jueves, 30 de noviembre de 2017

La corrupción de las empresas estatales ha arruinado Venezuela.-a



La gestión de Nicolás Maduro, ha salido reprobada en la evaluación que ha hecho la ONG Transparencia Venezuela, que define como «cleptocracia» el sistema de robos y corrupción que se ha instalado en las 576 empresas estatales y de servicios, lo que compromete la vida de los venezolanos.
Lo grave es que la nómina de los empleados de las empresas públicas consume el 8,6% del presupuesto ordinario de la nación venezolana sin trabajar. En los últimos años estas empresas han recibido más de 500.000 millones de dólares, «sin contar los recursos asignados vía fondos parafiscales», desangrando los pocos ingresos que le entran al país por sus exportaciones petroleras.
El estudio de Transparencia Venezuela, de unos 1.300 folios, llevó dos años hacerlo y contó con aliados de Argentina, Brasil y México. Su equipo de investigadores reveló que las empresas estatales y los ministerios son opacos y cerrados, «no dan información ni cifras ni permiten que les revisen los libros contables».

Empleados anónimos

Pese a las dificultades para investigar a fondo y auditar las empresas la ONG ha logrado avanzar con el aporte de empleados anónimos. De las 576 empresas «se analizaron 160 de cuatro sectores que impactan la calidad de vida de los venezolanos: el agroalimentario, hidrocarburos, minería y metalurgia y servicios públicos. El 74,4% presenta denuncias públicas por corrupción y malas prácticas».
El conjunto de empresas públicas adquiridas durante las presidencias de Hugo Chávez y Nicolás Maduro ha presentado resultados negativos, se encuentran quebradas, insolventes y sus balances están en rojo. Fueron adquiridas por vía de expropiaciones, confiscaciones, nacionalizaciones y re-estatizaciones.
Mercedes De Freites, directora ejecutiva de Transparencia, afirmó que la «madre» de toda la corrupción de las empresas estatales es Petróleos de Venezuela (Pdvsa) por haber financiado la corrupción del resto de las empresas públicas.
Puso como ejemplo los sobreprecios. En 2010 Chávez aprobó un decreto de emergencia eléctrica que le permitió a las estatales Corpoelec, Pdvsa y el Ministerio de Energía Eléctrica, todas ellas dirigidas por una sola persona, Rafael Ramírez, adquirir equipamiento sin licitaciones. 
«La investigación determinó que entre 1999 y 2014 se destinaron 37.691 millones de dólares para 40 proyectos de compra de equipos y construcción de instalaciones, se descubrió un sobreprecio de 23.033 millones de dólares, el 157%».
 (Los responsables como Nervis Villalobos se encuentran presos en Madrid).
De Freites mencionó a la contratista argentina IMPSA en las irregularidades del desfalcó eléctrico.
 «Por eso tenemos apagones y fallas eléctricas», añadió.
Aseguró que el régimen de Maduro se ha servido de la crisis para enriquecerse, «es una oportunidad para robar por la escasez de alimentos y medicinas, y también para traficar con los dólares preferenciales en las importaciones».
Mercedes De Freites considera que el sector privado de contratistas y proveedores «se ha pervertido en su relación con el régimen, mediante el chantaje». También es grave la presencia militar en el 70% de las empresas.

El hambre como negocio

El ingeniero Rodrigo Agudo señaló el régimen ha hecho del hambre un negocio, monopolizando y oficializando la producción, la estatización, la distribución, la corrupción y la militarización de las 42 empresas estatales dedicadas al sector agroalimentario. La nómina se ha cuadriplicado y sin embargo la producción ha caído a sus más bajo niveles.
El ciclo de la escasez de alimentos comenzó en 2014, siguió con el desabastecimiento en 2015, continuó con el hambre en 2016, con la desnutrición en 2017 y el caos en 2018.

«Los militares con su empresa AgroFAN se apropian de la mayor parte de la producción de alimentos y no le dejan nada a los civiles», dice Agudo.

La investigación de la ONG Transparencia concluyó que el año clave en el declive de las empresas estatales fue 2008. La ola de expropiaciones iniciada poco antes por Hugo Chávez y la implantación del llamado Primer Plan Socialista, provocó que la mayoría de las empresas productoras de bienes y prestadoras de servicios comenzaran a colapsar.
«En 2018, una década después, ese deterioro compromete seriamente la vida de los venezolanos«

martes, 28 de noviembre de 2017

Colombia, la heredera intelectual de los venezolanos en el exilio.-a



Introducción 

El país neogranadino tiene ahora la oportunidad no solo de dar un ejemplo humanitario, sino de aprovechar para su desarrollo los frutos de la cultura venezolana
El éxodo masivo de venezolanos no se detiene. En esa marea migratoria hay numerosos intelectuales, artistas y universitarios. Según un estudios realizados entre estudiantes de cuatro universidades de Venezuela, un 88 % de los encuestados tenía intenciones de abandonar el país, y la mayoría está actualmente echando raíces en Colombia.
Colombia, el país que ha recibido más expulsados venezolanos, podría ser la heredera intelectual de la Venezuela en exilio. Según un reporte publicado por The New York Times, el país neogranadino tiene ahora la oportunidad no solo de dar un ejemplo humanitario, sino de aprovechar para su desarrollo los frutos de la cultura venezolana.
De 2010 a 2014, llegaron a Colombia numerosos académicos, editores y periodistas que salieron de Venezuela por diferencias ideológicas con el chavismo. Pero, desde el 2001, en 2001, Hugo Chávez develó su política cultural y trazó la hoja de ruta de su revolución: despidió a treinta directivos de las instituciones culturales más importantes.
Nombró a nuevos directores de museos, galerías, teatros, editoriales, cines, academias de danza y orquestas sinfónicas que estuvieran “en sintonía con el proceso revolucionario”. Así acabó con la intensa vida cultural que Venezuela había desarrollado desde el siglo XIX.
El conocimiento derivado de sus reflexiones e investigaciones podría servir al Gobierno colombiano para tomar decisiones mejor informadas hacia los migrantes.
Algunos de los pensadores venezolanos radicados en Colombia ya están siendo parte de esa conversación en torno al éxodo, una discusión pública que enriquece el debate sobre uno de los mayores retos de Iván Duque.

Fuga de cerebros

 En el inventario de desgracias que ha dejado el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela deberá contabilizarse una pérdida irremediable: las crisis económica y política de la Revolución bolivariana han provocado una diáspora de tres millones de expatriados —aproximadamente el ocho por ciento de la población—, que ha dejado hipotecado el futuro del país y en bancarrota sus instituciones culturales.
La amarga situación de los 3000 venezolanos que cruzan a diario la frontera con Colombia ha despertado una enorme solidaridad regional, pero también una preocupación natural en los países de acogida —¿cómo debe prepararse una nación para recibir a tantos desplazados?— y, en ocasiones, un sentimiento antiinmigrante. Para combatir esa tentación xenofóbica, haríamos bien en recordar una de las mayores lecciones de las grandes oleadas migratorias de los siglos XIX y XX: los países que albergaron a los exiliados, migrantes y desterrados —de guerras civiles, hambrunas o gobiernos autoritarios— salieron culturalmente beneficiados.
Mientras las calamidades no cesen en la Venezuela de Maduro, el flujo de migrantes venezolanos seguirá siendo masivo y seguirá siendo un enorme desafío para Colombia y el resto de los países de América Latina. En esa marea migratoria hay numerosos intelectuales, artistas y universitarios. Según un estudio de 2015, realizado entre estudiantes de cuatro universidades de Venezuela, un 88 por ciento de los encuestados tenía intenciones de abandonar el país.
Colombia, el país que ha recibido más expulsados venezolanos, podría ser la heredera intelectual de la Venezuela en exilio. Colombia tiene ahora la oportunidad no solo de dar un ejemplo humanitario, sino de aprovechar para su desarrollo los frutos de la cultura venezolana.
La historia migratoria de la propia Venezuela es un ejemplo: durante la segunda mitad del siglo XX, el país aprovechó la experiencia y talento de las olas migratorias de españoles, portugueses, italianos, uruguayos, chilenos, peruanos, ecuatorianos y colombianos. Gracias a ese influjo de mano de obra calificada extranjera, se crearon las grandes empresas textiles y de alimentos venezolanas y las instituciones culturales florecieron.

Hoy, sin embargo, los cruces de la frontera corren en sentido inverso y somos muchos los venezolanos que trabajamos en Colombia y para ella devolviendo, de alguna forma, mucho de lo que recibimos de la migración que llegó a nuestro país a partir de la década de los cincuenta.

A principios de los 2000, una de las primeras olas de migración de Venezuela a Colombia, trajo a gerentes y técnicos petroleros despedidos por Hugo Chávez de la estatal Petróleos de Venezuela. Estos migrantes altamente especializados impulsaron el despegue de la modesta industria petrolera colombiana, que multiplicó su actividad de 560.000 barriles diarios a 900.000 barriles en 2011. Mientras que la producción petrolera venezolana está en el nivel más bajo de los últimos treinta años, Colombia se convirtió en uno de los mayores exportadores de petróleo a Estados Unidos.
El 1 de noviembre de 2018, un grupo de migrantes venezolanos se dirigía a la frontera entre Venezuela y Perú. Credit Juan Vita/Agence France-Presse — Getty Images
En una ola migratoria posterior, de 2010 a 2014, llegaron a Colombia numerosos académicos, editores y periodistas que salieron de Venezuela por diferencias ideológicas con el chavismo, un régimen corrupto, autoritario y que ha remplazado la meritocracia por el nepotismo.
El enorme capital cultural de Venezuela fue una de las primeras víctimas del chavismo. En 2001, Chávez develó su política cultural y trazó la hoja de ruta de su revolución: despidió a treinta directivos de las instituciones culturales más importantes. Nombró a nuevos directores de museos, galerías, teatros, editoriales, cines, academias de danza y orquestas sinfónicas que estuvieran “en sintonía con el proceso revolucionario”. Así acabó con la intensa vida cultural que Venezuela había desarrollado desde el siglo XIX.
Los grandes centros culturales de Venezuela, que fueron referencia en toda América Latina, hoy están en la carraplana. El Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber —que desde 2001 no lleva el nombre de su fundadora— usa el arte para hacer proselitismo, tiene un presupuesto exiguo, no adquiere obras, no se investiga ni se editan catálogos y las exposiciones se basan en las colecciones adquiridas durante su época dorada —la última muestra se titula Camarada Picasso—; de las trece salas solo funcionan un par y muchos de sus curadores y críticos se han jubilado o se han ido del país.
Las editoriales Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila Editores dejaron de publicar clásicos y exhiben un catálogo menguado, con tirajes mínimos y una marcada línea ideológica —de sus doce novedades del año, cinco son reediciones, entre ellas, el Manifiesto comunista—; el Teatro Teresa Carreño quedó reducido a la sala de eventos presidenciales cuando Chávez aún estaba vivo, las academias de ballet clásico y danza contemporánea que se presentaban ahí funcionan a medias y con una programación cultural exigua. El Premio Rómulo Gallegos, que llegó a ser una de las citas literarias más prestigiosas de Hispanoamérica, se entregó por última vez en 2015, con el argumento de que no se disponía de los 100.000 dólares que ofrecía el premio. El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela y el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional fueron cruciales en la vida cultural latinoamericana y sirvieron como modelos para otros países del mundo. Hoy, aunque El Sistema sigue en pie, se suspendieron las giras mundiales que anualmente hacía la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y, para diciembre de 2017, cuarenta de sus 120 músicos habían emigrado.


Colombia podría beneficiarse del arribo de esa intelectualidad expulsada. Desde que se acentuó la deriva autoritaria del chavismo han llegado editores, como María Fernanda Paz Castillo, Juan Pablo Mojica y Rodnei Casares; investigadores; músicos; curadores —como Nydia Gutiérrez, la curadora jefa del Museo de Antioquia— y promotores culturales, como Gabriela Costa.
Colombia ya ha implementado algunos esfuerzos para sobrellevar este fenómeno migratorio sin precedentes. Uno de ellos fue el Permiso Especial de Permanencia, que se expidió hasta febrero de este año y que permite a los migrantes trabajar por dos años. Hay otros esfuerzos, como la campaña “Somos panas, Colombia” de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), desde donde se toman acciones para evitar la xenofobia, y las universidades del Rosario y el Externado han creado observatorios de la migración venezolana. El conocimiento derivado de sus reflexiones e investigaciones podría servir al gobierno para tomar decisiones mejor informadas. Algunos de los pensadores venezolanos radicados en Colombia ya están siendo parte de esa conversación en torno al éxodo, una discusión pública que enriquece el debate sobre uno de los mayores retos del gobierno de Iván Duque.
Y, cuando la democracia regrese a Venezuela, el país deberá crear una política de repatriación de talentos e incentivar la vuelta de aquellos que se vieron obligados a salir de un país sin futuro. Cuando se erradique el autoritarismo chavista, las mujeres y hombres dedicados a pensar, escribir y crear, serán indispensables para reconstruir la nación que fue por muchos años uno de los foros intelectuales en el continente.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Barbara Balzerani y la derrota de las brigadas rojas a


Nacimiento: 16 de enero de 1949 (edad 74 años), nació en Colleferro , en la provincia de Roma .

Barbara Balzerani, histórica dirigente de la columna romana de las Brigadas Rojas, ha visitado recientemente Euskal Herria de la mano de la editorial Txalaparta. Presentó su libro “Camarada luna”, de una musicalidad literaria remarcable que, sin ser una autobiografía ni un relato de la historia de la guerrilla comunista italiana, expone un recorrido vital bello, personal y brutalmente honesto en torno a los denominados años de plomo.
 Para ella escribir es «un último deber militante de restitución de una memoria partisana que defiendo con amor y a la que sigo muy unida».
Balzerani estuvo involucrada en algunas de las acciones más espectaculares de las Brigadas Rojas, como el secuestro del general estadounidense de tres estrellas y comandante de la OTAN para Europa meridional, James Lee Dozier. Durante el secuestro del líder de la Democracia Cristiana italiana, Aldo Moro, Balzerani ocupaba junto a Mario Moretti la principal base operativa de las Brigadas de Roma, en Vía Grandoli 96. Hasta que un escape de agua hizo que la Policía la descubriera.
Ella fue una de las últimas figuras históricas de las Brigadas Rojas en ser detenida. Ocurrió en 1985, y recuperó su libertad definitiva en 2011. La prensa oficial la tildó de «irreductible» –categoría que ella rechaza de plano–. Se calificó así a los militantes que rechazaron los «beneficios» de la Ley de Delación (la colaboración a cambio de las treinta monedas de Judas; es decir, pasaporte, dinero y una nueva identidad) o los de la más tardía Ley de Disociación (dividir por dos la condena si el preso mostraba arrepentimiento de su trayectoria, abjuraba de su identidad pasada y hacía apología del Estado). 
No obstante, Barbara Balzerani reconoce con sinceridad «qué difícil fue encontrar un punto de equilibrio entre no caer en la lógica de un insensato continuismo y no ceder en lo esencial, rechazando firmemente hacer negocio con la identidad, la historia y los compañeros».
Junto con otros dos líderes históricos de las Brigadas Rojas como Renato Curcio y el propio Moretti, Balzerani dio la famosa entrevista de 1987 en la RAI en la que daban por finalizada la lucha armada de las Brigadas Rojas, reclamando el fin de los atentados y la apertura de una etapa de reflexión social y política sobre los errores y los aciertos de aquella experiencia.

«Pulgón en el árbol sano»

Preguntada por la influencia que tuvo en el devenir de las Brigadas Rojas la delación y el arrepentimiento, Balzerani es rotunda al afirmar que «fue el elemento más impactante de una campaña de disuasión y descrédito que nos penetró. Echó por tierra todas las tradiciones y memorias y, sobre todo, fue el mayor obstáculo ante la posibilidad de crear las condiciones adecuadas para terminar de manera unilateral, sin la disolución indiscutible de todos los fundamentos de la experiencia armada».
Nombra la expresión italiana «el pulgón en el árbol sano» para referirse al dirigente de la columna brigadista de Turín, Patrizio Peci, quien colaboró por propia voluntad con la seguridad del Estado y permitió que los Carabinieri irrumpieran en la base de Génova y acribillaran a cuatro brigadistas.
 Y lo interpreta como «signo de la profundidad de nuestra crisis política. Era la infamia de los traidores. Los hermanos de ayer denuncian a los demás y se convierten en sus cazadores y en jueces. Nada resistió aquel contragolpe. Ni los criterios de seguridad, ni la línea política, ni la confianza en nosotros mismos».

1982, el año de la derrota

Para Balzerani, el cúmulo de errores y el debilitamiento político de las Brigadas Rojas llega a su punto de coagulación en 1982. 
«Las divisiones internas, las detenciones en masa, las batallas perdidas llegaron a su cénit».
 
Pero se muestra revolucionaria en su autocrítica al añadir que, incluso antes, «muchas veces el incremento en las filas de las Brigadas Rojas se había producido paralelamente al debilitamiento de su propuesta política. Estábamos fuera de juego, no conseguíamos justificar la presencia de una guerrilla que disimulaba su crisis detrás de su capacidad militar, eso sí, a veces espectacular». ¿Qué podían hacer? ¿Qué otras cosas intentar? No incidían en el ámbito de las decisiones generales y tampoco conseguían frenar la derivación en simple resistencia de la lucha obrera. «Tiramos por la calle de en medio: ¡a por el americano de tres estrellas!».
En aquella tesitura, «prácticamente en la calle y con la mano en la pistola», las Brigadas Rojas empezaron a discutir qué es lo que había que hacer. 
«Teníamos que retirarnos, como hicieron los chinos, ¿pero a dónde? Teníamos que reunir fuerzas y resistir hasta comprobar si todavía quedaba para nosotros algún futuro político. ¿Era así de simple el balance de una experiencia armada que no había tenido modelos para nacer ni los podía tener para morir?».
Rosa Luxemburgo dijo, tras la derrota de la semana espartaquista, que «la revolución es la única forma de guerra –también esta es una peculiar forma de vida– en la que la victoria final solo puede prepararse a base de una serie de derrotas». 
Recordamos esa reflexión a Balzerani, que asiente preguntándose «cuántas derrotas quedan aún para asegurarse la victoria. ¿Cómo identificar las derrotas necesarias y las irremediables? 
Esta era la pregunta más difícil cuando todo se tambaleaba»

Y añade:
«Mientras tanto, se montó el mercado de vencedores y vencidos. Una vez más, la partida terminaba con un todo o nada. Se ganaba o se perdía. Se tenían todas las razones o ninguna. En fin, no había salida».

«¡Ay de los vencidos!»

¡Vae Victis! Que así sea. En el polvo y encadenada. Balzerani reconoce que puede admitir eso. «Pero no quitarle sentido a la historia y causas a los hechos». Cuando cayó presa, en su ficha de detención podía leerse un inefable «Final de condena: nunca/pena sin fin». Y se pregunta a sí misma:
«¿Podía ser de otra forma? Tengo que tener un signo fatal vinculado a los siempre, los nunca, los todo, los nada. Como si no consiguiera moverme fuera del exceso de las pasiones absolutas».
Balzerani está empeñada en hablar, dar la cara, contar lo que vivió aquella generación de comunistas y denuncia que el análisis del fenómeno se mueva entre el sicoanálisis criminal, investigaciones conspiradoras, el intimismo mediático y la desconexión de las relaciones de causa. 
Reclama «el laicismo de una reflexión crítica sin prejuicios» y reivindica «la grandeza de una historia y de sus protagonistas, liberados de iconografía santificadora o de demonización basada en prejuicios, que los devuelva a la inteligencia de los hechos».
Y se muestra convencida de que «eso puede ayudarnos a entender los nexos y las discontinuidades de las distintas experiencias políticas que han marcado este siglo plagado de intentos de asalto al cielo, antes de que un dudoso moralismo entre el bien y el mal impida el ejercicio de la crítica histórica».

«Los militantes de las Brigadas Rojas pertenecen a la política»

La comisión parlamentaria italiana encargada de estudiar los años de plomo definió aquel fenómeno como «guerra civil de baja intensidad». En efecto, fue un fenómeno de masas, de amplio arraigo social, con una guerrilla comunista que en sus diferentes expresiones llegó a tener más de 2.000 militantes a principios de los años 80 y más de 6.500 presos políticos. En conflictos de ese tipo hay responsabilidades colectivas a las que no puede hacerse frente mediante el tráfico de indulgencias, declaraciones policiales arrancadas con la tortura mecanizada, sin interrogarse sobre sus orígenes políticos.
El Estado ganó militarmente al «terrorismo» pero nunca tuvo voluntad ni coraje de asumir su responsabilidad para superar este episodio histórico. Su única solución fue el de la venganza infinita. Y paradojas de la vida, quienes ganaron la «guerra del plomo» resultaron luego ser todos corruptos. Giulio Andreotti, expresidente inoxidable del Consejo de Ministros de la República Italiana, tenía relación orgánica con la Cosa Nostra siciliana. El país estaba plagado de organizaciones secretas como la potente red Gladio de la OTAN en Europa y logias masónicas como la de P2 a la que pertenecían muchos generales del Ejército y los servicios secretos, incluso Il cavaliere Berlusconi.

«Pensándolo ahora –reflexiona Balzerani al recordar aquellos convulsos años 70–, no es fácil recordar de dónde sacaban esa inconsciente determinación para jugarse la vida. No eran más que grupúsculos de jóvenes camaradas, insatisfechos de los titubeos de una izquierda extraparlamentaria contra las cuerdas. Contaban solo con la voluntad de buscar nuevas vías para continuar esa revolución que había agotado rápidamente la inocencia de los primeros entusiasmos, frente al rostro lívido del Poder y de una izquierda institucional que estaba perfeccionando su paranoico síndrome abandonista de acorralamiento. Nada nos hacía divisar un camino que no fuera el de un enfrentamiento directo, sangriento, indiferente al sacrificio de nuestros jóvenes años».

Como ocurrió en otros lugares, entre la progresiva radicalización de las luchas populares y la lucha armada no hubo un aumento progresivo y gradual, como con la fiebre.

«Hubo un salto que lo modificó todo; no vino solo, como un factor genético inserto en la naturaleza de una generación de violentos: Allende y los 100.000 en el estadio de Santiago de Chile fue una tragedia que nos arrastró a todos, un latigazo, la sacudida decisiva para el frágil equilibrio de posturas. Y cada uno tuvo que elegir».

Balzerani se muestra muy crítica con lo que fue el Partido Comunista italiano, el más potente de toda Europa, y ciertos intelectuales «de izquierda» como Antonio Tabucchi:

 «Taponaron cualquier posibilidad de analizar críticamente nuestra experiencia. Encima, luego vinieron los 20 años de Berlusconi». Como consecuencia de ello, concluye, «se quiere negar la pertenencia de los militantes de las Brigadas Rojas a la política, o a las filas comunistas, o al género humano, según el caso. Y se genera una especie de cortocircuito que impide cualquier tipo de razonamiento», afirma con disgusto.

martes, 21 de noviembre de 2017

Práxedes Mateo Sagasta.-a


Mateo-Sagasta Escolar, Práxedes. Torrecilla de Cameros (La Rioja), 21.VII.1825 – Madrid, 5.I.1903. Ingeniero de Caminos, jefe del Partido Liberal-Progresista, presidente del Consejo de Ministros.

Nacido en el seno de una familia burguesa vinculada al comercio —actividad que sería uno de los estímulos para el desarrollo del Logroño isabelino—, Sagasta encarna, mejor que nadie, las tres facetas definidoras del espíritu de su siglo: la técnica, el ímpetu romántico y el liberalismo exaltado. La primera de estas facetas se manifiesta en la peculiaridad de su formación: no en las aulas de la Facultad de Derecho, según la pauta tradicional en los políticos de la época, sino en las de la Escuela de Ingenieros de Caminos —donde coincidiría con el luego renombradísimo dramaturgo José Echegaray—. Terminada su carrera en 1850, Sagasta la ejerció con una brillante actividad: destinado a Zamora, llevó allí a cabo, en poco tiempo, la realización de los importantes proyectos de carreteras que enlazaban la capital zamorana con Salamanca y Valladolid, y la de los tramos más difíciles de la que comunicaba las comarcas zamoranas con el puerto de Vigo —alternativa a la salida, por Santander, de los trigos y harinas de la región—. Pero además proyectó e inició la construcción del ferrocarril de Valladolid a Burgos, integrada en la importantísima línea del Norte.

Se comprende así que en 1853, contando sólo veintiocho años, fuese ascendido a ingeniero primero del Cuerpo, con 12.000 reales de sueldo anual.

Simultáneamente tenía lugar la curiosa peripecia sentimental que marcó su vida privada con un airón romántico: su pasión —correspondida— por la joven Ángela Vidal Herrera, casada contra su voluntad con el comandante Nicolás Abad, a quien abandonaría para unirse con el joven ingeniero. Tras el escándalo, la pareja adúltera hubo de dejar pasar cierto tiempo antes de su regreso a Zamora; en cuanto al marido burlado, no trató de vengar la afrenta ni de anular su matrimonio: se limitó a alejarse del lugar de su desventura. Los amantes, que constituyeron un hogar solidísimo, hubieron de aguardar más de treinta años —hasta el 18 de febrero de 1885— para legalizar y santificar su unión, casándose al mes de ocurrido el fallecimiento, en Valladolid, de Nicolás Abad. De este matrimonio nacieron dos hijos: José y Esperanza.

En cuanto a la faceta, fundamental, de su vocación política, ésta se canalizó, desde la primera juventud de Sagasta, en el progresismo, y en la lucha contra el monopolio del poder que ostentaban los moderados desde 1843; colaborando, por lo pronto, en la revista La Iberia, fundada por Calvo Asensio en 1854, y de la que andando el tiempo llegaría a ser director el propio Sagasta. Diputado brillante en las Cortes Constituyentes de 1855, al cerrarse éstas un año más tarde sin haber logrado su objetivo, ocupó ya lugar destacado en la oposición progresista, cada vez más enfrentada con el régimen. Tras el brillante gobierno de la Unión Liberal de O’Donnell, la obcecación de la Reina, que abandonó de hecho su papel arbitral en la pugna política, para aferrarse a un solo partido (el Moderado), daría lugar al deslizamiento revolucionario de todas las oposiciones —ahora abanderadas por el general Prim, nuevo jefe del Partido Progresista, junto a Olózaga, contra los llamados “obstáculos tradicionales”—. Sagasta, uno de los “lugartenientes” del conde de Reus —el otro sería Ruiz Zorrilla—, tomó parte activa en los movimientos subversivos que a partir de 1865 precedieron a la Revolución de 1868, que puso fin al reinado de Isabel II, y en la que Sagasta desempeñó destacado papel.

Fue decidido partidario y colaborador en el logro del modelo político cifrado por Prim en una “democracia coronada” —según la Constitución de 1869—, modelo político garante de la soberanía nacional expresada en el sufragio universal masculino, la libertad de cultos y la plenitud de los derechos individuales, pero afectado por un error básico —el gran error de Prim—: el rechazo de la dinastía histórica y el intento de sustituirla por la casa de Saboya. Por añadidura, el advenimiento al trono del Monarca elegido, Amadeo, hijo de Víctor Manuel II, coincidió fatalmente con el asesinato del que hubiera sido su valedor, en la calle del Turco de Madrid en enero de 1871.

Dividido el Partido Progresista a la muerte del general Prim, entre los seguidores de Sagasta (“constitucionalistas”) y los de Ruiz Zorrilla (“radicales”), alternaron ambos en el poder sin que se lograse una mínima solidaridad entre ellos —cuando tenían que habérselas con dos guerras civiles (la carlista, en la Península, y la secesionista, en las Antillas)—; la Monarquía saboyana, pese a la pulcritud del Rey en el cumplimiento de sus deberes democráticos constitucionales, fue de crisis en crisis hasta febrero de 1873, en que Amadeo abdicó la Corona de forma irrevocable, para él y sus sucesores. Durante el desastroso paréntesis republicano, Sagasta permaneció al margen de la vida política.

Pero, tras el fracasado intento llevado a cabo con acierto por Castelar para normalizar la República sacándola de aquel caos, y el golpe de estado de Pavía, Sagasta colaboró en el “régimen” del general Serrano (una República sin parlamento) y estaba al frente del Gobierno cuando se produjo el pronunciamiento de Martínez Campos y la restauración en la persona de Alfonso XII, largamente preparada por Cánovas del Castillo. Al plantear éste el Régimen recién instaurado como una plataforma de encuentro entre las distintas formaciones liberales que acatasen la Monarquía alfonsina, Sagasta, tras una asamblea de su Partido (constitucionalista) celebrada en el Circo Price, de Madrid, aceptó la mano tendida de Cánovas para colaborar en la Restauración, siempre que se le brindasen facilidades para llevar a ella, si le favoreciesen las urnas, “las esencias del 69”. Tenía muy presente su reciente experiencia en la Monarquía de Amadeo, fracasada por la insolidaridad flagrante entre los partidos que debían sustentarla, y entendía, como Cánovas, que un consenso integrador entre demócratas y conservadores —muy alejados éstos del viejo moderantismo isabelino— podía suponer, en España, el triunfo de una paz interior —el final de las guerras civiles de todo el siglo—, bajo un signo civilista contrapuesto al “régimen de los generales” isabelino.

En 1882, tras una primera experiencia de gobierno, en la que quedó clarificada en su persona la jefatura de la izquierda del régimen (“fusionistas”), fue afianzándose el sistema que quedaría definitivamente asentado en el llamado “pacto de El Pardo”, a la muerte de Alfonso XII (1855). El propio Cánovas aconsejó a la Regente la llamada al poder de los “liberales” —tal era la nueva denominación de los fusionistas—.

Sería Sagasta, pues, el encargado de presentar al nuevo rey Alfonso XIII, cuando éste nació en mayo de 1886. Los cinco primeros años de la Regencia supusieron el gran momento político de Sagasta y su partido: tuvo lugar entonces la “democratización” de la Monarquía, a través de una importante obra legisladora: en junio de 1887 fue promulgada la Ley de Asociaciones; el 20 de abril de 1888, la que restablecía el juicio por jurados. El Código Civil, aprobado también por las Cortes de 1886, se promulgó por leyes del 26 de mayo y 24 de julio de 1889. Por último, ya en 1890 se restableció la ley de sufragio universal masculino. El régimen estaba ahora firmemente asentado, y de ello sería prueba el fracaso del pronunciamiento de Villacampa (19 de septiembre de 1886), animado por Ruiz Zorrilla desde su exilio francés. El propio Castelar condenó la intentona, manifestándose mediante lo que se denominó “posibilismo”, favorable al Gobierno que había restablecido la democracia en España. Este “Gobierno largo” coincidió, además, con el auge económico que hizo evidente en Cataluña (“febre d’or”) la brillante Exposición Internacional de 1888.

Tras un paréntesis conservador —según las pautas del Pacto de El Pardo—, entre 1890 y 1892, volvió al poder Sagasta, pero esta nueva etapa liberal (1892- 1894) tuvo un signo muy distinto de la anterior, ya que hubo de enfrentarse con las circunstancias más difíciles atravesadas hasta entonces por la Restauración: ofensiva del terrorismo ácrata, que haría en estos años a Barcelona “la ciudad de las bombas”; presión de los regionalismos catalán y vasco; y, finalmente, replanteamiento del problema cubano. Fue un grave error de Sagasta desechar el proyecto autonomista, que Antonio Maura (por entonces militante en su partido, y ministro de Ultramar en este Gobierno), había diseñado para Cuba. La oposición cerrada que los intereses afectados plantearon ciegamente a este proyecto, decidió a Sagasta a negarle su respaldo; la crisis de abril de 1893 supuso la sustitución de Maura —que pasó a Gracia y Justicia— por Becerra, luego sucedido por Abárzuza. Por añadidura, el Gobierno hubo de enfrentarse con una campaña en Marruecos —un conflicto “de frontera” con Melilla, superado con evidente retraso y dificultad por una expedición al mando de Martínez Campos, que cerró la crisis mediante el tratado de Marrakech—. Pero este evidente paso en falso fue suficiente para animar una nueva insurrección en Cuba, encabezada por José Martí.

Poco después, ciertos incidentes que enfrentaron a la oficialidad de Madrid con determinados órganos de prensa que habían criticado su actuación, dieron pie a Sagasta para presentar su dimisión el 27 de marzo de 1895. Durante la guerra de Ultramar, los liberales de Sagasta —especialmente, Segismundo Moret— contrapusieron a la política bélica de Cánovas —que exigía la rendición de los insurgentes, al fin y al cabo súbditos españoles, como paso previo a la autonomía prevista tras la pacificación— el cese de la acción militar y la concesión de una autonomía amplísima.

Cuando Cánovas fue asesinado en agosto de 1897, y tras un breve mando de Azcárraga, Sagasta formó nuevo Gobierno en el que la cartera de Ultramar fue confiada a Moret. Según su programa, Weyler fue retirado de Cuba y cesó la guerra, pero la Constitución autonómica redactada por Segismundo Moret en brevísimo tiempo no consiguió conjurar la rebelión cubana —aunque sí fue asumida por Puerto Rico—. De hecho, fue Estados Unidos quien hizo fracasar el proyecto, apoyando a los rebeldes. La cuestión del Maine —sin duda una añagaza del presidente Mckinley para ir a la guerra— dio lugar a que ésta fuese declarada, con resultados adversos para España, cuyas escuadras fueron destruidas en Cavite (Filipinas) y Santiago de Cuba. Tras el armisticio subsiguiente, la Paz de París puso fin, en febrero de 1899, a los últimos restos del Imperio español en América y Asia.

Tras el Gobierno regeneracionista de Silvela —cuyos frutos positivos fueron la liquidación de la deuda de Ultramar y el comienzo de la legislación social— y cuando ya, hasta cierto punto, se habían cerrado las heridas del Desastre, Sagasta ocupó por última vez el poder en 1901, con un programa que trataba de reverdecer las antiguas señas de identidad del progresismo, mediante un anticlericalismo remozado, pero que tenía su razón de ser en la proliferación de Casas y Órdenes religiosas ocurrida en las últimas décadas del siglo a favor de la libertad de asociación garantizada por la Constitución de 1876, pero que se hallaba en contradicción con el Concordato de 1851; e incorporaba el problema de la enseñanza, atenida, en los colegios religiosos, a inspiraciones integristas según el espíritu del Syllabus. En mayo de 1902 cupo al viejo Sagasta la satisfacción de proclamar la mayoría de edad de Alfonso XIII, cuyo nacimiento, dieciséis años atrás, había tenido lugar asimismo cuando él presidía el Gobierno. Perturbaciones de signo social y regionalista, sobre todo en Cataluña, señalaron los comienzos de una nueva época, que ya no conocería Sagasta. Poco después de la crisis del 6 de diciembre, que según el “turno” dio de nuevo el poder a los conservadores, el 5 de enero de 1903 fallecía en su casa de Madrid, dejando abierto el problema de su sucesión, que enfrentaría a Moret y a Montero Ríos.

El 19 de enero de 1891 fue elegido caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro. En 1897 ingresó en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (medalla número 25).

De Sagasta cabe decir que al cabo de una trayectoria siempre fiel al liberalismo progresista, y tras sus experiencias revolucionarias, fue la pieza fundamental para que Cánovas pudiese afianzar la Restauración: uno y otro, desde posiciones y caracteres muy diferenciados, se complementarían en el “sistema centro” que definió aquel régimen. Personalmente caracterizaron siempre a Sagasta unas dotes de modestia, afabilidad y generosidad que le ganaron, por ejemplo, el afecto y la predilección de la Reina Regente. Como Azorín escribió, “a Cánovas se le admiraba; a Sagasta, se le quería”.



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sábado, 4 de noviembre de 2017

El "progre", la incoherencia de un burgués con ideas de izquierda.-a

La mediática politóloga guatemalteca intenta desarmar con ironía los mitos e ideas preconcebidas de los nuevos "progres", entendidos por la autora como un colectivo de izquierda que desde su "superioridad moral" dice defender los intereses de los trabajadores.

El progre es una figura tan universal que es fácilmente reconocible. Da igual dónde los situemos, sus rasgos son tan definitorios que, salvo leves adaptaciones nacionales, identificarlos será fácil, y ésa es nuestra primera tarea cuando hemos de interactuar con él.

El progre, como todos hemos podido ver cuando nos tropezamos con ellos, es de clase media o alta, con ideas de izquierda, y cierta inquietud intelectual. Es un burgués que no reconoce serlo, que no renuncia a su vida cómoda, pese a que dichas comodidades materiales que tanto aprecia vienen de su principal enemigo: el capitalismo. Pero nadie dijo que el progre viva de forma coherente con sus ideas; de hecho, es uno de sus rasgos característicos allí donde lo encontramos.

Sus denominaciones son diversas, pero todas reflejan la misma realidad:
- En España se les llama, entre otras denominaciones, rojos o izquierda caviar.
- En México les llaman chairos o pejezombies...
- En Cuba, comecandela.
- En Guatemala, comanches, guerrilleros de cafetería o socialistas de las zonas 10 y 14. (...)
- En Argentina, progres o zurdos, hippie con Osde.
- En Chile, rojos, comunachos, zurdos, monos, progres, cuico progres o socialistas de balneario.
- En Paraguay, zurdos.
- En Uruguay, socialatas, tupas, bolches, chinos, suciolistas, fracaso amplistas o fraude amplistas, zurdos caviar.
- En Brasil, esquerdistas, esquerda caviar o mortadelas.

El jurista estadounidense G. Gordon Liddy definía al progre como "aquel que se siente profundamente en deuda con el prójimo y propone saldar esa deuda con tu dinero". En 1970 Tom Wolfe, que los denominó radical chic, nos daba de ellos una perfecta descripción. En un artículo publicado en el New York Magazine tras una fiesta en el lujoso apartamento de Leonard Bernstein en Manhattan, en la que de hecho se coló, reflexionaba sobre cómo la actividad de las elites sociales se dirigía más a revestir una postura de izquierdas que a mostrar una verdadera convicción política por la misma. Su comportamiento reflejaba más una idea de ganar prestigio social o incluso de limpiar culpas que una auténtica creencia en dichas ideas.

Así, criticaba como la cultura de clases que tienen estos progres les llevaba a considerarse en monopolio de una virtud conseguida a través de sus actos políticos de defensa de determinadas causas sociales. Una virtud que han de mostrar siempre y en todo caso al mundo, que toman como elemento de conducta y que sirve para diferenciar al que puede entrar en sus círculos del que no. Porque, no nos engañemos, ser progre no es fácil, y ser reconocido, admitido e incluido en círculos progres lo es aún menos. Hay que demostrar ciertas aptitudes para ser considerado, por ellos mismos, dignos del "carné de progre pata negra".

Por supuesto, un buen progre que se precie nunca reconocería su incoherencia. Para ellos conducir un coche de último modelo de gran cilindrada es compatible con hacer del ecologismo una causa, con defender las muy dudosas democracias rusas, venezolanas, ecuatorianas o iraníes, con defender derechos de las mujeres y homosexuales, con abogar por el laicismo mientras se defiende la religión islámica y al tiempo se ataca a judíos y a católicos. Por eso no les molesta la disonancia cognitiva que a los defensores del sentido común nos produce cuando nos enteramos que Daniel Ortega es accionista de las principales industrias nicaragüenses, que Rafael Correa manda a censurar canciones en la radio, películas en la televisión o noticias en la prensa.
De hecho, es precisamente lo que criticaba Wolfe; mientras los progres o radical chic defienden la paz, el diálogo o el respeto a las minorías, son capaces de recaudar fondos para asociaciones como los Black Panthers, aquellos para los que Berstein pedía financiación en la fiesta a la que se refería Wolfe en su artículo. Así, se puede decir que se lucha contra él pero al mismo tiempo se justifican los ataques de Hamas a Israel, porque en este caso son autodefensa; o denominar al grupo terrorista ETA movimiento de liberación y a sus presos, presos políticos sin sonrojarse.
Y qué decir de los derechos humanos. Puede defenderse cualquier causa en base a la quiebra de un derecho humano (lo sea o no, ya que su confusión sobre la naturaleza de los derechos les impide diferenciarlos y califican cualquier necesidad material que consideren que ha de existir como derecho humano) pero al tiempo defender, apoyar y tomar como ejemplo a países que tienen en la violación de los mismos su seña de identidad internacional. Por eso para el progre es condenable que un Pinochet haya acabado con la vida de cerca de tres mil opositores, pero para nada es considerado un crimen a su juicio los miles que Ernesto Che Guevara fusiló confesando el placer que le daba hacerlo en sus cartas a su padre.

Hijos de la burguesía

Este comportamiento de clase, aunque vistan sus reivindicaciones de clase obrera, tiene como consecuencia también que su entorno acomodado o muy acomodado les ofrezca una seguridad económica y personal que favorece su dedicación a la lucha por los derechos del pueblo desde la calidez de su domicilio, con la ayuda de su Mac y su iPhone último modelo. Porque si las personas de izquierda de toda la vida usan la pancarta, la chapa en la solapa y las manifestaciones como forma de protesta, el kit básico del progre es un móvil, un hashtag y una sentada en una plaza bien armado de cerveza..., aunque una buena manifestación nunca será rechazada.
Si bien sus formas no son las de la izquierda a la que estamos acostumbrados -esa izquierda ortodoxa de costumbres reivindicativas-, sí comparten con ellos escenarios y causas. De hecho, una manifestación es un plan al que no dudan en sumarse y es habitual ver como intentan mezclarse con ellos en sus tradicionales algaradas, ya tampoco dudan en gritar sus consignas, aunque luego las discusiones tengan lugar en bares con un desalineado pero muy cuidado aspecto diseñado por algún decorador -por supuesto, progre- con un carísimo gusto por lo antiguo, lo francés y seguramente la fotografía, en lugar de cafeterías de barrio o locales vecinales con carteles comerciales y calendarios adornando las paredes.
Lo que sí es común en estas discusiones, más allá de los escenarios, es el odio al capitalismo, el rechazo a Estados Unidos o la simpatía hacia los populismos, que normalmente abrazan. Porque si algo tiene el progre es su deseo de abrazar a cualquier salvador mesiánico que haga del rechazo al capitalismo que al tiempo le financia una bandera que poder enarbolar como hacían los progres de antaño, a finales de los años sesenta, en Europa y gran parte de América con el Che Guevara, Castro, Perón o Allende; e incluso hoy lo hacen con el primero. El primero, de hecho, y a pesar de sus desméritos, no ha salido nunca de su iconografía.
Porque al igual que estos libertadores lo hicieron con su pueblo -aunque los lograran a base de violencia, crímenes y violación de libertades una vez que alcanzaron el poder-, ellos han venido para redimirnos. Se consideran en posesión de una superioridad ética y moral y nos perdonan por nuestros pecados, fruto sólo de nuestra ignorancia, pero no dudan en darnos motivos para alcanzar su fe, comunicarnos su catecismo y hacernos comulgar con sus ideas.
Su causa es ayudarnos, sacarnos de nuestra ceguera. Una ceguera en la que hemos caído todos presos por culpa del capitalismo como sistema económico, el liberalismo como meta política y Occidente como entorno social. Así, al igual que los protagonistas de la novela de Saramago, un día nos levantamos todos ciegos, nos contagiamos la incapacidad de ver, y ellos son los que nos van a reeducar hasta que expiemos nuestros pecados y volvamos a ver el mundo como el progre considera que hay que verlo. Queridos lectores, lejos de criticar su adoctrinamiento hemos de dar las gracias porque nos hagan partícipes de su catecismo.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Las tres novias del galán José Antonio Primo de Rivera.-a


Pese a ser uno de los personajes más estudiados en la historia de España, la aureola mítica con la que se ha cubierto a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, fundador de la Falange Española, desvirtúa su eminente figura de «un hombre como todos los hombres», en palabras de su hermana Pilar. José Antonio fue, como recordaba Pilar, un hombre «capaz de debilidades, heroísmos, caídas y arrepentimientos». Un hombre, muy hombre, en toda la extensión del término, que supo amar como el que más a una mujer en especial. Flaco favor han hecho a su legado quienes, creyendo rendir con su sigilo el mejor tributo al biografiado, callaron sus conquistas sentimentales y exageraron otros detalles de su vida. José Antonio se enamoró de Cristina de Arteaga, hija de los duques del Infantado, a la que conoció siendo un veinteañero; nada más verla, se sintió deslumbrado por su belleza, pero pronto reparó en que era una mujer muy inteligente y culta, además de una excelente oradora ante la que también había sucumbido Emilio Castelar, quien, tras escucharla, dijo inspirándose en ella: «El mundo está gobernado por faldas». La ingenua relación de los dos jóvenes duró poco tiempo, hasta que Cristina de Arteaga, que barruntaba ya entonces su verdadera vocación, decidió consagrar su vida a Dios como religiosa de la Orden de las Jerónimas; hoy, su abnegada entrega aspira al reconocimiento universal en los altares. José Antonio conoció entonces al gran amor de su vida, Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, duquesa de Luna. Era su tipo de mujer: rubia, delgada, de ojos claros... e inteligente. Esta vez el apasionamiento fue mutuo. «Ella estaba enamoradísima y él también», me comentaba Pilar Cavero Crespi de Valldaura, nieta del conde de Orgaz. Y no solo ella: la única hermana superviviente de la duquesa de Luna, María Concepción Azlor de Aragón, de 90 años (31 de mayo de 1924), marquesa de San Felices, rompió su silencio conmigo en una entrevista exclusiva con LA RAZÓN en marzo de 2015. «La primera vez que les vi pasear fue en la playa de Ondarreta, en San Sebastián, en la bahía de la Concha». Proclamada la Segunda República, el 14 de abril de 1931, su padre, José Antonio Azlor de Aragón y Hurtado de Mendoza, monárquico empedernido y gentilhombre de cámara de Alfonso XIII, a quien profesaba auténtica devoción, cerró su palacio de Villahermosa y nunca más volvió a Madrid, negándose a ver el Palacio Real sin rey. «Nos fuimos de este modo –explicaba María Concepción– a vivir a San Sebastián y Pedrola (Zaragoza); también en Javier, Navarra, y en Azcoitia. Precisamente en la ciudad donostiarra fue donde vi por primera vez a mi hermana con José Antonio, cuando éste aún no había fundado la Falange. Yo tenía entonces alrededor de siete años, pues era casi dieciséis años menor que mi hermana». José Antonio y Pilar formaban una pareja ideal, aunque solo fuera físicamente, dadas las continuas desavenencias provocadas por dos temperamentos fuertes que les hacían romper la relación para retomarla poco después. Uno de esos amores tempestuosos que solo la mutua atracción física y el recíproco embelesamiento intelectual lograban recomponer una y otra vez. «Ella», como se la denominaba de forma enigmática, era recelosa (en los círculos falangistas preservaba su anonimato), delgada, de metro setenta y dos de estatura, con esa apariencia frágil de porcelana de Limoges que parece que fuera a romperse si no se la mimaba entre algodones; él, con metro setenta y ocho y ojos azules como los de ella, encandilaba a las mujeres también por su absorbente capacidad dialéctica. De hecho, llegó a dominar el lenguaje y a gesticular como nadie en el improvisado escenario de un salón, o vestido con un impecable traje oscuro y corbata a rayas en un mitin político. «Estaban enamorados –aseguraba la marquesa de San Felices– de lo contrario no hubiesen sido novios durante años. José Antonio fue el único novio de mi hermana. Iba también a verla a nuestro Palacio de Pedrola. Lo hacía a escondidas, porque mi padre no aprobaba esa relación. Es probable que hiciesen juntos alguna excursión a bordo del Ford-T que todavía conservamos. Pilar no tenía carnet de conducir, pero a veces cogía el coche por el campo». Otra mujer de la familia, que prefiere mantenerse en el anonimato, afirma que «se querían muchísimo. Estoy casi convencida de que, si se hubiesen casado, la historia habría sido bien distinta pues José hubiese abandonado la política, en la que entró solo para defender la memoria de su padre, volcándose en su profesión de abogado y en su propia familia». Pero al final, el padre de Pilar se opuso al enlace; entre otras razones porque, como monárquico medular, culpaba al padre de José Antonio de la caída de la monarquía tras su dictadura militar de siete años.

Las tres novias del galán José Antonio
La princesa «con chispeante inteligencia»

José Antonio cayó en brazos de Elizabeth Bibesco, hija del primer ministro británico entre 1908 y 1916, el liberal Herbert Asquith, y esposa del príncipe y diplomático rumano Antoine Bibesco. Convertida en la princesa Bibesco tras su matrimonio, Elizabeth se enamoró del líder de Falange, a quien trató incluso de salvar la vida cuando estaba preso en Alicante, recurriendo al presidente de la República, Manuel Azaña, y a los contactos diplomáticos de su padre y de su marido en Inglaterra y en Francia. Elizabeth, llamada Libby en familia, era la única hija del segundo matrimonio de su padre con Margot Tennant, hija a su vez de un lord inglés. Además de su hermano, el célebre director de cine Anthony Asquith, Elizabeth tenía cinco hermanastros del primer matrimonio de su padre con Helen Kelsall Melland, hija de un médico de Manchester. Nacida el 26 de febrero de 1897, la princesa Bibesco había conocido a José Antonio en Madrid a partir de marzo de 1927, cuando Cristina de Arteaga decidió abrazar la vida conventual y el joven abogado empezaba a flirtear con la duquesa de Luna, aunque Elizabeth era seis años mayor que José Antonio. Sepamos cómo era Elizabeth. Para ello contamos con el valioso testimonio de Claude G. Bowers, embajador de Estados Unidos ante la República española: «Conocía yo a la princesa como autora de inteligentes novelas epigramáticas y había sabido que cuando su marido estuvo en Washington ella conquistó fama de desairar a los impertinentes. Menuda, hermosa, brillante, con chispeante inteligencia en la conversación, encontré en ella a la persona más fascinadora del cuerpo diplomático». Elizabeth era inteligente y admiraba a quienes lo eran más que ella, como el crítico literario y periodista británico John Middleton Murry, director de la prestigiosa revista «The Athenaeum», con quien mantuvo al parecer un escarceo amoroso pese a que éste era el esposo de Katherine Mansfield. De sus efímeras conquistas –acoso incluido– no se libró ni John Maynard Keynes, el economista más célebre del siglo XX. Y, si no, leamos lo que dejó por escrito el propio Keynes: «La última noche cumplí con lo prometido a la princesa (Elizabeth Bibesco, la hija de Asquith), cena, teatro y tête-à-tête. Me llevó a la platea y en la oscuridad empezó a acariciarme sin mi consentimiento. Cuando se hizo la luz miré al lado y ¿quién estaba? Nuestro vecino de localidad no era otro que mi amigo míster Cockerell del Museo Fitzwilliams, ¡espero que aquello valiera para agrandar mi reputación!». Se daba la circunstancia de que el 13 de junio de 1930, los Bibesco habían ofrecido en la legación rumana una cena al Príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón y Battenberg, y a su hermana la infanta Beatriz... ¡en honor de los señores de Keynes!

El amor que nació en la infancia

A medida que recabé información de Cristina de Arteaga, no me sorprendió que José Antonio se fijase en ella y desease entablar una relación más allá de la amistad. Cristina encarnaba, desde su primera juventud, los mismos valores que defendió hasta su muerte el líder de la Falange: inteligencia, voluntad, ilusión, reciedumbre, valentía, entrega, cultura, compromiso, y tantos otros. José Antonio y Cristina se conocieron a principios de los años veinte, con alrededor de dieciocho años. «Era el amigo –comenta la doctora en Filosofía Araceli Cansans y de Arteaga, sobrina de Cristina de Arteaga– con el que coincidía en clase y en las reuniones sociales. Hicieron juntos algunas asignaturas que hasta entonces eran comunes entre Filosofía y Derecho. Sus familias eran muy amigas, los dos tenían fuertes inquietudes sociales y políticas, de manera que lo más normal era que se enredaran a charlar allí donde se encontraran. Aún en 1981, en una entrevista en televisión a Madre Cristina, ya venerable priora, le preguntaron por este tema. Ella, no recuerdo con qué palabras, contestó la realidad: de aquella simpática amistad y camaradería no se derivó ningún amor, al menos por su parte». Araceli Casans ponía especial cuidado en matizar que su tía no profesó a José Antonio un afecto más allá de la simple amistad. «Al menos por su parte», añadía, dando a entender así que los sentimientos de él podían ser ya otra cosa.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Asesinato de Pyotr Voykov en 1927 a




Pyotr Lazarevich Voykov  (13 de agosto [ OS 1 de agosto de] 1888 - 7 de junio 1927) fue un soviético revolucionario y diplomático conocida por su papel en el asesinato de la familia Romanov . 

Nació el 13 de agosto [OS 1 de agosto] 1888 en una familia ucraniana  en Kerch . Su padre fue expulsado del Instituto de Minería de San Petersburgo , se graduó del seminario de profesores en Tiflis y trabajó como profesor de matemáticas.  Más tarde se vio obligado a abandonar este puesto; trabajó como jefe de taller en la planta metalúrgica, construyó el camino, trabajó como ingeniero en varias empresas.  Esto condujo a algunas contradicciones sobre el origen de Pyotr Voykov. Su madre recibió una buena educación: se graduó del Instituto Kerch para Doncellas Nobles . Los rumores sobre el origen judío de Voykov son populares entre la extrema derecha , pero no tienen fundamento y, aparentemente, son el resultado de un error. 

Diplomático soviético 

En octubre de 1921, Voykov encabezó la delegación del SFSR ruso y el SSR ucraniano, que coordinaría con Polonia la implementación de la Paz de Riga . Según el quinto párrafo del artículo X de este último, la Rusia soviética debía devolver "archivos, bibliotecas, objetos de arte, trofeos históricos militares, antigüedades, etc., artículos de patrimonio cultural que se exportaron de Polonia a Rusia". Según Kurlyandsky y Lobanov, fue Voykov quien transfirió los objetos de arte, archivos, bibliotecas y otros valores materiales rusos a las autoridades polacas.
En agosto de 1922, fue nombrado representante diplomático del SFSR ruso en Canadá, pero no se le permitió ingresar al país debido a su participación en la ejecución de la familia imperial y actividades terroristas anteriores, y debido a su reputación como revolucionario profesional. El Foreign Office reconoció a Voykov, junto con personalidades similares, como persona non grata . Un problema similar surgió cuando Voykov fue nombrado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República de Polonia, pero sin embargo recibió este cargo en octubre de 1924 y asumió el cargo el 8 de noviembre de 1924.

El embajador inglés en Varsovia informó a Londres en enero de 1925 que:

Naturalmente, no tiene imaginación sobre la etiqueta diplomática o pública y se siente muy oprimido cuando se da cuenta del deseo natural tanto de sus colegas diplomáticos como de los funcionarios polacos de limitar las conversaciones con él exclusivamente a los límites requeridos por cortesía diplomática.


Grigory Besedovsky, quien trabajó con Voykov en la Misión Permanente de Varsovia, caracterizó a Voykov con lo siguiente:

Alta estatura, con una figura enfáticamente enderezada, como un cabo retirado, con ojos desagradables y eternamente nublados (como resultó más tarde, de borrachera y drogas), con un tono cínico y, lo que es más importante, miradas inquietas y lascivas que lanzó. A todas las mujeres que conoció, le dio la impresión de un león provincial. El sello de la teatralidad yacía en toda su figura. Siempre hablaba con un barítono artificial, con largas pausas, con magníficas frases espectaculares, siempre mirando a su alrededor, como para comprobar si había producido el efecto deseado en los oyentes. El verbo "disparar" era su palabra favorita. Lo usó por cualquier motivo. Siempre recordaba el período del comunismo militar con un profundo suspiro, refiriéndose a él como una época que "daba espacio a la energía, la determinación, la iniciativa".

Asesinato 

Voykov fue asesinado a tiros el 7 de junio de 1927 en Varsovia, en la estación central de trenes de Varsovia por Boris Kowerda , el hijo de 18 años de un monárquico ruso blanco , y un estudiante del gimnasio ruso de Wilna . Voykov había llegado a la estación para encontrarse con Arkady Rosengolts , que acababa de ser relevado de su cargo de embajador de la Unión Soviética en el Reino Unido, en su camino de regreso a Moscú, cuando Kowerda se acercó a los dos diplomáticos y entabló una conversación con Voykov, que duró varios minutos. En cierto momento, se despidieron y los dos diplomáticos reanudaron su camino hacia el carro que esperaba, cuando Kowerda sacó un revólver y disparó cuatro veces a Voykov desde cerca, gritando "¡Muere por Rusia!". Voykov recibió un disparo cerca del corazón e intentó sacar una pistola de su bolsillo interior, pero perdió el equilibrio y cayó inconsciente en la plataforma. Voykov fue inmediatamente transportado al Hospital Infantil Jesús en Varsovia, donde fue declarado muerto. Kowerda permaneció en su lugar y se entregó tranquilamente a la policía. El cuerpo de Voykov fue transportado más tarde a Moscú para ser enterrado en la necrópolis del muro del Kremlin . 

Cuando se le preguntó por qué mató a Voykov, Kowerda respondió:
"Vengué a Rusia por millones de personas".
 El asesinato fue luego justificado como venganza por el papel de Voykov en el asesinato del zar y su familia, y muchas personas en Polonia consideraron a Kowerda como un héroe; La opinión pública estaba llena de comprensión e incluso simpatía por el asesino. Un tribunal polaco inicialmente sentenció a Kowerda a cadena perpetua debido a presiones externas, pero tuvo éxito al pedirle al presidente de la República, Ignacy Mościcki, que conmutara su sentencia a 15 años. Kowerda fue posteriormente amnistiada y liberada después de diez años el 15 de junio de 1937.
El incidente dañó aún más las relaciones soviético-polacas, ya agriadas por la guerra polaco-soviética de 1921. Los soviéticos interrumpieron las negociaciones sobre un pacto de no agresión , acusando a los polacos de apoyar a la resistencia blanca antisoviética. Se reanudarían en 1931 . Del mismo modo, los soviéticos "respondieron" al asesinato a su manera, arrestando y ejecutando arbitrariamente a veinte ex aristócratas, terratenientes y monárquicos sin juicio o una sentencia formal el 9 de junio. El 14 de junio en Odessa, 111 personas fueron condenadas a muerte por supuestamente espiando para Rumania . Cuatro polacos fueron fusilados en Minsk y Kharkiv , y 480 presuntos monárquicos fueron arrestados en Ucrania. Al mismo tiempo, las autoridades soviéticas organizaron una amenazante manifestación frente a la embajada de Polonia en Moscú, y en Kiev incitaron disturbios que demolieron casi todas las tiendas de propiedad polaca.

Legado 

Las autoridades soviéticas apreciaron su memoria, dando su nombre a la estación de metro de Moscú Voikovskaya , varias calles y plantas, y una mina de carbón en Ucrania

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