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jueves, 23 de enero de 2020

William Pitt el Joven.-a


Pitt el Joven ha pasado también a la historia de Gran Bretaña por su talante reformista y eficiencia así como por ser el artífice de la formación del Acta de Unión de 1800 por el que se formaba el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.


(Hayes, 1759 - Londres, 1806) Político británico que fue en dos ocasiones primer ministro del Reino Unido (1783-1801 y 1804-1806). Miembro de una importante dinastía de políticos ingleses (la familia Pitt), era hijo de William Pitt el Viejo, principal artífice del triunfo de los británicos sobre Francia en la guerra de los Siete Años (1756-1763) y primer ministro del Reino Unido entre 1766 y 1768.
Nombrado ministro de Economía (1782), al año siguiente el rey Jorge III lo llamó a formar gobierno. Como primer ministro del Reino Unido, durante su pimer mandato (1783-1801) debió enfrentarse al déficit que la guerra colonial contra los norteamericanos había provocado en la hacienda británica. William Pitt creó nuevos impuestos, combatió el contrabando, simplificó el régimen aduanero y adoptó otras acertadas medidas económicas para superar la crisis. A él se debió también la racionalización del Gobierno británico en la India
La Revolución Francesa no sólo representó una amenaza militar para Gran Bretaña, sino que alentó una revolución católica en Irlanda; cuando el rey le impidió en 1801 implantar allí las reformas que deseaba, William Pitt renunció a la dirección del gobierno. Volvió de nuevo al poder en 1804 y se mantuvo en él hasta 1806, cuando la coalición de Gran Bretaña con Austria, Rusia y Suecia, formada por Pitt, fracasó a raíz de las victorias francesas en las batallas de Ulm y Austerlitz.

EPITAFIO DE WILLIAM PITT

« El Sr. Pitt ha sido el amo de toda la política europea; ha tenido en sus manos la suerte moral de los pueblos; hizo un mal uso de ella; incendió el universo y se inscribirá en la Historia a la manera de Erostrato (1) entre flamas, lamentos y lágrimas…

« Primeramente, las chispas iniciales de nuestra Revolución, luego todas las resistencias al deseo nacional, en fin todos los crímenes horribles que fueron la consecuencia de ello son obra suya. Esa conflagración universal de veinticinco años; esas numerosas coaliciones que la mantuvieron; el transtorno, la devastación de Europa; los mares de sangre de los pueblos que de ella fueron el resultado; la deuda espantosa de Inglaterra que pagó todas esas cosas; el sistema pestilencial de los préstamos, bajo el cual los pueblos permanecen curvados; el malestar universal de hoy, todo eso es de su obra. La posteridad lo reconocerá; ella lo señalará como un verdadero azote: ese hombre tan elogiado en su tiempo, no será un día más que el genio del mal… Pero lo que la posteridad reprochará sobre todo al Sr. Pitt, será la horrible escuela que ha dejado tras de él; el maquiavelismo insolente de ésta, su inmoralidad profunda, su frío egoísmo, su desprecio por la suerte de los hombres o de la justicia de las cosas. »

Napoleón.

1) Habitante de Efeso, quien, para inmortalizar su nombre, prendió fuego al templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del mundo.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Lenin el dictador a


Las preguntas que Lenin se hizo a principios del siglo XX parecen haber cobrado una urgente actualidad. Sin embargo, las respuestas que ofreció a cambio siguen siendo tan peligrosas hoy como ayer.

 Victor Sebestyen 21 octubre 2017

En un lateral de la Plaza Roja de Moscú permanece una imagen familiar para cualquiera que conozca los últimos años de la Unión Soviética y el comunismo. Cada día, largas colas aguardan pacientemente para visitar el mausoleo de Lenin, ubicado sobre un enorme pedestal de mármol erigido a finales de los años veinte. La espera puede durar un siglo; la visita en sí misma, solo un rato. Los visitantes acceden a un sótano y caminan unos pocos metros, a través de un corredor vacío y en una inquietante oscuridad, antes de llegar al ataúd. El cuerpo embalsamado, que yace en una tumba de un rojo aterciopelado y lujoso desde hace casi noventa años, está iluminado por unas luces potentes. La gente se amontona de tal manera que solo está permitido un máximo de cinco minutos para rendir homenaje al muerto, o simplemente para quedarse embobado. Solo unos pocos visitantes son extranjeros. La inmensa mayoría son rusos.
Es un lugar macabro para visitar en el siglo XXI, sea quien sea el que esté sepultado ahí. Pero dos décadas y media después del colapso de la URSS, parece el mayor de los anacronismos que Vladímir Ilich Lenin pueda aún atraer a multitudes. Todo el mundo conoce el caos que provocó; poca gente cree hoy en la fe que promovió. Pero sigue suscitando interés, incluso cariño, en Rusia.
El actual presidente ruso, Vladímir Putin, no tiene intención de deshacerse de la tumba. Es más, en 2011 autorizó un gran presupuesto para reparar el mausoleo cuando existía el peligro de que se derrumbara. El culto de Lenin sobrevive, aunque de una forma modificada. El abuelo de Putin, Spiridon, era el cocinero de Lenin después de la Revolución rusa, pero no es por sentimentalismo familiar que los restos de Lenin se mantienen in situ. Lo que se quiere señalar claramente es la continuidad histórica, la idea de que Rusia todavía necesita, como siempre ha necesitado, un líder dominante, sin escrúpulos, autocrático, o en ruso, un vozhd. La tumba de Lenin simbolizó en su momento una ideología internacionalista, el comunismo internacional. Más tarde se convirtió en un altar del resurgente nacionalismo ruso.

El cuerpo no es lo único que se ha embalsamado de Lenin. Su carácter también se ha “preservado”: su personalidad, su motivación e intenciones, raramente se han examinado durante la última generación, incluso a la luz de una gran cantidad de nueva información que se ha encontrado sobre él desde que se abrieron los archivos de la antigua Unión Soviética. En la URSS todas las biografías de Lenin eran hagiografías, lecturas obligatorias en las escuelas rusas donde los niños aprendían a referirse al fundador del Estado soviético como Diedushka (abuelo) Lenin. Incluso el último líder del Partido Comunista, Mijaíl Gorbachov, solía denominarlo “un genio especial” y lo citaba con frecuencia. Lenin era el pilar de la rectitud bolchevique en todos los aspectos.

En el otro bando sucedía lo contrario. La lógica solía ser que no había sido tan malo como Stalin, pero que, no obstante, creó una de las tiranías más crueles de la historia, y un modelo de Estado que en una época copiaba casi la mitad del mundo. Era común –aunque hay algunas notables excepciones– que los biógrafos estuvieran en un lado u otro de la división ideológica, en un momento en que la Guerra Fría importaba. Esas disputas teóricas quedaron anticuadas en el momento en que el Muro de Berlín cayó y la Unión Soviética colapsó.
El mundo comunista que formó Lenin, muy cercano a su propia imagen ascética, puede haber acabado en la papelera de la historia, pero su figura es muy relevante hoy. Al final de la Guerra Fría, el neoliberalismo triunfó junto a la idea de democracia; el socialismo y sus variantes fueron completamente desacreditados. Parecía no haber alternativa a las soluciones políticas y económicas que ofrecían los mercados globalizados. Sin embargo, el mundo se convirtió en un lugar diferente después de la crisis bancaria y la recesión de 2007-2008. Hubo una pérdida de confianza en Occidente hacia el propio proceso democrático. Para millones de personas, las certezas que dos generaciones aceptaron como algo dado son menos seguras. Probablemente Lenin habría considerado que el mundo del 2017 está en el umbral de un momento revolucionario. Su figura importa ahora no por sus respuestas fallidas, sangrientas y asesinas, sino porque hacía las mismas preguntas que nos planteamos nosotros ante problemas similares.

Millones de personas y algunos peligrosos líderes populistas de izquierda y derecha se preguntan si la democracia liberal ha conseguido crear una sociedad justa así como prosperidad y libertad sostenidas, o si puede lidiar con una desigualdad y una injusticia enormes. Las expresiones “élite global” y “el uno por ciento” se usan ahora de una manera decididamente leninista. Es poco probable que las soluciones de Lenin se adopten de nuevo en algún lugar. Pero hoy nos hacemos constantemente sus preguntas y quizá se respondan con métodos igual de sangrientos.
Lenin obtuvo el poder en un golpe de Estado, pero no gobernó exclusivamente a través del terror. En muchos aspectos era un fenómeno político absolutamente moderno, el tipo de demagogo que nos resulta familiar en las democracias occidentales y en las dictaduras. En su pugna por el poder, prometió a la gente todo y más. Ofreció soluciones simples a problemas complejos. Mintió sin vergüenza. Creó chivos expiatorios que luego denominó “enemigos del pueblo”. Se justificó a sí mismo diciendo que ganar significaba todo: el fin justificaba los medios. Cualquiera que haya vivido las últimas elecciones en las culturas políticas supuestamente sofisticadas de Occidente quizá lo reconozca. Lenin fue el padrino de lo que, un siglo después, los analistas llaman posverdad.

Lenin se consideraba un idealista. No era un monstruo, tampoco era sádico o cruel. En sus relaciones personales era invariablemente amable y se comportaba de la manera en la que había sido criado, como un caballero de clase media alta. No era egoísta. Podía reír, e incluso, a veces, podía reírse de sí mismo. No era sádico: al contrario que Stalin, Mao Zedong o Hitler, nunca preguntó por los detalles de las muertes de sus víctimas, para saborear el momento. Para él, en cualquier caso, las muertes eran algo teórico, simples números. Nunca vistió uniformes o trajes de estilo militar como los que gustaban a otros dictadores. Pero durante sus años de enemistad con otros revolucionarios, y en su manera de aferrarse al poder, nunca mostró generosidad con los oponentes vencidos o realizó un acto humanitario a no ser que fuera políticamente útil.
Construyó un sistema basado en la idea de que el terror político contra los oponentes estaba justificado por un fin superior. Stalin lo perfeccionó, pero las ideas eran de Lenin. No había sido siempre un mal hombre, pero hizo cosas terribles. Angelica Balabanova –una de sus antiguas camaradas que lo admiró durante años, pero llegó a temerlo y odiarlo– dijo con agudeza que “la tragedia de Lenin era que, como afirmaba Goethe, deseaba lo bueno, pero creó lo malo”. La peor de sus maldades fue elegir a un hombre como Stalin como sucesor para liderar Rusia. Fue un crimen histórico.
A menudo se describe a Lenin como un ideólogo rígido, un fanático comunista, y es verdad hasta cierto punto. Soltaba constantemente teoría marxista; “sin teoría no puede haber un partido revolucionario”, solía decir. Pero se ignora frecuentemente algo que decía mucho más a menudo: “la teoría es una guía, no las Sagradas Escrituras”. Cuando la ideología chocaba con el oportunismo, cambiaba invariablemente el camino táctico por encima de la pureza doctrinal. Podía cambiar de opinión completamente si eso le permitía alcanzar su objetivo. Le movían tanto la emoción como la ideología. La sed de venganza después de que su hermano mayor fuera ejecutado por conspirar para asesinar al zar motivaba a Lenin tanto como su creencia en la teoría de la plusvalía de Marx.
Quería poder y quería cambiar el mundo. Concentró el poder en su persona durante poco más de cuatro años antes de caer enfermo y quedar física y mentalmente incapacitado. Pero, tal y como prometió, la Revolución bolchevique de 1917 “puso el mundo patas arriba”. Ni Rusia ni ningún otro lugar, de Asia a Latinoamérica, se ha recuperado desde entonces.

Sin embargo, para un biógrafo, lo político es personal, como Lenin decía en ocasiones. Fue un producto de su tiempo y de su lugar: una Rusia violenta, tirana y corrupta. El Estado revolucionario que creó fue menos la Utopía socialista con la que soñó que una imagen especular de la autocracia de los Romanov. El hecho de que Lenin fuera ruso tiene tanto significado como su fe marxista.

En las versiones de su vida que circulaban durante la Guerra Fría no se solían mostrar los aspectos personales de Lenin. Ningún bando quería humanizarlo, porque eso no encajaba correctamente con su bagaje ideológico. No era frío, lógico y unidimensional como a menudo ha sido retratado. Era muy emocional y tuvo rachas de ira que casi lo dejan paralizado.
Escribió un gran número de textos sobre filosofía y economía marxista, muchos de ellos hoy día ininteligibles. Pero amaba las montañas casi tanto como hacer la revolución, y escribió textos rebosantes de lírica sobre sus caminatas en los Alpes y a campo traviesa. Amaba la naturaleza, la caza y la pesca. Podía reconocer centenares de especies de plantas. Sus “notas de la naturaleza” y las cartas a su familia muestran una parte de Lenin que sorprendería a la gente que lo imagina distante e insensible.
Mientras me documentaba para escribir Lenin the dictator, me sorprendió observar que casi todas las relaciones importantes en la vida de Lenin fueron con mujeres. Esto señala otro lado poco conocido de él: el Lenin enamorado. Su mujer Nadezhda –Nadya– dejó unas memorias superficiales y anodinas sobre su vida en común, pero, a la luz del nuevo material, y al construir un relato combinando esa versión con otras fuentes, emerge como algo más que la sirvienta que nos han vendido. Lenin no habría conseguido nada sin ella. Durante una década tuvo un affaire intermitente con una mujer glamurosa, inteligente y bella, Inessa Armand. El ménage à trois aparece como algo central en la vida emocional de Lenin, al igual que en la de Nadya. Es un ejemplo extraño de triángulo amoroso en el que los tres protagonistas dan la impresión de comportarse de una manera civilizada. El único momento en que Lenin se derrumbó en público fue en el funeral de Armand, tres años antes que el suyo.
De vuelta a la época de la URSS, cuando me encontraba en Moscú como periodista, me dieron un tour privado por la oficina y las habitaciones que Lenin había ocupado en el Kremlin. Estaban preservadas tal y como habían lucido en su momento, o eso me aseguró el apparátchik que me hizo de guía. Me sorprendió lo ordinarios, banales y burgueses que eran esos escenarios, y –de manera poco diplomática– usé exactamente esas palabras. Curiosamente, ya que los miembros del partido en esos días no solían expresar sus pensamientos más heréticos, el guía me respondió: “Sí, siempre me he preguntado cómo pudo hacer cosas tan extraordinarias.” No he olvidado esa conversación. Lenin the dictator es un intento de respuesta. ~

lunes, 14 de noviembre de 2016

Si los políticos leyeran a Galdós. a

Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 10 de mayo de 1843-Madrid, 4 de enero de 1920)1​ fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español.

Se le considera uno de los mejores representantes de la novela realista del siglo xix no solo en España y un narrador capital en la historia de la literatura en lengua española, hasta el punto de ser propuesto por varios especialistas y estudiosos de su obra como el mayor novelista español después de Cervantes.
Galdós transformó el panorama novelesco español de la época,​ apartándose de la corriente romanticista en pos del naturalismo y aportando a la narrativa una gran expresividad y hondura psicológica.​ En palabras de Max Aub, Galdós, como Lope de Vega, asumió el espectáculo del pueblo llano y con «su intuición serena, profunda y total de la realidad», se lo devolvió, como Cervantes, rehecho, «artísticamente transformado». De ahí que «desde Lope ningún escritor fue tan popular, ninguno tan universal desde Cervantes».
Pérez Galdós fue académico de la Real Academia Española desde 1897 y llegó a ser propuesto al Premio Nobel de Literatura en 1912. Aunque, salvo en su juventud, no mostró especial afición por la política, aceptó su designación como diputado en varias ocasiones y por distintas circunscripciones.

Emilio González Déniz
05/11/2019
Supongo que habrá más de una persona que, al ver que este es un artículo con Galdós como elemento central, desistirá de leerlo porque es normal que piense que ya nada nuevo puede decirse sobre él. Eso mismo suelo pensar cuando veo escritos sobre Galdós, que afortunadamente ahora abundan con motivo del centenario de su muerte. Pero siempre acabo leyendo ese texto, porque, por mucho que uno lea sobre nuestro paisano, siempre hay un detalle que arroja luz sobre la obra de un gran escritor, pero sobre todo, nos da algún detalle que no conocíamos sobre los porqués del maltrato que, ya en vida, y durante muchas décadas después de muerto, sufrió una figura que es mucho más que un autor de novelas, obras teatrales, cuentos y artículos. La evidencia de que no es uno entre muchos importantes, es que, cien años después de su muerte física, su obra ha vencido todos los obstáculos, desprecios y silencios, que todavía hoy tienen predicadores rezagados que heredan la mezquindad.
 Hay que decir que con su contemporáneo y amigo Leopoldo Alas “Clarín” ha pasado lo mismo, hasta el punto de que el odio almacenado en la sociedad dirigente de la ciudad que tan bien retrató en “La Regenta” se hizo vendetta siciliana, y en la guerra civil fusilaron al rector de su universidad por el terrible delito de haber sido nombrado por el gobierno de La república y haber asistido a un mitin de Azaña. El motivo real fue que era hijo de Clarín, y como nada podían hacerle a un novelista que llevaba 35 años muerto, se vengaron en su descendencia. Así se las gasta el odio.

Muchas veces me he preguntado por qué tanta saña contra Galdós, venida casi siempre de los mismos que glorificaban a sus contemporáneos Zola, Giovanni Verga o Eça de Queirós, seguramente porque estos retrataron sociedades distintas y cualquier parecido con la nuestra podría achacársele a que aquellas tenían otras costumbres. Pero Galdós escribía en la lengua de Cervantes, y la clarividencia de su obra es un relámpago que deslumbra y puede que no deje ver qué hacen otros. Hay varias razones, que podríamos llamar envidia, odio, ignorancia, y sobre todo, un miedo terrible por si a alguien se le ocurría comparar. 
Hacerlo con Dickens, Balzac o Tolstoi no era peligroso, puesto que estos escribieron en inglés, francés o ruso, y siempre es más fácil echar la culpa a los traductores. También hubo razones políticas, puesto que Galdós, por sus implicaciones políticas, por las amistades cómplices con Pablo Iglesias y los regeneracionistas y por su postura crítica con las relaciones Iglesia-Estado, era muy incómodo para el sistema, y siguió siéndolo después de muerto, fuera con la Dictadura de Primo de Rivera o con el franquismo, y durante la II República no dieron opción a su obra, pues entonces sus máximos detractores eran los pontífices de la cultura.
Y ese es otro enigma que empieza a dejar de serlo. Los de la generación del 98 trataron de explicar las España que Galdós había plasmado con anticipación casi profética. Por ello, algunos de sus componentes optaron por desprestigiar al oráculo, y en ello hubo empeño especial en un escritor tan lúcido como Valle-Inclán, extraordinario novelista y autor teatral, cuyo talento literario no es discutible, pero sí sus actitudes con el viejo don Benito. Baroja, por su parte, fue el último superviviente con Azorín de su generación, y después de la guerra civil, en medio del páramo de los años cuarenta, que paró en seco el florecimiento de una nueva edad de oro de nuestra literatura, era el gran santón, venerado por la nueva generación que surgió en la postguerra.
 A Galdós mejor no mentarlo, porque era, además, una memoria inconveniente para todos los poderes con patente de corso durante el franquismo. Y ese mal vicio de ignorarlo o despreciarlo atravesó décadas, en las que se le seguía leyendo casi a escondidas. Como ha afirmado Federico Utrera, no perdonaban a Galdós que fuese el gran “influencer” de su época y del futuro.

En todo este olvido y entre el discurso de adoración de cierto experimentalismo, dos figuras destacaron; una fue Juan Goytisolo, que siempre apreció y defendió el enorme patrimonio literario e histórico que era la obra de Galdós. La otra, en negativo, fue el insufrible Juan Benet, que hablaba casi con odio de Galdós, y que tuvo como aliado (solo en esto) a un escritor magnífico pero cegado por su admiración a Valle-Inclán; me refiero a Umbral, quien, a su manera, es paradójicamente el más galdosiano de los escritores de su generación. Por otra parte, los escritores del exilio valoraron en su justa medida a don Benito y muestras de ello son Max Aub y el gran poeta Luis Cernuda, quien invoca la España noble de Galdós (no podemos olvidar que Buñuel, tan vanguardista, fue un gran galdosiano). Ese es el gran mérito de quienes, como Alfonso de Armas Ayala, lucharon en su ciudad natal por colocar a Galdós donde le corresponde. Bien es cierto que, fuera de España, Hispanoamérica incluida, su nombre nunca dejó de estar junto al de los grandes novelistas del realismo europeo, aunque strictu sensu, Galdós es mucho más que realismo, y es un avanzado de lo que luego serían las vanguardias, sobre todo en sus obras teatrales. Abrió la puerta a nuevas formas, de las que se aprovecharían, entre otros y con mucho talento, el mismo Valle-Inclán que tanto lo denostaba. Quizás también por eso.

Las nuevas generaciones españolas, que no arrastraban las pendencias que se fueron heredando generación tras generación durante más de setenta años, rompieron con el antigaldosianismo, cuyos últimos capitanes con mando en plaza fueron Benet y Umbral. La lista de quienes se sienten admiradores (y deudores) de Galdós es larga, y basta nombrar a Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina o Almudena Grandes. Galdós ha demostrado conocer España como nadie, hasta el punto de que mucho de lo que hoy vivimos ya fue contado por él hace más de un siglo.

Políticos 

Una de las primeras tareas que encomendaría a quienes consigan actas para el Congreso y el Senado en las elecciones del próximo domingo sería la de que, antes de acometer cualquier empeño, leyeran “Cánovas”, el último de los Episodios Nacionales, para que vieran lo que arrastra el bloqueo político; así aprenderían algo útil y las consecuencias serían distintas. Ojalá nuestros políticos dejaran de escuchar cantos de sirena de directores de imagen y leyeran más a Galdós.

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