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domingo, 25 de agosto de 2019

La nostalgia en Cine y Televisión en la actualidad 2019 a


LA NOSTALGIA INUNDA LA TAQUILLA MIENTRAS UNOS POCOS VALIENTES MIRAN AL PRESENTE

El cine ha muerto. O, al menos, eso han dicho en diferentes ocasiones cineastas como Martin Scorsese, Nicolas Winding Refn, David Cronenberg, Charlie Kaufman o Ridley Scott. Siguen haciendo películas (aunque alguno ya se ha pasado a las series), pero su fe en la supervivencia del medio tal y como lo conocíamos parece que es bien poca. No, el cine no ha muerto, pero sufre una enfermedad crónica bastante preocupante: la nostalgia. Es una dolencia que no es tóxica por sí sola (nos ha dado películas para el recuerdo), sino por su capacidad para condicionar las preferencias del público masivo, la dirección de los presupuestos de las grandes (y no tan grandes) productoras y, en consecuencia, las oportunidades de nuevas ideas/historias/personajes para alcanzar la gran pantalla. La nostalgia es una enfermedad avivada por las comunidades online y las redes sociales que, después de unos años de epidemia, parece ya algo inherente en el ecosistema de las grandes producciones de Hollywood.
Este fin de semana se ha estrenado la última película de Quentin Tarantino, ‘Érase una vez en Hollywood’, y la dosis de recuerdos colectivos está servida: las series de ‘cowboys’, el ‘star system’ alojado en Beverly Hills, Bruce Lee dando patadas voladoras, Steve McQueen de fiesta en fiesta, Sharon Tate viviendo el Sueño Americano antes de su fatal asesinato, el movimiento hippie que se torció en una carretera peligrosa y el morbo de un momento histórico que marcó el fin de los años 60 en Estados Unidos, la década de la contracultura. Es un retrato prodigioso, liderado por un actor en decadencia (Leonardo DiCaprio) y su doble de acción (Brad Pitt), en el que el director pretende borrar las partes feas del relato, como ya hizo en ‘Malditos bastardos’. Pero la necesidad de cambiar la Historia muestra uno de los problemas más preocupantes de nuestra sociedad: la incapacidad de enfrentarnos a nuestro propio pasado.

Tan bonito como es el gesto de Tarantino en el final del filme (y tanto jugo que le saca Noel Ceballos en su brillante reflexión en GQ), también simboliza de forma quizás involuntaria la terrible necesidad que tenemos de expiar los recuerdos más dolorosos de nuestra memoria colectiva e intercambiarlos por una imagen que nos resulte más cómoda. La comodidad es, sin duda, la norma a seguir en la cultura de hoy, ya sea con narrativas poco arriesgadas, con nostalgia convertida en guiños constantes al pasado compartido (y la intertextualidad como moneda de cambio) o alargar/imitar/rehacer historias que nos vienen muy a mano. Y es que en tiempos de incertezas, buscamos seguridad, una fuerza estabilizadora en que encontramos en un remake, una secuela, un 'reboot', un 'spin-off' y de ahí hasta el infinito (y más allá). No es que Hollywood se haya quedado sin ideas, como algunos apuntan, sino que apelar a lo conocido es (a veces) un negocio seguro. En un momento de saturación de opciones, y con los millones y millones que cuesta hacer una película de gran presupuesto, apostar por lo seguro es todo lo que quieren hacer las grandes 'major'. Y lo seguro no incluye lo nuevo.

En los últimos años podemos advertir algo preocupante: sí, nos cuesta indagar en las partes más incómodas de nuestra historia o incluso de nuestros ídolos, pero más pavor aún nos da enfrentarnos al presente. ¿Qué películas hoy en día hablan de los problemas del mundo en el siglo XXI? Entre las más taquilleras de 2019, ninguna: con una abrumadora predominancia de Disney, vemos nostalgia noventera (‘El rey león’, ‘Aladdin’, ‘Toy Story 4’), fantasía comiquera entre el espacio exterior y la década de los 90 (‘Vengadores: Endgame’, ‘Capitana Marvel’, ‘Spider-Man: Lejos de casa’) y cuentos de hadas formulaicos a la búsqueda de Oscars (‘Green Book’). El año pasado, la película más taquillera en España fue ‘Bohemian Rhapsody’, un inerte homenaje a la banda británica Queen y su icónico cantante, Freddy Mercury, que se antojaba más una 'playlist' para recordar aquella maravillosa música de los 70 y 80 (es decir, para complacer a un público que se arrancaba a aplaudir y cantar en mitad de la sala de cine) que una historia que quisiese entender la esencia de su personaje (o de la época, o de la música, o de cualquier cosa).

Parece un mal endémico del cine, pero la televisión (que en general parece más abierta a nuevas miradas y retratos contemporáneos, quizás porque tiene menos que perder) también exhibe algunos ejemplos de nostalgia. El más claro: ‘Stranger Things’. La tercera temporada de la serie de Netflix ha confirmado que su retrato de los 80 está algo hueco, entre sombras formulaicas de la Guerra Fría y ecos de George A. Romero tintado de puro entretenimiento. Los terceros encuentros este verano en la plataforma han continuado con ‘Glow’, que comparte con el show de los hermanos Duffer ese retrato de una época pasada (mucho más atractiva que la nuestra) donde abundaban las luces de neón y un grupo de luchadoras revolucionaba el mundo del ‘wrestling’ televisivo.

Lo cierto es que, si vamos a mirar al pasado, podemos hacerlo con cierta conciencia. La serie ‘Fosse/Verdon’, por ejemplo, nos lleva a unos años cargados de nostalgia (el Broadway de los 60, una mirada interior a la creación de clásicos como 'Cabaret' y 'All that jazz', el retrato de dos estrellas que forman parte de la memoria cinéfila), pero lo hace con una intención muy clara: que nuestros recuerdos llenos de purpurina y canon fílmico impuesto no nos despisten del hecho incontestable de que Gwen Verdon fue ninguneada en favor de la genialidad su marido, Bob Fosse, al que ayudó a construir su legado para luego desaparecer bajo la etiqueta de "asesora artística". Antes que mirar al pasado de la misma manera que siempre, centrándose en pintar una imagen de añoranza prefabricada que dista mucho de la realidad, vale la pena tener una actitud revisionista que nos enseñe de verdad sobre qué bases se han escrito nuestros libros de historia. También es el caso de ‘Pose’, una mirada a la comunidad LGTBI de los años 80, principalmente la experiencia trans, y la tradición de aquellos ‘balls’ retratados en 'Paris is burning' que darían lugar a productos masivos como ‘RuPaul’s Drag Race’. No son productos que miren constantemente añorando lo que quedó atrás, sino que cuentan sus historias con un poso de responsabilidad.

El presente, desgraciadamente, es mucho más complejo y no tan complaciente como los 60 de Tarantino o los 80 de Netflix. Hay algunos valientes que, en un mercado donde parece que solo la nostalgia vende, se han atrevido a mirar a nuestros problemas contemporáneos. La serie ‘Euphoria’ de HBO hace un trabajo brillante en su retrato de la Generación Z, olvidada absolutamente por una cultura dedicada a ensalzar tiempos pasados, y habla de una realidad entre redes sociales, un espectro de sexualidad mucho más amplio y los problemas de los adolescentes de hoy. Al presente mira también 'Years and Years', una de las revelaciones del año, que incluso avanza más allá de 2019 para especular sobre dónde nos llevarán los problemas que no estamos solucionando. Spoiler: nos llevan al desastre. El futuro se convierte así, como en 'El cuento de la criada', en un espacio para la reflexión sobre el presente, porque las distopías no dejan de ser un reflejo distorsionado de nuestra propia realidad. Una llamada de socorro que nos obliga a examinar qué estamos haciendo mal.

¿Por qué preferimos idealizar el pasado a mirar al presente?
 En en un momento de crisis y poca adhesión al nacionalismo británico en los años 80, se creó una tendencia cinematográfica cuyas características pueden alinearse con todo lo que hemos venido comentando. Se trata del 'heritage film', que construyó la imagen en pantalla de una Gran Bretaña icónica, victoriana, de vestidos blancos y hombres trajeados, de grandes castillos y bailes respetuosos en amplios salones, muy a lo ‘Downton Abbey’. Una tendencia que romantizaba el pasado, elevaba la importancia de las historias de las clases pudientes, eliminaba los conflictos de las comunidades con menos recursos y creaba una fascinación por el lujo de una era que no tuvo nada de elegante. El problema de estos productos es la de crear una visión del pasado apta para el consumidor, pero no realista. Cuando se cuentan historias sobre épocas que los actuales espectadores no han podido vivir, el pasado se convierte en un lienzo en el que crear imágenes simples para retratar momentos históricos altamente complejos. Y así, qué importará lo que digan los libros de Historia mientras en las mentes de todos exista esa fantasía de la opulencia. Así de fuerte es el poder de las imágenes.

Por eso, deberíamos tener cuidado con la forma en la que idealizamos ese pasado. La nostalgia no es inofensiva, sino extremadamente política. Mirar atrás moldea nuestra memoria, que es muy corta aunque no queramos admitirlo, y nos distrae de mirar al presente. Como espectadores, lo hacemos encantados, del mismo modo que cambiamos de canal cuando llegan las noticias o no pasamos del titular en los enlaces de Twitter. Porque es cómodo. Revivir a los Cazafantasmas una y otra vez también lo es. Pensar que en los 80 se vivía mejor y se bebía mucha Coca-Cola también. Por suerte, siempre estarán aquellos que apuestan y ganan (Jordan Peele y su 'Nosotros' es la única película original que se ha colado en el top 10 de la taquilla norteamericana este año), y tenemos cierta responsabilidad de apoyarles para que no desaparezcan. No son leones en CGI, pero lo que tienen que decir bien merece una entrada de cine.

¿Ha muerto el cine? Para nada. En un artículo publicado en The Atlantic, Derek Thompson analizaba cómo Hollywood estaba sucumbiendo a toda esta espiral de nostalgia, secuelas y búsqueda del menor riesgo, y concluía con esta reflexión:

"Las películas no están muertas en ningún sentido significativo de la palabra, particularmente ahora que pueden ser monetizadas de forma muy rentable a través de acuerdos televisivos, parques temáticos y 'merchandising'. Pero están atrapadas en una carrera armamentista cada vez más costosa con el objetivo de crear nuevas franquicias para un público nacional que busca productos originales más allá del multicine".


domingo, 4 de agosto de 2019

Andrés Wood: “Me interesa la historia de los viudos de Patria y Libertad” (Araña) a


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Título original : Araña;  Año: 2019; Duración:120 min. ;País: Chile; Dirección :Andrés Wood; Guion : Guillermo Calderón ;Música: Antonio Pinto: Fotografía: Miguel Littin
Reparto: Mercedes Morán,  Marcelo Alonso,  María Valverde,  Felipe Armas,  Pedro Fontaine, Caio Blat,  Gabriel Urzúa
Productora: Coproducción Chile-Argentina; Bossa Nova Films / Magma Cine / Wood Producciones; Género:Drama

Sinopsis 

Andrés Wood vuelve a aproximarse al golpe de Estado chileno, esta vez centrándose en el frente nacionalista Patria y Libertad, grupo que en los 70 realizaba sabotajes para intentar derrocar al gobierno de Allende. El film narrará la historia de un triángulo amoroso y la traición entre tres militantes del movimiento paramilitar: Inés, Justo y Gerardo. Durante la actividad que el grupo realizaba contra gobierno de la Unidad Popular, entre Inés y Gerardo se gestará una relación amorosa. Un acto de deslealtad los separará de su camarada Gerardo, quien regresará a sus vidas 40 años después para poner en riesgo los puestos de prestigio y riqueza que han alcanzado.

Críticas

"Wood ha vuelto a contar con sus ya tradicionales colaboradores (...). Tal factor, entre otros, lleva a la audiencia de vuelta a sus altos estándares de producción, a su solvencia narrativa y a la solidez de las interpretaciones."
Pablo Marín: Diario La Tercera 

Particularmente para la historia de nuestro país, la ficción ha servido como un medio artístico donde la reflexión frente al pasado y la reconstrucción de nuestra memoria ha sido indispensable para mirar hacia el futuro. Por lo que en muchas ocasiones se ha hablado de las particularidades políticas de las producciones cinematográficas chilenas. “Araña” marca el regreso de Andrés Wood al cine después de ocho años del estreno de “Violeta Se Fue A Los Cielos” (2011), y se enfoca en el frente nacionalista Patria y Libertad, grupo paramilitar creado en 1971, basado en ideas fascistas y nacionalistas en oposición al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, marcando también el retorno del director desde “Machuca” (2004) a cintas que toman el contexto político de Chile previo al golpe militar de 1973.
La nueva película de Wood se centra en dicha organización, enfocándose en tres de sus integrantes: Gerardo (Pedro Fontaine / Marcelo Alonso), Inés (María Valverde / Mercedes Morán) y Justo (Gabriel Urzúa / Felipe Armas). Durante las actividades que el grupo realizaba contra el gobierno de Allende, el triángulo amoroso se forja, creando deslealtades y traiciones. Cuarenta años más tarde, el regreso de Gerardo pone en jaque las vidas de sus ex compañeros.



La cinta tiene como indudable objetivo el diálogo que se establece entre el pasado y el presente, creando los puentes necesarios para la reflexión frente a los hechos del ayer y sus evidentes efectos en el Chile de hoy, y cómo los protagonistas de esta historia lidian con fantasmas que aún los persiguen. Para lograr esta meta, el relato nos sitúa en el año 2018, donde tres personajes viven una vida adulta distante del espíritu joven y revolucionario que los caracterizaba; sus biografías parecen manchadas y cada uno ha decidido batallar o eludir quiénes eran hace cuarenta años, por lo que, a través de flashbacks ubicados en 1971, se va restaurando y completando esos trozos de una historia que parece incompleta. Y, aunque el relato permite contextualizar la época y se dedica a mostrar en detalle lo que estaba ocurriendo extraoficialmente, este no pretende explicar desde dónde nacen las ideologías que los personajes llevan como estandartes, pero sí se centra en el complejo triángulo interpersonal que se estaba gestando.

Los tres protagonistas de “Araña” se caracterizan por su particular complejidad, pues, una vez que Gerardo ingresa a militar en el frente nacionalista y al mismo tiempo a la vida del joven matrimonio compuesto por Inés y Justo, el inevitable desmoronamiento de su vida se empieza a acelerar, complicando cada vez más los conflictos personales y políticos por los que atraviesan. Y aunque las identidades de estas tres personas están exhibidas con vulnerabilidad y total honestidad, no están expuestas para una conexión a través de la empatía y la fácil identificación; por el contrario, sus discursos son develados sin tapujos con el objetivo de documentación frente a las ideologías que levantaron al grupo paramilitar y lo hicieron caer dos años más tarde, después del golpe militar de 1973.
Los saltos a la narración en el presente van complementando las características que estos personajes –ya con varios años a cuestas– muestran sin disimulos o engaños, y si bien esta historia no pretende ser una crónica o documentar objetivamente el viaje de estas personas, no deja de ser el reflejo de una realidad notoria, y evidencia la falta de redención a la que la ficción nos tiene acostumbrados. Por lo tanto, en ellos sigue vivo el fuego de las ideas que iniciaron al movimiento paramilitar en una primera instancia, y su humanidad es desnudada y puesta como conflicto frente a lo que el público pueda reflexionar sobre sus actos.
La dirección de Andrés Wood describe con una gran factura visual una época aún presente en la memoria. Además del paralelo y el viaje temporal establecido con sus personajes, el diálogo entre pasado y presente es aún más crudo cuando se centra en las consecuencias sociales y el estado actual de nuestro país, haciendo innegable la representación que se propone frente a la ideología de extrema derecha que se ha evidenciado con más fuerza en el último tiempo, y cómo la sensación de nacionalismo y pertenencia sigue latente.

“Araña” resulta ser una producción que arriesga en términos visuales y en su propuesta narrativa, pues, por un lado, la construcción de sus personajes da cuenta de un relato de abundante complejidad, y por otro, se caracteriza por exponer un extremo ideológico que se prefiere evitar, pero con una presencia innegable, por lo que la cinta de Wood invita a la reflexión sobre la memoria y sus consecuencias en la actualidad.

Tras ocho años fuera de las ligas del cine, el director de Machuca (2004) regresa con Araña (2019), una película incómoda y arriesgada sobre la vida, muerte y “resurrección” de tres militantes del grupo ultraderechista Patria y Libertad. Se estrena el 15 de agosto en más de 70 salas en todo Chile.
Gerardo (Marcelo Alonso) conduce un desvencijado Chevy Chevette por alguna calle del sector norte de Santiago. El paisaje se le nubla con inmigrantes de piel más oscura y con un muchacho que “carterea” a la primera mujer que se cruza en su camino. Gerardo, que luce una barba de demasiados días, cree que ha llegado su momento. Como si fuera un superhéroe del resentimiento, le saca una velocidad imposible a su auto y persigue al ladrón hasta el último callejón. El viejo justiciero está de vuelta.
Esta escena, en el Chile de nuestros días, es una fotografía instantánea de Araña, la nueva película del cineasta Andrés Wood (1965). Es el primer largometraje del director desde Violeta se fue a los cielos (2011) y es también la primera vez que el realizador de Machuca se toma tanto tiempo entre un filme y otro.
“En general me cuesta engancharme con los temas. Tengo que estar muy convencido de algo para seguir hasta el final”, reconoce Wood, que esta vez decidió poner el pie en el acelerador a fondo en un tema incómodo, difícil, eventualmente polémico: el destino de tres militantes de Patria y Libertad, el grupo de ultraderecha que se opuso a la Unidad Popular con acciones paramilitares y atentados mortales.
Esta coproducción entre Chile, Brasil, Argentina y España es ambiciosa, con al menos dos épocas en su trama. Durante la UP, Inés, Gerardo y Justo son interpretados por la española María Valverde (Tres metros sobre el cielo) y los chilenos Pedro Fontaine y Gabriel Urzúa, respectivamente. En la época actual, los roles recaen en la argentina Mercedes Morán (Neruda) y los chilenos Marcelo Alonso y Felipe Armas. Un dato interesante es que Morán y Valverde doblan al español chileno sus propias voces.
La película plantea el conflicto entre adaptados y desadaptados al interior de una colectividad aún hermética para muchos. Mientras Inés y Justo logran navegar con comodidad en el Chile democrático, el impredecible Gerardo es un fantasma que emerge para ahuyentarlos y para mostrar que la causa del odio aún tiene algo que decir.
¿Por qué le interesó contar una historia sobre Patria y Libertad?
En mi caso las películas vienen por chispazos, por personajes o hechos que las detonan. En Araña fue una huelga de camioneros durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, en el que de la nada apareció en sus manifestaciones el clásico símbolo de la araña que identificaba a Patria y Libertad. Por la misma época también vi un documental alemán (Con el signo de la araña, película de 1973 de Walter Heynowski y Gerhard Scheumann, ambos de de la ex RDA) que me impresionó mucho. Era bastante sesgada en términos ideológicos, pero alucinante por sus entrevistados y material de archivo. Queda muy claro qué pensaban, cómo actuaban y qué decían los militantes de Patria y Libertad de la época. Lo que más me llamó la atención fue el grado de ideologización de sus miembros. Ahí es cuando uno se pregunta, ¿Qué habrá sido de estos señores y de estas señoras? Yo distingo al menos tres grupos: los que se reinventaron en el minuto y son los grandes camaleones siempre vinculados al poder; los cabeza de bala, que terminan a veces en organismos como la DINA, entre ellos Michael Townley; y los viudos del nacionalismo, que son los que más me llamaron la atención. Son los románticos del grupo, los desencantados, los que están con el corazón en el pasado. De alguna manera se sintieron utilizados y creo que tienen especial relevancia hoy pues están esperando su momento para actuar otra vez. Me interesaba esa historia. Por eso Araña no es una película del pasado. Es la historia del país, pero mirada desde nuestra época.
¿Cómo empatizó con personajes así?
Fue uno de los desafíos más grandes de mi carrera. Evidentemente no tengo la misma simpatía por los tipos de Patria y Libertad que por los niños de Machuca (2004), los personajes de La buena vida (2008) o con Violeta Parra en Violeta se fue a los cielos (2011), a quien siempre admiré mucho. Sin embargo, quise tratar de entenderlos. Y ese deseo nace de mi convencimiento de que cualquier película u obra argumental chilena siempre trata de las clases sociales. Chile es un país de clases, está definido por esa división. En ese sentido, irónicamente, sí que somos los ingleses de Latinoamérica. Es curioso, pero si ves cine inglés siempre notarás que está muy claro quién viene de qué estrato social. Creo que en nuestro país el nacionalismo de ciertos grupos oculta en el fondo un clasismo muy arraigado.
¿Para hacer la película conversó con ex líderes de Patria y Libertad como Roberto Thieme o Pablo Rodríguez?
No. Me leí todos los libros posibles de ellos, pero no los entrevisté ni los contacté. No queríamos caer en los detalles historicistas, pues aún hay mucha confusión, empezando con el crimen del edecán Araya (el capitán de la Marina Arturo Araya, edecán de Salvador Allende asesinado en 1973). No está claro quién de Patria y Libertad lo mató, los que participaron en la operación o cuántos fueron. Sé que Roberto Thieme ha escrito bastante de eso, pero nuestra película no identifica a nadie ni busca ser exacta al respecto. No era la idea. Por lo demás, a la larga, tampoco nos interesaba acercarnos a entrevistarlos. Eso hubiera creado un lazo con ellos y no es lo que yo quería.
Usted hizo un guiño a Patria y Libertad en el personaje que interpretó Tiago Correa en Machuca. ¿Cuánta diferencia hay entre él y los personajes de Araña?
Ese personaje aparece con un linchaco y responde un poco a un pre-concepto muy por encima que yo tenía de la gente de Patria y Libertad: la de unos cabros locos y buenos pa los combos. Sin embargo, esa minimización es injusta con la historia de Chile: no eran sólo algunos tipos pirulos sueltos. Son personas que hicieron muchos atentados y que mataron. Y hubo una buena cantidad de participantes en esas acciones. Las armas, además, las traían de alguna manera. A lo que me refiero es que hay que observar el contexto en el que surgen: fueron un grupo, bajo mi criterio, utilizado por otras fuerzas de la sociedad.
¿Alguno de sus conocidos se incomodó cuando usted decide hacer una película sobre este tema?
Tengo amigos a los que no les ha gustado la idea de una película que se pone en los pantalones de miembros de Patria y Libertad. De alguna manera se puede creer que es poner en la misma balanza a un guerrillero de izquierda que a un radical de derecha.
¿Pueden pensar que Andrés Wood se derechizó?
Tal vez, pero a mí también me parece muy bien incomodar con una película que se haga cargo de una ideología que no se ha ido de Chile. Me refiero a que aún hay una viudez del nacionalismo en el país. Es algo muy arraigado y atraviesa todas las clases sociales. Al respecto me tocó presenciar un linchamiento y lo que ahí se vive es pura locura: se desata la rabia que la gente mantiene en secreto contra alguien más pobre o contra un inmigrante. Chile tiene incorporada una autodefensa algo enfermiza, una tendencia a protegernos de lo que no conocemos. Esa actitud es germen absoluto de movimientos como Patria y Libertad.
¿Chile abriga ahora ese nacionalismo extremo?
Quizás muchos no lo reconocen, pero esa intolerancia ante lo desconocido surge cada cierto tiempo. Se nota en los momentos de tensión, en los terremotos, cuando reaccionamos de manera muy animal y buscando las diferencias.
El personaje de Jaime Vadell, que trata de proteger a la ex militante de Patria y Libertad Inés (Mercedes Morán), es dueño de un diario, ¿Es alguna referencia en particular?
No directamente, pero sí representa al poder. Es el poder que está en todas partes. Aunque incluso es un poder un poco más a la antigua. Ese personaje representa a las viejas familias, que ni siquiera son ahora tal vez las más ricas de Chile. Otra vez es la clase, las familias, las conexiones.
¿Patria y Libertad le parece tan respetable como el MIR?
No
¿Por qué?
Porque en mi opinión Patria y Libertad ayudó a desestabilizar un gobierno democrático que no se salió de la institucionalidad aunque puede haber cometido errores, mientras que el MIR, que no son santos de mi devoción, al menos se rebelan contra el dictador. No los defiendo, pero me parecen más legítimos en su objetivo.

Existe la percepción de que el chileno medio asocia al cine nacional con la 
política y que eso no les gusta, ¿Qué opina?

Creo que muchos piensan de esa manera, pero es una visión sesgada. De la misma manera también es sesgado creer que Patria y Libertad eran cuatro locos con linchacos. Lo que pasa es que cualquier película chilena siempre va a llegar a la política. Incluso en un filme mío donde aparentemente no debería existir como La buena vida, también la hay. Este país está cruzado en cada hecho por quienes ganaron y quienes perdieron. Son a la larga también las consecuencias de la Guerra Fría.
 El problema de Araña es mucho más que intelectual: es afectivo. Esta película no quiere a sus personajes y uno como espectador los quiere todavía menos, porque son detestables.

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