propio Descubridor en el documento fundacional del mayorazgo a favor de su hijo Diego— son unánimes a la hora de fijar en Génova el solar de los Colombo. Además, investigadores genoveses han probado fehacientemente que el almirante fue hijo de Doménico Colombo y de Susana Fontanarosso (Fontanarrubea), pertenecientes ambos a familias ligures dedicadas a la fabricación textil, padres, igualmente, de Bartolomeo y Giacomo. La opinión más generalizada es que el futuro almirante vino al mundo en 1451.

Ya se ha dicho que Hernando, en su afán de hacer del almirante un profundo conocedor de astrología, cosmografía, geometría y navegación, le hace cursar estudios en Pavía, pero ni en aquella universidad se impartían esas disciplinas, ni en sus registros queda huella del paso de Cristóbal.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que el futuro descubridor pasó su juventud en la costa ligur, navegando desde muy joven por aquellos mares —como él mismo refiere en carta a los Reyes Católicos— al tiempo que atendía los negocios de su padre.

Muy probablemente entre los años 1470 y 1472 se dedicó a actividades corsarias al servicio de la Casa de Anjou y en contra, por lo tanto, de los intereses que Aragón tenía en Italia, más concretamente en Nápoles. Estas correrías pudieran haber contribuido también a la política de ocultamientos familiares aplicada por los Colón.

Colón en Portugal y el Proyecto Colombino de Descubrimiento: Igualmente se sabe con seguridad que en la primavera de 1477 el futuro almirante estaba en Portugal. Al año siguiente aparece como agente de la casa genovesa Centurione comprando azúcar en Madera. Algo más tarde, en el verano de 1479, se encuentra en su Génova natal, de cuyo puerto salió rumbo a Lisboa el 26 de agosto de ese año.

Por estas fechas hay que situar su matrimonio con Felipa Moniz de Perestrello, hija de Bartolomé Perestrello, capitán donatario de la isla de Porto Santo (del archipiélago de Madeira), y de su segunda esposa, Isabel Moniz, emparentada con la casa real de Braganza. Entre 1480 y 1482, en la isla de Porto Santo, nació Diego, hijo primogénito del marino ligur y heredero de sus títulos.

Entre esos años y 1484 la vida de Cristóbal transcurrió en el Atlántico, en viajes a Guinea —concretamente estuvo en el fuerte de San Jorge da Mina—, e incluso más al sur.

En 1484 Cristóbal Colón ha madurado su proyecto de Gran Viaje y está en disposición de proponerlo a los príncipes europeos.

La originalidad del proyecto del inventor genovés estribaba en un doble postulado consistente en afirmar, de una parte, la existencia de tierras, ignotas y pobladas, muy extensas a Poniente, alcanzables por el salto de un velero y que esas tierras estaban ligadas al Asia conocida. Ahora bien, esos postulados eran inaceptables para los saberes teóricos e incluso para las experiencias más avanzadas de su época. O dicho en otros términos, eran absurdas para todo aquel que no hubiese hecho una reducción del globo terráqueo tan radical como la que practicó Colón, con osadía ignorante del verdadero valor del grado de meridiano y frente a autoridades venerandas que se remontaban a Eratóstenes. Fue en el texto del profeta Esdras —no admitido como tal en el canon de la Iglesia— donde Colón encontró el único dato de aproximación métrica a la anchura del Océano que pueda servir a la ilusión de cruzar directamente de Europa hasta el fin del Oriente en una singladura sin escalas intermedias. Y se explica así el amplio ejercicio de pluma que el proyectista Colón dedicó en sus apostillas al seudoprofeta, para quien la relación existente entre la extensión de las aguas y la de las tierras emersas es de 1 a 6.

Es cierto que asimismo el sabio polígrafo florentino Paolo del Pozzo Toscanelli, por esas mismas fechas, concebía la existencia de un océano único y apuntaba la posibilidad de alcanzar el Cipango (Japón) de Marco Polo navegando desde Lisboa, pero lo hacía gracias a la existencia de la isla Antilia que, según sus cálculos, distaba 625 leguas de la gran isla de Cipango. Igualmente, hay que hacer notar que, desde la segunda mitad del siglo XV, los portugueses habían buscado hacia Poniente, con incansable denuedo, esa isla u otras míticas —como la de las Siete Ciudades—, pero lo cierto es que ni habían sido vislumbradas, ni se sabía a qué latitud podían encontrarse.

En resumen, los cálculos más optimistas con respecto a la anchura del Océano —los Toscanelli que situaban el Catay (China) distante no menos de 1.600 leguas de los finisterres de Occidente, y Cipango del orden de 1.200— requerían de forma imperiosa contar con un eslabón intermedio para alcanzar las Indias conocidas, ya que no pasaba de 800 leguas el límite sensato que debía imponerse a un internamiento oceánico hacia el Ocaso. Por consiguiente, la clave del proyecto de alcanzar los ámbitos conocidos de Oriente navegando hacia Occidente estaba en ese eslabón de tierras intermedio. Sólo que, como lo constituía un rosario de islas, en exclusiva podía realizar el proyecto la persona poseedora del secreto relativo a la latitud precisa en que se encontraban las susodichas islas.

Pero, como se ha señalado arriba, la originalidad de Colón estaba en asegurar un viaje cuyas metas escalonadas se ofrecen diáfanas a través de todos los datos que existen: unas islas situadas a cuatrocientas leguas al oeste de las Canarias; una tierra continental incógnita aunque al mismo tiempo y sin duda alguna es tierra “indiana” y que debe salir al paso de las carabelas por aquel mismo rumbo y latitud, a distancia entre 700 y 800 leguas del mismo archipiélago Afortunado y, arrumbada hacia el noroeste, la tierra firme del Catay y al sur de ella el inmenso seno de los Seres y los Sinas. Es de notar la diferencia en las distancias entre las propuestas toscanellianas y las colombinas, pero además cabe advertir que aquel estribo mágico de las tesis de la época —el de la Antilia y Siete Ciudades— se ha convertido en la ideación del genovés en archipiélago de “entrada a las Indias”.

Naturalmente, para garantizar el éxito de su empresa el inventor genovés debía mantener en secreto, hasta el final y a ultranza, el paralelo por el que se iban a conducir sus singladuras.

Colón y el Predescubrimiento: Ahora bien, dadas las diferencias entre la propuesta colombina y las previsiones de Toscanelli, cabe preguntarse de dónde ha sacado el reflexivo genovés las determinaciones tanto sobre la distancia y el carácter de esas islas ciertas como de las otras etapas. Sólo hay una respuesta racional a esa interrogante: información de personas que para Colón vienen de las Indias. Porque aquella información sí pudieron facilitarla los amerindios llegados al centro del Atlántico, los cuales, procedentes del ámbito Caribe y expresándose en un idioma en el fonema “cani” que es frecuentísimo al final de los vocablos, pueden inducir la imagen de una relación suya con el Magnus Kan. Y aún mucho más en particular, cabe advertir que si aquellos argonautas caribeños fueron mujeres del ámbito insular, denominaron a su propia etnia con el nombre de calliponam, y que sonaría caníbales al oído europeo. En apoyo de esa respuesta, se puede añadir que Colón declara de su puño y letra en una apostilla a la Historia rerum de Pío II, al margen de una noticia relativa a la llegada de indios a Europa en dos ocasiones, que él mismo ha tenido noticia o visión directa de la llegada al ámbito occidental de gente amerindia viajera en sus propias embarcaciones. Esto es, Colón ha afirmado que tenía certidumbres empíricas sobre tierras alcanzables en la latitud de las Canarias.

Pero la resolución de los enigmas del Gran Viaje en clave de providencial encuentro oceánico obliga a repasar, siquiera brevemente, la cuestión del “preconocimiento” de América. Un “preconocimiento” que, negado por Hernando Colón, no mereció la consideración del colombinismo clásico, a pesar de ser de común aceptación entre los coetáneos del marino genovés.

En efecto; por los mentideros de la época circuló una “conseja de marineros”, según la cual Colón debía sus conocimientos a un navegante portugués que le confió su secreto estando en trance de muerte. Cuenta Bartolomé de las Casas que en los parloteos de los veteranos de las Indias se daba por cosa cierta que la empresa de Colón se había cifrado en el conocimiento previo que tuvo de la existencia de las islas antillanas por la confidencia que recibió de un piloto que habiendo sido arrastrado por las tempestades hasta las Antillas, logró después retornar con su gente e ir a dar en la isla de Madera, para morir en brazos de Colón, no sin haberle comunicado antes el gran secreto de su hallazgo. Aquella solución “popular” al misterioso triunfo del navegante no quedó circunscrita a los cotilleos baquianos, sino que circuló cumplidamente por España, como lo acreditan las versiones que sobre el hoy llamado “piloto anónimo” (o “protonauta” de la teoría sostenida por Juan Manzano y Manzano) nos comunican los otros cronistas primeros de las Indias comenzando por Fernández de Oviedo. En rudo contraste con esas seguridades están, en cambio, las circunstancias tan poco verosímiles que postula la explicación: absoluto desconocimiento sobre la personalidad y nombre del piloto en cuestión, por parte de tantos y tan bien enterados del caso; invencible silencio en una tripulación por oportuna y terminante que fuese la “moribundia” con que llegó a Madera; y, en fin, la rareza de este desvelamiento tardío.

Aun así, no cabe ignorar que eran muchos los que pensaban que Colón llevaba en su cofre secretos que un día quiso el océano entreabrir acerca de su otra orilla. También él mismo se presentó siempre como sujeto elegido por la Santísima Trinidad, para “llegar a perfecta inteligencia que podría navegar e ir a las Indias desde España, passando el mar Océano al Poniente”.

De modo que en la invención del ligur se conjugaban causas y datos de orden diverso; pero entre los cuales el dictado profético tenía un desempeño de primerísimo orden, en apoyo de lucubraciones que se reclamaban de lo sacro y de lo maravilloso. Y qué otra cosa podía ser más maravillosa que el logro de certidumbres irrefutables a partir de un conocimiento empírico proporcionado por el encuentro con hombres —o mejor mujeres— llegados de la otra orilla del océano.

A tenor de lo anterior, no puede extrañar que hayan sido cinco las metas de la Gran Travesía señaladas de una forma u otra por la pluma de Colón: la isla de las Amazonas; el archipiélago de la entrada indiana, habitado por gentes desnudas que esperan la voz de Cristo; el Paraíso Terrenal; el Tarsis y el Ofir de las Sagradas Escrituras y el Magnus Kan presidencial en el Catay. Todo ello se desprende del análisis de lo único pero precioso que nos dejó escrito como proyectista estudioso de su Gran Viaje, es decir, las apostillas puestas por él a aquellas dos obras que constituyeron la base de sus conocimientos e ideas ilustrados, la Historia rerum del papa Pío II y los Tratados o Imago Mundi del cardenal Ailly. Y es que, en su ideación, esas Amazonas oceánicas, habitantes de la última de las islas del Archipiélago de entrada a las Indias son identificadas con las antiguas del Caspio y el Ponto. Ellas pueden estar relacionadas en el confín del mundo con un Magnus Kan que domina desde las riberas del Caspio hasta las del océano escítico. Ellas, en fin, siguen efigiando un primitivismo irreductible capaz de ser frontero del Paraíso y a la vez de los emporios urbanos, y que guarda los valores de una vocación hacia la virtud heroica, que espera la hora de su ascenso al nombre cristiano.

Volviendo a la biografía del gran navegante, el primer ofrecimiento lo hizo el año de referencia en Lisboa al rey Juan II de Portugal, el príncipe Perfeito.

El monarca luso no rechazó a Colón, sino que lo entretuvo con el expediente de una Junta consultiva. Es probable que tratara de sonsacarle la única clave que cabía sonsacar: la latitud en la que el inventor haría su internamiento. Porque de lo que no caben dudas es del interés del Perfeito por las cuestiones de la Descubierta antes incluso de acceder al trono en 1481. Sólo que las pretensiones de Colón —las mismas, en esencia, que luego figurarían en las capitulaciones de Santa Fe— le debieron parecer desmedidas. Se sabe que optó por realizar sus propias pesquisas porque, a fin de cuentas, Colón no era sino uno más de los buscadores de islas ciertas pero no encontradas, que proliferaron por aquellos años. Bien es verdad que su plan era más ambicioso, ya que en él la misteriosa isla era sólo la condición indispensable para la Gran Travesía que permitiría alcanzar las costas del Magnus Kan.

Negociaciones en la Corte de Castilla: Al año siguiente, en 1485, Colón, acompañado por su hijo Diego, se instaló en Castilla. Probablemente desembarcara en Palos de la Frontera y, de camino hacia Huelva, pudiera haber tenido ocasión de visitar el monasterio franciscano de La Rábida, donde encontraría los primeros y, de eso no caben dudas, los últimos y definitivos apoyos a la empresa que venía a proponer. Lo que sí está confirmado es que desde el 20 de enero de 1486, día en el que se entrevistó con los monarcas en Alcalá de Henares, el genovés es el formal protegido de los Reyes Católicos y que a partir de ese momento se iniciaron unas negociaciones, largas de seis años, durante las cuales, en varias ocasiones, los monarcas le hicieron llegar estimables cantidades de dinero para su sustento. Además gozó pronto de la simpatía y comprensión de personajes destacados. La nómina es bien conocida: Medinaceli, Quintanilla, el cardenal Mendoza, Santángel, fray Diego Deza, Juan Cabrero y fray Hernando de Talavera.

En ese tiempo en el que Colón se movió en la órbita cortesana, durante una estancia en Córdoba, conoció a Beatriz Enríquez de Arana, una joven huérfana de humilde condición social, con la que nunca llegó a casarse a pesar de ser madre de su segundo hijo, el geógrafo e historiador Hernando Colón.

Ante las demoras que los Católicos van dando al postulante, con excusas de varia índole, éste decidió explorar nuevas posibilidades en otros reinos europeos y el año 1488 envió a su hermano Bartolomé a entrevistarse con Enrique VII de Inglaterra. En aquella corte es visto en el mes de febrero. Tal vez él mismo viajara a Portugal a finales de 1488.

La espera del inventor genovés en la corte de los Católicos, y el tiempo y modo en que se resolvió se han venido explicando por una doble y escalonada causa: primero, la sanción contraria al proyecto colombino emitida por la Junta consultiva; y luego las urgencias de la guerra de Granada, reconocidas como causa dilatoria, en forma solemne por las bulas de Alejandro VI. Pero esa explicación no concuerda con la lógica de unos hechos donde lo que decide en las resoluciones de los Católicos no es desde luego el parecer de la Junta; ni los costes de un par de navíos se nos ofrecen como operación inasequible para Castilla antes de la rendición de Granada. Lo inasequible era entrar en conflicto con Portugal, para mantener lo que se descubriera en ultramar cuando los castellanos mantenían simultáneamente la empresa de Granada y el enfrentamiento con Francia. Por ello, los Católicos tenían que acometer el proyecto, particularmente por lo que se refiere a Portugal, con todas las reservas, o, si se quiere, recurriendo al secretismo más riguroso y simulando que el viaje que les ofrecía el misterioso inventor no les merecía especial interés ni confianza.

En 1491, totalmente desanimado, Cristóbal Colón decidió abandonar Castilla pasando por Huelva, donde residía el matrimonio Muliart, sus cuñados —Miguel Muniart estaba casado con Violante Moniz—. Fue entonces cuando realizó esa visita al monasterio de La Rábida que resultaría trascendental para el futuro de la empresa descubridora. En ella se entrevistó con fray Juan Pérez, confesor de la reina, quien, movido por desconocidos resortes, no dudó en movilizar toda su influencia frente a doña Isabel a fin de vencer las reticencias de la Señora. No se conoce el contenido de la entrevista entre el fraile y la Reina, pero cabe dentro de lo congruente imaginar que fray Juan se presentara ante doña Isabel como poseedor de las claves del proyecto de navegación confiadas a él con las garantías de reserva que ofrece el confesionario.

A partir de ahora el camino se allanó para el genovés que viajó a Santa Fe y fue testigo presencial de la caída de Granada el 2 de enero de 1492. Había comenzado un período de arduas negociaciones con la Corona que sólo culminó el 17 de abril de ese año con la firma de las Capitulaciones de Santa Fe. En esta última fase, el postulante contará con los apoyos de dos aragoneses: Luis de Santángel y Juan Cabrero, fieles servidores del rey Fernando, el primero como escribano de ración y el segundo como camarero.

Gracias a ellos se salvaron las reticencias de la Reina y el marino ligur vio confirmadas sus demandas: El título de almirante de la Mar Océana en todas aquellas tierras que por su industria se descubrieran; igualmente para éstas el nombramiento de virrey y gobernador. También se le reconocía el derecho a cobrar la décima parte de las ganancias del comercio realizado en ese espacio. Al mismo tiempo, podía participar en todas las iniciativas que la corona allí llevase a cabo aportando la octava parte del monto de las mismas y cobrar en idéntica proporción.

El 30 de abril, por una real provisión, los monarcas otorgaron a Colón la merced de transmitir sus oficios —almirante, virrey y gobernador— a sus herederos.

También los reyes le autorizaron a utilizar el Don antepuesto a su nombre desde el momento en que se materializaran los descubrimientos.

El Gran Viaje Descubridor: La firma de las capitulaciones permitió al almirante abordar los asuntos relativos a la preparación del viaje. De esa primera travesía hay dos piezas historiográficas esenciales: el Diario colombino de la expedición, junto con la carta a Santángel, y las noticias que se contienen en los Pleitos. Por ellas, y algún otro documento de carácter administrativo, se sabe que los preparativos se llevaron a cabo en la villa de Palos, condenada por ciertos “deservicios” a armar a su costa dos carabelas y navegar durante dos meses a beneficio de la corona y que se dispusieron tres naves; dos de ellas —la Pinta mandada por Martín Alonso Pinzón y la Niña por Vicente Yáñez Pinzón— eran carabelas andaluzas, mientras que la nao Santa María, la nave capitana, había sido armada en los astilleros del Cantábrico. De igual modo se tiene constancia de que todos los hombres iban a sueldo de la corona que había pagado cuatro meses de anticipo y de que el clima entre capitanes y tripulación era de gran confianza en el almirante que ha debido transmitir a unos y otras sus certidumbres sobre las metas de la travesía. Metas que, como ya se sabe, no eran otras que hallar islas a 400 leguas de las Canarias y tierras indianas a 700 o poco más de ese mismo archipiélago.

Al fin, tras oír misa, se hicieron a la mar el 3 de agosto de ese año. Tocaron en La Gomera para reparar el timón de la Pinta y alcanzaron el mar de los Sargazos el 16 de septiembre. Durante los primeros días de octubre, cuando se habían superado ya las 700 leguas de navegación, el malestar creció entre las tripulaciones que contemplaban cómo la realidad oceánica estaba defraudando las promesas de Colón. Ante la tensa situación, el almirante debió cambiar el rumbo —hasta aquí había navegado siguiendo invariablemente el paralelo de las Canarias— y recurrir a un procedimiento tan escasamente cosmo-matemático como era seguir la dirección que le señalaban las aves viajeras. Ellas y el sentido del honor de los marinos españoles —personificados en los Pinzón y Juan de la Cosa— que accedieron a proseguir la marcha aún tres días más, propiciaron el éxito de la empresa en la que el Descubridor verá, de nuevo, la “mano del Señor que da las victorias”. Lo cierto es que a las dos de la madrugada del viernes 12 de octubre Rodrigo de Triana avistó tierra. Al amanecer llegaron a una isla de las Lucayas (Bahamas) que los indios llamaban Guanahaní y el genovés rebautizó con el nombre de San Salvador. Colón resolvió entonces explorar el archipiélago, decisión que contradice categóricamente que su programa estuviese sometido, en exclusiva, a los dictados de Toscanelli. Pues de haberse atenido a las sugerencias del geógrafo, lo aconsejable hubiera sido continuar hacia poniente en busca de las tierras continentales.

Concluido el reconocimiento de las Bahamas en las que el almirante creyó ver la antesala del mundo paradisíaco, emprendió una travesía en dirección sureste que le permitió alcanzar Cuba o la tierra de Juana en la designación del Descubridor. Allí creyó —bien es cierto que por poco tiempo— encontrarse en el Cipango. Luego supo que se trataba de tierra insular, bien extensa por cierto, distante de la tierra firme —donde él colocó el Imperio del Gran Can por asociación con la voz “cani” que oyó a los nativos— diez jornadas de navegación.

Tras dedicar noviembre a la exploración de Cuba, el 6 de diciembre avistó Haití que bautizó como isla Española. En ella descubrió una sociedad en la que no sólo existían “reyes” (caciques) sino que se comportaba además con un disciplinado sentido de la jerarquía, manifiesto en las formas refinadas del respeto que se tributaba a los superiores. El 25 de diciembre la nao Santa María encalló al norte de la Española; con sus restos se construirá el fuerte de Navidad, donde el almirante dejó un reducido número de sus hombres bajo el mando de Diego de Arana, persona de su confianza.

El 16 de enero se emprendió el regreso.

El periplo por el Caribe, sorprendente en sus derrotas, sólo puede obedecer a la falta de un único norte en el programa colombino e indica que el Inventor se manejaba, en realidad, con tres brújulas: las nociones de la ciencia geográfica relativa a lo conocido; la interpretación que procura hacer de lo que ve y de lo que oye, y su propia construcción ideológica hecha a partir de la información de las indias caribeñas que cruzaron medio atlántico.

El viaje de retorno lo hicieron los dos navíos por separado, de modo que Martín Alonso, capitaneando la Pinta, arribó a Bayona de Galicia tan enfermo que murió a poco. Por su parte, el almirante, a bordo de la Niña, entró en Lisboa el 4 de marzo de 1493. El 13 de ese mismo mes, volvió a hacerse a la mar rumbo a Sevilla, para desembarcar en Palos. Desde allí se dirigió a Barcelona a fin de comunicar personalmente a los monarcas el extraordinario valor de sus hallazgos.

A partir de este momento, el proyecto de los Reyes Católicos con relación a la empresa de las Indias se organiza en torno a dos exigencias irrenunciables: implantar allí una colonización y proseguir el Descubrimiento. A ellas se sumaron muy pronto los apremios del enfrentamiento diplomático con Portugal. Un enfrentamiento que condujo primero a la promulgación de las Bulas de Alejandro VI y luego a la conclusión del tratado de Tordesillas.

El Segundo Viaje: Para atender las exigencias del triple proyecto se organizó una segunda expedición que salió del puerto de Cádiz el miércoles 25 de septiembre de 1493. Se trataba de una armada de cinco naos y doce carabelas en la que se embarcaron labradores del reino de Granada y clérigos, aparte de marineros y soldados. En Canarias la flota cargó cabezas de ganado —becerros, cabras, ovejas, puercos y gallinas—, productos frutícolas —naranjas, limones, melones, etc.— y hortalizas. El cargamento de las naves anunciaba ya cuáles iban a ser las claves del programa colonizador de España en las tierras recién descubiertas. El almirante llevaba además el encargo de proseguir la descubierta. De modo que cuando, tras una travesía de veinte días a partir de la isla del Hierro, llegó el 3 de noviembre al archipiélago de las Pequeñas Antillas se dedicó a su exploración. No será pequeño el balance de lo destapado por el genovés en esta expedición, pues incluye un ámbito que va desde las Pequeñas Antillas hasta la isla de Pinos en Cuba pasando por Boriquen —que llamó de San Juan Bautista—, Jamaica y la costa meridional de la Española. Pero como pronto supo por los indígenas que en las latitudes australes se situaban las riquezas mineras, botánicas y zoológicas más considerables, son de imaginar las ansias que le impulsarían a aquellas tierras del sur. Probablemente el Descubridor mandará ahora naves a confirmar la existencia de los mencionados territorios —como defendió Juan Manzano—, pero tampoco parece imposible que tal conocimiento —al menos en el sentido personal— lo haya adquirido con ocasión de emprender su regreso a España; regreso cuyas singladuras no están demasiado claras.

Sin embargo, frente a los logros del programa descubridor hay que colocar los fracasos de la empresa colonizadora. En la Española —donde Colón encontró arrasado el fuerte de Navidad— se van a fundar entre 1494 y 1496 varias ciudades, entre las que destacan la Isabela y Santo Domingo que pronto se convertirá en capital de las Indias. Pero en la isla la situación es cada vez más grave, al hambre y las enfermedades se sumarán inmediatamente las primeras deserciones de los españoles. Ante tal situación, Colón mandó a la Península a Antonio de Torres con algo de oro e indios para vender en el mercado de esclavos. Los indios se venderán con el consentimiento de los Reyes, aunque poco después, ya bien asesorados, los monarcas revoquen la autorización inicial.

Desde estas primeras experiencias se pone de manifiesto la disparidad de criterios, de finalidad e instrumentación que contraponen a las colonias de signo mercantilista las de signo terrícola. De un lado está el provecho de un tráfico marítimo, que busca inexorablemente el monopolio estatal-colombino y que se basa en la posesión de un enclave de dominio militar-mercantil. Del otro, la instancia que lleva a los grupos a organizar su avance ocupando tierras y trasplantando a ellas cuanto les caracteriza como comunidad cultural y mediante la sujeción o expulsión de los naturales del territorio. Pues bien, Colón representaba el primer modelo, y los españoles —a la cabeza los Reyes— el segundo.

En junio de 1496, Colón está de vuelta de su segundo viaje con cartas de triunfo, sólo que con anterioridad —en noviembre de 1494— han llegado a la Península los desertores de La Española acusando a los Colón de desgobierno y los Reyes han enviado allí a Juan de Aguado con cuatro carabelas, más bastimentos y el encargo de informarse de la situación. De modo que don Cristóbal se verá obligado a explicarse ante los monarcas. Los Reyes Católicos lo recibieron como si no hubiera pasado nada, le confirmaron sus privilegios —el 23 de abril de 1497— y le autorizaron a instituir un mayorazgo en la persona de su hijo mayor Diego. Además sufragaron una tercera expedición pero dando a entender que no era otra cosa sino una última oportunidad de relanzamiento por cuenta oficial de lo que debía alimentarse en adelante de sus propios beneficios.

El Tercer Viaje: Bajo estos presupuestos, se organizó el tercer viaje. El almirante partió de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498 con seis navíos, hizo escala primero en la isla de Porto Santo y luego en La Gomera, donde dividió la flota: tres barcos se dirigieron directamente a La Española y otros tres, bajo su mando, prosiguieron la empresa de la Descubierta. Esta vez navegó más al sur, por el paralelo de Sierra Leona. El 31 de julio avistó la primera tierra a la que puso por nombre Trinidad. Resultó ser tierra insular, pero adyacente a otra de enormes proporciones en cuyas profundidades, a tenor de la grandeza de los cursos de agua que desembocaban en el mar, el Descubridor supuso se encontraba el Paraíso Terrenal. Había alcanzado, por tanto, suelo asiático. Dedicó los primeros días de agosto a recorrer aquella costa que el llamó de las Perlas y que era el golfo de Paria en la desembocadura del Orinoco. El marino ligur había culminado una nueva hazaña: el hallazgo de un “cielo nuevo y mundo” —como dirá en carta a Sus Altezas— enteramente ignoto al europeo. Pero para él significaba algo más, porque esa hazaña al estar inscrita potencialmente en su “invención” del Fin del mundo, y atenerse a la métrica de Esdras, le confirmaba en sus presunciones de ser encarnación de las promesas isaíacas.

Con muy distinto semblante se presentó el asunto de La Española, porque durante la ausencia de don Cristóbal, se habían sentado en la colonia las bases de una escisión —la rebeldía de Francisco Roldán contra la autoridad del adelantado Bartolomé Colón— que amenazó con convertirse de un día para otro en guerra civil. En las exigencias de Roldán frente al adelantado se dieron la mano los dos motivos mayores para acusar de inhumana y tiránica la construcción factorial de los Colón; es a saber, el requerimiento de que se les asignaran tierras en las que asentarse y mantenerse y el de poner fin a la guerra contra los indios. Ante esta situación el almirante cometió tres grandes errores: describió a los Reyes la situación como un peligro para la soberanía, por lo que debía ser saneada a sangre y fuego; retuvo las pagas de los asalariados en la medida en que le pareció bien y siguió enviando cargamentos de indios esclavos cuando ya Sus Altezas habían decidido someter a examen jurídico-teológico la legitimidad de aquel trato.

En respuesta al conflicto, los Católicos enviaron a La Española a Francisco de Bobadilla con el título de juez pesquisidor. En agosto de 1500 llegó Bobadilla a Santo Domingo y un mes después, ante la resistencia de los Colón a aceptar su autoridad, tomó una medida que a muchos pareció excesiva: aherrojar a los tres hermanos y mandarlos de vuelta a España. Y aunque los Reyes desencadenaron al almirante con muestras de afecto, es el caso que no lo restituyeron en la gobernación de las Indias.

A la larga, pues, lo trascendental no fueron los hierros bobadillanos, sino la decisión inamovible de los Católicos de dar por prescritas las Capitulaciones de Santa Fe como compromiso intocable. Y es que igual que la contextura moral de Colón se puso pronto en contraste con la de la hueste española a sus órdenes, sus proyectos colonizadores terminaron por entrar en conflicto con los de los Reyes que auspiciaron sus empresas.

Hasta que vuelva a hacerse a la mar en mayo de 1502, para emprender el cuarto viaje, Cristóbal Colón permanecerá en España dedicado, probablemente, a escribir el Libro de las Profecías. Si las apostillas nos abren ventanas insustituibles a la invención del Gran Viaje, esa compilación profética constituye una larga oración declaratoria sobre por qué el almirante se firma Cristóferens. Un Cristóferens que ahora se propone enlazar en un todo argumental sus promesas primeras, sus realizaciones y su destino futuro.

El Cuarto Viaje Colombino o Alto Viaje: Por lo que se refiere a la cuarta travesía, la que él califica de Alto Viaje, un relato de Colón —la célebre Carta de Jamaica— nos brinda la versión más directa, apasionada y apasionante que se pueda imaginar. Colón partió del puerto de Cádiz el 11 de mayo de 1502 con cuatro navíos y la compañía de su hermano Bartolomé y su hijo Hernando que tenía por entonces trece años. Fue ésta la travesía más rápida de cuantas hizo, pues tras abastecerse en Maspalomas, llegaba a la entrada de las Indias el 15 de junio. Ya en tierras americanas, una serie de circunstancias le aconsejaron, en contra de su primer proyecto, encaminarse a La Española. Una vez allí y ante las evidencias de la proximidad de un gran huracán, pidió autorización para fondear en puerto, al tiempo que recomendaba retrasar el retorno a España de la flota en la que regresaba Francisco de Bobadilla —sustituido en el cargo de gobernador por frey Nicolás de Ovando recién llegado—. Ni se le concedió el permiso ni se le aceptó el consejo y las consecuencias fueron dramáticas al menos para la flota: se hundieron en torno a veinticinco buques, se ahogaron más de quinientos hombres y se perdieron más de cien mil castellanos de oro de la Corona. Los Colón, por el contrario, salvaron sus cuatro navíos.

Don Cristóbal pudo así zarpar el 14 de julio en dirección a Centroamérica. A finales de mes, fondeaba en Punta Caxinas (Honduras). Desde aquí, con enormes dificultades por el viento en contra, siguió costeando en dirección Este hasta alcanzar un punto en que el litoral giraba bruscamente hacia el sur y que él llamó cabo de Gracias a Dios. Prosiguió la descubierta ahora ya en condiciones de navegación algo más favorables y dedicó los meses que quedaban del año a recorrer las costas de Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Con todo no faltaron las dificultades derivadas, esta vez, del clima y las resistencias indígenas. Todavía continuará explorando estas costas hasta que el día de Pascua (16 de abril de 1503), decidió el regreso a España sin haber encontrado lo que tan afanosamente buscaba: el estrecho que, en su ideación, separaba las tierras continentales encontradas al sur, en viajes anteriores, y éstas situadas al norte.

El camino de vuelta no será menos azaroso. Al almirante sólo le quedaban dos navíos y con ellos llegó a Jamaica el 24 de junio. Pero es allí donde aún le esperaban las mayores penalidades del viaje. En efecto, tratando de solucionar los problemas de aguada, encallaron los susodichos barcos sin que sirvieran de nada todos los esfuerzos para reflotarlos. Ante lo apurado de la situación no se encontró más salida que enviar dos canoas a Santo Domingo en busca de auxilio. Lograrán su propósito de alcanzar La Española tras superar graves inconvenientes, pero tardaron meses en poder adquirir un navío que cargado de pertrechos fuera a rescatar a los náufragos de Jamaica. Durante el tiempo de espera, Colón, por su parte, debió vencer reveses tales como una rebelión de españoles, resistencias indígenas, enfermedades y falta de bastimentos.

Al fin, el 28 de junio de 1504 —cuando ya se había cumplido un año de su llegada— pudo el almirante abandonar la isla de Jamaica. Puso rumbo a Santo Domingo, donde permaneció algún tiempo y el 12 de septiembre salió con dirección a España. No sin enfrentarse a nuevos retos, llegó a Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504.

Una vez de regreso en España, y gravemente enfermo, Colón tuvo tiempo aún de escribir a amigos y valedores, y dirigirse a los Reyes. En primer lugar, se entrevistó con don Fernando en Segovia, pues la Reina había fallecido a poco de desembarcar él. En segundo lugar, escribió a los nuevos reyes, doña Juana y Felipe el Hermoso, en la pretensión de recuperar sus derechos. Aunque don Cristóbal reclamaba a la Corona sumas abultadísimas —las que correspondía al “tercio, décimo y ochavo” —, no es cierto, de ninguna manera, que estuviera en la pobreza, ni menos aún en la marginación social. El vertiginoso ascenso de la familia llevó al segundo almirante a enlazar con la Casa de Alba en un matrimonio que estaba procurando en estos meses el rey Fernando.

Y, tras redactar un nuevo testamento el 19 de mayo de 1506 y recibir los últimos sacramentos, el Descubridor murió en Valladolid al día siguiente, siendo enterrado en el monasterio de San Francisco de esa ciudad.

Poco tiempo permanecieron sus restos en Valladolid, porque en 1509 fueron trasladados al monasterio sevillano de Santa María de las Cuevas. A partir de estas certidumbres, las polémicas que acompañaron a Colón en vida vuelven a encenderse, ahora con relación a sus restos mortales, pues hay historiadores que admiten un traslado de los cuerpos de los dos primeros almirantes a la Española en 1544 y otros que se inclinan a pensar que el proyecto de enterramiento en la catedral de Santo Domingo nunca llegó a realizarse. Pero de lo que no hay duda es de que en diciembre de 1795 se exhumaron unos huesos atribuidos a don Cristóbal de su sepultura dominicana y se trasladaron a Cuba, adonde llegaron el 5 de enero de 1796. Algo más tarde, en diciembre de 1898, los susodichos huesos volvieron a España para ser depositados en la catedral de Sevilla. Pero hay más; en 1877, se descubrió en el presbiterio de la catedral de Santo Domingo una urna de plomo con una inscripción que se interpretó como alusiva al primer almirante. Así pues, sus restos mortales, convertidos en especie de símbolo de un destino cruzado por el misterio, vendrían con el tiempo a ser disputados, como lo son, por los sepulcros catedralicios nada menos que de Sevilla y Santo Domingo.


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Testamento

Texto del testamento del almirante Cristóbal Colón redactado antes de su salida del cuarto viaje al Nuevo Mundo y que fue ratificado el dí­a anterior de su muerte en Valladolid el dí­a 20 de mayo de 1506.



En la noble villa de Valladolid, á diez y nueve dias del mes de Mayo, año del Nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil é quinientos é seis, por ante mí­ Pedro de Hinojedo, Escribano de Cámara de sus Altezas y Escribano de provincia en la su Corte é Chancillerí­a, é su Escribano é Notario público en todos los sus Reinos y Señorí­os; é de los testigos de yuso escritos:


el Sr. D. Cristóbal Colon, Almirante, é Visorey é Gobernador general de las islas é tierra firme de las Indias descubiertas é por descubrir que dijo que era; estando enfermo de su cuerpo, dijo, que por cuanto él tenia fecho su testamento por ante Escribano público, quél agora retificaba é retifica el dicho testamento, é lo aprobaba é aprobó por bueno, é si necesario era lo otorgaba é otorgó de nuevo. E agora añadiendo el dicho su testamento, él tenia escrito de su mano é letra un escrito que ante mí­ el dicho Escribano mostró é presentó, que dijo que estaba escrito de su mano é letra, é firmado de su nombre, quél otorgaba é otorgó todo lo contenido en el dicho escrito, por ante mí­ el dicho Escribano, según é por la via ó forma que en el dicho escrito se contenia, é todas las mandas en él contenidas para que se cumplan, é valgan por su última é postrimera voluntad. E para cumplir el dicho su testamento que el tenia y tiene hecho é otorgado, é todo lo en él contenido, cada una cosa é parte dello, nombraba é nombró por sus testamentarios é complidores de su ánima al Sr. D. Diego Colon, su hijo, é á D. Barlolomé Colon, su hermano, é á Juan de Porras, Tesorero de Vizcaya, para que ellos todos tres cumplan su testamento, é todo lo en él contenido é en el dicho escrito, é todas las mandas é legatos é obsequias en él contenidas. Para lo cual dijo que daba, dio todo su poder bastante, é que otorgaba é otorgó ante mí­ el dicho Escribano todo lo contenido en el dicho escrito; é á los presentes dijo que rogaba é rogó que dello fuesen testigos.

Testigos que fueron presentes, llamados é rogados a todo lo que dicho es de suso, el Bachiller Andrés Mirueña é Gaspar de la Misericordia, vecinos desta dicha villa de Valladolid, é Bartolomé de Fresco é Alvaro Pérez , é Juan Despinosa é Andrea é Hernando de Vargas, é Francisco Manuel é Fernán Marlinez, criados del dicho Sr. Almirante. Su tenor déla cual dicha escritura, que estaba escrita de letra é mano del dicho Almirante, é firmada de su nombre, de verbo ad verbum, es este que se sigue:


Cuando partí­ de España el año de quinientos é dos yo fice una ordenanza ó mayorazgo de mis bienes, é de lo que estonces me pareció que cumplí­a á mi ánima é al servicio de Dios eterno, é honra mia é de mis sucesores: la cual escritura dejé en el monesterio de las Cuevas en Sevilla á Frey D. Gaspar con otras mis escrituras é mis privillejos, é cartas que tengo del Rey é de la Reina, nuestros Señores. La cual ordenanza apruebo é confirmo por esta, la cual yo escribo a mayor cumplimiento é declaración de mi intención.

La cual mando que se cumpla ansí­ como aquí­ declaro é se contiene, que lo que se cumpliere por esta, no se faga nada por la otra, porque no sea dos veces. Yo constituí­ á mi caro hijo D. Diego por mi heredero de todos mis bienes é oficios que tengo de juro y heredad, de que hice en el Mayorazgo, y non habiendo él fijo heredero varón que herede mi hijo D. Fernando por la misma guisa. E non habiendo él fijo varón heredero, que herede D. Bartolomé mi hermano por la misma guisa, Y por la misma guisa, sino tuviere hijo heredero varón, que herede otro mi hermano; que se entienda asi , de uno ú otro el pariente mas llegado á mi linea, y esto sea para siempre. E no herede muger, salvo si no faltase no se fallar hombre, é si esto acaesciese sea la muger mas allegada á mi linea.

E mando al dicho D. Diego mi hijo, ó á quien heredare, que no piense ni presuma de amenguar el dicho Mayorazgo, salvo acrecentalle é ponello: es de saber que la renta que el hubiere sirva con su persona y estado al Rey é la Reina nuestros Señores, é al acrescentamiento de la Religión Cristiana.

El Rey é la Reina nuestros Señores, cuando yo les serví­ con las Indias; digo serví­, que parece que yo por la voluntad de Dios nuestro Señor se las di, como cosa que era mí­a, puédolo decir, porque importuné á SS. AA. por ellas, las cuales eran ignotas é abscondido el camino á cuantos se fabló dellas, é para las ir á descubrir allende de poner el aviso y mi persona, SS. AA. no gastaron ni quisieron gastar para ello, salvo un cuento de maravedí­s, é á mi fue necesario de gastar el resto: ansí­ plugo á SS. AA. que yo hubiese en mi parte de las dichas Indias, Islas é tierra-firme, que son al Poniente de una raya que mandaron marcar sobre las Islas de los Azores y aquellas del Cabo Verde, cien leguas, la cual pasa de Polo á Polo; que yo hubiese en mi parte el tercio y el ochavo de todo, é mas el diezmo de lo que está en ellas, como mas largo se amuestra por los dichos mis previllejos é cartas de merced.

Porque fasta agora no se ha habido renta de las dichas Indias, porque yo pueda repartir della lo que della aquí­ abajo diré, é se espera en la misericordia de Nuestro Señor que se haya de haber bien grande; mi intención seria y es, que Don Fernando, mi hijo, hobiese della un cuento y medio en cada un año, é D. Bartolomé, mi hermano, ciento y cincuenta mil maravedí­s, é D. Diego, mi hermano, cien mil maravedí­s, porque es de la Iglesia. Mas esto no lo puedo decir determinadamente, porque fasta agora non hé habido ni hay renta conocida, como dicho es.

Digo, por mayor declaración de lo susodicho, que mi voluntad es que el dicho D. Diego, mi hijo, haya el dicho Mayorazgo con todos mis bienes é oficios, cómo é por la guisa que dicho es, é que yo los tengo. E digo que toda la renta que él toviere por razon de la dicha herencia, que haga él diez partes della cada un año, ó que la una parte destas diez, las reparta entre nuestros parientes, los que parecieren haberlo mas menester, é personas necesitadas, y en otras obras pí­as. E después destas nueve partes tome las dos dellas é las reparta en treinta y cinco partes, ó dellas haya D. Fernando, mi hijo, las veintisiete é D. Bartolomé haya las cinco é D. Diego, mi hermano, las tres. E porque, como arriba dije, mi deseo seria que D. Fernando, mi hijo, hobiese un cuento y medio é D. Bartolomé ciento y cincuenta mil maravedis D. Diego ciento: é no sé cómo esto haya de ser, porque fasta ahora la dicha renta del dicho Mayorazgo no está sabida ni tiene número; digo que se siga esta orden que arriba dije fasta que placerá á nuestro Señor que las dichas dos partes de las dichas nueve abastarán y llegarán á tanto acrecentamiento que en ellas habrá el dicho un cuento y medio para D. Fernando é ciento y cincuenta mil para D. Bartolomé é cien mil para D. Diego. E cuando placerá á Dios que eslo sea ó que si las dichas dos partes, se entienda de las nueve sobredichas, llegaren contí­a de un cuento é setecientos ó cincuenta mil maravedis, que toda la demasí­a sea é la haya D. Diego, mi hijo, ó quien heredare; é digo e ruego al dicho D. Diego, mi hijo, ó á quien heredare, que si la renta deste dicho Mayorazgo creciere mucho, que me hará placer acrecentar á D. Fernando é á mis hermanos la parte que aquí­ va dicha.

Digo que esta parte que yo mando dar á D. Fernando, mi hijo, que yo fago delta Mayorazgo en él, é que le suceda su hija mayor, y ansí­ de uno en otro perpetuamente, sin que la pueda vender ni trocar ni dar ni enagenar por ninguna manera, é sea por la guisa y manera que está dicho en el otro Mayorazgo que yo he fecho en D. Diego, mi hijo.

Digo á D. Diego, mi hijo, é mando que tanto que él tenga renta del dicho Mayorazgo y herencia, que pueda sostener en una Capilla, que se haya de facer, tres Capellanes que digan cada dia tres Misas, una á honra de la Santa Trinidad, é otra á la Concepción de nuestra Señora, é la otra por anima de todos los fieles defuntos, e por mi anima é de mi padre é madre é muger. E que si su facultad abastare que haga la dicha Capilla honrosa, y la acreciente las oraciones é preces por el honor de la Santa Trinidad, é si esto puede ser en la Isla Española que Dios me dió milagrosamente, holgarí­a que fuese allí­ adonde yo la invoqué, pues en la Vega que se dice de la Concepción.

Digo y mando á D. Diego, mi hijo, ó á quien heredare, que pague todas las deudas que dejo aquí­ en un memorial, por la forma que allí­ dice, é mas las otras que justamente parecerá que yo deba. E le mando que haya encomendada á Beatriz Enriquez, madre de D. Fernando, mi hijo, que la provea que pueda vivir honestamente, como persona á quien yo soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de la conciencia, porque esto pesa mucho para mi ánima. La razón dello non es lí­cito de la escribir aquí­.


Fecha á veinticinco de Agosto de mil y quinientos y cinco años: sigue Christo ferens. Testigos que fueron presentes é vieron facer é otorgar todo lo suso dicho al dicho Señor Almirante, según é como dicho es de suso: los dichos Bachiller de Mirueña, Gaspar déla Misericordia, vecinos de la dicha Villa de Valladolid, é Bartolomé de Fresco é Alvar Pérez y Juan Despinosa é Andrea é Fernando de Vargas é Francisco Manuel é Fernán Martí­nez, criados del dicho Señor Almiranle. E yo el dicho Pedro de Ilinojedo, Escribano é Notario público susodicho, en uno con los dichos testigos, á todo lo susodicho presente fui. E por ende fice aquí­ este mi signo á tal: En testimonio de verdad.=Pedro de Ilinojedo, Escribano.
A continuación del Codicilo de mano propia del Almirante, habia una memoria ó apuntación, también de su mano, del tenor siguiente:


Relación de ciertas personas á quien yo quiero que se den de mis bienes lo contenido en este memorial, sin que se le quite cosa alguna dello. Hásele de dar en tal forma que no sepa quien se las manda dar.

Primeramente, á los herederos de Gerónimo del Puerto, padre de Benito del Puerto, Ghanceller en Genova, veinte ducados ó su valor.

A Antonio Vazo, mercader Ginovés, que solia vivir en Lisboa, dos mil é quinientos reales de Portugal, que son siete ducados poco mas, á razón de trescientos é setenta y cinco reales el ducado.

A un judí­o que moraba á la puerta de la juderí­a en Lisboa, ó á quien mandare un Sacerdote, el valor de medio marco de plata.

A los herederos de Luis Centurión Escoto, mercader Ginovés treinta mil reales de Portugal, de los cuales vale un ducado trescientos ochenta y cinco reales, que son setenta y cinco ducados poco mas ó menos.

A esos mismos herederos y á los herederos de Paulo de Negro, genovés, cien ducados o su valor. Han de ser la mitad á los unos herederos y la otra á los otros.

A Baptista Espí­ndola, ó á sus herederos, si es muerto, veinte ducados. Este Baptista Espí­ndola es yerno del sobredicho Luis Centurión era hijo de Micer Nicolao Espí­ndola de Locoli de Ronco, y por señas él fue estante en Lisboa el año de mil cuatrocientos ochenta y dos.


La cual dicha Memoria é descargo sobredicho, yo el Escribano doy fe que estaba escripia de la letra propia del dicho testamento del dicho D. Cristóbal, en fe de lo cual lo firmé de mi nombre. Pedro de Azcoytia.

Familia de Colon

Cónyuge.

Felipa Moniz también conocida posteriormente como Felipa Perestrelo, Filipa Moniz Perestrelo o Filipa Perestrelo Moniz (Porto Santo, Madeira, Portugal ca. 2 de marzo de 1455-ca. 1484/1485), fue la esposa de Cristóbal Colón.

Beatriz Enríquez de Arana (Santa María de Trassierra, Córdoba, 1465 - ibídem, 1522) fue amante de Cristóbal Colón, cuando ya era viudo y madre de su hijo Hernando Colón.

Hijo

Diego Colón y Perestrelo (Porto Santo o Lisboa, 1479 o 1480 - La Puebla de Montalbán, 1526) fue el II almirante de la Mar Océana, II virrey de las Indias y II gobernador de las Indias. Hijo y sucesor de Cristóbal Colón en el almirantazgo, virreinato y gobierno de las Indias, con asiento en Santo Domingo, capital de la actual República Dominicana.
Tumba de Hernando Colón en la catedral de Sevilla con los cuatro
libros que escribió y la leyenda "A Castilla y León Nuevo Mundo dio Colón".


Hernando o Fernando Colón y Enríquez de Arana (Córdoba, 15 de agosto de 1488-Sevilla, 12 de julio de 1539) fue un bibliógrafo y cosmógrafo español, hijo de Cristóbal Colón y hermano de Diego Colón. Acompañó a su padre en el cuarto viaje a América y posteriormente a su hermano Diego y escribió la Historia del almirante en honor a su padre.

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