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martes, 22 de enero de 2019

Biografia Alejandro Lerroux García a



Lerroux y García, Alejandro. La Rambla (Córdoba), 4.III.1864 – Madrid, 27.VI.1949. Político y publicista republicano.

Nació en el seno de una familia modesta. El padre, Alejandro Lerroux y Rodríguez, era un militar del Cuerpo de Veterinaria, que había trabajado en su juventud de aprendiz de herrador y que con ahorros propios accedió a la Escuela de Equitación. Cuando Lerroux vino al mundo, su padre era ya capitán y estudiaba Medicina para promocionarse. Con el tiempo y no pocos sacrificios, don Alejandro estabilizaría una plaza de profesor de Veterinaria militar en Alcalá de Henares y alcanzaría el grado de teniente coronel. La madre, Paula García y González, era hija de un médico militar retirado de Benavente (Zamora). Conoció a su marido en esa misma ciudad, uno de los tantos destinos de don Alejandro. Lerroux fue el quinto de diez hijos. La prematura muerte de tres de los hermanos mayores y la temprana ausencia del primogénito, Arturo, un turbulento adolescente, hizo que Alejandro compartiera pronto las responsabilidades familiares. A esto se unió el desarraigo típico de los hijos de los militares: su lugar de nacimiento fue casual y hasta su emancipación, Lerroux vivió una docena de traslados. Alguna estabilidad encontró al lado de un tío cura, hermano de su madre, con el que permaneció dos años, pues doña Paula deseaba que su hijo entrara en el seminario. Frustrado este empeño, el padre intentó orientarle hacia el Derecho, sin resultado.

La vocación de Lerroux era la milicia, a imitación de su progenitor y su hermano Arturo. En 1882 completó el servicio militar, ascendió a cabo y se examinó para entrar como cadete en la Academia General de Toledo. Pasó las pruebas, pero con una calificación insuficiente para obtener plaza. Cuando al fin ampliaron el cupo, no llegó el dinero prometido por su hermano mayor para pagar el equipo y la pensión de la Academia. Desilusionado, desertó del Ejército. Aunque tuvo que ocultarse un tiempo, la amnistía por el nacimiento de Alfonso XIII le permitiría reintegrarse en 1886 a la vida civil. Pero las penalidades económicas no le abandonaron: alternó empleos breves, con momentos de apuro económico y desorientación.

En esos años, por influencia de su hermano, comenzó a frecuentar el casino del Partido Republicano Progresista. Dirigido por Manuel Ruiz Zorrilla, ex presidente del Consejo de Ministros con Amadeo de Saboya, este partido aspiraba a derribar la Monarquía constitucional reeditando una sublevación militar al estilo de la de 1868. Su red de apoyos en el Ejército lo convirtió en la principal amenaza contra la Restauración entre 1875 y 1886. El rotundo fracaso, ese último año, del pronunciamiento del brigadier Villacampa debilitó al partido, desgarrado además por las escisiones de quienes pretendían actuar en la legalidad. Fue en ese momento cuando Lerroux se integró en él. Su habilidad literaria y la recomendación de su hermano le abrieron camino hacia la redacción del diario El País, órgano del partido, en 1888. Ingresó también en la masonería, pero ésta le decepcionó enseguida. Aunque mantuvo vínculos con varias logias hasta 1934, Lerroux no pasó de “masón durmiente”, condición que le permitía, en todo caso, preservar su imagen en un momento en que republicanismo y masonería eran uña y carne.

Como publicista encontró su verdadera vocación. En 1890 era periodista de plantilla y encargado de la información política nacional. Tres años después, su dinamismo, buena pluma y, también, su destreza en los duelos, donde finiquitaban no pocas polémicas periodísticas de entonces, convencieron al dueño de El País, Antonio Catena, para nombrarle director. Lerroux orientó un diario acostumbrado al proselitismo faccional y a la relación de actos de partido, al periodismo de escándalos. Inmoralidades administrativas y situaciones de explotación laboral ocuparon cada vez más espacio en las galeradas. Eran un medio de deslegitimar la Monarquía constitucional y de abrir el periódico a todo movimiento de izquierda contrario al liberalismo, especialmente al obrerismo socialista y anarquista. Jóvenes literatos anarquizantes como Azorín, Maeztu o Valle-Inclán, colaboraron asiduamente en El País. El amarillismo informativo convirtió esta cabecera política en la tercera más leída de España. La campaña que a Lerroux le abrió las puertas de la política nacional comenzó con la denuncia de supuestas torturas y maltratos en la cárcel de Montjuich a los anarquistas procesados por los atentados de Barcelona en 1895 y 1896. Cuando aquélla se amplió a la petición de una amnistía, varios sindicatos de la ciudad condal decidieron presentar a Lerroux como candidato a las elecciones generales de 1899, pero no obtuvo el escaño. Para entonces, ya había consolidado su economía doméstica y pudo casarse con Teresa García y López de Selalinde, de familia modestísima. Sin descendencia, Lerroux adoptó a la muerte de su hermano Aurelio a uno de sus hijos, que conservó el nombre paterno.

Una nueva escisión dentro del partido, a la que se sumó Catena, le hizo perder la dirección de El País. Lerroux quedó encargado del nuevo órgano, El Progreso, y en 1901 los republicanos de Barcelona y los sindicalistas afines volvieron a presentarlo como candidato a diputado. Esta vez obtuvo el escaño y hasta superó en votos a viejas glorias como Francisco Pi y Margall y Nicolás Salmerón. Su éxito electoral le condujo a afincarse en la ciudad condal. Pronto se convirtió en la gran esperanza de futuro de un movimiento en horas bajas. Director de La Publicidad, el órgano más importante del republicanismo barcelonés, Lerroux se dedicó a renovar la organización y sus banderas doctrinales. Convirtió la máquina electoral que le sirvió para entrar en las Cortes en una estructura estable. Con ella, y hasta 1907, se impuso en todas las elecciones en Barcelona. A ello contribuyó el dominio del consistorio, que le permitió obtener los recursos con los que solidificar y ampliar el partido. Lerroux impulsó la apertura de nuevas Fraternidades Republicanas y de una enorme Casa del Pueblo, sociedades que pretendían reunir a republicanos y sindicalistas de izquierda. Esta red societaria suministraba a sus afiliados servicios escolares, de ocio, empleo y hasta cooperativas de consumo, que servían para fijar el voto. En el Congreso de los Diputados, Lerroux trató de representar los intereses de las sociedades obreras: se centró especialmente en la mejora de las condiciones laborales en fábricas y minas. Era otra faceta de la batalla que mantenía por republicanizar el movimiento obrero y orientarlo por vías políticas y electorales, una labor que le conllevó la animadversión de los socialistas y los anarquistas. Los segundos impugnaban la politización del sindicalismo, que adormecía sus ínfulas revolucionarias. Los primeros rechazaban la interposición de un “partido burgués” en un movimiento que, en su opinión, debía ser estrictamente “de clase”, esto es, monopolizado políticamente por el PSOE, que era la organización política que representaba los intereses de la UGT.

La renovación del republicanismo en términos obreristas la hizo Lerroux a la vez que articulaba un discurso españolista dirigido a contrarrestar la pujanza de la Lliga, el primer partido nacionalista catalán. La construcción de un potente partido y el encadenamiento de victorias electorales redefinieron la estrategia primigenia del joven dirigente progresista. Lerroux comenzó a retrasar ad calendas graecas los planes para derribar mediante un movimiento revolucionario a la Monarquía constitucional. Escarmentado por los constantes fracasos de esa estrategia, y decidido a no arriesgar lo conseguido, se convenció de que nada podría hacerse hasta que los militares, pieza básica de esa revolución de tintes “zorrillistas”, no se sumaran significativamente.

El partido republicano barcelonés era, además, la joya de la corona de la nueva Unión Republicana de 1903, el enésimo intento por reunificar en un partido a las fracciones republicanas. Lerroux tuvo parte muy activa en su constitución, hasta el punto de convertirse en el lugarteniente y casi en el sucesor natural del viejo Nicolás Salmerón, jefe de la UR. El entendimiento se rompió tras la inopinada alianza de Salmerón con la Lliga en la Solidaridad Catalana de 1907. El primero pretendía encauzar las aspiraciones catalanistas hacia el cambio de régimen. Pero la Lliga era el adversario más caracterizado de un Lerroux que, antes de aliarse con los nacionalistas, prefirió marcharse de la UR. Con la organización de Barcelona y los núcleos antisolidarios del resto de España que le siguieron fundó, en 1908, el Partido Republicano Radical, la formación que lideraría hasta su muerte. Pero en las elecciones de 1907, la Solidaridad había ganado las elecciones en Barcelona y Lerroux se quedó sin acta. Perdida la inmunidad parlamentaria, se le reactivaron varios procesos abiertos por delitos de imprenta. Condenado a dos años y cuatro meses de prisión, la eludió marchándose a Francia y, desde allí, a Argentina. En el extranjero residiría hasta octubre de 1909, ajeno a la participación de sus radicales, junto los republicanos catalanistas, los socialistas y los anarcosindicalistas, en la insurrección de ese año, conocida como la “Semana Trágica”. Dedicado a la recaudación de fondos para su partido y a los negocios eléctricos y de atracciones de feria, Lerroux amasó alguna fortuna, que le permitió instalarse definitivamente en Madrid. En las elecciones de 1910 asoció a su partido a la Conjunción Republicano-Socialista. Pero la nueva reunión de los republicanos duró poco: en un debate parlamentario sobre las inmoralidades de los radicales en el ayuntamiento de Barcelona, Lerroux se vio abandonado por sus socios de coalición, y rompió con ellos.

La asidua colaboración de Lerroux con los gobiernos de Canalejas, Romanones y Dato marcó el comienzo de un proceso de avenencia con la Monarquía constitucional. Las ambivalencias revolucionarias se mantuvieron en coyunturas específicas como los meses posteriores a la insurrección que acabó con la Monarquía en Portugal (1910) o el plante militar de las llamadas Juntas de Defensa (1917), que el jefe radical apreció como la oportunidad tan esperada de desligar a los militares del régimen constitucional. Pero el fracaso de la huelga revolucionaria de agosto de 1917, la instauración del bolchevismo en Rusia, y el hundimiento de los radicales en las elecciones de 1918, en las que Lerroux perdió el escaño, consolidaron su abandono del republicanismo de izquierdas. Adoptó posiciones inequívocamente liberales y ensayó un posibilismo que le permitiera, andando el tiempo, gobernar con la Monarquía. Sus relaciones con Alfonso XIII, con quien se encontró varias veces, eran cada vez más cordiales. Intensificó la colaboración con los partidos constitucionales y, especialmente, con las fracciones liberales, para anudar una alianza que le permitiera integrarse en el ala izquierda de la Monarquía. Ese giro moderado rindió buenos frutos electorales entre 1919 y 1923. Permitió a Lerroux liderar otro intento de reunificación del republicanismo en torno a la Democracia Republicana de 1920, que sirvió para reforzar las posiciones del Partido Radical. La interrupción del constitucionalismo tras el pronunciamiento de Primo de Rivera en septiembre de 1923 frustraría, empero, esta evolución.

Para Lerroux, era indudable que la Dictadura conllevaría, a plazo fijo, la proclamación de la República. Obsesionado con sortear cualquier bandazo revolucionario y con la necesidad de convencer a los militares de que el cambio de régimen tuviera carácter pacífico, suspendió sus actividades políticas y no se opuso de primeras a Primo de Rivera. En aquella época, las dictaduras no se entendían como regímenes políticos, sino como situaciones de excepción, paréntesis constitucionales con fecha de caducidad que servían para salvar coyunturas políticas críticas. Además, el general se había presentado como el “cirujano de hierro” costista, un discurso del gusto de un Lerroux imbuido del ideal regeneracionista. Pero todo cambió en el verano de 1924, cuando el jefe radical se cercioró de que Primo de Rivera aprovechaba la Dictadura para sustituir el régimen constitucional y adquirir ventaja política en el nuevo orden, especialmente al erigir desde el Poder un partido propio: la Unión Patriótica. Lerroux se enroló, así, en las conspiraciones constitucionalistas. En febrero de 1926 intentó unir al republicanismo en una nueva agrupación, la Alianza Republicana, en la que participaron varios ateneístas como Manuel Azaña. Pero cuando Lerroux trató de asociarla a un acuerdo con los partidos monárquico-constitucionales sufrió las clásicas escisiones: de la de 1929 nacería un Partido Radical-Socialista.
La caída de la Dictadura en 1930 y la formación de un gobierno de concentración conservador presidido por Dámaso Berenguer propiciaron que los monárquicos se apartaran de la conspiración. Un aislado Lerroux decidió sumar su Alianza a una renovada Conjunción Republicana, formalizada el mes de agosto en el pacto de San Sebastián. Formaban junto a él los radical-socialistas, el catalanismo republicano y la Derecha de Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura, un nuevo partido formado por antiguos monárquicos. En octubre se incorporaron el PSOE y la UGT. La Conjunción nombró un Comité Revolucionario para preparar una insurrección que permitiera proclamar la República. El escepticismo de Lerroux respecto del método insurreccional impulsó a sus aliados a aislarle de esos trabajos. La postergación se evidenció más aún cuando el Comité Revolucionario se autoascendió a Gobierno Provisional de la República. Pese a que Lerroux era por entonces el patriarca del republicanismo histórico y el jefe del partido republicano más numeroso, fue apartado de la Presidencia o de las carteras más relevantes, como Gobernación o Guerra. Se le encomendó el Ministerio de Estado, las relaciones exteriores, para las que Lerroux carecía de preparación y que le sustraían de la política interna.

Inhibido de los trabajos conspirativos, Lerroux no participó en la sublevación de Jaca y Cuatro Vientos de diciembre de 1930, aunque sí lo hicieron militantes de su partido. En calidad de miembro del Comité Revolucionario hubo de ocultarse de la policía y no participó en las propagandas que dieron a la Conjunción Republicano-Socialista un exitoso resultado en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, bien que ceñido al grueso de las capitales de provincia. Este triunfo dio ambiente a una inesperada ruptura revolucionaria: el 13 y el 14 se produjo la ocupación sucesiva de varios ayuntamientos y diputaciones por los dirigentes provinciales de los partidos republicanos y el PSOE, secundados por manifestaciones multitudinarias. La fuerza pública se abstuvo de intervenir y el gobierno de concentración monárquica, presidido por el almirante Aznar, acordó no resistir, aconsejar a Alfonso XIII que se ausentara de España y entregar el Poder al Comité Revolucionario. Lerroux pudo salir del piso donde permanecía oculto la sobremesa del 14 de abril, requerido por sus compañeros del Gobierno Provisional para que proclamara con ellos la República en la Puerta del Sol. A sus 67 años pudo proclamar en España, al fin, la forma de gobierno a la que se había adscrito desde su juventud.

Muy penetrado del ideal armonicista, tan caro al principio republicano de la fraternidad, Lerroux consideraba la República como la oportunidad de eliminar las divisiones y la conflictividad social que creía que propiciaron el fin del constitucionalismo monárquico y la llegada de la Dictadura. Su instrumento sería un Estado interventor que salvaguardara la libertad, consolidara la igualdad civil y procurara cierta equiparación material, asegurando unos mínimos de subsistencia y acelerara la difusión de la cultura entre los españoles. El Estado debía ser también difusor de un nuevo patriotismo que fundiera España y la República, para el viejo Lerroux la encarnación del gobierno del pueblo, pero encauzado en una democracia representativa. Ello crearía un orden moral que haría innecesaria toda apelación revolucionaria. Con todo, el jefe radical era, desde hacía años, liberal antes que republicano. Su Estado interventor no debía cuestionar la propiedad privada o la libre empresa. Tampoco cabía construir la República rompiendo con la experiencia constitucional española. Por el contrario, valoraba los logros de la Monarquía constitucional de 1876 en términos de libertad y estabilidad, y concebía su pactismo originario como un referente válido para la República. Ésta no debía enmendar al liberalismo español, como pensaban Azaña y otros dirigentes de la izquierda republicana, sino ante todo recuperar las libertades civiles y el principio parlamentario abolidos por Primo de Rivera. Y esa recuperación era en beneficio no sólo de los republicanos, sino de todos los españoles. Precisamente porque la República encarnaba un ideal de patriotismo y fraternidad social, no debía ser exclusiva de nadie.
El discurso lerrouxista tuvo cierto refrendo en las elecciones a Cortes constituyentes de junio de 1931: la Alianza Republicana sobrepasó los 120 escaños y el propio Lerroux obtuvo cinco actas de diputado y fue el dirigente político más votado. Pero conllevó también que la izquierda republicana se alejara del Partido Radical. El núcleo que, dentro de la Alianza, seguía a Azaña se separó de Lerroux y conformó una mayoría parlamentaria con los radical-socialistas, los republicanos catalanistas y gallegos, y el PSOE. Ese bloque condicionó el desplazamiento de la nueva Constitución a la izquierda, especialmente en cuestiones como la expropiación sin indemnización, la supeditación de la Iglesia al Estado, las restricciones a las actividades y la misma pervivencia de las órdenes monásticas, la equiparación jurídica de varias reivindicaciones económicas a los derechos civiles, las autonomías políticas, el unicameralismo, la debilidad del poder ejecutivo o el desequilibrio general de los poderes a favor del Parlamento. El Partido Radical votó la Constitución para reafirmar que estaba dentro, y no fuera, del sistema. Pero Lerroux ya abogó desde diciembre de 1931 por la necesidad de revisarla y, hasta entonces, de flexibilizar su aplicación en las cuestiones más controvertidas, para evitar lanzar al grueso de los partidos conservadores a extramuros de la República. El problema religioso había roto la misma Conjunción, al dimitir el presidente del Gobierno Provisional, Alcalá-Zamora, y su ministro de la Gobernación, Maura.

Para entonces, el objetivo de Lerroux estribaba en construir una alternativa de centro-derecha que federara a los partidos republicanos moderados en torno al Partido Radical. Esta agrupación debía atraer también a los republicanos de izquierda más afines. De ese modo, se rompería la coalición que, desde octubre de 1931, mantenía a Azaña en el poder, y se podría constituir a otro gobierno presidido por Lerroux para disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones. La política de atracción del centro-izquierda, aunque logró dividir al radical-socialismo, no salió bien. De hecho, la coalición republicano-socialista no se disolvió hasta septiembre de 1933 y perduraron hasta entonces tanto las Cortes constituyentes como el gobierno Azaña. Mejor fue la política de ampliación por la derecha. El Partido Radical se convirtió en el eje de la oposición republicana a partir de 1932. Sus 89 escaños no se correspondían adecuadamente con la fortaleza del partido fuera de las Cortes, que absorbió al grueso de las organizaciones liberales que formaban la izquierda de la Monarquía constitucional. Cuando en 1933 se convocaron dos elecciones de carácter nacional –unas locales parciales y otra de vocales para el Tribunal de Garantías Constitucionales–, quedó claro que los radicales eran el primer partido de España. Pero la primacía de Lerroux en el centro-derecha se vio igualmente amenazada con la reunión de los conservadores en la CEDA en marzo de 1933, al calor de la protesta contra las políticas del gobierno Azaña, que los católicos recusaban por su laicismo y su carácter socialista.
La Constitución había consagrado una República mixta, donde el jefe del Estado ponderaba los cambios en la opinión pública y en las mayorías parlamentarias y, conforme a ellos, nombraba y separaba libremente al presidente del Consejo de Ministros. Y como los dos episodios electorales mencionados mostraban un desvío inequívoco del electorado respecto de las Cortes y el ejecutivo de izquierdas, el presidente de la República, que lo era Alcalá-Zamora desde diciembre de 1931, retiró la confianza a Azaña para encargar a Lerroux, en septiembre de 1933 y por vez primera, la formación de un gobierno. Éste compuso una coalición entre radicales y republicanos de izquierda que duró menos de un mes, pues dimitió al observar que sus propios aliados se sumaban en las Cortes a una “moción de desconfianza” promovida por los socialistas. Acreditada la imposibilidad de un gobierno con mayoría en ese Parlamento, Alcalá-Zamora decidió disolverlo y que un ejecutivo de concentración republicana presidido por Diego Martínez Barrio, lugarteniente de Lerroux, convocara elecciones legislativas en noviembre de ese año. Éstas otorgaron la victoria a una coalición de monárquicos y conservadores posibilistas liderada por la CEDA. El Partido Radical subió al centenar de escaños, pero quedó en segundo lugar.

La mayoría parlamentaria de quiénes dos años antes habían concurrido como monárquicos en las elecciones municipales de 1931 pudo haberse interpretado como un plebiscito contra la República. El jefe radical lo impidió al desvincular de la coalición vencedora a los partidos liberales y católicos, con la finalidad de que el resultado sólo pudiera estimarse como un cambio de orientación dentro del régimen. Para ello, Lerroux se propuso demostrar que dentro de la República cabían políticas distintas, incluso una revisión constitucional que la afirmara como democracia liberal, abierta a todos los partidos que respetaran sus procedimientos. Logró su objetivo al desligar a la CEDA, al catalanismo conservador de la Lliga y a los liberales agrarios, que se unieron a los radicales y a los liberal-demócratas de Melquíades Álvarez en un nuevo bloque de centro-derecha. Éste gobernaría la República desde diciembre de 1933 hasta el mismo mes de 1935. Lerroux fue su figura más representativa, pues presidió el gobierno de diciembre de 1933 a abril de 1934, y de octubre de 1934 a septiembre de 1935. También ocupó las carteras de Guerra –noviembre de 1934 a abril de 1935– y de Estado –septiembre a octubre de 1935–.
Pero la atracción de la derecha posibilista fue recusada duramente por los socialistas y la izquierda republicana, que la consideraban una traición a las esencias del régimen contenidas en la Constitución de 1931, y que Lerroux pretendía abolir con su reforma. También encontró oposición dentro del Partido Radical. En marzo de 1934, su ala izquierda, liderada por Martínez Barrio, se marchó del partido con otros diecisiete diputados. Tampoco convencía del todo a Alcalá-Zamora. Aunque el presidente era un entusiasta de la reforma constitucional y nada oponía a la integración de la Lliga y los agrarios, desconfiaba de la CEDA y dudaba del compromiso con la República de su líder, José María Gil-Robles. Sin embargo, accedió a que en octubre de 1934 entraran tres ministros de ese partido en un nuevo gobierno de Lerroux. Ese fue el pretexto elegido por la izquierda republicana para romper toda relación con el nuevo gobierno, mientras la Alianza Obrera –formada por socialistas, comunistas y un sector del anarcosindicalismo– se levantaba en armas contra él. A la insurrección también se sumó la Esquerra Republicana, que entonces gobernaba la autonomía catalana. La acción armada tuvo derivaciones muy graves en regiones como Asturias y Cataluña, y en provincias como Madrid, Guipúzcoa, León, Palencia o Vizcaya. El abultado balance de víctimas lo convirtió en el episodio más violento en sesenta años.
El hecho de que Lerroux venciera la insurrección con eficacia, notable proporcionalidad en el uso de la fuerza, y manteniendo con firmeza la vigencia del régimen constitucional, catapultó al jefe del Partido Radical a su máximo de popularidad. Con ese aval, continuó adelante con su plan de liberalizar la República y ensanchar sus bases de apoyo. Con el asentimiento de Alcalá-Zamora, en julio de 1935 presentó a las Cortes un proyecto de reforma constitucional que mantenía la separación de la Iglesia y el Estado, pero abolía las restricciones legales para el libre desenvolvimiento de aquélla y establecía firmemente la libertad de cultos. Además, abolía las expropiaciones sin indemnización, establecía mecanismos para obstaculizar la instrumentalización partidista de las autonomías, recuperaba un remozado Senado, y equilibraba los poderes del Parlamento y el presidente de la República, al tiempo que delimitaba las funciones ente este último respecto del Consejo de Ministros. Este proyecto había venido precedido, desde diciembre de 1933, de nuevas disposiciones sobre jurados mixtos, contratación laboral, enseñanza religiosa, haberes del clero, reordenación sanitaria o ayuntamientos que corregían en sentido liberal las aprobadas en el bienio de izquierdas. La reforma debía, además, complementarse con una nueva ley provincial y otra electoral, que aminorara los efectos del sistema hipermayoritario vigente desde mayo de 1931. Aunque comparativamente la política internacional nunca fue una cuestión prioritaria para los gobiernos republicanos, Lerroux era un entusiasta de la Sociedad de Naciones, a cuyas reuniones asistió como ministro en 1931, y un francófilo convencido. Apasionado de la acción española en Marruecos, algo que le singularizó dentro del republicanismo, las buenas relaciones con Francia permitieron a su gobierno, en abril de 1934, incorporar a España el enclave de Ifni.

Pero la gestión de los radicales se vino abajo cuando, en septiembre y noviembre de 1935, se hicieron públicos sendos escándalos que afectaban a políticos de tercera fila del Partido Radical. El del “Estraperlo” le dañó especialmente porque su hijo Aurelio fue acusado de tráfico de influencias en grado de tentativa, por sus gestiones para que el gobierno autorizara el juego de ruleta que dio nombre al escándalo. El segundo, conocido como “Tayá-Nombela”, no fue un caso de corrupción. Fue una controversia parlamentaria suscitada por un intento frustrado de indemnizar al naviero Antonio Tayá en cumplimiento de una sentencia del Tribunal Supremo, pero sin el acuerdo formalizado del Consejo de Ministros. Alcalá-Zamora, que había filtrado ambas denuncias para forzar la salida de Lerroux del gobierno, se negó a traspasar el poder a Gil-Robles. Encargó un gobierno de gestión al liberal independiente Manuel Portela, disolvió las Cortes y convocó nuevas elecciones para febrero de 1936. El jefe del Estado quería que Portela patrocinara desde el poder un partido de centro que permitiera al presidente controlar la formación de gobierno en las futuras Cortes. Este proyecto fracasó antes de que se abrieran las urnas, pues la mayoría de los partidos moderados se agruparon en dos grandes coaliciones: una de izquierda, el Frente Popular, que se extendía desde el centro-izquierda republicano hasta los partidos comunista y sindicalista; y otra de derecha, el Bloque Antirrevolucionario, que agrupaba con menor cohesión todo el espectro político desde los republicanos radicales y liberal-demócratas hasta los tradicionalistas.
Los resultados electorales estuvieron sujetos a controversia. La noche de la jornada electoral, 16 de febrero, desordenadas concentraciones de partidarios del Frente Popular se apostaron junto a los centros oficiales, pretextando la celebración de la victoria en la mayoría de los distritos urbanos. A las pocas horas, esas manifestaciones proclamaron la victoria completa y exigieron la amnistía para los revolucionarios de 1934, la entrega de los ayuntamientos y, la tarde del 17, el traspaso del poder a un gobierno de izquierdas. El reguero de violencias entre la madrugada del 16 y la mañana del 19 propició la precipitada dimisión de Portela. Como ninguno de sus hombres de confianza aceptaba sustituirle, Alcalá-Zamora decidió recurrir a Azaña. Para entonces el resultado electoral era equilibrado, sin mayorías absolutas, con una leve ventaja en votos de las derechas y otra en escaños para las izquierdas. Durante el traspaso de poderes, las autoridades interinas del Frente Popular proclamaron la victoria de sus respectivas candidaturas en aquellas provincias donde los recuentos no habían finalizado. Con esos escaños, y tras doce días de recuento, las izquierdas se aseguraron la mayoría en la primera vuelta. 
Lerroux, al tanto de lo sucedido, aconsejó a Alcalá-Zamora no entregar el poder a Azaña hasta que se completara el recuento. Pero las elecciones le dejaron sin escaño y, excluido del Parlamento, lo fue también del primer plano político los meses previos a la Guerra Civil. Enterado, el 13 de julio, del secuestro y el asesinato del líder monárquico José Calvo Sotelo por policías y escoltas socialistas, el jefe radical decidió marcharse un tiempo a Portugal. Desde allí presenció la sublevación de una parte del Ejército contra el gobierno del Frente Popular. Convertida ya en guerra abierta, Lerroux expresó públicamente su apoyo al bando nacional, cuyo gobierno lideraba entonces Miguel Cabanellas, un general de su partido. Sin embargo, su desapego hacia la creciente influencia de Falange y el carlismo le suscitó, junto a su pasado de izquierdas, problemas con las nuevas autoridades. Finalizado el conflicto, éstas no le permitieron volver a España. Se le abrieron dos procesos, uno político y otro por pertenencia a la masonería, de los que salió absuelto. Pero sólo se le autorizó a regresar en 1947. Apartado de toda actividad política, Lerroux moriría en Madrid dos años más tarde, a la edad de ochenta y cinco años.

      

Obras de ~: Historia de Garibaldi, Barcelona, Toledano, López y cía, 1904; Mi Evangelio, Barcelona, Fraternidad Republicana, 1906; De la lucha, Barcelona, Granada y cía, 1909; Ferrer y su proceso en las Cortes, Barcelona, El Anuario, 1911; La verdad a mi país. España y la guerra, Madrid, Viuda de Pueyo, 1915; Las pequeñas tragedias de mi vida. Memorias frívolas, Madrid, Huelves y cía, 1930; Al Servicio de la República, Madrid, Javier Morata, 1930; Trayectoria política, Madrid, s.e., 1932; La pequeña historia, Buenos Aires, Cimera, 1937; Mis memorias, Madrid, Afrodisio Aguado, 1963.



Bibl.: C. Jalón, Memorias políticas, Madrid, Guadarrama, 1973; O. Ruiz Manjón, El Partido Republicano Radical (1908-1936), Madrid, Tebas, 1976; A. de Blas Guerrero, “El Partido Radical en la política española de la Segunda República”, Revista de Estudios Políticos, 31-32 (1983), págs. 137-164; A. Duarte, El republicanisme catalá a la fi del segle XIX, Vic, Eumo, 1987; J. Romero Maura, La Rosa de Fuego. El obrerismo barcelonés de 1899 a 1909, Madrid, Alianza, 1989; J. Álvarez Junco, El Emperador del Paralelo, Madrid, Alianza, 1990; L. Arranz Notario, “Modelos de Partido”, en S. Juliá (ed.), Política en la Segunda República, Madrid, Marcial Pons, 1995, págs. 81-110; J. M. Macarro, Socialismo, República y Revolución en Andalucía, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2000; M. Álvarez Tardío, Anticlericalismo y libertad de conciencia, Madrid, CEPC, 2002; N. Townson, La República que no pudo ser. La política de centro en España (1931-1936), Madrid, Taurus, 2002; S. G. Payne, El Colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-1936), Madrid, La Esfera de los Libros, 2005; M. Álvarez Tardío y R. Villa García, El Precio de la Exclusión. La política en la Segunda República, Madrid, Encuentro, 2010; F. del Rey Reguillo, Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española, Madrid, Tecnos, 2011; R. Villa García, La República en las Urnas. El despertar de la democracia en España, Madrid, Marcial Pons, 2011; M. Álvarez Tardío y F. del Rey Reguillo, El Laberinto Republicano. La democracia española y sus enemigos (1931-1936), Madrid, RBA, 2012; R. Villa García, “El ocaso del republicanismo histórico: lerrouxistas y blasquistas ante las elecciones de 1936”, en Anales de la Real Academia de Cultura Valenciana, 87 (2012), págs. 75-120; F. del Rey Reguillo, Paisanos en lucha: Exclusión política y violencia en la Segunda República española, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013; M. Álvarez Tardío y R. Villa García, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, Madrid, Espasa-Calpe, 2017; R. Villa García, Lerroux. La República Liberal, Madrid, Gota a Gota, 2019.

domingo, 19 de febrero de 2017

Citas de Alejandro Lerroux.-a


Alejandro Lerroux (1864-1949) fue un político español, presidente del gobierno durante la Segunda República.

Citas de Lerroux

"En Madrid el populacho, excitado por unos cuantos miserables, se echó a la calle e inició la estúpida y criminal e inmotivada ofensiva contra las iglesias y conventos, quemando y saqueando. Las turbas echaron sobre la República naciente el primer borrón y la primera vergüenza."
Fernando García de Cortázar, entrecomillando a Lerroux en Diario ABC de 21 de septiembre de 2014, p. 83.

«Jóvenes bárbaros de hoy: entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie. Romped los archivos de la propiedad y haced hogueras con sus papeles para purificar la infame organización social. Penetrad en sus humildes corazones y levantad legiones de proletarios, de manera que el mundo tiemble ante sus nuevos jueces. No os detengáis ante los altares ni ante las tumbas... Luchad, matad, morid».
Fuente: La Rebeldía. Barcelona, 1 de septiembre de 1906.

«No hablo como republicano, sino como español, y hay que estar preparados ahora para la catástrofe».
Notas: En una conferencia en el teatro Rosalía de Castro.
Fuente: La Voz. Madrid 6 de marzo de 1923.

«Yo no me he hecho conservador, hablo como gubernamental».
Contexto: conversando con Manuel Azaña y José Giral sobre sus posiciones políticas.
Fuente: Memorias políticas y de guerra, I de Manuel Azaña. ISBN 84-7423-048-9

Citas sobre Lerroux


«El predominio de Lerroux en el Gobierno de la República sería el de la inmoralidad y la vacuidad».
Manuel Azaña, el 15 de enero de 1933 cuando presidía el gobierno republicano.
Fuente: Casanova, J. República y Guerra Civil, Crítica, Madrid, 2009, ISBN 978-84-8432-878-0



jueves, 17 de noviembre de 2016

El decano republicano Alejando Lerroux.-a


Alrededor de la cuna de la Segunda República pulularon numerosos recién llegados a la causa republicana. Algunos de ellos representaron papeles muy destacados tanto en su alumbramiento como en su gobernación, como los ex-monárquicos Miguel Maura y Niceto Alcalá-Zamora. Pero entre tanto advenedizo destacó alguien que podía presumir de un largo currículo republicano: el cordobés Alejando Lerroux.

Desde joven ejerció de activista, de periodista y hasta de duelista, por lo que dio con sus huesos en chirona en no pocas ocasiones. Y en otras, para escapar de la justicia por sus polémicos escritos o por su complicidad en la Semana Trágica de 1909 y la huelga general de 1917, tuvo que exiliarse en Francia y Argentina. Han pasado con notable celebridad a los anales de las citas los incendiarios párrafos que escribió en 1906 para incitar a la juventud a enderezar el rumbo de España por medios revolucionarios:

Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie, penetrad en los registros de la propiedad y haced hogueras con sus papeles para que el fuego purifique la infame organización social (…) No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra, más que la tierra y vosotros que la fecundaréis con vuestra ciencia, con vuestro trabajo, con vuestros amores (…) El pueblo es esclavo de la Iglesia: vive triste, ignorante, hambriento, resignado, cobarde, embrutecido por el dogma y encadenado por el terror al infierno. Hay que destruir la Iglesia (…) A toda esa obra gigante se oponen la tradición, la rutina, los derechos creados, los intereses conservadores, el caciquismo, el clericalismo, la mano muerta, el centralismo, la estúpida contextura de partidos y programas concebidos por cerebros vaciados en los troqueles que fabricaran el dogma religioso y el despotismo político. Muchachos, haced saltar todo eso como podáis (…) Luchad, matad, morid.

Consideró que la monarquía era el gran obstáculo para la libertad y el progreso de España. Junto a su volcánico republicanismo, la faceta de su actividad política que más le caracterizó y que le procuró los mayores éxitos fue su beligerancia contra el catalanismo rampante desde el 98, al que definió, con agudeza, como "el hijo degenerado del contubernio monstruoso entre una aspiración literaturesca, romántica, y un malestar social subido al periodo agudo con motivo de la catástrofe nacional".

Con motivo del asalto al ¡Cu-cut! por los militares en noviembre de 1905, dio a la prensa un artículo ("El alma en los labios") en el que apoyó a los asaltantes y afirmó que, de haber sido militar, habría ido a quemar "La Veu, el ¡Cu-Cut!, la Lliga, el palacio del obispo (…) y varios conventos, escuelas de separatismo".
Se opuso al apoyo de los republicanos a la Solidaritat Catalana y, ganándose el apodo de "Emperador del Paralelo", se convirtió en la bestia parda de los catalanistas y enemigo irreconciliable de Cambó y Prat de la Riba.

Progresivamente evolucionado hacia un republicanismo moderado, fue uno de los firmantes del Pacto de San Sebastián y ministro de Estado en el gobierno provisional. Pero no tardaría en comenzar a descorazonarse, en mayo de 1931, por una quema de conventos que parecía inspirada por sus fogosos escritos anticlericales de un cuarto de siglo atrás. En sus memorias calificó aquellos hechos como "el primer borrón y la primera vergüenza" de la República naciente.

Vencedor su Partido Radical en 1933 en colaboración con la CEDA, Lerroux alcanzó la presidencia del gobierno, por lo que le tocó lidiar con la revolución socialista y el golpe de Companys de octubre de 1934. Caído su gobierno el año siguiente por los escándalos del estraperlo y el asunto Nombela, perdió influencia hasta el punto de no conseguir acta de diputado en las elecciones de febrero de 1936.
Ante el asesinato de Calvo Sotelo por guardias de asalto y miembros del PSOE, la familia Lerroux decidió ponerse a salvo en Portugal. El mismo 18 cruzó la frontera y algunos días después se le unió el resto de la familia. Su casa fue saqueada, y muchos de sus compañeros, que habían ejercido de ministros, diputados y alcaldes del Partido Radical, fueron asesinados por los republicanos.
Desde el refugio portugués, Lerroux publicó una nota de apoyo a los alzados y envió a Franco varias cartas manifestándole su adhesión. A su compañero de partido Vicente Sierra le escribió para explicarle que apoyar a los alzados era sinónimo de colaborar "con la razón, con la justicia, con el significado histórico de nuestra civilización y progreso".

El 30 de enero de 1937 publicó en el periódico parisino L’Illustration un largo artículo en el que explicó a los lectores franceses su opinión sobre la guerra de España:

Desde el falso triunfo electoral conseguido en febrero por el Frente Popular, España era era el teatro de las violencias más criminales, por las que nadie era castigado. En Madrid eran continuos los incendios y los asesinatos, incluso en pleno día. El gobierno ni lo persiguió ni tomó las más elementales medidas de precaución (…) Me pregunto si, para renovar completamente el Estado actual, no hará falta destruirlo o si bastará con abrir un paréntesis y suspender la intervención de la democracia, es decir, de todos, en la dirección de los asuntos públicos; restringir las libertades individuales para subordinarlas al interés supremo de la nación y concentrar todos los poderes de un pueblo, que se niega a disolverse en la anarquía o a perecer en la impotencia, en las manos de una autoridad, o más bien de una dictadura, que se pusiera inmediatamente manos a la obra y que no cerrara el paréntesis hasta haber conseguido restablecer el orden material, la paz social, el prestigio de la ley, la disciplina del trabajo sin lucha de clases, la justicia sin privilegios, todo ello al ritmo normal de los pueblos que contribuyen al progreso universal, sin fiebres, convulsiones ni delirios, sin que la fuerza bruta de la revolución intervenga para nada en sus actividades, incluso mediante la fórmula legal de la represión (…) Y toda mi obra de sacrificio voluntario, jalonada a lo largo de mi vida por persecuciones, procesos, prisión, condenas y exilio, se perdió en el momento en el que llegó la revolución. Porque para mí la república es la patria, el pueblo, la democracia, la libertad, la justicia, la paz, el orden, el trabajo fecundo, el progreso social, moral y político bajo la autoridad de un poder ejecutivo respetado, capaz, enérgico, austero, estable y firme. Pero todo se hundió de repente: ya no queda ni parlamento, ni democracia, ni libertad, ni justicia, ni orden, ni paz. ¿Qué queda, entonces, Dios mío, de la república? Y, como no concibo la patria sin la república, ¿qué queda de la patria? Porque la patria no puede ser ni esta horda salvaje que, con el pretexto de igualdad social, roba, saquea y asesina; ni esa banda de intelectuales primarios que la dirigen y que, prefiriendo que la obra de veinte siglos de civilización desaparezca, no tienen el heroismo de morir con ella, ni la grandeza, ni la nobleza de asumir sus responsabilidades. Antes de huir, seguros de su impunidad, han saqueado el tesoro nacional, robado los bienes privados, dejando tras ellos, como carne de cañón, el miserable rebaño que pagará con su sangre (…) No se trata de un pronunciamiento militar, sino de un alzamiento nacional tan sagrado, tan legítimo, como el de la independencia en 1808. Mucho más sagrado todavía, puesto que no se trata sólo de la independencia política, sino también de la organización social y económica, del hogar, de la propiedad, de la cultura, de la conciencia, de la vida, en fin, de toda una civilización y toda una historia.

Al cumplirse el primer aniversario del alzamiento, escribió a Franco:

Excelentísimo señor: En el día de hoy se cumple el año del alzamiento nacional que, con el ejército a la cabeza, se inició para salvar a España de la anarquía y de la barbarie. El mismo día pasaba yo esta frontera y los sucesos me han retenido en el apartamiento de este país acogedor. Pocos días después me di la satisfacción de ofrecerle por teléfono mi adhesión personal. Pensando exclusivamente en la patria y abriendo un paréntesis en las actividades con que pretendí servirla, sin renunciamientos ni abdicación algunos, he confiado todas mis esperanzas en su alta representación en la hora de la duda, pero con la seguridad en mi espíritu de que la victoria premiará su sacrificio y el de los españoles que colaboran en la patriótica cruzada. Y me permito celebrar en mi soledad este aniversario, ratificando por escrito mi adhesión leal y desinteresada al hombre que por designio providencial asume la representación nacional en momentos supremos de dolor, de sacrificio y de heroísmo. Con toda consideración, respeto y afecto le saluda; Alejandro Lerroux.

En noviembre de aquel mismo año puso punto final a La pequeña historia, libro en el que plasmó su juicio sobre una guerra cuya culpa cargó sobre unos gobernantes republicanos ("siniestros muñecos fracasados en el régimen caído, sin energía, sin capacidad, sin grandeza de alma, y hasta sin sexo", escribiría sobre Azaña y Alcalá-Zamora) que habían acabado con el imperio de la ley:

Cuando el general Franco apareció en el horizonte de las esperanzas nacionales con la espada en alto, en España ya no existía un Estado ni forma alguna de legalidad. Desde mucho antes la autoridad y la ley habían dejado de ser una garantía para los derechos esenciales de la personalidad humana. Ni la vida, ni el hogar, ni la propiedad, ni la conciencia de cada ciudadano tenían otra seguridad que la que pudieran proporcionarle sus propios e individuales medios de defensa (…) Yo me he preguntado algunas veces cómo habrían reaccionado las democracias que gobiernan, por ejemplo en Inglaterra o en Francia, si en su territorio hubiesen podido ocurrir durante semanas y meses consecutivos sucesos como aquéllos, cuya relación estadística se leyó en el Parlamento español sin que nadie la desmintiera o atenuara, detallando todo género de delitos realizados desde que llegó al poder el Gobierno del Frente Popular. Y todavía hoy me pregunto qué habrían hecho en esos países el gobierno y la opinión si hubiesen visto levantarse en su respectivo Parlamento a un ministro que, luego de oír el discurso de un diputado de la oposición, hubiese declarado: Contra ese hombre, jefe del partido monárquico, ninguna violencia será delito (..) Sigo preguntándome qué habría ocurrido si, inmediatamente después de tales inverosímiles manifestaciones, el diputado aludido hubiese sido asesinado por agentes de la autoridad, dependientes del gobierno y directamente subordinados al ministro que pronunció aquella frase, invitación al asesinato que se ejecutó con todas las agravantes que ha podido prever y consignar en sus códigos la ciencia penal. En España la opinión no reaccionó, el Parlamento no protestó contra el ministro criminal, el Gobierno no le destituyó, los tribunales no persiguieron a los criminales, los criminales no sólo siguieron inmunes, impunes y en libertad, sino que fueron premiados (…) Inglaterra y Francia y las democracias gobernantes de otros muchos pueblos han seguido fingiendo que creían en la existencia de un Estado español y una legalidad española bajo el gobierno de los que habían provocado, tolerado o amparado con la impunidad el saqueo, el incendio y el asesinato (…) La autoridad del Estado y todo lo que constituía una legalidad había dejado de serlo de hecho en cuanto fue incapaz de conservar el orden para la convivencia social y no podía garantizar los derechos individuales, ni reprimir y castigar a los que los atropellaban. Los españoles no estaban obligados a subordinarse a poderes que, al faltarles la base de una legalidad, se había convertido en arbitrarios y anárquicos y, sobre todo, ineficaces.

Y negó que Franco se hubiera rebelado contra un régimen democrático legítimo, sosteniendo, por el contrario, que fue el que defendió la ley y el orden contra una República convertida en anarquía criminal:

Al perecer el Estado y la legalidad de hecho, sus titulares representantes habían perdido de derecho el de exigir a los españoles la obligación de la obediencia. La resistencia y la desobediencia ya no eran delito porque faltaba la autoridad legítima que tuviese derecho a exigir lo contrario. Imperaba la anarquía. Y cuando la anarquía se apodera de un país, y el desorden se convierte en crimen, no se le ocurre a nadie otra manera de establecer una disciplina que apelar a la fuerza (…) Aquéllos, todos, habían dejado de ser legítimos desde que sus agentes se convirtieron en ejecutores y asesinos. La democracia se había convertido en demagogia (…) Luego el ejército no se sublevó: actuó en funciones de poder supletorio cuando todos los demás perdieron su eficacia y su legitimidad (…) El general Franco no se sublevó (…) Hablar de sublevación en este caso es no solamente un absurdo jurídico, sino también una mentira histórica (…) A la hora presente nuestro ejército no sólo defiende la independencia nacional, amenazada por hombres y doctrinas que niegan la Patria, sino también el hogar, la familia, la propiedad, el honor de nuestras mujeres, la vida de nuestros hijos, la religión de nuestros padres, ¡hasta la tumba de nuestros mayores, que ha sido sacrílegamente profanada! El ejército no se sublevó contra el pueblo, que ya no era pueblo, sino rebaño de fieras. No se sublevó contra la República, puesto que salió de sus cuarteles con la bandera de la República, al compás del himno de la República y al grito de "¡Viva la República!". No se sublevó contra la ley, sino por la ley que todos habían jurado defender y que aquéllos habían traicionado. No se sublevó contra la autoridad, que ya no tenía titulares legítimos, ni hombres, ni súbditos, sino para establecer una autoridad. La posteridad hará justicia al gesto heroico del general Franco y al impulso patriótico del ejército. Los espíritus apegados a las apariencias de la legalidad, como los fariseos a la letra de su doctrina, pueden tranquilizarse. Ni Franco ni el ejército se salieron de la ley, ni se alzaron contra una democracia legal, normal y en funciones. Ni hicieron más que sustituirla en el hueco que dejó cuando se disolvió en la anarquía de sangre, fango y lágrimas.

A pesar de su alegría por la victoria de Franco, matizada por su deseo de que el nuevo régimen hubiera consistido en un breve puente hacia otro régimen democrático, no le fue permitido el regreso a España por su antigua vinculación con la masonería, de lo que fue absuelto en 1945. Continuó residiendo en Portugal hasta su regreso dos años más tarde a España, donde, anciano, enfermo y olvidado, fallecería cristianamente en junio de 1949. Al funeral del viejo republicano liberal, defensor de la legalidad frente a los socialistas y finalmente partidario del 18 de julio como solución al caos, acudieron exministros republicanos, exministros monárquicos con el conde de Romanones a la cabeza y gobernantes franquistas como el a la sazón presidente de las Cortes, Esteban Bilbao. Todo un símbolo de la reconciliación nacional que Lerroux siempre deseó.

Alejandro Lerroux, Su oratoria.-2


“Alejandro Lerroux estudió el bachillerato en Madrid con resultados desastrosos. No pasó nunca del tercer curso. Le gustaba el juego, la vida regalada y el dinero de los demás. Escribía versos a las mujeres”
“Decidió apuntarse en la Academia Militar de Toledo, pero no tardó en descubrir que la disciplina militar no se había hecho para él. Salió por piernas con dirección a La Coruña. Para no ser descubierto, cambió su nombre por el de Manuel García González. Hasta la amnistía de 1886 siguió viviendo como un desertor”
“Las empresas periodísticas eran mercancías sin alma ofrecidas al mejor postor. Políticos y empresarios utilizaban la prensa como tapadera”
“Se pagaba a los periodistas para tenerlos controlados. Los empresarios pagaban para esconder chanchullos económicos; y los políticos (gracias a los llamados fondos de reptiles), para favorecer los intereses de partido”
 “Hasta su llegada al periódico El País, Lerroux se había limitado a ser el típico rebelde cargado de sueños y ambiciones. Su mayor deseo, además de enriquecerse cuanto antes, era enviar al exilio a los Borbones”
“Fue la suya una política de prensa auténticamente radical, en la que no dejó títere con cabeza. Monárquicos y clericales, latifundistas o terratenientes, nadie quedó libre de las andanadas de Lerroux, dispuesto a hacerse con una fama de revolucionario en la que no creyó nunca”

Discursos

Discursos
El revolucionario de pacotilla

“Habían ejecutado en Barcelona, en los fosos del castillo de Montjuïc, a cinco hombres de ideología anarquista. Estaban acusados del atentado contra el general Martínez Campos y de las bombas del Liceo. Lerroux escribió furibundos artículos en la prensa y logró todos sus objetivos: por una parte, la popularidad; y por otra, se quedó con el dinero recibido en la redacción para ayudar a los presos”
“Lerroux despotricaba contra el régimen monárquico y se presentaba como el futuro redentor del proletariado”
 “Barcelona era la ciudad que estaba hecha a la medida de su talento y ambiciones. Cuando durante una cena en el Tibidabo supo de la rapacidad de los concejales del ayuntamiento barcelonés, sacó a la vista de todos el pasaje de un vapor que debía llevarle hasta Argentina y lo rompió diciendo: ¡Me quedo, América está aquí!”
“La participación de Lerroux se reducía a ser el último en intervenir en los mítines y el primero en salir corriendo cuando sonaban los disparos”
“Los anarquistas valencianos dijeron públicamente que Lerroux era un apóstata cobarde de las ideas que explotaba. Un vividorcillo que aspiraba a ser alguien cuando se instaurase la República”
“El tema que conmovía a Lerroux eran los caudales públicos. Entrar en el Ayuntamiento de Barcelona y comenzar su escalada hacia la riqueza. Sus mejores amigos entraban en el Consistorio sin un duro y salían forrados”
“Hacía negocios con toda clase de chorizos e indeseables y para desviar las sospechas de corrupción acusaba a los gestores salientes de los males que padecía la vieja ciudad mediterránea”
 “El trabajo de los jóvenes bárbaros lerrouxistas consistía en atacar a los candidatos catalanistas, provocar altercados con la policía, disolver los mítines contra el jefe y perseguir a gorrazos a los curas”
“En el fragor de sus campañas políticas, Lerroux se presentaba en las meriendas populares comiendo pan y chorizo. Luego, después de compartir tortilla con algunos de sus seguidores, señalaba con la mano los palacios de la ciudad y decía: ¡Todo eso es vuestro!”
“El 31 de mayo de 1906, Alfonso XIII se casaba en Madrid con la princesa Victoria Eugenia de Battenberg. Ese día, mientras la comitiva atravesaba la calle Mayor de Madrid, el anarquista Mateo Morral lanzó sobre la pareja un ramo de flores que encubría una potente bomba. De haber salido bien el atentado, Lerroux habría distribuido a sus seguidores bárbaros en grupos armados para tomar Montjuïc y proclamar la República. Como no salió según lo esperado, Lerroux se marchó de España y anduvo de cabarés por París”
“Una vez le preguntó un periodista de La Vanguardiaqué les diría a los obreros que le habían votado si le preguntasen por el champán que estaba bebiendo. Lerroux contestó que estaba probando el vino que beberá el proletariado del futuro: ¡Vuestros hijos, por los que ahora brindo!”



Las Ramblas de Barcelona a inicios del siglo XX
“Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie”
Alejandro Lerroux
“En otra ocasión el periódico L’Esquella (“El Cencerro”) publicó un chiste en el que le preguntaban a Lerroux por qué en su candidatura todo eran abogados y propietarios y ningún obrero, a lo que el político respondió que no había porque todos tenían demasiado trabajo”
“Como cada vez que había peligro don Alejandro Lerroux se marchaba al extranjero, los humoristas pasaron a llamarlo a partir de 1908 Don Alejándose”
“En Argentina recibió dinero en efectivo para el Tesoro de la República, regalos personales de valor y participaciones en sociedades de importación de carnes o de instalación de parques de recreo”
“Demagogo, tremendista, corrupto, bárbaro, desertor, arribista, anticlerical, inculto, españolista, anticatalán, ambicioso, falso: el ex emperador del Paralelo sólo se quería a sí mismo”

“Después de entrevistarse con el rey Alfonso XIII el 12 de noviembre de 1918, Lerroux apoyó sin restricciones la actuación española en Marruecos que tres años después provocaría el desastre de Annual”
“Como buen cordobés, jugaba siempre con las cartas marcadas. Para ponerse a la altura de su enemigo, el conservador Antonio Maura, viajó a Las Palmas de Gran Canaria para estudiar la carrera de Derecho. En un solo día aprobó todos los exámenes. Le dieron nueve matrículas de honor. ¡Es todo tan fácil desde el poder!, decía Lerroux mientras recibía su título de licenciado”
“Una ruleta trucada que inventaron Strauss y Perl fue introducida fraudulentamente en algunos casinos españoles gracias al soborno de importantes personalidades del Partido Radical liderado por Lerroux”
“Informado por sus contactos del golpe de Estado que se avecinaba, el 17 de julio de 1936 se marchó a Estoril. Una vez instalado allí, se adhirió formalmente  al levantamiento y escribió dos libros de memorias llenos de falsedades y agravios. En 1942 regresó a España gracias a su amistad con Franco que solamente no le perdonaba su masonería”
“Hay que hacerse temer para abrirse camino. Halago a las masas, porque son mi fuerza. Pero el día que pueda las dejaré en el sótano y viviré en el principal”

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El lerrouxismo.-a

estampilla 

El Lerrouxismo es el nombre que recibe el movimiento político surgido en torno a la figura de Alejandro Lerroux, figura destacada del republicanismo español y varias veces presidente del gobierno durante el periodo de la Segunda República

El lerrouxismo nació y se desarrolló en una fase una cierta moder­nización de la estructura de las empresas cuyos dueños se hicieron eco también de los aires políticos regeneracionistas, que se habían intensificado en España a raíz de la derrota de 1898. Coincidieron en esto con los elementos catalanistas y, a partir de esa coincidencia, se perfiló una alianza que confirió un acusado tono burgués al nacionalismo catalán de los años siguientes.
Pero por entonces Barcelona contaba también con una población obrera estimada en unas ciento cin­cuenta mil personas. Esa población procedía, en su mayor parte, de la anexión de municipios realizada en 1897 (Las Corts, Sans, Gracia, San Andrés, etcétera), así como de una in­migración que registraba un ritmo anual de cinco mil personas en el momento del cambio de siglo. La magnitud de las cifras y las profundas transformaciones sociales que pre­senció Barcelona en la primera década de 1900 otorgan un especial interés a las fuerzas políticas que influyeron sobre ese grupo social.
Las masas proletarias barcelonesas se ha­llaban, en los albores del presente siglo, en un cierto desamparo desde el punto de vista de la organización política o sindical. Las organi­zaciones anarquistas habían agotado sus posibilidades por su conexión con las locas y turbias campañas terroristas, y su fracaso en la huelga de 1902 terminaría por enajenarles la confianza del mundo obrero durante algún tiempo. En cuanto a los socialistas y sus or­ganizaciones sindicales, tardarían años en consolidar sus bases barcelonesas.
Por lo que hace a los republicanos, sus posibilidades de influir sobre esta población obrera eran, si cabe, más bien pobres. El re­publicanismo barcelonés de finales de siglo era una perfecta réplica del caos imperante en el conjunto del republicanismo español. Un caos que ha permitido escribir a Romero Maura: Veinticinco años de restauración habían con­vertido el republicanismo español en un mosaico de grupos reducidos y comúnmente ineficaces, que sus afiliados se complacían en apellidar partidos. En efecto, los repu­blicanos españoles, y los barceloneses entre ellos, se hallaban divididos por la vieja cuestión teórica entre centralismo y federalismo, así como por la no menos vieja cuestión táctica entre legalismo y revolucionarismo como medio de llegar al deseado cambio de régimen po­lítico.
El monopolio de las soluciones federalistas lo ejercía el Partido Federal de Pi y Margall que, en Cataluña, iba a sufrir fuertes tensiones como consecuencia del empuje del nacionalis­mo catalán. En cuanto a los republicanos cen­tralistas catalanes, estaban bastante divididos. Por lo tanto,  no resulta demasiado exagerado pensar que el número de verdaderos afiliados republicanos no debió ex­ceder en mucho el de unos pocos centenares o, lo que es lo mismo, que esos partidos republicanos eran poco más que una tertulia de colegas.
No es extraño que, en esas condiciones, ni los republicanos de Barcelona ni los del resto de España tuviesen la sensibilidad y la energía suficientes para sacar partido de la poten­cialidad revolucionaria que encerraba la de­rrota de 1898. Los republicanos ni siquiera sin­tonizaban con el lenguaje regeneracionista de un Costa o un Paraíso, aunque se mostraran inicialmente atraídos por él. De ahí los mi­serables resultados electorales obtenidos en abril de 1899 y que, al anunciarse otra consul­ta para mayo de 1901, los progresistas bar­celoneses tuviesen que echar mano de un periodista madrileño de dudosa reputación, pero del que se esperaba que pudiese resultar atractivo al electorado obrero por haber par­ticipado años antes en algunos mítines en pro de la revisión de los procesos de Montjuich.
Alejandro Lerroux era hijo de un veterinario militar que se había paseado por casi toda la península —a causa de cambios de destino— durante los últimos años del reinado de Isa­bel II. Coincidiendo con su estancia en La Rambla (Córdoba), vino al mundo (1864) un quinto hijo, al que bautizaron —contra su volun­tad futura, añadiría años más tarde un correli­gionario con un anticlericalismo entre cómico y patético— con el nombre de Alejandro.
El joven resultó un perfecto zascandil: se le atragantó el bachillerato y abandonó sus proyectos militares cuando pensaba incor­porarse a la Academia. Como aún no había llegado la moda de irse a Ibiza, Alejandro se fue a Lugo, y parece que trabajó en la re­caudación del impuesto de consumos, lo que no era, ni mucho menos, un trabajo brillante y con prestigio popular. Vuelto a Madrid en 1886, poco después de comenzada la regen­cia, Lerroux trampeó como pudo —y debió poder de muy variadas maneras— hasta que salió a la superficie como redactor de El País,en 1892.

Posiblemente sólo fuera el principio un hom­bre de paja del propietario del periódico, pero Lerroux acreditó pronto una notable perso­nalidad y no tardaría en perfilarse como po­lemista agresivo y una de las escasas pro­mesas entré las huestes republicanas. Así dijo haberlo previsto el conocido anarquista Fran­cisco Ferrer: Hace años, en 1892, cuando que una de las cosas más importantes que le conté fue que había en El Paísun redactor llamado Lerroux que valía un imperio y que llegaría a ser una de las primeras fisuras del “partido revolucionario”. La carta de Ferrer de 1899, debía de tener su poquito de exa­geración adulatoria, ya que iba dirigida al propio Lerroux, pero sería insensato pensar que pudiera carecer de fundamento.
La respuesta de Lerroux de diciembre de ese mismo 1899 no muestra precisamente a un moderado reformista, y contribuye mucho a conocer su ánimo político en los años in­mediatamente anteriores a su llegada a Bar­celona. Busquemos al pueblo —escribía el futuro caudillo radical— y digámosle: traba­jador asalariado, de cuyo trabajo viven el Es­tado, el rico, el cura, el soldado y el juez en la holganza, robándote las dos terceras partes del producto que es tuyo en su totalidad, vamos a concluir con todo eso; queremos que todos trabajen, para que todos produzcan y ninguno huelgue viviendo a costa de otro. Trabajadores, somos como tú (sic); no nos basta la igualdad moral que predicó Cristo, ni la política que no sea la República, tan liberal y radical como sea posible, pero en cuya bandera es­cribamos este lema: Lucharemos hasta con­seguir que los hombres no necesiten ni leyes, ni gobiernos, ni Dios, ni amo, la fórmula ácrata acuchada originalmente acuñada por August Blanqui.
Este lenguaje libertario era el mismo que había utilizado en los mítines para la revisión del proceso de Montjuich y el que habría de utilizar para sacar a los obreros de su modorra electoral en vísperas de los comicios de mayo de 1901. Para Lerroux, consistía en un tra­tamiento homeopático con el que, a base de pequeñas dosis de oratoria revolucionaria, se calmaba la pretendida sed de revolución que dominaba a las masas obreras. Parece, sin embargo, que a los burgueses nacionalistas catalanes que escuchaban los discursos de Lerroux las dosis no les parecían tan pe­queñas ni tan inocuas.

Muy por el contrario, el nacionalismo político catalán, que se consolidaba en estos mismos años, presentó a Lerroux como un demagogo puesto en Barcelona por el gobierno de Madrid para obstaculizar los avances del catalanismo.
Esta interpretación, aunque indemostrada, no deja de tener algunos puntos de apoyo, hasta el punto de que algún biógrafo-apologista de Lerroux nos ha transmitido la anécdota de que, cuando éste llegó a Barcelona, tenía madurado un proyecto para viajar a América en busca de negocios, pero que, al ser infor­mado de la situación política barcelonesa, no dudó en exclamar: ¡Mi América está aquí! Por otra parte, entre los papeles de Dato ha quedado testimonio de que Lerroux cobraba con regularidad de los fondos privados del Ministerio de la Gobernación.
Pero si esos datos perfilan la catadura moral del personaje, no resuelven la cuestión del profundo significado del movimiento lerrouxista barcelonés. Lerroux pudo ir a Barcelona en connivencia con el Gobierno de Madrid —y aún dependiendo económicamente de él—, pero, como ha señalado Romero Maura, Lerroux no fue el primer demagogo que compareció en el escenario barcelonés, aunque sí el primero entre las masas obreras barcelonesas. Y para ese arraigo —que supuso la formación de un verdadero partido obrero— las 1.000 pesetas recibidas del Ministerio de Gobernación resul­tan una explicación muy pobre. Muchas más gastaron las izquierdas catalanistas en intentar hacer de Pere Coromines un leader atractivo para los obreros, y no lo consiguieron.
Aquellas elecciones de mayo de 1901 dieron unos días tensos en los que catalanistas y lerrouxistas presionaron al unísono para im­pedir que los caciques de los partidos de turno falseasen una vez más los resultados elec­torales. Aquellas elecciones —ha escrito Romero Maura en su imprescindible estudio sobre La Rosa de Foc— fueron importantísimas. Los caciques de los partidos monárquicos per­dían Barcelona para siempre. Los regionalistas entraban en la vida pública española por primera vez como partido organizado. El re­publicanismo barcelonés resucitaba. Los obreros de la ciudad se desperezaban y pronto entrarían masivamente en la política.
Efectivamente, Lerroux seguiría cultivando su clientela e iniciaría la formación de un par­tido en el que los obreros dejaban de ser sim­ples comparsas como lo habían sido en los viejos progresismos. Bien es verdad que el radicalismo —producto de este impulso le­rrouxista— estuvo lejos de ser un partido de clase obrera, y que los obreros aparecían a duras penas entre sus cuadros dirigentes, pero los obreros barceloneses comprobaron que Lerroux utilizaba un lenguaje inteligible y que parecía certeramente dirigido hacia ellos. En consecuencia, adoptaron a Lerroux como por­tavoz de sus intereses políticos.
La consistencia del movimiento lerrouxista se confirmó con el éxito en las elecciones municipales de noviembre de aquel mismo año. Lerroux prosiguió su tarea de configurar un partido que intentaba rebasar los marcos convencionales a través de iniciativas asistenciales, concretadas inicialmente en las lla­madas fraternidades republicanas —que pretendían ser algo más que los raquíticos casinos republicanos— y, más adelante, en las Casas del Pueblo, implantadas desde 1903, a semejanza del modelo socialista belga. Con esta iniciativa, Lerroux pisaba a los socialistas españoles la patente del invento, cosa de la que siempre se ufanó.

Esas instituciones fueron instrumentos utilizados por Lerroux para mantener su influen­cia sobre unas masas obreras desorientadas tras el fracaso de la huelga general de 1902. Para esa misma labor de representación po­lítica y de defensa de los intereses laborales, Lerroux se sirvió también de su posición como director de La Publicidad, el más importante de los periódicos republicanos de Barcelona.
En cuanto a sus colaboradores, Lerroux tratará de hacer compatible una actitud con­ciliadora con las figuras consagradas de la vida republicana barcelonesa, y la captación de jóvenes procedentes de campos ajenos al republicanismo y, sobre todo, del doliente anarquismo barcelonés.
Más adelante, cuando Lerroux extienda sus campañas propagandísticas a todos los puntos de la geografía española, el político barcelonés se preocupará de establecer contacto con figuras locales del republicanismo, para incor­porarlos a su organización barcelonesa Así se presenta en Barcelona el pontevedrés Emiliano Iglesias, después de aterrorizar a las beatas de Pontevedra con incendiarias soflamas anti­clericales. También acuden Juan José Rocha desde Cartagena, y Rafael Guerra del Río desde Las Palmas.
Por otra parte, y como ya se ha señalado. Según describe Romero Maura, el escenario político barcelonés  había quedado transformado después .de  las  elecciones  de   1901. Frente  al naciente movimiento lerrouxista —que aún no era  un partido diferenciado en el mundo republicano barcelonés— se alzaba un partido político  recién  nacido:   la  Liga Catalana   re vez desde 1901, del acta de día para empeorar las cosas, le complicaciones con la justicia delitos de prensa, de los que cuando en su inmunidad parlamentaria.  La reacción de Lerroux fue la creación del Partido Radical durante un mitin en el que arremete contra la reacción burguesa; pero al defender un mensaje po­lítico regenerador que pretendía superar las luchas de clases, no aceptaba la configuración de un enfrentamiento obrerismo-catalanismo. Esto explica el permanente interés del cata­lanismo de izquierdas (grupo de El Poblé Cátala que desembocará, en 1906, en el Cen­tre Nacionalista República) por implantarse en el mundo obrero. Pero esa tendencia aún tar­daría en perfilarse y lo que estaba claro tras las elecciones de 1901 era el enfrentamiento entre lerrouxistas y catalanistas.
La primera ocasión de contrastar las fuerzas de ambos movimientos se produjo con las dos elecciones (generales y municipales) cele­bradas en Barcelona a lo largo del año 1903.

En esa ocasión, los republicanos barcelo­neses estaban fortalecidos no sólo por la ac­tividad de Lerroux, sino también porque, por primera vez en bastantes años, los republi­canos españoles se encontraban casi com­pletamente reunificados como consecuencia de la Asamblea de Unión Republicana celebrada el 25 de marzo de aquel año, y de la que había salido un partido republicado unificado, bajo la dirección de don Nicolás Salmerón, el último superviviente de los jefes de 1873. En esta reunión republicana de 1903 sólo habían quedado al margen algunas facciones del federalismo y del progresismo.

Las elecciones generales de 26 de abril de 1903 dieron un gran triunfo a los republicanos barceloneses que, al obtener 35.000 votos, multiplicaron por siete los sufragios obtenidos en 1901. Los catalanistas no tuvieron más remedio que plegarse a la elocuencia de las cifras y, a modo de justificación, adujeron que la población barcelonesa se había dejado arrastrar por una especie de sugestión re­publicana. También sacaron a relucir los catalanistas algunos trapícheos de Lerroux, pero las elecciones municipales del 8 de noviembre del mismo año confirmaron la vic­toria republicana de las elecciones generales de abril y, lo que era más importante, otor­garon al lerrouxismo su principal base de operaciones de los años siguientes: el Ayun­tamiento de Barcelona.

El movimiento lerrouxista era por aquel en­tonces, y a pesar de la desesperación de los catalanistas, un fenómeno político que no sólo atraía a los sectores obreros, sino que encon­traba también el apoyo de algunos sectores burgueses. Ese apogeo de las fuerzas le­rrouxistas debió enconar la crisis interna del catalanismo, del que se separó un grupo iz­quierdista que fundaría El Poblé Cátala en el mismo año 1904.

Lerroux, por otra parte, compaginaba su ac­ción política barcelonesa con actividades conspiratorias de carácter pretendidamente re­volucionario en las que estableció contactos con otros líderes locales del republicanismo español (Blasco Ibáñez, Rodrigo Soriano) y otros que estaban muy cercanos a los medios terroristas, como podían ser Nicolás Estévanez o el propio Francisco Ferrer Guardia. Estas gestiones, de las que Lerroux no dio cuenta al. jefe nacional de su partido, Nicolás Salmerón, provocaron tensiones entre ambos líderes y condicionaron la trayectoria futura del repu­blicanismo barcelonés.

Las diversas elecciones que se celebraron en Barcelona a lo largo de 1905 apuntaron una cierta recuperación del catalanismo, pero, sobre todo, condujeron a una completa redis­tribución de las fuerzas políticas en la vida catalana.

Los acontecimientos arrancaron de la victoria relativa del catalanismo barcelonés en las elecciones municipales del mes de noviembre de 1905. Los militares de la guarnición barcelonesa se sintieron heridos por la propaganda antimili­tarista del catalanismo y asaltaron las redac­ciones de La Veu de Catalunyay del semanario Cu-Cut. El asunto desembocó en las Cortes y, al discutirse la suspensión de garantías soli­citada por el capitán general de Cataluña, Sal­merón ofreció la alianza de todas las fuerzas políticas catalanas para oponerse a la solicitud y para evitar una polarización que pudiera con­vertir a Cataluña en una nueva Cuba. La oferta fue inmediatamente aceptada por los catalanis­tas y la Solidaridad Catalana quedó perfilada.

Más allá de consideraciones coyunturales, el nuevo entendimiento implicaba la colabo­ración de fuerzas hasta entonces muy distantes (desde -el republicanismo hasta el carlismo) y resultaba lógico que no todos quedasen con­tentos con la nueva situación. Uno de ellos fue Lerroux, que inmediata­mente inició una furibunda campaña periodís­tica en contra de la coalición, hasta provocar una completa escisión del republicanismo bar­celonés. Son de entonces algunos de los más famosos e inflamados artículos de Lerroux (El alma en los labios, Mi evangelio y otros por el estilo) en los que el antisalmeronismo sólo es superado por el furibundo anticatalanismo que los inspira. Pero Lerroux fue incapaz de controlar todos los ór­ganos locales del partido y, lo que era mucho peor para él, perdió la tribuna que le brindaba la dirección de La Publicidad. Algunos meses más tarde, en junio de 1906, Lerroux sacó a la calle un nuevo periódico —El Progreso— que habría de convertirse en el principal portavoz del Partido Radical de los años siguientes. Emiliano Iglesias fue puesto en la dirección del nuevo periódico.

Situados en esta tesitura,.no fue extraña la derrota de Lerroux en las elecciones generales de abril de 1907, que le privaron, por primera Santander en enero de 1908. La fecha y la ocasión no significaron, evidentemente, mucho, pues la proclamación del nuevo partido no venía a añadir nada al ya consolidado movimiento lerrouxista. Por otra parte, los problemas judiciales se agudizaron y Lerroux se vio obligado a buscar un exilio que le llevó a la Argentina después de unos meses en Fran­cia. El lerrouxismo barcelonés quedó des­cabezado y a la espera de que amainara el temporal solidario. Al frente de la organización barcelonesa quedaba Hermenegildo Giner de los Ríos, mientras Emiliano Iglesias ejercía un liderato complementario desde la dirección de El Progreso.

El desplome del movimiento solidario no tar­daría en ocurrir, pues las grandes distancias ideológicas que separaban a los por entonces coaligados no podían dejar de causar ten­siones, y éstas se hicieron evidentes conforme se robustecía la idea de que el pacto solidario redundaba fundamentalmente en beneficio de los elementos conservadores del catalanismo.

Los dirigentes solidarios no parecieron ad­vertir las fisuras que se apuntaban y provo­caron unas elecciones parciales de diputados en la confianza de que podrían repetir el copo de abril de 1907. Pero la euforia de entonces había desaparecido y las elecciones parciales de diciembre de 1908 dieron la victoria a la candidatura lerrouxista, encabezada por su exiliado caudillo. Los resultados suponían, jun­to con la devolución del acta de diputado a Lerroux, el final de la aventura solidaria, aun­que los catalanistas se negaran, inicialmente a reconocerlo. Las elecciones municipales de mayo del siguiente año ratificaron la victoria de los radicales que recuperaron su plataforma política y su fuente de subsistencia: el Ayun­tamiento barcelonés.

Dentro del horizonte lerrouxista no había otra nube que la representada por el fortalecimiento de una nueva organización obrera —la Soli­daridad Obrera— que podría hacer peligrar la influencia del radicalismo en los medios obreros barceloneses. Pero, a finales de 1908, eso era tan sólo una posibilidad. Lerroux no se apresuró a volver de Argen­tina para hacerse cargo de su acta de dipu­tado, entre otras cosas, porque sus cuentas con la justicia tardaron en resolverse. Los radicales barceloneses, por tanto, esperaban apaciblemente la vuelta de su jefe, bien afian­zados en el Ayuntamiento y sin otra preocu­pación que contener la creciente presión de la Solidaridad Obrera.

Sin embargo, el recrudecimiento de la ac­tividad militar en el norte de África, en la primavera de 1909, sería ocasión de una gran agitación social en Barcelona y desembocó enun estallido revolucionario en la última semana de julio. Fue la Semana Trágica *. Grupos de agitación paralizaron la ciudad mientras que los impulsos violentos se orientaron fundamentalmente hacia la quema de edificios de la Iglesia.
El movimiento no tuvo nunca una dirección coherente y, mucho menos, un plan. Francisco Ferrer, fusilado como principal inspirador de la revuelta, tal vez pagó en esta ocasión su labor propagandística a través de la Escuela Moder­na y sus conexiones, mucho más claras, con el atentado realizado por Morral contra Alfon­so XIII (aunque Ferrer también fue encausado en aquella ocasión, no se pudo concluir su culpabilidad).
En realidad, los agitadores barceloneses no necesitaban un director de orquesta, porque se conocían la partitura casi de memoria. Una partitura que estaba en los incendiarios artí­culos escritos por Lerroux en los años ante­riores, especialmente los escritos con ocasión de sus campañas antisolidarias.
En uno de sus artículos más conocidos —El alma en los labios, de 9 de diciembre de 1905— co­mentaba así el asalto de los militares a las redacciones de las publicaciones catalanistas: Yo digo que si hubiera sido militar, hubiera ido a quemar La Veu,el Cu-Cut,la Lliga y el palacio del obispo, por lo menos. Y, a con­tinuación, añadía lo que hoy nos parece un perfecto programa de lo que ocurriría en la Semana Trágica: Y si yo hubiera estado en Barcelona la noche de «autos» hubiéramos ido el pueblo y yo a quemar varios conventos, es­cuelas de separatismo, y a llamar a la puerta de los cuarteles, y a decirles a los soldados que antes que la disciplina están, en la con­ciencia de los hombres, la libertad y la patria.

Aparte de la identificación sugerida entre catalanismo y clericalismo, que era una forma de descalificar a la izquierda catalanista, el programa revolucionario quedaba nítidamente trazado. Tiene, por eso, razón Romero cuando afirma: El patrón a que obedecieron los su­cesos de la Semana Trágica no responde en sus rasgos generales más que a una expli­cación que reconduce la conducta seguida a las actitudes del republicanismo radical. Los anarquistas —salvadas las excepciones in­dividuales— se condujeron como republicanos lerrouxistas.

Pero una cosa era plantar la semilla y otra ponerse a segar cuando el clima se caldea. Emiliano Iglesias se quitó de enmedio cuando previo que podían intentar ponerle a la cabeza del movimiento, y Lerroux, que aún no estaba seguro de cómo le iba a recibir la justicia es­pañola, fue informado de los sucesos cuando el barco en el que viajaba desde Argentina hizo escala en Canarias y consideró mucho más oportuno seguir camino hacia Inglaterra. Esto no impidió que, al volver a Barcelona a finales de año, se constituyera en rehabilitador de aquellas jornadas revolucionarias y acometiera una campaña para conseguir la libertad de los encarcelados por aquellos sucesos.

La defección de los líderes radicales podría haber provocado una rotunda pérdida de credibilidad del partido en el mundo obrero, y no han faltado los que han situado ahí el comienzo del declive del radicalismo barce­lonés. Hay razones, sin embargo, que permiten poner en duda esa apreciación.

La principal razón es la trayectoria del par­tido en las posteriores confrontaciones elec­torales, que más bien sugiere un declive lento de las posiciones radicales, en la medida en que se reforzó el asociacionismo obrero y las organizaciones políticas de clase.

Por lo pronto, las elecciones municipales de diciembre de ese mismo año 1909 confirmaron una clara mayoría de los radicales, tanto sobre la izquierda catalanista como sobre los conser­vadores de la Lliga. El radicalismo seguía con­tando con el apoyo del censo electoral obrero, pero no por mucho tiempo.


De todas formas, si no hay un inmediato declive del radicalismo barcelonés, sí que se puede apreciar un cierto cambio de clima a partir de los sucesos de la Semana Trágica. Un cambio que se concreta en el intento de trascender el marco barcelonés, tal vez porque Lerroux previo que el declive del movimiento barcelonés-era inexorable.
Fruto de esa nueva orientación es la acti­vidad propagandística de Lerroux en Madrid y la fundación, también en la capital de España, de un nuevo periódico —El Radical— que ocasionaría un fugaz movimiento de atracción en los círculos intelectuales madrileños. De este fenómeno quedan testimonios en las páginas de Pío Baroja, Ortega y Azorín  que tuvieron sus inclinaciones izquierdistas, sobre todo el último.
El declive barcelonés, de todos modos, ter­minó por producirse, y de ello son buena mues­tra los negativos resultados de las elecciones municipales de noviembre de 1911, debidos:, sin duda, a la presión de la CNT sobre el mundo obrero barcelonés y también a los escándalos provocados por los radicales con motivo de su gestión municipal.
El retroceso se engloba dentro de un fe­nómeno general de debilitamiento del repu­blicanismo barcelonés (también del catalanis­ta), que ni siquiera lo detuvo la alianza —contra natura— entre los radicales y los catalanis­tas de la UFNR (Pacto de San Gervasio, de febrero de 1914). El desenlace fue que, tras las elecciones municipales de noviembre de 1915, los radicales perdieron el control del Ayuntamiento de Barcelona, después de haberlo mantenido casi ininterrumpidamente desde 1903. Con el Ayuntamiento, lógicamen­te, los radicales perdieron su base de ope­raciones y se enfrentaron al problema de bus­car nuevos horizontes, pues el episodio bar­celonés parecía terminado.
Eso no impedía que la implantación bar­celonesa del radicalismo siguiese propor­cionando sus dividendos y Lerroux aún pudo ser protagonista destacado en los aconteci­mientos del verano de 1917, pero la suerte ya estaba echada. En las elecciones de 1918, Lerroux perdió su acta por Barcelona y, aun­que la recuperó en las elecciones de los años siguientes, el partido tuvo ya que conformarse con minorías angustiosamente conseguidas.

Acababa, en definitiva, la historia de un fenómeno político que había contribuido po­derosamente a la transformación de la vida política barcelonesa y a la superación del mar­co creado por la restauración canovista. El episodio del lerrouxismo radical no era sólo Una cuestión de oportunismo político, llevada a cabo por un mercenario inmoral.

Lerroux estaba, desde luego, muy lejos de la pureza política inmaculada; él fue siempre el primero en reconocerlo. Pero negar categoría a sus realizaciones barcelonesas durante la primera década de siglo es algo que si tuvo sentido político entonces, hoy debemos superar los historiadores para no quedarnos perezo­samente anclados en trasnochadas claves.
Allí hubo efectiva movilización y una notable capacidad organizativa que, por encima de defectos e inmoralidades, contribuyó a moder­nizar la escena política barcelonesa. Y la vida barcelonesa no era en aquellos años, como no lo ha sido casi nunca, un lugar más de la vida política española, sino un puesto de avanzada, un escaparate que servía como punto de ex­perimentación y referencia para el resto del país.
El Partido Radical, por lo demás, trató de continuar su trayectoria como partido nacional y, tras un desvanecimiento impuesto por su propia debilidad y por la dictadura de Primo de Rivera, reapareció en la Segunda República como uno de los principales catalizadores de los votos populares. Era, ciertamente, un partido bastante diferente de aquel que se había desarrollado en Barcelona a comienzos de siglo, pero los viejos clichés siguieron operan­do y el propio partido fue incapaz de crearse una nueva imagen. Los escándalos de 1935 parecieron confirmar una continuidad en don­de, pese a todo, se habían producido numerosas modificaciones en un contexto en el que la clase trabajadora animada por los anarquistas, comienza a tener más confianza en sí misma, más capacidad organizativa.
De todo aquello, apenas si queda el recuerdo, unas páginas en los libros de historia. Por eso es bastante probable que, entre el inmenso gentío que cada 11 de septiembre se moviliza en Cataluña, sean escasos los que sepan el significado de la palabra lerrouxismo, una palabra –repito- hoy en total desuso.



Este trabajo se basa en la lectura de dos de las mejores obras sobre el periodo, la de Joaquín Romero Maura, Larosa de fuego. El obrerismo barcelonés de 1899 (RBA, Barcelona, 2012) yel de JoséÁlvarez Junco.El emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista. Alianza Editorial. Madrid, 1990).

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