Mostrando entradas con la etiqueta venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta venezuela. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de octubre de 2019

El derrumbe de la industria del petróleo en Venezuela es una historia que comenzó en los 90 a




elEconomista.es
12/06/2019

Un desplome de la producción de petróleo tan drástico y prolongado como el que está sufriendo Venezuela es "un hecho casi sin precedentes", aseguran desde el Instituto Internacional de Finanzas (IIF). La producción de petróleo del país caribeño ha caído más de un 70% desde sus máximos históricos, un descenso que ha ganado fuerza en los últimos años, pero que dio comienzo a finales de los 90, lo que deja entrever que la mala gestión pública no es cosa de dos días. El país con más reservas de petróleo del mundo sufre escasez de gasolina durante ciertos periodos.
Los datos que muestran los economistas del IIF destacan que la producción del país lleva cayendo desde finales de los 90, perdiendo peso dentro de la OPEP y en la cuota de mercado global. 
Estos expertos destacan que la producción ha caído con más fuerza en los últimos tiempo con la imposición de sanciones, "pero la mala gestión de PDVSA (la petrolera pública) desde mediados de los 90 también forma parte integral del colapso de la industria".
La producción de petróleo en Venezuela tocó techo en 1998 con un bombeo de 3,5 millones de barriles diarios (mbd), lo que suponía alrededor del 14% de toda la producción de la OPEP. Hoy, la extracción de crudo ha caído por debajo del millón de barriles por día, poco más de 3% de la producción del cártel liderado por Arabia Saudí.
Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela se produjeron cambios importantes en la política petrolera del país que pudieron minar la inversión en la industria y la eficiencia en la producción. Robert Rapier, ingeniero químico y consultor energético, destacaba un columna en Forbes que en la huelga general de 2002 y 2003 Chávez despidió a 19.000 empleados de PDVSA para reemplazarlos por trabajadores fieles a su gobierno.
Estos despidos masivos y a discreción fueron nocivos para el mantenimiento y los planes de futuro de la empresa. Trabajadores con gran experiencia y conocimientos se quedaron en la calle, mientras que otros que sabían poco de petróleo pasaron a engrosar la plantilla de la empresa pública.
A esto hay que sumar todos los años que Venezuela ha estado vendiendo petróleo subsidiado (por debajo del precio de mercado) a países con regímenes afines al de Maduro. Esto junto a las políticas de gasto social implementadas por los gobiernos bolivarianos han reducido la cantidad de los ingresos del petróleo que se podían dedicar prolongar la vida de la 'gallina de los huevos de oro'.
La producción del país se resentía cada vez que los precios del petróleo corregían en el mercado, el problema es que esas pérdidas de producción se recuperaban pocas veces cuando el 'oro negro' volvía a subir de precio. Venezuela fue perdiendo peso dentro de la OPEP año tras año, los ingresos por petróleo aumentaban porque el barril era cada vez más caro (llegó a costar más de 140 dólares por barril), no porque el país aumentase su capacidad de producción.

Con la aparición del fracking y la extracción de shale oil en EEUU, el mercado de petróleo cambió de forma importante. Un competidor que quiere jugar con las reglas del mercado y que se niega a participar en el cártel de la OPEP. El precio del petróleo se desplomó a finales de 2014 y probablemente no volverá a ver los precios del pasado (hoy el Brent cotiza a 62 dólares por barril). Esto ha terminado de hundir a una industria venezolana que no se había renovado y que ahora no puede ni pagar las tareas más básicas de mantenimiento.
Desde el IIF señalan que "la caída acumulada de la producción desde 2015 no tiene casi precedentes y es probable que se prolongue si la política del país no cambia. La carencia de recursos para mantener las infraestructuras petroleras limitan más a esta industria que las sanciones, ya que Venezuela aún cuenta con el apoyo de sus clientes en Asia, lo que le permitiría redireccionar sus exportaciones". 
Pero el problema es que Venezuela está bombeando poco más de 900.000 barriles por día.
Las sanciones impuestas por EEUU al crudo venezolano, los cortes de electricidad que impiden el correcto funcionamiento de la industria y unas infraestructuras petroleras que se encuentran dañadas son la combinación de factores que han producido el reciente colapso, que sin embargo venía gestándose desde hace más de una década.

"El petróleo es la única entrada de divisas, por lo que la baja producción supone una mayor compresión de las importaciones, agravando la escasez de bienes básicos. Teniendo en cuenta los compromisos (con China o Rusia) de pago de deuda en especie (petróleo), el efectivo libra para importar bienes se reduce todavía más", señala la nota del IIF.

El pasado mes de mayo, el banco central del país admitió que la actividad de la economía de Venezuela había caído un 53,4% en los últimos cinco años, mientras que la hiperinflación que asola el país caribeño alcanzó el 130.060% en 2018. El deterioro de la situación económica de Venezuela tiene su reflejo en el desplome de los ingresos por las exportaciones de petróleo, que en 2018 sumaron 29.810 millones de dólares (26.793 millones de euros), frente a los 85.603 millones de dólares (76.940 millones de euros) de 2013.

De un país de emigrantes a emigrados.

Hasta hace unas décadas Venezuela se caracterizaba por ser un país receptor de migrantes. En el imaginario colectivo aún se tiene presente la política promovida por presidente venezolano  Marcos Pérez Jiménez, quién en la década de 1950 incentivó la inmigración de campesinos y trabajadores provenientes de España, Italia y Portugal, que huían empobrecidos después de la Segunda Guerra Mundial, en un intento de «modernizar» y «blanquear» el país («mejorar la raza»). En contraste, se estigmatizaba a los inmigrantes provenientes de Colombia, Perú, Ecuador y las Antillas, que veían en Venezuela una tierra de oportunidades.
A partir del año 1973, con el boom petrolero, aunado a las dictaduras del Cono Sur, hubo otra gran oleada de migrantes hacia Venezuela. 


Esta situación cambia con las sucesivas devaluaciones de la moneda a partir del «viernes negro» (1983) y la crisis socioeconómica que devino en el Caracazo (1989), que marcan quiebres políticos e institucionales en el país. Luego de estos acontecimiento pueden detectarse las primeras oleadas de emigrantes venezolanos. El perfil de los migrantes en ese momento era profesional, muchos de ellos eran descendientes de los europeos llegados en la década de 1950.
Durante la era del chavismo en el poder se distinguen tres oleadas migratorias: la primera entre 2002 y 2003, luego del golpe de Estado fallido contra el el presidente Hugo Chávez y el paro petrolero; la segunda entre 2006 y 2007, con la primera reelección del presidente Chávez; y la tercera, más grande, durante los últimos  años, que ha ido incrementándose con el tiempo, especialmente a partir de 2015. 
Las primeras dos mantenían el perfil del migrante de finales de los años 80: profesionales, empresarios, capas medias y altas de la sociedad. La tercera tiene un perfil más democratizado, que abarca a toda la estructura social venezolana, y por consiguiente una mayor cantidad de personas humildes.


Éxodo de la población

Consecuencia de la crisis económica y política de Venezuela, a provocado un enorme éxodo de población, muchos no volverán mas a país bolivariano.
Unos cuatro millones de personas han abandonado Venezuela desde finales de 2015, según un cálculo de la ONU divulgado en junio  de  2019. La mayor parte de ellas se han trasladado a otros países de América Latina.
Los países receptores son:  Colombia (1.300.000), Perú (768.000), Chile (288.000) y Ecuador (263.000); Y el flujo de venezolanos no cesa y se incrementa en decenas de miles mes a mes, aun con pandemia del coronavirus.

Estados Unidos.

La población de origen venezolano en Estados Unidos registró un crecimiento de 352 por ciento entre el 2000 y el 2017, un aumento explosivo que expertos atribuyen, en parte, a la estampida propiciada por la grave crisis económica y política que atraviesa Venezuela.
Los venezolanos pasaron de 93,000 personas a 421,000  en ese periodo y el 52 por ciento vive en Estado de la  Florida, el 11 por ciento en Texas y el 4 por ciento en Nueva York, de acuerdo con un análisis del Pew Research Center de la encuesta sobre la comunidad estadounidense realizada por la Oficina del Censo.
Junto a los dominicanos y los guatemaltecos, los venezolanos constituyen uno de los grupos hispanos que tuvieron un mayor crecimiento desde el 2010.

domingo, 16 de junio de 2019

El éxodo venezolano, un viaje sin boleto de regreso.-a


Viernes, 24 Mayo 2019
El régimen de Nicolás Maduro ha expulsado a más de 3,7 millones de venezolanos, obligados a emigrar por razones políticos o económicas. La mayoría de esa gente no regresará, aunque la oposición recupere el gobierno, coincidieron expertos reunidos ayer jueves en Barranquilla, Colombia.

La catedrática de la colombiana Universidad del Rosario, Francesca Ramos Pismataro, dijo en el panel sobre la migración en Venezuela, realizado en el marco del “Business Future of the America”, que solamente regresará entre el 15% y el 20% de los que emigraron. 
“Los primeros que retornarían son los altamente calificados, pero la gran mayoría se va a quedar en los países a donde han emigrado, especialmente en Colombia”, anotó Ramos, invitada al foro en su calidad de directora del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario.
En su opinión, es tan grave la situación económica en Venezuela, que el ingreso per cápita es el mismo de hace 70 años y que los actuales niveles de desnutrición infantil tendrán alto impacto en las generaciones futuras.
Un total de 63.000 venezolanos cruzan a diario la frontera entre Colombia y Venezuela, 2.500 de los cuales se quedan en el país. Por su parte, el analista líder de la consultora Control Risk, Antonia Ecklund, “no se ve una pronta salida a la crisis venezolana” e incluso anticipó que por lo menos durante este año Maduro seguirá en el poder y agregó que las acciones o negociaciones que se realizan para buscar la salida del actual régimen en Venezuela tiene que considerar las posiciones que asuman países como Rusia, Cuba y China, quienes buscarán proteger sus intereses. En cuanto a una posible intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, Ecklund la consideró poco probable porque sería una “carta muy costosa” para el presidente Donald Trump con miras a su reelección.
Entre tanto, el presidente de la junta directiva de AmCham Venezuela, Francisco Sananez recordó que la crisis en Venezuela comenzó con la implementación de una política asfixiante a la iniciativa privada en favor de una economía estatizada, con la cual se pasó de 7.500 empresas a tener menos de 2.500 en la actualidad.

Estatuto especial

En tanto, una legislación bipartidista que permite a los venezolanos en Estados Unidos solicitar el Estatuto de Protección Temporal (TPS), que impide su deportación y les autoriza a pedir un permiso de trabajo y viaje, fue aprobado en un comité del Congreso.




La odisea de los venezolanos que se convirtieron en ciudadanos brasileños.-


Dorianny Torres acaba de amamantar a su hijo pequeño Luis Joel y le entran ganas de comer algo dulce. “Un caramelo, una galleta”, comenta, sentada en la hamaca de la casa de PVC en la que se encuentra. “Es la ansiedad”, concluye. Dentro de algunas horas, esta venezolana de 30 años embarcará rumbo al estado de Minas Gerais, sureste de Brasil, saliendo de Boa Vista, al norte del país, acompañada de sus seis hijos. La mayor, Estrella, de 10 años, lleva un vestido de flores fruncido. Su pelo está adornado con una hilera de clips de colores, al igual que sus hermanas: Kereane, de 5; Luciane, de 7; y Victoria, de 6. Abraham, de 8, era el único varón, hasta la llegada de Joel. Es la primera vez que se subirán a un avión, rumbo a una ciudad desconocida. Pero no hay alternativas. Necesitan sobrevivir y en Brasil encontraron un camino.

Todos sus hijos nacieron en Ciudad Bolívar, menos Joel, a quien Dorianny dio a luz cuando vivía en un campamento de refugiados en Boa Vista, capital del estado de Roraima. El 8 de septiembre, tuvo contracciones y la trasladaron al hospital público de la capital, en plena pandemia. Joel, mofletudo y dueño de unos ojos negros despiertos, nació de parto normal. Su vida, desde entonces, no se diferencia solamente por haber venido al mundo desde un lugar distinto al de sus hermanos. Joel es la síntesis de un nuevo ciclo de inmigración que acoge Brasil, desde que Venezuela se hundió con el Gobierno de Nicolás Maduro. 
Si hasta la primera mitad del siglo XX, eran portugueses, italianos, japoneses y alemanes quienes llegaban a Brasil en busca de una vida mejor y huyendo de los horrores de las guerras mundiales, en este siglo, los venezolanos huyen de un país que se empobrece cada día más desde que Maduro asumió el poder y recrudeció la persecución a los opositores. 
Las continuas crisis y las detenciones injustificadas de quienes no están de acuerdo con Maduro llevó a Estados Unidos a determinar, en 2015, un bloqueo económico a Venezuela, país sumamente dependiente de la exportación de petróleo. El impacto fue inmediato, y la población pasó a convivir con la escasez, la inflación y un mercado paralelo de dólares. La represión aumentó y el país entró en lo que los analistas llaman cubanización.

Desde 2015, la cifra de venezolanos que cruzaron la frontera para llegar a Brasil ha subido. Sin embargo, desde 2018 hubo un salto vertiginoso en la entrada de venezolanos que los ha convertido en la comunidad extranjera más numerosa en el país. La ciudad de Pacaraima, frontera con la ciudad venezolana de Santa Elena de Uairén, en el norte de Brasil, estaba recibiendo una media de 500 personas al día, flujo interrumpido por la pandemia que cerró las fronteras en marzo de este año.

Hoy viven 262.475 venezolanos en Brasil, más del doble que hace dos años. La mayoría, en condición de migrante, solicitando vivir aquí con un visado de al menos dos años. Otros 46.647 aceptaron la condición de refugiados, argumentando la falta de condiciones de derechos humanos en su país de origen. Hay, además, 102.504 venezolanos con solicitudes de refugio pendientes, en lista de espera para conseguir la documentación que los aceptará como residentes.
 Configuran la cifra más alta de peticiones de refugio por nacionalidad, según el Comité Brasileño de Refugiados (CONARE). Por los registros de migración del Ministerio de Justicia de Brasil, los venezolanos superaban en cantidad a portugueses, haitianos y bolivianos, que hasta hace poco representaban los principales grupos extranjeros residentes en Brasil.

La gran masa de venezolanos que ha entrado en Brasil a partir de 2018 lo hizo por Pacaraima, y buena parte se ha quedado allí o en la capital de Roraima, Boa Vista, a tres horas de la frontera. Con el flujo concentrado en el norte, el resto de Brasil no se dio cuenta de la evolución silenciosa de la migración de los venezolanos. Nadie conoce tan bien ese nuevo ciclo migratorio como los habitantes de Roraima. No es una convivencia muy tranquila que se diga.
 Los venezolanos ya ocupan el 40% de las camas de hospital del Estado, alertó el gobernador Antonio Denarium en febrero de este año, cuando una protesta en Pacaraima trataba de impedir la entrada de nuevos venezolanos. La mitad de los alumnos en las escuelas de Pacaraima también son niños de Venezuela. El Gobierno brasileño no se preparó para una respuesta a la altura de la migración, y Roraima no estaba capacitada para el nuevo desafío. Ha sido un camino accidentado para los que llegan por el norte del país.

Un escenario que se repite a lo largo de la historia de Brasil, un país forjado por centenas de nacionalidades que aquí arriban. Los primeros japoneses que llegaron, a comienzos del siglo XX, por ejemplo, también vivieron resistencias. En 1914, São Paulo contaba con 10.000 inmigrantes japoneses que huían de las dificultades del Japón feudal. Brasil tenía, por aquel entonces, 25,5 millones de habitantes. Venían a trabajar en la agricultura cuando Brasil se vio obligado a renunciar a la mano de obra esclava tras la abolición de la esclavitud en 1888.
 Llevó un tiempo hasta que se ganaran el respeto de los dueños de las tierras que los contrataban. Hubo episodios de racismo y prejuicio en su momento, iguales a los que los venezolanos se enfrentan en las ciudades de Roraima.

Adaptación y acogida

El total de venezolanos en Brasil es un pequeño porcentaje si se compara con la masa de 5,5 millones que ya se ha ido a otros países, especialmente a Colombia y Perú —cada uno ha recibido a más de un millón de ellos—y Chile (casi medio millón). El territorio brasileño ya es el quinto receptor de venezolanos, según la Organización de los Estados Americanos (OEA). Por tener un idioma diferente, Brasil ha sido la última opción para emigrar. Pero, ante la reticencia de esos países menos poblados, que acogieron a muchos más venezolanos antes, era mejor encarar las diferencias.

Brasil también facilitó el camino. 

Redujo la burocracia para recibirlos al declarar que Venezuela era un país en el que se cometían graves y generalizadas violaciones de derechos humanos. El Comité Nacional de Refugiados adoptó el procedimiento prima facie, que elimina las entrevistas detalladas —y demoradas— en las que se decide si se le concede o no al extranjero el visado de residencia temporal o de refugiado. Este mecanismo garantizó una facilidad inédita para acoger a los venezolanos en el continente. Hoy, de los poco más de 49.000 refugiados en Brasil de distintas nacionalidades, el 95% son venezolanos.

El Gobierno de Jair Bolsonaro asumió y amplió la llamada Operación Acogida, creada en 2018 durante el Gobierno de Michel Temer, con el trabajo conjunto de 12 ministerios, que facilitaron el acceso de los inmigrantes venezolanos. “Hay una sensación en Venezuela de que Brasil trata bien a los suyos”, dice David Smolansky, exalcalde de El Hatillo, uno de los distritos de Caracas, capital de Venezuela. Smolansky actúa hoy en la Organización de los Estados Americanos (OEA), en Washington, el el grupo que monitorea a los venezolanos que emigraron.

Él mismo vino huyendo de la furia de Maduro, que empezó a perseguirlo en su condición de opositor. Cuando recibió una orden de detención, se vio obligado a permanecer en la clandestinidad. Durante tres o cuatro días recorrió más de 1.000 kilómetros rumbo a la frontera disfrazado de seminarista para no ser reconocido. Con gafas, sotana y sin barba, Smolansky logró llegar a Brasil en 2017, con la ayuda del entonces ministro de Relaciones Exteriores, Aloysio Nunes. De allí, continuó hacia Estados Unidos, donde empezó a trabajar por una coalición para restablecer la democracia plena en Venezuela.

Seguridad social, Bolsa Familia y renta de emergencia.

El Gobierno brasileño ha garantizado a los que llegan de otro país, como los venezolanos, a que puedan vivir como ciudadanos brasileños (con excepción de votar). Tienen su propio Documento de identificación fiscal, frecuentan la sanidad pública, sus hijos van al colegio y pueden circular libremente por el país. Y muchos reciben las ayudas del programa gubernamental para familias con pocos recursos, conocido por Bolsa Familia. Durante la pandemia, tuvieron acceso incluso a la renta básica de emergencia para superar la crisis sanitaria. 
Al menos 42.519 recibieron este subsidio de la Caixa Econômica Federal, institución financiera estatal de Brasil. El presidente del banco, Pedro Guimarães, llegó a decir en una entrevista que en la ciudad de Pacaraima hay más venezolanos que brasileños cobrando la ayuda. El dinero alimenta, pero parte de él se va a Venezuela, para ayudar a los parientes necesitados. 
Lo que acá es poco, allá es mucho”, dice Dorianny, que tuvo la ayuda del Bolsa Familia y acceso a la renta emergencial durante la pandemia. Parte de lo que le llega se lo envía a sus padres.

El éxodo venezolano, el más grande de América Latina de la historia reciente, correspondía al 15% de su población de 2017. En proporción, sería como si 33 millones de brasileños se fueran del país a lo largo de tres años debido a persecuciones políticas, huyendo del hambre o para rescatar la dignidad y garantizarles a sus hijos unas mínimas condiciones de vida. Hoy, el 96% de los venezolanos que se quedaron en su país son considerados pobres. “Hoy, todos en Venezuela tienen dos sueños: comer o irse del país”, dice Raúl Escalona, director de teatro, de 74 años, que llegó a Brasil en 2018.

Raúl siguió los pasos de su hijo, Carlos Escalona, un periodista que se marchó a Brasil tras ser amenazado por no querer participar, en 2016, en una trama de corrupción en la televisión estatal en Maracay, capital del estado de Aragua. El hecho ocurrió cuando era gerente de producción de un programa cultural. A Carlos le retuvieron su sueldo ocho meses como forma de presionarlo.
 “Me decían que la solución estaba en mis manos”, recuerda. Pusieron a prueba su límite con un secuestro exprés en el que le amenazaron con perjudicar a sus padres y a su novia, Marifer, por no querer firmar unos presupuestos inflados en TeleAragua. 

“Me pegaban mientras decían cosas puntuales del trabajo”, cuenta. Después dispararon, al aire, para asustarlo. Carlos no aguantó y decidió emigrar.

Su padre se dio cuenta en ese momento de que quedarse en Venezuela pasaba a representar un riesgo de muerte. Él ya había sido vicepresidente de TeleAragua en los tiempos de Hugo Chávez, y en aquel momento ya sentía que había interferencias en la labor periodística del canal. Pero el atentado a su hijo fue un golpe de realidad. 
“Fue un llamado de atención, de algo muy serio que estaba pasando que va a superarte”, recuerda Raúl. Mientras su hijo elegía Brasil como destino, él y su esposa, Elvira, decidieron vivir un año en Ecuador, en 2017.
Los acuerdos entre los dos países facilitaban que pudiera cobrar allí la jubilación a la que tenía derecho en Venezuela. Pero la nostalgia les pudo y decidieron regresar al cabo de un año. Fueron a Isla de Margarita, donde tenían una casa que guardaba recuerdos de tiempos felices. Quedarse allí parecía una buena idea, lejos de los centros más agitados políticamente, hasta que se calmaran las aguas. Pero todo estaba diferente.
 “En un año, el país había sido arrasado”, recuerda Raúl, junto a Elvira, en la cocina del apartamento de su hijo, Carlos, en São Paulo. La flamante isla estaba abandonada, y encontrar alimentos básicos era una tarea cada vez más difícil. “Un día, nos levantamos y decidimos marcharnos”, dice Raúl.

En la maleta, tan solo dos altavoces y la certeza de que la vida nunca más sería igual. “A los setenta y tantos años me vi teniendo que salir de mi zona de confort”, asegura Raúl. Tomaron un barco, un autocar, un coche y siguieron hacia la frontera de Venezuela con Brasil. De allí, siguieron hacia Boa Vista y, luego, a São Paulo, donde ya estaba viviendo Carlos. Ahora, padres e hijo viven cerca, en la zona este de São Paulo. El otro hijo, Miguel, emigró a Estados Unidos. Raúl ya se ha adaptado a la capital paulista y no mira hacia atrás. “Mi hoy es Brasil.

Brasileños herederos de Venezuela.

Afrontar la vida en un nuevo país es también abrirse a la posibilidad de tener descendencia lejos de su tierra. En el campamento Janokoida, en Pacaraima, ya hay varios brasileñitos hijos de venezolanos. En ese campamento, destinado exclusivamente a los indígenas de la familia Warao —de los primeros venezolanos que migraron a Brasil—, viven cerca de 450 integrantes de dicho pueblo. Seis nacieron en Paracaima. 
Hablan español, portugués y warao”, explica con orgullo Teolinda Moralera Warao, una de las seis líderes de su pueblo. Los líderes dividieron el espacio para garantizar la organización. Teolinda es la responsable de 23 familias. Dos de los niños brasileños son nietos suyos. Williaimis y Lucas, hijos de sus hijos, Eliaimis y Cruz Antonio.

El espacio es una enorme nave adaptada a la cultura warao con el apoyo del ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) y de las Fuerzas Armadas brasileñas. Duermen en hamacas extendidas a lo largo del espacio, divididos por familias. Plantan parte de sus alimentos y tienen materia prima para elaborar sus artesanías y utensilios domésticos, como bandejas y bolsos, al igual que hacían en su tierra, en el municipio de Antonio Díaz. Teolinda hacía su trabajo e iba a la ciudad a vender las artesanías de su comunidad, lo que ayudaba al sustento de la familia. También cantaba y hacía presentaciones de danzas típicas de su cultura para los turistas. La casa en la que vivía con su familia era suya.

Pero los días se fueron haciendo más duros, el dinero escaseaba y tenían pocos recursos para sobrevivir. Un día, la casa se vino abajo, como si se tratara de un presagio de lo que vendría después. Lo más trágico de esa realidad se cebó con la familia de su hija, Celenia. Un brote de cólera llegó a su región y provocó la muerte de niños y ancianos. El cólera se llevó a su nieta, Celiaini. Su hija estuvo gravemente enferma, sus pulmones se vieron afectados.
 “Vine aquí desesperada hace tres años”, recuerda. Junto a su esposo y sus otros dos hijos, se subieron a un auto que iba de camino y salieron de la ciudad. Llegaron a San Félix y, desde allí, partieron hacia Santa Elena, frontera con Pacaraima. Contaron con el apoyo de la parroquia de la ciudad y del ACNUR para salvar a Celenia, que afortunadamente se recuperó. Llegaron con lo puesto y vivieron de donaciones de comida hasta que se integraron en el campamento. “He venido para que tengan un futuro. Aquí hay sanidad y educación.”

Vivir en Brasil: corazones rotos.

No todos viven la mudanza a Brasil con tanto desprendimiento. La morriña duele, la soledad lastima y la sensación de desplazamiento ante una cultura diferente a menudo golpea fuerte. El comienzo en otro país en busca de oportunidades para mantenerse también deja huellas. Edward, trabaja como vendedor en un centro comercial en Boa Vista, sabe que ya vivió momentos mucho más duros que los actuales.
 Llegó hace dos años, sin ninguna perspectiva, pero con el firme propósito de establecerse. Vivía con un primo suyo y hacía pan para venderlo. Muchas veces no lo lograba, y lo repartía en las plazas donde sus conterráneos, que también habían ido a probar suerte, dormían a la intemperie. Hoy, con un contrato de trabajo, sabe que ha superado las dificultades.
 “Pero es difícil, hay días que es muy difícil”, dice él, cuya familia está en Venezuela. Al mismo tiempo que quiere quedarse para construir su nueva vida, quiere regresar a su país.

La pandemia y la frontera cerrada desde marzo acentúan la angustia. Aunque Boa Vista esté cerca de la frontera con Venezuela, la perspectiva de no poder moverse deja más evidentes la distancia y la añoranza, sin la posibilidad de circular libremente. A muchas familias se les divide el corazón cuando cruzan la frontera. Por una parte, hay una gratitud por superar las necesidades básicas y rescatar la dignidad en Brasil. 
Por otra, una renuncia dolorosa. “Nunca en la vida pensé que saldría de Venezuela, menos aún en esas condiciones”, dice Samired Velandria, de 34 años, que vivía en Caracas hasta 2018.
 El 24 de octubre de ese año sacó fuerzas para venir a Brasil para cuidar de su salud. Samired tuvo un cáncer de tiroides y tenía que tomar una hormona diariamente para el afrontar el postoperatorio. Pero en su ciudad no la tenían. Y, cuando había, el precio era prohibitivo. “Me encontraba muy mal”, recuerda Samired, que ahora está instalada en un apartamento en São Paulo, donde vive con su hijo y su novio, que llegó este año.

Con una Venezuela de mal en peor, decidió seguir el consejo de su hermana, Saray, que ya había recalado en Brasil un año antes con su marido y su hija. 
“Me decía que ese medicamento era barato aquí y que se podía conseguir gratis en los servicios públicos”, recuerda. 
Salvar su salud sería la razón más lógica para emprender el viaje. También había una expectativa de rescatar un poco de la seguridad que se quedó en su pasado. “Vivir más o menos dignamente... a veces no había gas, o no había luz”, afirma.

Vino sola en un autocar con su hijo, Samir, que por entonces tenía 10 años, siguiendo la ruta que un año antes hizo su hermana. Llegó a Pacaraima, donde pasó los primeros 15 días. Estuvo un tiempo en un campamento de refugiados en Boa Vista, hasta llegar a São Paulo, para instalarse en un albergue religioso de Missão Paz, en el centro de la ciudad. Conoció a multitud de extranjeros como ella y, a los cuatro meses, consiguió un trabajo, en el que está hasta hoy. Es redactora de una agencia de publicidad extranjera. Alquiló un piso, en el que vive con Samir y, desde hace pocos meses, con su novio.

Su hijo Samir, de 12 años, está a gusto en su nuevo país. “A veces echa de menos a la familia, pero no es algo que le afecte tanto”, dice su madre. Samired, por otro lado, se frustra por haberse visto desgarrada de su país. “Hoy no tengo la esperanza de volver. Pero pienso volver un día”, afirma.

—¿Aunque sea dentro cinco o diez años?

―Sea cuando sea.

Su familia está partida por la mitad en la geografía del continente. En Monagas, donde nació, están su padre, su hermana y dos hermanos. Ahora, en Brasil, están Samired, su hermana Saray y otros tres hermanos. Todos trabajan. El sueño de Samired es que toda su familia esté cerca de nuevo. Lo que no sabe es si será allí o aquí.

Crecer en Brasil.

Samuel Cazorla también sueña con traer a sus padres, que se quedaron en Valencia. Pero, a sus 29 años, se siente feliz por haber realizado su principal objetivo en Brasil. Hace tres años empezó desde cero la barbería Samuel Barber Shop, en Boa Vista, a la que acuden entre 30 y 50 clientes diariamente. Se marchó de su ciudad hace tres años en busca de un local y un incentivo para montar su barbería. Pese a su juventud, Samuel posee la obstinación de los emprendedores. Con 17 años ya aprendía el oficio en su ciudad natal, y a los 22 montó su pequeño negocio en Valencia, el mismo año que se casó. Un día, un amigo de infancia al que le estaba cortando el pelo le dijo que se estaba mudando a la capital de Roraima. “Me invitó a irme con él, y estuve un mes pensándomelo”, recuerda. La crisis, cuenta, no era tan aguda. Pero sabía que el tamaño de su ambición no cabía ahí.

El venezolano Samuel abrió una barbería en Boa Vista. Decidió jugársela yéndose solo. Se instaló con el amigo que le propuso irse a Brasil, en una parcela detrás del presidio de Boa Vista, durante dos semanas. Se pateó la ciudad, a pesar de no hablar portugués, hasta conseguir un empleo en una barbería. 
“Estuve seis meses en los que solo guardaba dinero”, cuenta Samuel, que ahorraba en transporte —hacía todo a pie, incluso cuando residía en la casa de su amigo, que estaba a 17 km de su trabajo— y en comida: arroz con longaniza diariamente.

Luego, se fue a buscar a su esposa, a su hijo y a sus dos hermanos. Su autoconfianza acabó cautivando a un brasileño, que le propuso abrir una barbería con él y ser socios. Entraron juntos con un pequeño capital, pero allí vivió su primer tropiezo. Confió en él y no firmó ningún documento. Cuando su socio cambió algunas de las cosas que habían pactado, decidió que era hora de seguir otro rumbo. 
“Al principio fue cruel ver que aquí la palabra no valía nada sin unos papeles firmados de por medio”, se lamenta Samuel, que tuvo a su segundo hijo en Boa Vista.
“Pero fue la herramienta para convertirme en lo que soy”, dice Samuel, que emplea a cuatro barberos. Todos ellos son venezolanos casados con venezolanas. Prosperó. Primero, se compró una bicicleta para desplazarse. Luego, una moto. Después, un auto. Y ahora se ha comprado una casa. También ha aumentado su familia. Hace un año y medio nació Said, su hijo brasileño.

La barbería tiene estilo. Hace cortes modernos y Samuel ya sueña en dar cursos de formación profesional a otros venezolanos que lleguen a Brasil. O incluso abrir franquicias en otras ciudades.
“Ya tengo mi marca registrada en territorio nacional”, comenta, feliz, al tener “exactamente lo que soñaba cuando estaba en Venezuela”. 
Pero Samuel no esconde algunos dolores. Sufrió el prejuicio de ser venezolano en Boa Vista. Hay muchos venezolanos pidiendo limosna en las calles y, a veces, algunos ciudadanos locales no ocultan un cierto desconfort. Son minoría, certifica el propio Samuel.
 “Una vez entró aquí una persona y, al darse cuenta de que éramos venezolanos, dijo gritando que no quería que le tocásemos. Le dije que se fuera, y sacó una pistola.” 
Después de la amenaza, se marchó. Fue un susto enorme. “Pero el 90% de mis clientes son brasileños”, cuenta.

En la balanza de un inmigrante, los pros están ganando, según los cálculos de Samuel. 
“Estoy viviendo un momento muy bonito”, afirma el joven empresario. Venezuela, de momento, es su pasado. “Mi presente es Brasil”, concluye.

—¿Y el futuro? ¿Te quedarías aquí hasta que te mueras?

En ese momento enmudece. Piensa, y encuentra respaldo en su emprendimiento.

—Vuelvo cuando mi marca se haga internacional. Hoy, tengo dos casas. Aquí y en Venezuela. Cuando no esté bien aquí, me vuelvo allí; y, cuando no esté bien allí, me vuelvo aquí.

¿Morirse lejos de Venezuela?

La idea de un futuro eterno en Brasil asusta a la mayoría de venezolanos con los que habló EL PAÍS. Pero algunos ya han asimilado una ruptura difícil de restaurar. 
“Toda esta situación política y económica no solo nos ha hecho perder las cosas materiales, sino también los afectos”, dice Raúl Escalona.
 Su esposa, Elvira, coincide con él. “A los familiares podemos verlos por videollamadas”, dice ella.

—¿Pero no temen morirse en Brasil?

—No, responde Elvira, sin pestañear.

—La muerte no es una situación geográfica —reflexiona Raúl, sereno. “A esta edad, la muerte no es un susto, es una realidad que está ahí”, pondera.

La lucha con esa idea también ronda en la vida de los inmigrantes mucho más jóvenes que Raúl. Stefani, que estuvo un año y medio viviendo en los campamentos de la Operación Acolhida en Boa Vista, tampoco teme vivir aquí para siempre. “Allá no hay nada”, constata la joven de 26 años, casada con Pedro y madre de cinco hijos, que estaba a punto de mudarse a São Paulo a finales de octubre.

Dorianny también apuesta en Brasil por sus hijos. Vino en autocar con su marido, padre de los cinco hijos que nacieron allí. Vivieron en Pacaraima y luego en Boa Vista. Pero se separaron. El padre consiguió un trabajo en Manaos y la dejó con los hijos en el campamento. A la espera de nuevas oportunidades, se relacionó con otro venezolano refugiado. Así fue como nació Joel. “Soy madre soltera”, dice Dorianny, usando una expresión que quiebra su voz y parece pesar tanto como el hecho de haberse visto obligada a abandonar su país y de repente verse sola para cuidar a sus hijos en otro lugar.
 A Dorianny, verse soltera, como ella dice, le parece una traición del destino. Pero, a pesar del dolor, no tiene dudas en cuanto a su futuro. Brasil es donde quiere ver crecer a sus hijos. 
Si a mis hijos les va bien aquí, no creo que regrese. Eso no me asusta.”

Este artículo es resultado del laboratorio de producción y periodismo “Refugiados y Migrantes” y forma parte de la serie de publicaciones realizadas con el apoyo de la Fundación Gabo y ACNUR
Inicialmente este texto informabá que habian mas de 1 millón de venezolanos en Chile pero la información correcta es alrededor de medio millón.


domingo, 6 de enero de 2019

Los 30 años perdidos de Venezuela gracias Chavismo.-a





La historia juzgará con especial severidad la era chavista. Venezuela habrá perdido los primeros 30 años ­–­si es que no son más­– de este siglo: un tiempo en el que habrá visto reducir drásticamente el tamaño de su economía y lastrado seriamente las posibilidades de desarrollo en las siguientes décadas. Un traspiés cuyos efectos pueden durar el resto de centuria.

Haber hundido su industria del petróleo tendrá un notable coste. Cuando quiera superar su incapacidad para explotar al máximo sus grandes reservas se encontrará con que habrá menos demanda de su crudo, pues el mundo habrá entrado en una etapa «pospetróleo», como vaticinan los expertos. También cuando quiera superar su déficit en infraestructuras, provocado por la inacción del chavismo a pesar de los años de grandes ingresos públicos, se topará con imposibilidades presupuestarias.

Si entre 2013 y 2018 el Producto Interior Bruto (PIB) venezolano ha sufrido un retroceso acumulado del 44,3%, cabe suponer que el continuado declive en años venideros (el FMI prevé un encogimiento del 5% en 2019) habrá supuesto eliminar de un plumazo más de la mitad de su economía. No existen precedentes de algo así salvo en desastres provocados por una guerra.


Si en 1999, año en que Hugo Chávez asumió el poder, el PIB de Venezuela era un 13,6% más grande que el de Colombia (diferencia que aumentó en los años siguientes debido a que el precio del petróleo se disparó), en 2013, año de la llegada de Nicolás Maduro a la presidencia, el PIB colombiano sobrepasó al venezolano en un 2,4%, y eso antes de que se diera el desplome económico de la república bolivariana.

Las reservas se quedarán bajo suelo

La tragedia de Venezuela es que cuando se recupere de este tiempo de postración, despertará a un mundo en el que sus reservas de petróleo, las mayores del planeta, habrán perdido parte de su valor. En lugar de haber pasado estos años bombeando con energía el crudo que contiene su subsuelo, ampliando su capacidad de producción y mejorando la tecnología de Pdvsa para aprovechar su petróleo extrapesado, el gobierno del PSUV ha ido dejando morir la industria nacional. La producción va camino de reducirse a la mitad: de 3,2 millones de barriles diarios a alguna cifra por debajo de los 2 millones en estos momentos.

Si Maduro completa el periodo de seis años que inaugurará el 10 de enero, nos plantamos en 2024. Confiando en que, en cualquier caso, el dominio chavista no vaya más allá, hasta la década de 2030 la industria nacional petrolera no habrá podido reponerse. Para ese tiempo, el consumo global de crudo estará a punto de llegar a su pico, para comenzar a descender debido a la generalización de los automóviles eléctricos y el mayor acceso a fuentes de energía renovables.

En 2040 el peso del petróleo en el consumo energético global habrá bajado al 28%, desde el 31,5% de 2015 (y el 46% de 1973), según los datos del último informe anual de la OPEP. Para 2040 los países desarrollados de la OCDE ya estarán reduciendo su consumo (8,7 millones de barriles diarios menos que en 2017) y aunque otras regiones del mundo seguirán incrementando su uso, debido al desarrollo en ellas de una clase media más numerosa, el pico absoluto de consumo no tardará en alcanzarse.

Así que, cuando Venezuela se recupere, Estados Unidos, su principal cliente, consumirá menos crudo y además ya habrá ido sustituyendo los suministros de sus refinerías adecuadas hasta ahora a las características del petróleo venezolano. Y China tampoco estará muy interesada en adquirirlo porque si hoy la mayor parte del petróleo de Venezuela lo revende, pues llevarlo hasta sus costas resulta más caro, entonces pocos países desarrollados estarán interesados en adquirirlo.

Para entonces, el principal hidrocarburo será el gas natural. Si bien Venezuela también es productor de gas, se trata de una producción mucho menor, sin apenas peso en el mercado internacional. Para desarrollar ese sector –instalaciones de gas licuado, por ejemplo– Venezuela necesitará un volumen de capital del cual no dispone. Y ante tantas urgencias de inversión extranjera que entonces tendrá, está por ver cómo canaliza convenientemente las que lleguen.

Déficit crónico de infraestructuras

Con ser central, la cuestión petrolera no es la única que evidencia las décadas perdidas de Venezuela. Otra área importantísima son las infraestructuras. Durante el chavismo apenas ha habido inversión en obra pública, ni siquiera de la mano de los chinos, como sí ha ocurrido en otros países donde Pekín ha derramado créditos (en el caso venezolano, estos han sido por petróleo a futuro, no a cambio de carreteras, puertos o ferrocarriles). El país vive de herencias anteriores: de la dictadura de Pérez Jiménez, que se prodigó en la mejora de las comunicaciones, y de las obras de la IV República, tan denostada por el chavismo.

El problema aquí es que cuando el país supere la «excepcionalidad» en la que se encuentra habrá perdido la oportunidad de oro que suponían los altos ingresos por petróleo para que ha tenidos.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Cuatro millones de venezolanos se han ido desde que Maduro es presidente de Venezuela.-a



La semana pasada, 18 de noviembre de 2018,  el sistema oficial de medios públicos de Venezuela hizo las delicias con el regreso de 95 venezolanos a su país, como parte del plan estatal ‘Vuelta a la Patria’, con el cual el presidente Nicolás Maduro dice salir al rescate de sus connacionales “maltratados” en otros países y que están deseosos de regresar.
Según la cuenta oficial, este último grupo suma un total de 9.553 venezolanos que han sido repatriados.
Estos números, que el régimen venezolano exhibe como un logro humanitario, representan una ínfima cantidad en comparación con el impresionante flujo de venezolanos que ha salido de su país durante la presidencia de Maduro, quien llegó al poder en 2013.
Según la empresa de análisis de entorno Consultores 21, este número supera los 4 millones de ciudadanos, y se espera que para final de este año, la suma alcance los 4,6 millones, el 18 por ciento del total de la población venezolana, estimada en poco más de 31 millones de personas por el Instituto Nacional de Estadística.

“Hablamos de una tendencia por análisis teórico de acuerdo con lo que ha sido el flujo hasta ahora”, explica el coordinador del estudio, Marcos Hernández. “El éxodo venezolano es una crisis humanitaria por el incremento del flujo descontrolado procedente de Venezuela que data desde 2016”, dice.
El estudio muestra que antes de la presidencia de Hugo Chávez, de Venezuela habían emigrado 140.520 ciudadanos, un número que alcanzó las 786.916 personas durante la presidencia de Chávez (1999- 2013), en lo que fue el inicio de la “revolución bolivariana”. 
En tan solo cinco años, Venezuela pasó de ser un país receptor de inmigrantes a uno exportador de su población, en su mayoría joven –52 por ciento de los emigrados tienen entre 18 y 24 años– y casi toda empleada por cuenta propia o que trabajaba en el sector privado (51 por ciento), según los datos del estudio, correspondiente al tercer cuarto del año y que también incluye encuestas sobre la intención de migrar de los venezolanos que quedan en el país.
Los cálculos, con respecto a sus informes anteriores, denotan una leve desaceleración en el flujo de salida estos últimos meses, pero ello no significa una reversión de la tendencia. 
“Aunque el deseo de migrar disminuya (con respecto a la medición del trimestre anterior), no significa que se detiene el proceso de diáspora”, dice la encuesta, que además señala que 38 por ciento de la población venezolana quiere irse del país. De este grupo, 58 por ciento espera irse entre lo que queda de este año y el próximo, 63 por ciento son jóvenes entre 18 y 34 años y 69 por ciento, de estrato social medio o bajo.
“Todo (el aumento o no del flujo) está sujeto a la variable económica y política del país”, explica Hernández. 
El estudio concluye que los migrantes que saldrán próximamente son una población muy vulnerable, pues no cuenta con suficientes recursos para un viaje de ese tipo. 
De los consultados que quieren marcharse, 39 por ciento aseguró no saber de dónde sacará el dinero para irse y 47 por ciento lo hará con ayuda de un familiar radicado afuera. Solo 12 por ciento afirmó que se marchará con el dinero que ha ahorrado.
La mayoría de los migrantes venezolanos apuntan esencialmente a Colombia, Perú, Ecuador, Estados Unidos, España, Argentina y Panamá, países donde se concentra la diáspora hasta ahora y que, por ya contar con familiares y amigos, representan los destinos donde los migrantes esperan comenzar una nueva vida.

Soporte de vida

El estudio de Consultores 21 también refleja que la mitad del presupuesto de 61 por ciento de las familias venezolanas depende de las remesas que sus parientes envían desde el exterior y 26 por ciento depende casi exclusivamente de estas ayudas.
Más de un tercio de los venezolanos (exactamente 36 por ciento) tienen al menos un familiar afuera, la mayoría en Colombia, retrata el análisis.
El éxodo venezolano es una crisis humanitaria por el incremento del flujo descontrolado procedente de Venezuela que data desde 2016.

“Los países de América Latina y el Caribe han mantenido en gran medida una encomiable política de puertas abiertas para refugiados y migrantes de Venezuela. Sin embargo, su capacidad de recepción es muy limitada”, advirtió recientemente Eduardo Stein, representante de Naciones Unidas encargado de estudiar la diáspora venezolana.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Venezuela, tiene una profunda crisis moral.-a




La crisis socio económica que atraviesa Venezuela es una verdadera pesadilla. Durante el gobierno bolivariano, Venezuela se ha convertido en el país más  inseguro, y violento del mundo (con una tasa de unos 100 fallecidos por cada 100.000 habitantes, según organismos expertos en la materia) y ademas de una espectacular disminución ingresos nacionales, con la mayor inflación existente, y con un salario mínimo de aproximadamente 13 dólares mensuales, el cual no alcanza ni para comer.

Finalizando 2018, existen unas 15000 empresas privadas menos. El sistema eléctrico nacional está colapsado, y los apagones están a la orden del día que sufren los hogares, así como las empresas del país que bajan la productividad. En el país se trabaja sólo dos días a la semana, debido a las colas para comprar, y el colapso del transporte público, sumando ahora la escasez de gasolina. Hay un desabastecimiento total en casi cualquier rubro de productos pero mas critico en alimentos y medicinas, lo que hace que los venezolanos pasen largas horas haciendo cola para conseguir alimentos, hasta de un día para otro. Es de terror como mueren personas en los hospitales, por enfermedades que pueden ser curadas, pero por la falta de medicinas no pueden ser atendidas. Miles de estudiantes no van para la escuela porque en su casa no tienen que comer.
Esto que relato en esta crónica puede parecer que estoy exagerando, pero me estoy quedando corto, y la situación cada día empeora. Cuando parece que todavía no hemos vista llaga, todo indica que todavía falta caer más bajo.

Estoy convencido de que la crisis que vive Venezuela en actualidad, es ante todo moral, y por eso hoy estan cosechando lo que sembramos, y todo esto es consecuencia de la sumisión, la apatía, y seguir apoyando, del pueblo venezolano a los  sinvergüencerías políticos.
El pueblo Venezolano corrompió moralmente cuando vio con buenos ojos la aparición de dádivas sin trabajar, el control hegemónico de los poderes Estado, en un país donde las instituciones todavía funcionaban hace 20 años atrás. Pecan cuando votan en elecciones por los mismos personajes que no les importa que sufran en las aberrantes colas.
Por más que el pueblo estuviese cansado de la llamada IV Republica, que por lo menos eran demócratas, al elegir unos populistas entregaban lo que existía de democracia a un proyecto que se encargaría de demoler institución por institución, hasta someter todos los poderes a la voluntad de sólo una persona.
Pecó cuando bajo las intrigas de esta mal llamada ANC se cayó en la tentación del odio, bajo la cizaña de la lucha de clases: "ser rico es malo", "apátridas", "burguesía parasitaria", "pitiyanquis", mientras más de la mitad de la población aplaude, y se hace eco de dichas consignas. 
Cuando el pueblo aplaudió las expropiaciones de las empresas privadas productivas. Hoy día son empresas abandonadas o quebradas. Los productos desaparecidos del mercado son precisamente los que producían esas empresas. Y las empresas que todavía funcionan y producen los productos que todavía se consiguen son víctima de una matraca en los mal llamados PAC que mantiene la Guardia Nacional Bolivariana en las carreteras del país, que de paso toda la vialidad venezolana está destrozada. 
Hoy todavía una parte importante del pueblo sigue a pesar de todo la tragedia económica estando a favor del gobierno, cooperando en forma activa o pasiva y haciéndose cómplices del mismo.

La culpa de esta tragedia es gran parte de los venezolanos que apoyaron la revolución bolivariana  hasta conducir al abismo. Dios tenga misericordia del pueblo venezolano. Lo que ocurre en Venezuela es sencillamente atroz. La división y enfrentamiento, la crisis moral ha traído crisis institucional, territorial, y económica. 

Este país se ha convertido en una oligocracia al servicio de unos militares que parasitan todas las instituciones, y han acabado con la debida neutralidad de la justicia, y el resto de instituciones.
Una de las cosas que debemos reflexionar sobre la viveza criolla, común de los latinoamericanos. Existe mucho aprovechamiento, y quieran o no muchos, la revolución deformó las conciencias de muchos, opositores y oficialistas.

El término pueblo es de una complejidad selvática. No siempre las mayorías numéricas develan responsabilidades claras y concretas. Y no pocas veces lo que muchos hacen, tiene un impacto en las decisiones que en realidad pocos han tomado. Dónde los pecados de muchos obedecen a una larga y sistemática manipulación por parte de pocos. Esto nos lleva a inquirir cuál es la verdadera naturaleza de los pecados de estos últimos. La historia universal, y el estudio de la naturaleza humana nos muestran que los pueblos siempre han albergado una buena cantidad de viciosos e inmorales pecadores de toda ralea, pero, ¿cuándo estos actos se convierten en decisivos para afectar el curso y suerte de toda una nación? ¿Cuál es el instrumento político, social, que permite que los pecados de muchos se conviertan en pecados padecidos por todos?

Aquí cabe preguntarse si el llamado socialismo del siglo XXI en Venezuela, ha sido una ruptura o una consecuencia del pasado moral contemporáneo venezolano. Desde el punto de vista moral, el actual sistema socialista no es más que: populismo, incapacidad de trabajo, avaricia desenfrenada, envidia, y resentimiento. Lo demás son estrategias políticas que disimulan este fondo oscuro y perverso pseudo socialismo.

Unas preguntas: 
¿El pueblo venezolano ha tenido la capacidad cultural para discernir el proceso de degeneración moral que se esta viviendo? 
¿Dónde han quedado aquellos dirigentes que sí la tuvieron? 
¿Hasta dónde la clase dirigente opositora ha sido comprada por dinero, y han cometido gravísimos pecados de negligencia, y omisión motivados por intereses mezquinos?

Es penoso ver hasta donde ha llegado el país que prometía mucho en el ámbito económico, siendo uno de los mayores productores de petróleo en Sudamérica, pero el socialismo lo tiro todo por la borda, y que por una mala concepción del capitalismo, se han ido al otro extremo de negar las riquezas, y es lógico suponer que si se tiene una mala concepción de la moral, lo demás se desbarata, la prepotencia como trata a los demás que no están de acuerdo en los dictamines ‘socialistas’, el excesivo gasto publico para mantener al pueblo dormido, y contento con unos cuantos "soberanos en sus bolsillos" ayudas sociales como el bono, la excesiva propaganda para crear un ambiente de tranquilidad, ahora la solución la veo difícil, si los pueblos no toman conciencia, no veo manera de que esto se reverse, y no quiero ser pesimista pero estamos en una crisis espiritual que irá aumentando más y más.
 Además, aquí existe mucha gente que no se da cuenta de la raíz del problema, y por supuesto también no hay arrepentimiento. Lo que creen es que esto, es un problema sólo político, o de administración, que fue causado por incompetencia e inhabilidad del actual presidente. Coincido con lo mismo, la crisis económica que vive una nación es el fiel reflejo de su crisis moral.
Ana Karina Gonzalez Huenchuñir; francia carolina vera valdes; Ana  Gonzalez Huenchuñir

domingo, 14 de octubre de 2018

Venezolanos exiliados en EEUU parecen resignarse a la idea de que no volverán a su país.-a




MIAMI.— Helene Villalonga decidió salir de Venezuela por un tiempo cuando dos hombres, uno de ellos armado con un revólver, aparecieron en su negocio de organización de fiestas y le ordenaron a gritos que dejara de trabajar para políticos locales que se oponían al entonces presidente Hugo Chávez.
Entonces Helene colocó un cartel que decía “cerrado por vacaciones” en la puerta y voló a Miami con sus dos hijos más pequeños. Pensó que serían un par de semanas, pero las cosas no fueron como ella esperaba. Las semanas se convirtieron en meses y luego en años.

Mientras en Venezuela iniciaba una crisis que se profundizaría, Helene y muchos otros compatriotas se arraigaban cada vez más en Estados Unidos. En lo que se ha convertido en un éxodo con implicaciones políticas y demográficas para la nación sudamericana, un creciente número de expatriados venezolanos piensa que tal vez ya nunca volverán a vivir a su país.
Quisiera volver a la Venezuela que tuve yo, pero esa Venezuela ya no existe”, expresó Helene durante una entrevista en su oficina de Doral, una ciudad al oeste de Miami donde tiene una organización de ayuda a inmigrantes.
“Ya no la voy a ver más”, agregó la mujer que en 2013 trabajó organizando el voto de la diáspora en el exterior.
Se trata de un cambio psicológico y demográfico. Los venezolanos solían venir a Estados Unidos a pasear o estudiar. Hacían compras, visitaban los parques de Disney y luego regresaban a su país. La nación sudamericana tenía una de las economías más prósperas de Latinoamérica. Sin embargo, los que arribaron tras la llegada de Chávez al poder están comenzando a admitir una dura realidad: las condiciones en Venezuela han forzado a muchos a pensar que el futuro está en el extranjero.
“Esto ha llegado tan lejos que nadie se lo imaginaba”, expresó sobre la situación Verónica Huerta, una recepcionista de hotel de 57 años que llegó a Miami en 2003 y se casó con un estadounidense. “Para mi ir a vivir a Venezuela sería muy difícil. Ya tenemos una vida hecha, una familia”.
Para Helene fue un proceso gradual. Los hombres llegaron a su negocio en Valencia, al noroeste de Venezuela, en el 2000. Preguntaron por ella por su nombre y se aseguraron de que supiera que estaban armados. Después que ella salió de su país, su esposo fue atacado en la calle, por lo que decidió unirse al resto de la familia en el sur de la Florida con su hijo mayor.
La situación en Venezuela, mientras tanto, empeoró. Chávez falleció y fue reemplazado por Nicolás Maduro. El autoritarismo se incrementó, la economía cayó en picada y la criminalidad se disparó a una de las tasas más elevadas del mundo. Las condiciones se deterioraron tanto que cientos de miles de personas cruzan la frontera hacia Colombia y Brasil diciendo que no tienen qué comer.
Helene, de 48 años, no volvió más a Venezuela. Ni siquiera para la muerte de su hermano.
Expertos que estudian las tendencias de inmigración en Estados Unidos aseguran que los venezolanos parecen estar siguiendo el mismo camino de los cubanos que huyeron de la revolución en 1959.
Las primeras camadas de cubanos que arribaron a Estados Unidos cuando Fidel Castro llegó al poder esperaban regresar pronto a Cuba cuando Fidel Castro ya no estuviera en el poder”, expresó Mark Hugo Lopez, director de investigación hispana del Centro de Investigaciones Pew. La historia venezolana “es un eco” de esa experiencia, dijo.

Los venezolanos que vinieron primero a Estados Unidos suelen ser de clase media y alta, a diferencia de los que han huido en meses recientes a Brasil y Colombia. Su salida ha tenido consecuencias económicas en su país. Muchas casas están vacías y los precios de los bienes raíces se han derrumbado, después de haber sido durante años la opción preferida para preservar los activos en medio de un proceso hiperinflacionario.
También hay consecuencias políticas. Los expatriados han representado una pequeña pero influyente fuerza electoral en el pasado. Helene ayudó a movilizar tres autobuses repletos con 180 personas para que votaran en las elecciones presidenciales de 2013 en Nueva Orleans, el lugar más cercano de Miami después que Chávez cerró el consulado para castigar a la comunidad de expatriados, mayoritariamente opositora. Este año no planea hacerlo porque no se siente representada por la oposición y no cree que el proceso electoral sea transparente.
Ahora, en medio de pronósticos que indican que Maduro triunfaría frente a una desanimada y dividida oposición, nadie espera el mismo entusiasmo entre los votantes que viven en el exterior.
“No creo que el voto haga ninguna diferencia en esta oportunidad”, manifestó Elvira Ojeda, una empresaria de 45 años que llegó en 2011. “Perdí la energía, la credibilidad”, dijo la mujer al explicar que esta vez no viajará a votar a su país, a diferencia de lo que hizo en cuatro oportunidades anteriores.
Varias encuestas han mostrado que cerca del 10% del electorado, entre 1 y 2 millones de votantes, vive en el extranjero. El gobierno venezolano dice que sólo unos 100.000 votarán afuera en mayo.

Si bien el voto de la diáspora es esencial, en esta elección parece que no va a valer nada”, dijo Moisés Rendón, analista de políticas públicas del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington. “Hay una frustración del exilio, la misma que tiene la sociedad venezolana, que no ve una salida”.
La población venezolana en Estados Unidos se ha más que duplicado en la última década, desde casi 178.000 en 2006 a más de 366.000 en 2016. Poco más de la mitad vive en la Florida. La gran mayoría –las tres cuartas partes de ellos– llegó a partir del 2000, poco después de que Chávez asumiera la presidencia. Las solicitudes de asilo político se dispararon en 2017 a cerca de 28.000 pedidos, el doble que el año anterior y cinco veces más que en 2015.
En el sur de la Florida los venezolanos se han asentado en pequeñas ciudades como Doral y Weston, donde es común ver negocios y automóviles con banderas amarillas, azules y rojas, o decenas de restaurantes que venden arepas, tequeños y hallacas.
En la última década, los venezolanos han aparecido al tope de la lista de los cinco mayores compradores extranjeros de propiedades en Miami. La Asociación Nacional de Abogados Venezolanos-Americanos también ha crecido: de los diez miembros fundadores que tenía en 2013, cuenta con 200 en la actualidad. Además, la cámara de Comercio Venezolano-Americana ha duplicado sus integrantes en la última década y posee 300 actualmente.
Para Cristina Pocaterra, que llegó a Miami en 1999, “cuanto más tiempo pasa, más difícil es volver”.
Ella arribó por motivos de trabajo, con la esperanza de regresar pronto. En 2003 tuvo gemelas en Miami, en 2014 se naturalizó y ahora ha presentado los trámites para que su madre, de 74 años, pueda convertirse en residente permanente.
“Nos tocó a todos desarrollarnos afuera y buscar otros caminos”, explicó Cristina, una consultora de empresas de 54 años. “Ya no tengo nada material en Venezuela”.
Como ella y Helene hay muchos más. Cansado de la inseguridad de Caracas, un joven que pidió no ser identificado por temor a represalias con su madre que vive en Venezuela, llegó en 2011 a Miami para hacer un posgrado. Pensaba que en cinco años cambiaría el gobierno y el volvería, pero se graduó con una maestría de administración de empresas, consiguió trabajo en finanzas, se convirtió en ciudadano estadounidense y ya no cree regresar. De hecho, este año ni siquiera planea ir de visita.
“La vida se volvió insostenible y son muy pocos los que regresan a Venezuela”, dijo el joven de 30 años mientras miraba fotos de un viaje que hizo a Caracas en 2013 para votar. “¿Qué esperanza hay hoy? No hay ninguna esperanza”.
Aquellos que han elegido permanecer en Estados Unidos se sienten cada vez más arraigados.
Helene y su esposo se convirtieron en ciudadanos estadounidenses. Tuvieron gemelos y un nieto en el sur de la Florida. Su madre viajó para ayudarla con los niños hace diez años, se casó con un estadounidense y se quedó a vivir. Entre sus cinco hijos, dos trabajan, uno estudia en la universidad y los dos menores van al colegio secundario. La única mujer quiere seguir la carrera militar. El esposo tiene una empresa de mudanzas y ella una oficina de ayuda a inmigrantes.
“Yo ya tengo raíces aquí, tengo mi vida hecha aquí”, aseguró.

viernes, 5 de octubre de 2018

Éxodo venezolano.-a


“La único refrigerador que está llena en Venezuela es la de la morgue”


“Venezuela tiene una nueva geografía”, proclama Tomás Páez Bravo, pues a sus 24 Estados tradicionales hay que sumarle las numerosas comunidades en el exterior. El sociólogo de origen canario reconoce que comenzó a trabajar sobre el fenómeno de la migración venezolana sin proponérselo.
 En el año 2013, buscó a 60 de sus alumnos de la Universidad Central de Venezuela que se habían afincado en España y comenzó a hacerles preguntas por curiosidad. Esa semilla terminó alumbrando La voz de la diáspora venezolana, un estudio que ya suma varias ediciones y también se ha traducido en un programa de radio semanal. Calcula que en el camino se ha reunido con al menos 5.000 de sus paisanos distribuidos por el mundo. Se ha convertido en una autoridad en el asunto.
 Ha sido invitado a hablar sobre el tema en Harvard, en el Parlamento Europeo y, estos días, en Bogotá: Colombia, el vecino que recibe la mayor parte del flujo migratorio, ya acoge cerca de un millón de venezolanos. “Esta es la oleada de la desesperanza”, sentencia.

Sentado en el tradicional Café Pasaje, junto a la plazoleta de la Universidad del Rosario, en el centro de la capital, Páez rememora las premisas bajo las cuales echó a andar La voz de la diáspora. De entrada, se resiste a la idea de la fuga de cerebros, pues sostiene que el capital humano circula, lo que termina por beneficiar tanto al país de origen como al de acogida. “Toda diáspora es buena, y Venezuela es el mejor ejemplo: creció gracias al aporte que hizo la inmigración”, afirma al repasar cómo el país caribeño ha recibido, históricamente, comunidades de migrantes españoles, italianos, libaneses, sirios o colombianos. 
Está convencido de que las diásporas disminuyen la pobreza, y apunta a una relación directa entre migración y emprendimiento. Lo respalda con una cifra: el 20% de los venezolanos en el exterior son emprendedores que crean riqueza. Sus esperanzas para la reconstrucción del país sudamericano están afincadas allí. Incluso si no regresan, “las mejores reservas internacionales con las que cuenta Venezuela es el capital humano que tiene afuera”.

Pregunta. ¿Cómo pasó Venezuela de ser un país de inmigrantes a uno de emigrantes?

Respuesta. Nosotros le preguntamos a la gente por qué se fue del país. Y hay una razón que se desglosa en dos. La razón fundamental es el modelo del socialismo del siglo XXI, y las dos razones particulares son la inseguridad y el desmadre económico, que, más que económico, es institucional. Es un país en descomposición.
Es la escasez de medicinas, pero también de repuestos, de ideas, de verdad… el problema se sintetiza en una frase muy dura que yo suelo repetir: la única nevera que está llena en Venezuela es la de la morgue.

P. ¿Cómo dimensionar el éxodo venezolano?

R. En el Observatorio hacemos un seguimiento diario con toda la gente que tenemos regada por el mundo dentro del proyecto. Y eso nos da en este momento entre 3,9 y 4 millones de personas fuera de Venezuela —en 90 países y más de 300 ciudades—. La ONU está hablando de 2,3 millones en los dos últimos años, que son consistentes con lo que nosotros hemos dicho, pues hasta 2015 eran 1,6 millones. Al hacer la suma, es el número con el que estamos trabajando.

P. El presidente Nicolás Maduro negó el fenómeno en su discurso ante la ONU.

R. Más allá de los números, la diáspora es un hecho evidente, innegable, inocultable, y quien lo hace, como el Gobierno venezolano, está ofendiendo a los Gobiernos de la región y del mundo que están levantando información diaria sobre los venezolanos que llegan. Se ha quedado sin argumentos. Está enredado. Le molesta la diáspora porque es el testimonio viviente del fracaso de un modelo.

COLOMBIA ESPERA A CUATRO MILLONES DE VENEZOLANOS

En el escenario más crítico, a Colombia podrían llegar más de cuatro millones de venezolanos en los próximos tres años. Así lo anticipó el canciller Carlos Holmes Trujillo durante la presentación del informe Retos y oportunidades de la movilidad humana venezolana en la construcción de una política migratoria colombiana, de la Universidad del Rosario. En el más optimista de los tres escenarios que contempla el gobierno de Iván Duque, llegarían 1.850.000 venezolanos de aquí al 2021.


P. Son cifras que desbordan la capacidad de respuesta de cualquier país suramericano.


R. No solamente de cualquier país, porque al final los ciudadanos aterrizan en un espacio específico. No llegan a Colombia en general, llegan a Riohacha, Maicao, Barranquilla o Medellín. O llegan a Trujillo, Lima, Buenos Aires o Córdoba. Llegan a ciudades, a zonas donde pueden representar números significativos de población. Eso implica contratar profesores, vacunarlos, hacer el censo. Todo cuesta, entonces hay que fortalecer la institucionalidad local y regional. La actitud de brazos abiertos no solamente es una respuesta positiva a una Venezuela que siempre abrió las puertas a todos los inmigrantes latinoamericanos, sino que es una respuesta inteligente al tema de la diáspora, porque se entiende que al final contribuye. Lo que le debe preocupar a Colombia, a Ecuador o las islas del Caribe es que la economía venezolana se destruyó. El comercio colombovenezolano, que era tan dinámico que alcanzó 7.000 millones de dólares... Es lo que hay que recuperar.

P. ¿Quiénes son los venezolanos que migran?

R. La migración venezolana es muy plural, tiene muchos bloques. La gente vendiendo en las calles es una parte, y es verdad. Pero hay otra parte que está en la industria petrolera, hay otros que tienen grandes cadenas que están creciendo a un ritmo interesante en varios sectores. Hay de todo, entonces meterla en un solo saco es no diseñar una política de buen alcance.

P. El Gobierno colombiano se prepara para la llegada de entre 1,8 y más de cuatro millones de venezolanos en los próximos tres años. ¿le parecen razonables esas cifras?

R. El año pasado dije que el proceso migratorio iba a crecer de modo tal, que asusta. No puedo decir el ritmo al que va a crecer. La hiperinflación que hay ahora en Venezuela pulveriza los salarios, no hay efectivo ni repuestos y la comida es impagable. Es imposible ir al ritmo de la inflación.

P. ¿Pero va a ir al alza?

R. Mientras permanezca el socialismo del siglo XXI, la gente va a huir. Es imparable. Pueden ponerle obstáculos, pero va a ser inevitable. Mientras esté este modelo que niega la democracia, que niega la empresa privada, eso va a afectar. El verdadero peligro para la región es que el Gobierno permanezca en el poder.

TOMÁS PÁEZ BRAVO | SOCIÓLOGO VENEZOLANO

Juego de tronos y la política.-a ; Las 50 leyes del poder

vídeos sobre juego de tronos Las 50 leyes del poder para convertirte en El Padrino. 19/05/2023 El sociólogo, politólogo, escritor, podc...