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jueves, 12 de noviembre de 2020

La Academia de Infantería de Toledo.-a


La Academia de Infantería (ACINF) es un centro de formación militar del Ejército de Tierra español situado en la localidad de Toledo. El centro se encarga de ofrecer formación básica, especialización y formación de oficiales y suboficiales del Arma de Infantería.

Historia

La academia fue creada con el nombre de Colegio de Infantería en Toledo, en 1850. El 17 de octubre de 1875, tras haber sido trasladada temporalmente a Madrid, se instaló en el Alcázar de Toledo.​ Desapareció en 1882 al ser absorbida por la recién creada Academia General Militar, pero volvió a constituirse como Academia de Infantería cuando la Academia General Militar fue disuelta en 1893.
Entre los alumnos más destacados de la Academia de Infantería durante los primeros años del siglo XX, etapa en la que era coronel director José Villalba Riquelme, se encuentran los que serían los máximos jefes militares de los ejércitos enfrentados en la Guerra Civil Española: Francisco Franco, Generalísimo del Ejércitos y Vicente Rojo Lluch, Jefe del Estado Mayor Central del Ejército Popular de la República.
Tras la creación de la Academia General Militar en 1927, la Academia de Infantería se convierte en Academia de Aplicación de Infantería. Disuelta la Academia General Militar en 1931, la Academia de Infantería se fusiona con las Academia de Caballería de Valladolid y de Intendencia,​ situación que se mantendrá hasta el inicio de la Guerra Civil Española en el año 1936.
Destruido el Alcázar, sede de la academia, en el inicio de la Guerra Civil, la formación de oficiales, en ambos ejércitos contendientes, reviste distintas orientaciones, instaurando las fuerzas sublevadas las Escuelas de Alféreces Provisionales y, posteriormente, las Academias de Transformación, en las que se lleva a cabo, durante los tres años de duración de la contienda, la formación de los oficiales.
En octubre de 1939, terminada la Guerra Civil, la Dirección General de Reclutamiento y Enseñanza Militar restablece las Academias especiales de las Armas.​ El primer director en la nueva etapa sería el Coronel de Infantería habilitado Santiago Amado Lóriga.
En 1974 la Academia se fusionó con la Escuela de Aplicación y Tiro de Infantería, que tenía su sede en Madrid,​ al igual que lo hicieran las demás Academias de las armas con las respectivas Escuelas de Aplicación.

Sede

La sede histórica del Alcázar de Toledo ya había sufrido un incendio en 1887 y resultó completamente destruida durante la Guerra Civil. Al acabar la guerra, la Academia de Infantería estuvo instalada provisionalmente en Zaragoza, en el edificio de la Academia General Militar, y en Guadalajara, en la sede de la Fundación de San Diego de Alcalá.​ A partir del curso 1948–1949 regresó a Toledo, a un edificio de nueva construcción, obra de los ingenieros militares Teniente Coronel Manuel Carrasco Cadenas, Teniente Coronel Arturo Ureña Escario y Teniente Coronel Julio Hernández García.  El edificio, de estilo neorrenacentista y neoherreriano, armoniza bien con el Alcázar, situado justo en frente.

Francisco Franco.
En 1907, a los 14 años de edad, ingresó en la Academia Militar
 de Infantería de Toledo,  obtuvo el puesto 251.º entre los 312 de
 su promoción el año 1910.


Franco se educo como un militar profesional. Conforme a la tradición familiar, y como sus dos hermanos, Nicolás y Ramón, intentó entrar en la Armada. Sólo Nicolás lo consiguió, porque en 1907 se suprimió por razones presupuestarias el acceso a la Escuela Naval, y no habría nuevas oposiciones hasta 1913. 
Francisco y Ramón acudieron al Ejército, a la Academia de Infantería de Toledo.  El 13 de julio de 1910 obtiene el despacho de segundo teniente de Infantería, o sea, alférez. Tiene 17 años, en la Academia  ejerce como director desde 1907 uno de los escasos talentos militares del momento: Villalba Riquelme, obsesionado por modernizar la fuerza armada a base de educación física, racionalización extrema de la fortificación y de la logística, instrucción avanzada de los reclutas, tecnificación del tiro, renovación continua de los ejercicios tácticos.


 Franco no fue un alumno brillante, pero, a juzgar por los hechos posteriores y por su manera de conducir tropas y campañas, no cabe duda de que sacó buen provecho de todas estas enseñanzas. Después de dos años de destino rutinario en El Ferrol, Franco, con una recomendación bajo el brazo, busca pasar a Marruecos, donde la guerra colonial abre oportunidades de gloria. Se presenta ante el jefe del regimiento África 68. Es precisamente Villaba Riquelme, su antiguo profesor. Bajo sus órdenes llega a Melilla. Corre febrero de 1912 y Franco comienza una carrera que va a llevarle al generalato en catorce años de campaña africana.

Villalba Riquelme, José, Cádiz 17.X.1856 – Madrid, 25.X.1944. Militar y escritor.

Hijo de un médico militar, fue ministro de la Guerra y uno de los mejores tratadistas de arte militar.

Residiendo en Puerto Rico, cuando contaba catorce años ingresó como cadete, en octubre de 1870, en el Batallón de Puerto Rico, donde cursó sus estudios, siendo promovido al empleo de alférez de Infantería en septiembre de 1873. Se incorporó, en 1875, al Ejército de la Península, al tiempo que recibía el ascenso a teniente. Tras participar en algunas acciones en el frente carlista, solicita su pase a la isla de Cuba, donde en aquellos momentos se estaba desarrollando la llamada guerra chiquita.

El joven teniente Villalba participó activamente, desde el mes de enero de 1877, en las operaciones de la cuarta y última fase de la guerra, en las jurisdicciones de Remedios y Santi Spiritus, hasta la firma de la Paz de Zanjón, el 12 de febrero de 1878. De regreso a la Península, sirvió en diversas unidades hasta que en 1882 fue destinado a cumplir una de las inquietudes vocacionales que más le agradaban, la docente. Nombrado profesor de Geografía e Historia Militar en la Academia de Infantería de Toledo, pasó al cuadro de profesores de la Academia General Militar, cuando el general Martínez Campos la instituyó tomando la base de la propia Academia de Infantería.

Entre 1882 y 1898, Villalba pasó dieciséis años, salvo cortos períodos de tiempo, dedicados a la enseñanza militar, siempre en la sede toledana, primero de la Academia de Infantería, luego en la Academia General Militar y a partir de 1893, por la reorganización del general López Domínguez, de nuevo Academia de Infantería. En esta función docente impartió clases de casi todas las asignaturas y ocupó todo tipo de destinos relacionados con la vida cotidiana del centro de enseñanza. Aquí escribió una gran parte de su amplia obra técnica, especialmente su Táctica de las tres armas, publicada en 1887. Magna obra en tres tomos, además de un atlas que fue declarado texto en la Academia durante unos cuarenta años, conociendo una docena de ediciones. Por esta obra recibió numerosas felicitaciones en España y fuera de nuestro país, además del ascenso a capitán de Infantería en mayo de 1889.

Al ascender, en 1898, a teniente coronel abandona la Academia de Infantería, ocupando sucesivas vacantes en regimientos del arma, hasta que en marzo de 1899 es nombrado ayudante de campo del ministro de la Guerra, Camilo García de Polavieja y del Castillo Negrete. Poco duró la experiencia ministerial del general Polavieja, quien dimitió, en septiembre del mismo 1899, del gobierno Silvela, por estar en desacuerdo con la política de restricciones económicas de Villaverde. Villalba cesa como ayudante del ministro, quien debió de quedar muy gratamente impresionado, pues en 1901 vuelve a tomarlo como ayudante de campo, puesto que no abandonará Villalba hasta 1907.

Como ayudante de campo de Polavieja acompañó a éste en los sucesivos destinos de director general de la Guardia Civil, jefe del Cuarto Militar de S. M. el Rey, jefe del Estado Mayor Central y presidente Supremo de Guerra y Marina, sucesivamente. En esta etapa madrileña, colabora intensamente en la actividad intelectual que se desarrolla en el Centro del Ejército y la Armada, formando parte del cuadro de profesores de la Escuela de Estudios Militares, impartiendo la asignatura de táctica e instrucción de la Infantería. Al fin, en enero de 1907, se incorpora como jefe de estudios a la Academia de Infantería de Toledo, donde permanecerá hasta su ascenso a coronel el 5 de abril de 1909. Entonces alcanza un destino que, sin duda, anhelaba: la dirección de la Academia de Infantería.

El coronel Villalba ejerce el mando de la Academia entre abril de 1909 y enero de 1912. En este período concedió especial importancia a la condición física del cadete, favoreciendo las competiciones deportivas y proponiendo pruebas físicas para el ingreso en la Academia. Además, consciente de la importancia de los temas prácticos, proyectó una ampliación del campamento de los Alijares, donde los alumnos realizaban maniobras prácticas. Al terminar el mando de la Academia, comienza su etapa africana, haciéndose cargo, en enero de 1912, del mando del Regimiento de Infantería África, de guarnición en Melilla. Se incorpora con su unidad a la llamada campaña del Kert, en la que participó muy activamente hasta la muerte de El Mizzian en mayo de 1912. Por sus méritos en campaña es ascendido al empleo de general de brigada en el mes de octubre del mismo año. El día de Navidad de 1912 recibió el nombramiento de subinspector de Tropas de la Comandancia General de Melilla.

Al mando de la 1.ª Brigada de Melilla, a partir de 1914, realiza una serie de operaciones de tendidos telegráficos, protección de convoyes y consolidación de posiciones. En este destino desarrolló una intensa labor de reconocimiento recomendando la ocupación de posiciones e informando al mando de otras cuestiones, además de atender personalmente a la revista e instrucción de las tropas a su mando. En julio de 1914 es nombrado comandante general de Larache, desplegando una gran actividad en numerosas acciones de ocupación. Como recompensa a su actividad en suelo africano es ascendido, en mayo de 1916, a general de división, quedando de cuartel a la expectativa de destino en Madrid.

En 1917 es nombrado gobernador militar del Campo de Gibraltar, puesto en el que habría de desarrollar una inteligente labor diplomática con las autoridades inglesas del peñón. Además, debió de hacer gala de su mayor tacto y sentido de la prudencia en los conflictos sociales desatados en Algeciras a lo largo de 1919, tanto a primeros de febrero, con la huelga de los obreros del puerto, como en la reacción producida por el movimiento huelguista que, desatado en Barcelona y Madrid en marzo, provocó la declaración del estado de guerra en todo el territorio nacional.

Posiblemente, fueron estas cualidades negociadoras las que le llevaron a ocupar la cartera de Guerra en el gobierno formado el 12 de diciembre de 1919 por Manuel Allendesalazar. Éste habría de sustituir a Sánchez de Toca cuyo gabinete sucumbió, no sólo por la conflictiva situación social, sino por el problema planteado por las Juntas de Defensa Militares.

Al general Villalba le tocó la transformación de las Juntas en las llamadas Comisiones Informativas, pretendiendo dar un cauce legal a las aspiraciones sociales de los militares de los diferentes armas y cuerpos. Tras duras negociaciones con los presidentes de las Juntas, el 30 de diciembre se publicó el real decreto de organización de las Comisiones, que buscaba la deseada disolución de las entrometidas y poco controlables Juntas de Defensa. Quedaban por redactar los reglamentos correspondientes a cada una de las Comisiones Informativas. De modo que, en abril de 1920 comenzaron las discusiones entre los presidentes de las Juntas y el subsecretario del Ministerio para establecer las bases comunes. El 5 de mayo, Villalba presentaba su dimisión, sin duda, presionado tanto por sus compañeros militares, como por los que compartía en el Consejo de Ministros. En esta breve e intensa etapa de ministro de la Guerra, Villalba consiguió sacar adelante un viejo sueño, por el que había trabajado sin descanso: la Escuela Central de Gimnasia adscrita a la Academia de Infantería de Toledo, que aparte de formar profesores de educación física militares, pretendía enseñar a los maestros que hacían su servicio militar para que así pudieran instruir a la juventud en esta materia.

Tras pasar por varios destinos, como el Consejo Superior de Guerra y Marina tras la Guerra Civil, ocupó el cargo de presidente de la Junta Superior de Huérfanos Militares hasta su fallecimiento en Madrid a los ochenta y ocho años tras una larga vida en activo.

 

Obras de ~: Nociones de fortificaciones de campaña e idea de la permanente, Madrid, 1883; Elementos de geografía universal y particular de España, Madrid, 1882; Táctica de las tres armas, Toledo, 1889; Apuntes de literatura militar, Madrid, 1889; Concepto sobre la enseñanza militar, 1892; Tiro nacional. Cartilla del tirador, Toledo, 1901; Táctica de la Infantería y métodos de instrucción, Valdemoro, 1904; La maniobra de Liao-Yang, Madrid, 1905; Ensayos de unas instrucciones para el juego de la guerra, Toledo, 1909; Elementos de logística: marcha, reposo, exploración y seguridad, Toledo, 1909; Ensayo de un método para la instrucción de los reclutas en armonía con el Reglamento Táctico, Toledo, 1911; Instrucciones para las prácticas de servicio en campaña, Toledo, 1921; Armamento y organización de la Infantería, Toledo, 1922; Organización de la educación física e instrucción premilitar en Francia, Suecia, Alemania e Italia, Madrid, 1927; con López Muñiz, Rojo y Novilas, La colección bibliográfica militar, Toledo, 1929; Nociones de arte militar, Madrid, 1941.

 

Bibl.: Velada en honor del que fue notable escritor don José Muñiz y Terrones, Madrid, Centro del Ejército y la Armada, 1900; J. Coll y Astrell, Monografía histórica del Centro del Ejército y la Armada, Madrid, Centro del Ejército y la Armada, 1902; S. Payne, Los militares y la política en la España contemporánea, París, Ruedo Ibérico, 1968; J. R. Alonso, Historia Política del Ejército Español, Madrid, Editora Nacional, 1974; C. Seco Serrano, Militarismo y civilismo en las España contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1984; J. M.ª Gárate Córdoba, “La cultura militar en el siglo xix”, en VV. AA., Historia social de las fuerzas armadas españolas, vol. IV, Madrid, Alambra, 1986, págs. 141-267; A. Bachoud, Los españoles ante las campañas de Marruecos, Madrid, Espasa Calpe, 1988; J. L. Isabel Sánchez, La Academia de Infantería de Toledo, Toledo, 1991; A. Donderis Guastavino y J. L. Isabel Sánchez, Historia de las instituciones y colegios de huérfanos del Ejército de tierra, Madrid, Ministerio de Defensa, 1997; J. Arencibia de Torres, Diccionario biográfico de literatos, científicos y artistas militares españoles, Madrid, E y P Libros antiguos, 2001; A. López Serrano, El general Polavieja y su actividad política militar, Madrid, Ministerio de Defensa, 2001; P. González-Pola de la Granja, La configuración de la mentalidad militar contemporánea (1868-1909): del sexenio revolucionario a la semana trágica, Madrid, Ministerio de Defensa, 2003; A. I. Alonso, Las Juntas de Defensa Militares (1917-1922), Madrid, Ministerio de Defensa, 2004.

 

Pablo González-Pola de la Granja


miércoles, 11 de noviembre de 2020

La Legión, un siglo de historia; «baraka» de Francisco Franco.-a




 La Legión, un siglo de historia

Publicado el 19 de septiembre de 2020 - 00: 05

«Los novios de la muerte», Unidad denominada oficialmente como Tercio de Extranjeros, o más conocido como La Legión, cumple cien años de historia este domingo 20 de septiembre. Es sin duda una de las unidades más afamadas de las Fuerzas Armadas, no solo por la célebre cabra que les acompaña cada desfile del 12 de octubre, día de la Hispanidad, sino por los numerosos conflictos bélicos en los que ha combatido y las misiones internacionales que ha llevado a cabo, y que le han hecho ganarse el reconocimiento internacional.

En el desastre del 98 España perdió los últimos territorios de Ultramar, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, tras la derrota en la guerra contra Estados Unidos. La sociedad española por entonces estaba sumida en el pesimismo. En la Conferencia de Algeciras de 1906 España recibe el norte de Marruecos para establecer allí un protectorado, con capital en la ciudad de Tetuán. El territorio era montañoso y estaba habitado por tribus que desde el año 1909 realizaron numerosos ataques al Ejército español, motivo por el que estalló la guerra de Melilla. El envío de tropas desencadenó la Semana Trágica de Barcelona.

Las revueltas de las cabilas y tribus no cesaron y culminaron con la segunda guerra de Marruecos (1911-1927), que se inició tras los ataques de las tribus del Rif, por lo que fue conocida como guerra del Rif. En este contexto nace La Legión. La contienda estaba siendo realmente complicada para las tropas españolas, formadas por unidades de recluta forzosa con una escasa preparación y, asimismo, con importantes carencias logísticas para llevar a cabo sus operaciones, lo que causaba un gran número de bajas en sus filas que acrecentaba la frágil moral de los soldados. Para llevar a cabo las campañas crearon batallones de indígenas, los Regulares.


El periodista Gustavo Morales y el historiador Luis E. Togores acaban de publicar el libro ilustrado «Cien años de La Legión española» (editorial La Esfera de los Libros) donde se […]


La propuesta de creación de La Legión como unidad militar de élite surge por idea del Teniente Coronel José Millán Astray (oficial de Regulares), que por entonces tenía 40 años. Cuando contaba con 17 años encabezó a soldados en la guerra de Filipinas. Fue también fundador de Radio Nacional de España. Para crear La Legión se inspiró en la Legión extranjera francesa que llevaba a cabo las contiendas del país franco en el exterior. La idea de Millán Astray convenció al rey Alfonso XIII, apodado «el Africano», por su interés en dicho continente. Con fecha 28 de enero de 1920 se aprobó por Real Decreto la creación del Tercio de Extranjeros, siendo entonces Ministro de Guerra el General José María Villalba Riquelme, gran renovador del Ejército. El Real Decreto establecía:

«Con la denominación de Tercio de Extranjeros se crearía una Unidad militar y armada, cuyos efectivos y haberes y reglamento por que ha de regirse serán fijados por el Ministerio de Guerra»


La Legión se concibió como un cuerpo abierto tanto para españoles como para extranjeros. Los requisitos para el alistamiento eran ser sano, fuerte y apto para empuñar las armas. Se ofrecía la posibilidad de hacer carrera militar dentro del cuerpo y poder llegar a oficial. El mando del Tercio de Extranjeros se le concedió a Millán Astray el 2 de septiembre de 1920, que estableció la sede de la Unidad en el Cuartel del Rey, en Ceuta. Pero el día del nacimiento de La Legión, según consideró su fundador, no se produciría hasta el 20 de septiembre de ese mismo año (1920), cuando se alistó el primer Caballero Legionario, Marcelo Villeval Gaitán, natural de Ceuta y que murió en el desembarco de Alhucemas. El primer grupo de voluntarios fueron doscientos catalanes, que el Teniente Coronel denominó como «la esencia de La Legión».

Esta naturaleza que caracterizaba a La Legión hacían de ella una Unidad abierta e internacional, por admitir a extranjeros entre sus filas. Asimismo, era abierta porque tenía la virtud de redimir a gente que no tenía cabida en la sociedad por diferentes motivos, como por ejemplo soldados los profesionales que no podían entrar en la vida civil o otras personas, como eran delincuentes o menesterosos. Incluso llegaba al punto de dar la oportunidad de convertir a malhechores en caballeros. A La Legión se alistaron personas de todas las condiciones sociales, así como de muchos países del mundo, atraídos por la aventura que suponía entrar en el cuerpo. La vocación internacional y de acogida queda reflejada en el testimonio que dejó escrito un Caballero Legionario inglés que alcanzó el rango de alférez, sostuvo que:


“La Legión es la fuerza más combativa del mundo; como inglés sólo puedo hablar de mi orgullo por haber servido en las filas de La Legión, mandar tales soldados fue una de las mayores experiencias de mi vida”. (Peter Kemp, catedrático de la Universidad de Cambridge).


Pronto el Tercio de Extranjeros logró formar seis Banderas (Batallones) cuyos comandantes fueron Franco, Cirujeda, Candeira Sestelo, Villegas y Liniers. Millán Astray nombró como segundo de La Legión al joven comandante Francisco Franco Bahamonde, que por entonces no llegaba a los 30 años de edad y que era reconocido por su gran prestigio militar. Las denominadas unidades «africanistas», La Legión y los Regulares, tuvieron un papel decisivo en la victoria del Bando Nacional en la Guerra Civil (1936-1939), debido a la moderna tecnología armamentística que poseían y por por las novedosas estrategias que desarrollaron en el campo de batalla, fruto de su experiencia en Africa.

El encumbramiento de La Legión y su fama llegó tras la marcha de Melilla que tuvo lugar del 21 al 23 de julio de 1921. Tras el desastre de Annual, la I Bandera y la II Bandera de La Legión recorrieron más de 100 kilómetros con el fin de salvar Melilla. La ciudad estaba asediada por miles de cabileños dirigidos por el líder local Abb El-Krim, que había ocasionado el desastre de Annual, derrota del ejército español en la guerra del Rif que había ocasionado más de 9.000 bajas entre las tropas españoles y más de 2.500 entre los indígenas que luchaban por España. Cuando La Legión llegó a Melilla la situación allí era de caos, Millán Astray tranquilizó a la población, y La Legión ocupó los blocaos y las trincheras. Llegó a avanzar 15 puestos en un solo día. Esta marcha aupó a La Legión a la fama y reconocimiento mundial.

La inspiración en los Tercios y en los guerreros samuráis

Millan Astray ideó una Unidad de vanguardia e ingenio que pudiese plantar cara a los rifeños en la dura contienda que estaban librando en Marruecos. Siguiendo con el ideal romántico extendido por Europa al final del siglo XIX y principios del XX, Millán Astray decidió dotar a La Legión de una mística especial, de un carácter de leyenda que le hiciese ser temido por los enemigos. Tomó como referencia a los antiguos Tercios de Flandes para conformar el heroico y valiente carácter de los legionarios, tenían que luchar con todas sus fuerzas y dar su vida por España. También impregnó a la Legión de rasgos que ya caracterizaban a los Tercios, como son el uso de las cornetas y de los tambores. Acrecentaban su mística y su grandiosidad.

Además de la inspiración en la organización de la Legión francesa y en el espíritu de los Tercios españoles, Millán Astray quedó fascinado cuando leyó la traducción al francés del Bushido, que era el código de moral ascética de los guerreros samuráis de Japón. El Bushido fue recopilado en el año 1895 por Inazo Nitobé, un catedrático de la Universidad Imperial de Tokio. Cuando se tradujo al español, Millán Astray realizó el prólogo, donde sostuvo que:

«Se ajusta a las virtudes del alma japonesa: caballerosa, guerrera, sencilla, de culto profundo a los antepasados y veneración religiosa a su Emperador, que representa para ellos a Dios y a la Patria […] El Bushido se inspira en reglas de la más pura moral e iguala en su práctica, como el Cristianismo, a todos los hombres, sin separaciones ni privilegios de casta ni edades».

La relación de Millán Astray con el Bushido se cree que se remonta a su experiencia en la guerra de Filipinas. Las enseñanzas morales de este código son similares a las que imparte la Iglesia Católica. Por ello en 1911 y en 1912 cuando era instructor y maestro en la Academia de Infantería de Toledo, ya impartía las enseñanzas del código samurái a los jóvenes cadetes, según sostiene el historiador Carlos de Arce en el libro «Historia de La Legión Española». Cuando creó La Legión la dotó del espíritu que recogía el código, porque consideraba que «el legionario español es también samurái»







Desde evitar un terrible accidente de ascensor en febrero de 1965, hasta escapar de varios atentados perpetrados contra su persona. Francisco Franco eludió tantas veces a la muerte que se ganó a pulso la leyenda que le rodeaba y que se forjó a sangre y fuego en el norte de África. Aquella que afirmaba que tenía «baraka», una especie de bendición divina que, atendiendo a los musulmanes que combatieron junto a él en el Rif cuando no era más que un mero teniente de Regulares, impedía que nada ni nadie acabase con su vida. Él, por el contrario, prefería atribuir este «toque divino» a la Providencia.
Es innegable que la suerte le seguía. Pero, a pesar que  vivió decenas de atentados y accidentes en los que logró esquivar a la parca, hubo una batalla en la que el entonces capitán Francisco Franco se consagró como un hombre tocado por el dedo de la divinidad. La contienda se sucedió en El Biutz entre el 28 y el 29 de junio de 1916 y, en ella, el pequeño «Franquito» (como le conocían algunos oficiales superiores debido a su corta estatura) logró sobrevivir a un disparo más que letal en el bajo vientre. Y lo hizo a pesar de que los médicos no daban un duro por él y de que parecía que iba a terminar sus días desangrado en Ceuta. No fue así y, desde aquel día, Francisco Franco entendió que había sido bendecido.

Lo cierto es que, más allá de supercherías, los datos avalan que tuvo algo de suerte. Así lo demuestra el que, de los cuarenta y dos jefes y oficiales que entre 1911 y 1912 se incorporaron a los Regulares de Melilla, él fuera uno de los siete que seguían ilesos en 1915. «El resto habían resultado muertos o heridos en acción de guerra», explica José Luis Hernández Garvi, experto en el franquismo, en su obra «Ocultismo y misterios esotéricos del franquismo». De la misma opinión son David Zurdo y Ángel Gutiérrez, quienes afirman en su obra «La vida secreta de Franco: el rostro oculto del dictador» que sus éxitos «crearon un aura de leyenda en torno a él» que afirmaba que «estaba protegido por fuerzas superiores».

Y otro tanto ocurrió cuando comenzó la Guerra Civil y los generales José Sanjurjo y Emilio Mola (ambos líderes destacados de la sublevación contra la República y con más solera que «Franquito» para dirigirla) murieron en sendos accidentes de aviación. El primero, mientras era trasladado a Burgos en avioneta y el segundo, como bien explicó el diario ABC el viernes 4 de junio de 1937, «a las nueve y media de la mañana», mientras «realizaba un vuelo de reconocimiento» y «a causa de la niebla». En este caso, Francisco Franco no solo no solo evitó la muerte, sino que tuvo la suerte de que esta atrapara a unos militares que, a todas luces, serían sus superiores en la contienda.

Mucha suerte... o no

Pero... ¿Qué era la «baraka» que tantas veces le atribuyeron a Franco en África? La mayoría de los autores coinciden en que el término es interpretado de forma errónea por los occidentales, quienes suelen asemejarlo a la mera suerte (un conjunto de hechos afortunados que suceden a un individuo a lo largo de una vida). Pero el halo que los rifeños creían que tenía el joven militar cuando combatía en África no tiene que ver con este concepto. Se corresponde con una especie de bendición que afecta a muchos ámbitos de la vida y que cuenta con varias aristas.

Cuando los musulmanes utilizaban este concepto, que ha sido heredado de la tradición mística sufi y chiita, para hacer referencia a un hombre, lo que afirmaban era que era alguien santo, de alma limpia y que había alcanzado un estado de conciencia elevada. Un sujeto que, según la tradición islámica, también tenía el poder de bendecir a todos los que se encontraban a su alrededor con su mera presencia en una relación de alumno y maestro. Ejemplo de ello es que, antiguamente, los musulmanes acudían a las tumbas de sus eremitas porque consideraban que allí reposaban unos restos con la capacidad de producir milagros.

El gran estudioso del franquismo José María Zavala también es partidario de ello. Así lo afirma en «Franco con franqueza: Anecdotario privado del personaje más público». En este libro, el también periodista y escritor afirma que, con el paso del tiempo, «todo el mundo quería estar cerca de él en el frente para beneficiarse de esa “baraka” suya». Como ejemplo, señala el del futuro general Andrés Saliquet, quien estaba obsesionado con no alejarse de Franco aunque «en el campo de batalla, su oronda figura [...] le dificultaba guarecerse en los llamados “embudos” provocados por las explosiones junto al escuchimizado “Frasquito”».

Por último, cabe señalar que, según la tradición, la «baraka» suele caer sobre un sujeto elegido para llevar a cabo un objetivo de gran evergadura. Y Francisco Franco, precisamente, siempre se consideró como un general que combatía en una cruzada contra las «hordas rojas».

Se forja la «baraka»

Pero la «baraka» no le llegó a Franco en su juventud. De hecho, cuando entró como cadete en la Academia de Infantería de Toledo no era más que un novato de baja estatura y voz aguda. Un objetivo perfecto para las burlas. Tampoco le ayudó esta supuesta bendición musulmana a ser un prodigio en los estudios, pues se graduó en el puesto 251 de un total de los 312 oficiales que componían su promoción.

Sin embargo, todo eso quedó a un lado cuando fue destinado, allá por 1913, a un tabor de Regulares como jefe de sección. Por entonces la situación era más que peligrosa para España, pues varias tribus locales se habían sublevado en favor de El Raisuni (un caudillo local) y clamaban en contra de las autoridades españolas. En ese momento de tensión, aquel teniente de voz aflautada logró, para sorpresa de todos, hacerse respetar entre sus hombres. Sus armas fueron los gritos, la severidad y hacerse ver antes sus nuevos subordinados como un personaje inflexible.

Su primera gran actuación militar se produjo en junio. Por aquel entonces, el Ejército reclamó la presencia de los Regulares de Melilla para sofocar las revueltas que provocaban el caos en Tánger. Franco participó en primera línea en esta campaña y protagonizó todo tipo de heroicidades (para muchos, suicidas) contra los rifeños. La más destacada fue el desalojo junto a un grupo de jinetes de una unidad de tiradores rifeños que daban problemas a sus compañeros.

Además de valerle el ascenso a capitán en 1915, sus actuaciones le granjearon ser conocido (tal y como explica el historiador Paul Preston en su obra «Franco (Edición revisada)») como un «oficial de campo meticuloso y bien preparado, interesado en logística, en abastecer sus unidades, en trazar mapas y en la seguridad del campamento».

A su vez, en aquellos años se ganó fama de inquebrantable e imperturbable ante el fuego rifeño. Pero no solo eso. También se empezó a generalizar la idea entre sus enemigos de que el militar andaba sobrado de una «baraka» que le hacía inmune a las balas enemigas. Y puede que sí pues, durante los 32 meses que permaneció en los Regulares de Melilla, hubo 35 bajas entre los 41 oficiales.

La fortuna de no morir

Sin embargo, la contienda en la que Franco se ganó su «baraka» sucedió en junio de 1916. Por aquel entonces, el Ejército español se propuso acabar con las tribus que amenazaban las comunicaciones en África. Para ello, se estableció que había que destruir el cuartel general de los sublevados, ubicado en lo alto de una colina que, a la postre, sería conocida como la Loma de las Trincheras. Con esas órdenes, el 27 de junio de 1916 partió de Tetuán hacia Ceuta un Tabor de Regulares al mando de Enrique Muñoz Güi, en la que se hallaba encuadrado nuestro protagonista.

En la noche del 28 al 29 de junio de 1916, las tropas tomaron posiciones para llevar a cabo el ataque contra los rifeños. A eso de las tres de la mañana se dio la orden de atacar.... y las desgracias comenzaron a sucederse. Para empezar, una bala rifeña acabó con la vida del capitán Palacios, superior de Franco. Este no tuvo más remedio que tomar el mando de la compañía y dirigirse hacia la cima de la colina. Todo ello, bajo un intenso tiroteo en el que, al poco tiempo, cayó también el oficial que ostentaba el mando conjunto del Tabor: Güi.

Franco, como era habitual en él, no estaba dispuesto a ordenar retirada, así que continuó el avance en cabeza y se decidió a lanzar un ataque frontal a pesar de que el enemigo trataba de rodear a sus fuerzas. Tras una primera victoria, ordenó asaltar a bayoneta calada la última posición rifeña. Y fue en ese instante en el que una bala impactó en su cuerpo. Dónde le dio es, a día de hoy, un misterio histórico. Algunos historiadores afirman que en el bajo vientre, mientras que otros como Preston señalan que fue en el estómago.

Más allá del lugar exacto, el capitán fue evacuado hasta el campamento de Kudia Federico a pesar de que todos consideraban que su vida había tocado a su fin. Él mismo solicitó un sacerdote para confesarse. Sin embargo, el destino quiso que, el 15 de julio, Franco se hubiese recuperado lo suficiente como para ser trasladado al hospital militar de Ceuta. Allí se determinó que la bala no había tocado ningún órgano vital. El capitán salvó aquella prueba del destino. Algo que hizo válida la frase que repitió en más de una ocasión: «He visto pasar la muerte a mi lado muchas veces, pero, por fortuna, no me ha reconocido». Sobrevivió.

Fue así como su «baraka» se hizo, para muchos, palpable. Una suerte divina que admitió su propia hermana Pilar. Aunque ella, como el mismo Franco, siempre atribuyeron esta supuesta bendición a la Providencia, y no a ningún tipo de tradición musulmana. «Los moros decían de él que tenía “baraka”. Yo me atrevería a decir que quizá fue más importante la Virgen del Chamorro que la superstición de los moros», explicaba su familiar.

martes, 10 de noviembre de 2020

FRANCISCO FRANCO Y LA ACADEMIA MILITAR GENERAL de Zaragoza.-a


Escudo de Armas de Academia

La «Academia General Militar» es el centro de enseñanza superior del Ejército de Tierra español y tiene su sede en la ciudad de Zaragoza. En sus instalaciones se encuentra el Centro Universitario de la Defensa, adscrito a la Universidad de Zaragoza, en el que los futuros oficiales del Ejército y de la Guardia Civil cursan las materias de sus estudios de grado.

Primera Época

La Academia General Militar fue creada durante el reinado de Alfonso XII en 1882, por decreto de 20 de febrero. En esta Primera Época, que abarca de 1882 a 1893, el centro de formación se ubicó en la ciudad de Toledo en el recinto del Alcázar. El primer director de la Academia en dicha época fue el general José Galbis Abella.

La Academia fue disuelta en ese año de 1893, pasando cada una de las Armas y Cuerpos a disponer de centros de formación independientes.

La Segunda Época

Abarca desde 1927 a 1931 en la ciudad de Zaragoza. Durante estos años el "Espíritu de la General" seguía vivo. pero la llegada del General Primo de Rivera en 1923 a la Presidencia del Gobierno va a ser decisiva ya que era consciente que muchos de los problemas que aquejaban al Ejército se solventarían reabriendo la Academia General Militar. Se trata del séptimo proyecto de Enseñanza General Militar.

 El 20 de febrero de 1927, el Ministro de la Guerra D. Juan O´Donell Vargas presentaba al Rey un Decreto por el que se creaba la Academia General Militar en Zaragoza. En enero de 1928 es nombrado Director el General  Don Francisco Franco Bahamonde, el cual impone un estilo de formación integral conjugando aspectos técnicos, físicos y morales y Jefe de estudios Don  Miguel Campins Aura, encargado de definir el marco pedagógico adecuado para el desenvolvimiento de este tipo de enseñanza. Las obras de la Academia se realizaron en un estilo arquitectónico en boga, el mudéjar aragonés.

El Decreto fundacional, el Reglamento de Régimen Interior y el libro inédito de "La Academia General Militar de Zaragoza y sus normas pedagógicas", del Coronel Campins, son enormes muestras de preocupación por mejorar la calidad de enseñanza.

Proclamada la II República el 14 de abril de 1931, el Ministro de la Guerra D. Manuel Azaña, firma un Decreto por el que se disuelve la Academia, alegando diferentes razones, siendo la más destacada lo desproporcionado del coste y estructuras de la Academia General Militar. El 14 de julio el General Franco se despide de sus alumnos con un emotivo discurso en el que resaltaba el valor de "la Disciplina" nunca bien entendida ni comprendida .

Este nuevo intento de la unificación de la Enseñanza Militar había durado tres años, tres Promociones con 740 Cadetes.

Tercera Época

Al concluir la guerra y reorganizarse los estudios militares en España, volvió a inaugurarse la Academia General Militar por decreto de 27 de septiembre de 1940, siendo Ministro del Ejército el Teniente General José Enrique Varela Iglesias. En 1942 ingresan los primeros 170 alumnos de la que será I Promoción de esta Tercera Época, que llega hasta nuestros días. Se eligieron para ello los antiguos edificios construidos durante la Segunda Época en Zaragoza, ubicados en las cercanías del campo de maniobras de San Gregorio. 

Fue nombrado como primer Director de la Academia en esta Tercera Época el General Francisco Hidalgo de Cisneros y Manso de Zúñiga. Entre sus alumnos en esta Tercera Época han estado Juan Carlos I, alumno de la XIV Promoción, entre los años 1955 a 1957, y Felipe de Borbón y Grecia, que lo fue con la XLIV Promoción, entre 1985 y 1986.

2020, son 80 AÑOS DE LA ACADEMIA.

DISCURSO DE FRANCO A LOS CADETES DE LA ACADEMIA GENERAL MILITAR DE ZARAGOZA.


  El 14 de junio de 1931, con motivo del cierre de la Academia.  

Caballeros cadetes: Quisiera celebrar este acto de despedida con la solemnidad de los años anteriores, en que, a los acordes del Himno Nacional, sacásemos por última vez nuestra bandera y, como ayer, besarais sus ricos tafetanes, recorriendo vuestros cuerpos el escalofrío de la emoción y nublándose vuestros ojos al conjuro de las glorias por ella encarnadas; pero la falta de bandera oficial limita nuestra fiesta a estos sentidos momentos en que, al haceros objeto de nuestra despedida, recibáis en lección de moral militar mis últimos consejos.

Tres años lleva de vida la Academia General Militar, y su esplendoroso sol se acerca ya al ocaso. Años que vivimos a vuestro lado educándoos e instruyéndoos y pretendiendo forjar para España el más competente y virtuoso plantel de oficiales que nación alguna lograra poseer.

Intimas satisfacciones recogimos en nuestro espinoso camino cuando los más capacitados técnicos extranjeros prodigaron calurosos elogios a nuestra obra, estudiando y aplaudiendo nuestros sistemas y señalándolos como modelo entre las instituciones modernas de la enseñanza militar. Satisfacciones íntimas que a España ofrecemos, orgullosos de nuestra obra y convencidos de sus más óptimos frutos.

Estudiamos nuestro Ejército, sus vicios y sus virtudes, y corrigiendo aquellos, hemos de acrecentado éstas al compás que marcábamos una verdadera evolución en procedimientos y sistemas. Así vimos sucumbir los libros de texto, rígidos y arcaicos, ante el empuje de un profesorado moderno, consciente de su misión y reñido con tan bastardos intereses.

Las novatadas, antiguo vicio de Academias y cuarteles, se desconocieron ante vuestra comprensión y noble hidalguía.

Las enfermedades venéreas, que un día aprisionaron, rebajándolas, a nuestras juventudes, no hicieron su aparición en este cuerpo, por la acción vigilante y adecuada profilaxis.

La instrucción física y los diarios ejercicios en el campo os prepararon militarmente, dando a vuestros cuerpos aspecto de atletas y desterrando de los cuadros militares al oficial sietemesino y enteco. Los exámenes de ingreso, automáticos y anónimos, antes campo abonado de intrigas e influencias, no fueron bastardeados por la recomendación y el favor, y hoy podéis enorgulleceros de vuestro progreso, sin que os sonrojen los viejos y caducos procedimientos anteriores.

Revolución profunda en la enseñanza militar, que había de llevar como forzado corolario la intriga y la pasión de quienes encontraban granjería en el mantenimiento de tan perniciosos sistemas.

Nuestro Decálogo del Cadete recogió de nuestras sabias Ordenanzas lo más puro y florido, para ofrecéroslo como credo indispensable que prendiese vuestra vida, y en estos tiempos en que la caballerosidad y la hidalguía sufren constantes eclipses, hemos procurado afianzar nuestra fe de caballeros manteniendo entre vosotros una elevada espiritualidad.

Por ello, en estos momentos, cuando las reformas y nuevas orientaciones militares cierran las puertas de este centro, hemos de elevarnos y sobreponernos, acallando el interno dolor por la desaparición de nuestra obra, pensando con altruismo: se deshace la máquina, pero la obra queda; nuestra obra sois vosotros, los 720 oficiales que mañana vais a estar en contacto con el soldado, los que los vais a cuidar y a dirigir, los que, constituyendo un gran núcleo del Ejército profesional, habéis de ser, sin duda, paladines de la lealtad, la caballerosidad, la disciplina, el cumplimiento del deber y el espíritu de sacrificio por la Patria, cualidades todas inherentes al verdadero soldado, entre las que destaca como puesto principal la disciplina, esa excelsa virtud indispensable a la vida de los ejércitos y que estáis obligados a cuidar como la más preciada de vuestras prendas.

¡Disciplina!..., nunca buen definida y comprendida. ¡Disciplina!..., que no encierra mérito cuando la condición del mando nos es grata y llevadera. ¡Disciplina!..., que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía, o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que os inculcamos, esta es la disciplina que practicamos. Este es el ejemplo que os ofrecemos.

Elevar siempre los pensamientos hacia la Patria y a ella sacrificarle todo, que si cabe opción y libre albedrío al sencillo ciudadano, no la tienen quienes reciben el sagrado depósito de las armas de la nación, y a su servicio han de sacrificar todos sus actos.

Yo deseo que este compañerismo nacido en estos primeros tiempos de la vida militar, pasados juntos, perdure al correr de los años, y que nuestro amor a las armas de adopción tenga siempre por norte el bien de la Patria y la consideración y el mutuo afecto entre los compañeros del Ejército. Que si en la guerra habéis de necesitaros, es indispensable que en la paz hayáis aprendido a comprenderos y estimaros. Compañerismo que lleva en sí el socorro al camarada en desgracia, la alegría por su progreso, el aplauso al que destaca y la energía también con el descarriado o el perdido, pues vuestros generosos sentimientos han de tener como valladar el alto concepto del honor, y de este modo evitaréis que los que un día y otro delinquieron abusando de la benevolencia, que es complicidad de sus compañeros, mañana, encumbrados por un azar, puedan ser en el Ejército ejemplo pernicioso de inmoralidad e injusticia.

Concepto del honor que no es exclusivo de un Regimiento, Arma o Cuerpo; que es patrimonio del Ejército y se sujeta a las reglas tradicionales de la caballerosidad y la hidalguía, pecando gravemente quien crea velar por el buen nombre de su Cuerpo arrojando a otro lo que en el suyo no sirvió.

Achaque este que, por lo frecuente, no debo silenciar, ya que no nos queda el mañana para aconsejaros.

No puedo deciros, como antes, que aquí dejáis vuestro solar, pues hoy desaparece; pero sí puedo aseguraros que, repartidos por España, lo lleváis en vuestros corazones, y que en vuestra acción futura ponemos nuestras esperanzas e ilusiones; que cuando al correr de los años blanqueen vuestras sienes y vuestra competencia profesional os haga maestros, habréis de apreciar lo grande y elevado de nuestra situación: entonces, vuestro recuerdo y sereno juicio ha de ser nuestra más preciada recompensa.

Sintamos hoy al despediros la satisfacción del deber cumplido y unamos nuestros sentimientos y anhelos por la grandeza de la Patria gritando juntos: 

“¡Viva España!”


Viaje a Europa

 En su etapa estrictamente castrense había viajado en tres ocasiones al extranjero para visitar academias militares en Francia, Alemania e Inglaterra.

Alemania

El primer viaje lo realizó a Alemania, donde siguió un curso para generales, de junio a julio de 1928, por invitación expresa del general Groener, a la sazón ministro de la Guerra.

«Su viaje por Alemania -relata uno de los biógrafos- en el que le acompaña el capitán Gallego Velasco, buen conocedor del alemán, es bastante rico en experiencias: presencia en el Campamento de Dóveritz, próximo a Berlín, una serie de ejercicios militares a cargo de un batallón reforzado, visita Colonia y Leipzig y, sobre todo, conoce de cerca el funcionamiento de la Escuela de Infantería de Dresde, noción previa de cierta utilidad para las experiencias docentes que le esperan.  Franco regresó a Zaragoza con el tiempo justo de presidir el tribunal del examen de ingreso a los nuevos aspirantes de aquella recién creada Academia General.»

Como se vería después, este viaje de estudios a Alemania tendría gran repercusión durante los conflictos venideros.

El general Eduard Wilhelm Groener fue uno de los grandes generales que salieron de la academia militar de Dresde (o de Prusia). Groener destacó al comienzo de la postguerra y a finales de los años 20 por ser uno de los principales defensores de la unidad de Alemania y la convicción de que era tarea fundamental del ejército velar por esa unidad. Sin ser un demócrata y aun desconfiando de los políticos y de los Partidos, estaba dispuesto a aceptar la República y la Democracia siempre que las dos premisas se respetasen. Políticamente se encuadró en la derecha, siendo partidario de un gobierno de tecnócratas y de un ejército "apolítico" (nacionalista). Groener sucedió a Ludendorff como adjunto al jefe del Estado Mayor en el delicadísimo momento de la derrota alemana en la Gran Guerra. Consiguió convencer al emperador Guillermo de no oponer resistencia a la revolución democrática que sucedía en noviembre en Berlín. Fue dos veces Ministro de Defensa, la primera entre 1920 y 1923 y la segunda entre 1928 y 1930. 

Groener recibió a Franco con respeto e incluso admiración, por su juventud y su preparación y, le apoyó durante su estancia en la Escuela Militar alemana e incluso en su diario llegó a escribir que "el general Franco es un hombre de gran capacidad profesional y llegará a los más altos puestos en su país, España".

En la Academia de Dresde Franco tomó nota de que entre  los requisitos básicos de la formación de los oficiales estaba el nivel cultural que se les exigía, un título de bachiller superior, imprescindible para el acceso a la universidad, una distinción que puede parecer corriente hoy en día, pero no lo era tanto entonces. Tras acceder al curso de formación, el candidato recibía un primer baño de agua fría, pues los primeros seis meses iba a recibir entrenamiento de orden cerrado y otras materias exactamente igual que si fuera un soldado recluta, tras lo cual eran enviados a servir en un regimiento de tropas regulares (habitualmente había dos candidatos en cada compañía del mismo), donde eran tratados como soldados rasos, y cumplían exactamente las mismas tareas que estos, al menos durante los meses de primavera y verano. Durante este proceso, el candidato a oficial aprendía cómo era la vida de aquellos que dependerían de él en el futuro, lo que, sin duda, facilitaba que más adelante supieran exactamente a qué se enfrentaban y que podían exigirles, si querían.

Las impresiones de este viaje fueron recogidas en un informe de una cincuentena de folios que se conserva unido a su expediente personal en el archivo del Alcázar de Segovia. Algunas de sus observaciones resultan bastante ilustrativas del contexto en que se movían Franco, el ejército español y el alemán durante la década de los años 20. Las circunstancias eran muy especiales en aquel momento para los ejércitos de los dos estados. Como es bien conocido, en 1928 la Wermacht debía someterse a los límites marcados en el tratado de Versalles, que imponían unas fuerzas armadas de tan solo 100.000 hombres con un máximo de cuatro mil oficiales. Estos límites también afectaban a la cantidad y variedad de su armamento, quedando excluidos, por ejemplo, los gases tóxicos, los blindados y los submarinos, entre otras armas.

Pero el autor centra su informe en acuerdos similares que también se gestionaron con el ejército español. Éste andaba desesperadamente necesitado de modernizarse, ya que las dificultades en Marruecos y la incómoda neutralidad durante la Primera Guerra Mundial habían puesto claramente de relieve su más que limitada capacidad de combate. Además, una dictadura constituía el entorno político ideal para este tipo de arreglos opacos. Así -y como también explica en detalle Juan Pando en el libro sobre Annual - España se ofreció para albergar una fábrica de gases tóxicos producidos por químicos alemanes. Se construyó asímismo un submarino experimental alemán que luego fue vendido a la marina turca, y se realizaron cursos 'clandestinos' de guerra química para oficiales españoles, por ejemplo. El encargado de gestionar todos estos asuntos era el agregado militar de la embajada española, Juan Beigbeder, futuro organizador de las fuerzas moras que ayudaron a la revuelta militar de 1936 y ministro de Asuntos Exteriores.

La Academia Militar General de Zaragoza era un proyecto muy querido tanto por Primo de Rivera como por Franco. Se les ofrecía la oportunidad de formar promociones de oficiales que compartieran su espíritu nacionalista y conservador y pusiesen fin a la tradicional división entre armas que había aquejado la organización militar española desde la instauración del régimen liberal.

Franco deseaba inspirarse en el ejército alemán. Significativamente, no se dirigió hacia los modelos francés o británico, aureolados por la victoria en el último gran conflicto. El caso francés podía haber ofrecido la escuela de Saint-Cyr como modelo más próximo a lo que se deseaba crear, pero el general español decidió fijarse en la Escuela Militar de Dresde, fundamentalmente destinada a la infantería, cuerpo al que él mismo pertenecía.  Durante dos semanas se entrevistó con responsables de la enseñanza militar alemana, giró visita a las instalaciones de la escuela y presenció, a petición propia, las maniobras desarrolladas por un batallón de infantería de la guarnición de Berlín.

Francia 

A Franco le chocaron diversas cosas, algunas importantes y otras quizá más frívolas. Entre las primeras, observó que los alemanes simulaban el empleo de carros blindados en combate utilizando automóviles revestidos con planchas, y que los usaban de manera independiente a la infantería, planteamiento que le pareció incorrecto, tal como hubiera opinado también un gran número de oficiales de toda Europa. No se percató de que estaba asistiendo a los ensayos tácticos de lo que posteriormente sería conocido como bliztkrieg, lo que vendría a demostrar que la opción por el ejército alemán no era tan técnica como ideológica. En el apartado de aparentes frivolidades, incluye en el informe que los almuerzos oficiales que le ofreció la oficialidad germana eran exageradamente austeros, en claro contraste "con lo copioso de nuestros banquetes militares". En lugar de prestar tanta atención a celebraciones y ágapes, los generales alemanes se dedicaban a interrogar y corregir a los oficiales participantes en las maniobras, lo cual también causó cierta sorpresa en el futuro Caudillo.

El segundo viaje fue a Francia, y ello sucedió el 3 de noviembre de 1930 como consecuencia de una visita previa del ministro francés de la Guerra, André Maginot, a España y, en concreto, a la Academia General Militar de Zaragoza, de la que Franco era director. El ministro francés, además de aplaudir la labor que Franco venía haciendo en la academia y de imponerle las insignias de comendador de la Legión de Honor, invitó al general para que asistiese a un curso de mandos superiores en la Academia de Saint-Cyr. Franco salió para Versalles ese mismo día y permaneció allí un mes. En la famosa escuela militar francesa -según su biógrafo George Hills- Franco advirtió un espíritu, unos principios y unos patrones profesionales mucho más próximos a los que prevalecían en Zaragoza que los que había estudiado en la Escuela Alemana de Dresde. Franco comulgaba más, al parecer, con la doctrina francesa de la concentración y potencia de fuegos y disentía del esquema prusiano de academias separadas por armas y vinculación regimental de los oficiales.

Franco estuvo un mes en Francia. Durante el curso el joven general español llama la atención de los mandos militares franceses por su gran preparación intelectual y militar, y se preocupa por conocer a fondo los trabajos de la Escuela de Estudios Orientales aneja a la Universidad de la Sorbona. Por cierto, que fue durante esta estancia de Franco en Francia cuando su admirado Ortega y Gasset publica en el diario "El Sol" su famoso y trascendental artículo "El error Berenguer".

La Academia Especial Militar de Saint-Cyr es un establecimiento de enseñanza superior, que forma a oficiales del Ejército de Francia. Su divisa es "Ils s'instruisent pour vaincre" ("Se instruyen para vencer").

La escuela fue creada por la ley del 11 de floreal del año X por orden de Napoleón Bonaparte, quien ordenó su instalación en Fontainebleau el 28 de enero de 1803. En 1806 se trasladó a la ciudad de Saint-Cyr , en los edificios de la Casa real de San Luis, fundada por madame de Maintenon en 1686. Se transformó en Escuela Imperial Militar en 1804, aunque sólo a partir de 1818 empezaron a llegar alumnos de manera regular y constante. 

En la Academia Saint-Cyr (LaurEnt de Gouvion-Saint-Cyr destacó como general y como mariscal en los ejércitos de Napoleón y fue Ministro de la Guerra entre 1828 y 1830) Franco pudo ver claramente la diferencia de formación de los oficiales entre la Academia de Dresde y la Academia de París y frente a lo que él mismo creyó durante su estancia en Alemania le convenció más la formación de los oficiales franceses e incluso la formación de los grandes ejércitos. Para Franco, soldado convencido de infantería,  los ejércitos no pueden actuar por separado, la fuerza la da la actuación simultánea, como se había demostrado en la batalla de Alhucemas, precisamente por la que había recibido la Legión de Honor impuesta por el gobierno de París. En los anales de la Academia de Saint-Cyr el paso del general español figura como "un gran general, con una gran inteligencia y una gran cultura militar que dará que hablar en el futuro".

Hay otro viaje "oficial" de Franco que también se ha silenciado y que en su momento llegó incluso a salir en las portadas de los periódicos españoles. Fue cuando siendo ya Jefe del Estado Mayor Central del ejército, fue designado por el Gobierno como miembro de la misión española que iba a asistir a los funerales del rey de Inglaterra Jorge V y a la coronación inmediata de su sucesor, Eduardo VIII. Curiosamente en las fotografías que publicó la prensa de aquellos acontecimientos, Franco aparecía junto al mariscal soviético Yujachevsky y más curioso aun fue que la misión soviética estuviese presidida por Máximo Litvinov, el mayor conocedor de la situación política española y el hombre que tanta influencia indirecta tendría en la formación del Frente Popular.

Fueron unos viajes de gran prestigio para Franco, el general más joven de Europa.


Y ahora algunas opiniones sobre Franco

 Tras el "viaje" a Alemania y a Francia con Franco me van a permitir que recoja algunas de las opiniones que hombres de la izquierda y de la derecha tenían de Franco antes y después de la Guerra Civil.

Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo, escribía:

"El respeto y el amor por la verdad moral me empujan a confesar que la República española ha constituido un fracaso trágico. Sus hijos son reos de matricidio. No es menos cierto que ya no hay republicanos en uno u otro lado.

Desde el comienzo del movimiento nacionalista, he asentido a él explícitamente y he profesado al general Franco mi adhesión, tan invariable como indefectible. Me enorgullece y honra tener mis dos únicos hijos sirviendo como simples sol­ dados en la primera línea del ejército nacional.

De Franco siempre he tenido la mejor opinión, lo cual vale bien poco, pues la opinión es sobremanera falible, singular­ mente la mía. Pero he tenido fe en él; y esto vale mucho más. Opinión o no opinión, fe o no fe, parece archievidente que España -Franco y España- esto es, libre, son una cosa misma."

Por su parte Salvador de Madariaga, uno de nuestros intelectuales más finos y más cosmopolita, escribiría de Franco estas palabras


"Por estos andurriales de experiencia iba yo excursionando entonces cuando me aconsejó un amigo que me encontrase con el jefe de Estado Mayor, Francisco Franco. Quien me lo recomendaba era una de las personas que me merecían mayor confianza, mi ex subsecretario Ramón Prieto Bances. Como asturiano, conocía a Franco bien, pues aquel gallego, el más tarde famoso general, había rearraigado en Asturias al casarse con una ovetense. Y aquí, como gallego que yo soy también, con dos hermanos rearraigados en Asturias, tendré que digredir otra vez.

Comimos en el Hotel Nacional en octubre y estuvimos juntos los tres cosa de dos o tres horas.

Franco habló algo menos de lo que el español medio habría hablado en tales circunstancias, aunque sin manifestar reserva, desconfianza o suficiencia alguna. Me llamó la atención por su inteligencia concreta y exacta más que original o deslumbrante, así como por su tendencia natural a pensar en términos de espíritu público, sin ostentación alguna de hacerlo. Otros rasgos de su carácter que luego se manifestaron, no asomaron en la conversación."

Y el astuto, listo y sibilino Indalecio Prieto, el gran líder socialista, hizo en su famoso discurso de Cuenca, ya en 1936, la mejor semblanza que nunca se hiciera de Franco:

"Merece la pena, luego de haber remarcado el sentido de menosprecio que los elementos directores de los partidos derechistas acusan con la inclusión en sus candidaturas de los nombres del general Franco y del señor Primo de Rivera, consagrar unos minutos de atención a tan curioso fenómeno político. Ha desaparecido de la candidatura de Cuenca el nombre del general Franco. Yo me felicito sinceramente de tal desaparición. He leído en la prensa manifestaciones de este general, según las cuales su nombre se incluyó en la candidatura por Cuenca contra su voluntad, sin su autorización. No tengo por qué poner en duda la sinceridad de estas manifestaciones, aunque le he de decir también, no pudiendo recatar la sinceridad mía, que hubiese preferido que esa rectificación del general Franco se hubiera producido con anterioridad al justo acuerdo de la Junta Provincial del Censo, que le eliminó de la candidatura. No he de decir ni media palabra en menoscabo de la figura del ilustre militar. Le he conocido de cerca, cuan­do era comandante. Le he visto pelear en África; y para mí, el general Franco, que entonces peleaba en la Legión a las órdenes del hoy también general Millán Astray, llega a la fórmula suprema del valor, es hombre sereno en la lucha. Tengo que rendir este homenaje a la verdad. Ahora bien, no podemos negar, cualquiera que sea nuestra representación política y nuestra proximidad al Gobierno -y no lo podemos negar porque al negarlo, sobre incurrir en falsedad, concluiríamos por patentizar que no nos manifestábamos honradamente-, que entre los elementos militares, en proporción y vastedad considerables, existen fermentos de subversión, deseos de alzarse contra el régimen republicano, no tanto seguramente por lo que el Frente Popular supone en su presente realidad, sino por lo que, predominado en la política de la nación, re­presenta como esperanza para un futuro próximo. El general FRANCO por su juventud, por sus dotes, por la red de sus amistades en el Ejército, es hombre que, en momento dado, puede acaudillar con el máximo de probabilidades -todas las que se derivan de su prestigio persona- un movimiento de este género."

Y famosa fue la descripción puramente militar que hizo Arturo Barea en su famosa trilogía "La forja de un rebelde", en la que describe a Franco en batalla como nadie lo había hecho ni lo haría después.

-Naturalmente. Millán Astray es un bravucón. Se ha ganado la fama de héroe y ya no hay quien se la quite. Y precisamente el hombre que podría hacerlo es Franco. Sólo que esto es un poco complicado de explicar... Yo sé cuántos oficiales del Tercio se han ganado un tiro en la nuca en un ataque. Hay muchos que quisieran pegarle un tiro por la espalda a Franco, pero ninguno de ellos tiene el coraje de hacerlo. Les da miedo de que pueda volver la cabeza, precisamente cuando están tomándole puntería.

-Pero seguramente pasa lo mismo con Millán Astray.

-Ca, no. A Millán Astray no se le puede dar un tiro por la espalda. Ya tomó él buen cuidado de ello. Pero con Franco no es difícil. Se pone a la cabeza y... bueno, es alguien que tiene riñones, hay que admitirlo. Yo le he visto marchar a la cabeza de todos, completamente derecho, cuando ninguno de nosotros nos atrevíamos a despegar los morros del suelo, de espesas que pasaban las balas. ¿Y quién era el valiente que le pegaba un tiro entonces? Te quedabas allí, con la boca abierta, esperando a que los moros le llenaran de agujeros a cada momento, y a la vez asustado de que lo hicieran porque entonces estabas seguro de que echabas a correr. Hay además otra cosa, es mucho más inteligente que Millán Astray.

En 1925 el exministro de Alfonso XIII Don Antonio Goicoechea, publicó en la "Revista de tropas coloniales" un artículo en el que entre otras cosas decía:

"Por su juventud, por su historia, por su triunfal carrera, el nuevo coronel Franco es un hijo del ambiente militar de la Legión y un singularísimo prototipo de ella.

Con la permanencia indestructible de los recuerdos gratos, ha quedado en mi alma impreso el del instante en que conocí al joven coronel. Comenzaba a halagarle y a circundarle con sus resplandores el aura popular. Sus primeros alardes de frío valor, de inteligencia cultivada y perspicaz, de conocimiento seguro y firme del arte militar, le habían ya granjeado merecida popularidad. Corría su nombre de boca en boca, emparejado con el de Millán Astray, su maestro, su camarada, su émulo en el sacrificio abnegado y heroico. Por pura y desinteresada simpatía hacía todo lo que aparece ante mis ojos como verdaderamente grande, acudí, sin conocerle, como uno de tantos, a un acto de homenaje celebrado en su honor.

Revueltos y confundidos en afectuosa familiaridad, sentábanse a la mesa, sumando varios centenares, hombres civiles y oficiales y jefes de diversas armas. Una preocupación en que se mezclaban por iguales partes la amargura y el orgullo, do­ minaba todos los espíritus y se retrataba en todos los semblan­tes; sólo en África se pensaba y sólo se hablaba de África. Reciente la conquista de Xauen, la habilidad y el sereno valor desplegado para ganarla, era el palpitante asunto de las conversaciones.

Varios oradores dijeron con entonación y gesto solemne lo mismo que en voz baja habían dicho ya todos los comensales. Y, al fin, con el esperado pretexto de balbucear unas frases de gratitud, Franco púsose de pie.

En el ruido de aclamaciones incesantes y apasionadas, pude a mi sabor contemplarle, antes de oírle. Su prestancia airosa; la serenidad dulce de su mirada, en la que había algo a la vez de retador y de infantil, conquistó sin esfuerzo la general simpatía; cada uno de los comensales vio extendida ante sus ojos la carta de recomendación a que aludiera Schopenhauer en uno de sus pensamientos más felices. Dejase al cabo escuchar una palabra de estilo familiar y sencillo. Las frases rituales de agradecimiento y de modestia, no mayores ni menores en número de las estrictamente necesarias, sirvieron de breve introito a un discurso vibrante, inflamado, pletórico de pasión, más parecido a una arenga que a un brindis. Durante la noche habían dejado oír su voz hombres que por su procedencia y su oficio podían considerarse como profesionales de la oratoria: ninguno había producido el sincero entusiasmo, la intensa emoción que había despertado la palabra de Franco. Por centésima vez hubo de comprobarse que no es el orador quien fabrica con sujeción a formularios la emoción; sino la emoción verdadera quien hace los más perfectos y grandilocuentes oradores. En Franco, el himno entonado a la patria y a la bandera no era sólo un arrebato lírico y un re­ curso para una efímera finalidad suasoria: era algo que brotaba, según la recomendación de Quintiliano, del pecho mismo del orador, acompañado del mágico refrendo de una vida y una conducta.

Algún tiempo ha pasado desde entonces y la realidad ha colmado todas las profecías y encarnado en una vida, dichosamente plena de vigor, risueñas esperanzas. El soldado, audaz, se ha convertido en un caudillo; el orador inexperto ha ceñido en sus sienes doble diadema del saber y del valor. Franco ha permanecido fiel a su propio espíritu; su vida militar ha continuado siendo un esfuerzo incansable de desdobla­miento, en el que a cada hazaña sucedía otra nueva, y a cada acto de sacrificio, otro que lo superaba y lo oscurecía. Ni un segundo se le ha visto en su carrera vacilar, ni sentir ese íntimo desfallecimiento con que el egoísmo a menudo se disfraza de abatimiento y de pereza... En la juventud vigorosa de Franco hay encerrado un ejemplo y una enseñanza para los comba­tientes que le siguen y para los pacíficos ciudadanos que lejana y pasivamente le acompañan con su admiración y con su simpatía en todos sus resonantes éxitos." 

(Y resalto lo que se dice: "el soldado, audaz, se ha convertido en un Caudillo..." y esto lo dice el señor Goicoechea en 1925).         

Y lo dicho, yo ni quito ni pongo Rey, pero ayudo a mi señor...y mi señor es y será siempre la verdad y la Historia...(o la intraHistoria).


El modelo alemán. Franco prepara la futura Academia General Militar española



Es bien conocida la reluctancia de Franco a viajar fuera de España durante sus cuarenta años de ejercicio de la Jefatura del Estado. Apenas unas salidas forzadas lo más cerca posible de la frontera (Hendaya, Bordighera..) y una única visita de estado a Portugal. Sin embargo, se menciona poco que el futuro Caudillo solicitó trasladarse a Alemania para visitar la Academia militar de Dresde cuando, por encargo de otro dictador, Miguel Primo de Rivera, estaba organizando  la nueva Academia General Militar de Zaragoza, cuya dirección se le había encargado. Las impresiones de este viaje fueron recogidas en un informe de una cincuentena de folios que se conserva unido a su expediente personal en el archivo del Alcázar de Segovia. Algunas de sus observaciones resultan bastante ilustrativas del contexto en que se movían Franco, el ejército español y el alemán durante los años 20. Podemos conocer con bastante detalle su contenido gracias a un artículo publicado por Jesús Albert con el título Viaje de formación a Dresde. Alemania como ejemplo, en La Aventura de la Historia (2010), nº 143, pp. 44-49.

Las circunstancias eran muy especiales en aquel momento para los ejércitos de los dos estados. Como es bien conocido, en 1928 la Wermacht debía someterse a los límites marcados en el tratado de Versalles, que imponían unas fuerzas armadas de tan solo 100.000 hombres  con un máximo de cuatro mil oficiales. Estos límites también afectaban a la cantidad y variedad de su armamento, quedando excluídos, por ejemplo, los gases tóxicos, los blindados y los submarinos, entre otras armas.

El ejército alemán nunca deseó respetar la nueva situación, y realizaba en secreto toda clase de preparativos para cuando fuera posible revisar lo que su numeroso sector nacionalista consideraba un simple diktat de los vencedores. También es sabido que llegaron a establecer muy buenas relaciones con otros 'parias' de la escena internacional, los soviéticos, para que algunas de sus actividades escaparan al control de las potencias occidentales.

Pero el autor centra su artículo en acuerdos similares que también se gestionaron con el ejército español. Éste andaba desesperadamente necesitado de modernizarse, ya que las dificultades en Marruecos y la incómoda neutralidad durante la Primera Guerra Mundial habían puesto claramente de relieve su más que limitada capacidad de combate. Además, una dictadura constituía el entorno político ideal para este tipo de arreglos opacos. Así -y como también explica en detalle Juan Pando en el libro sobre Annual que comentamos el pasado 5 de enero- España se ofreció para albergar una fábrica de gases tóxicos producidos por químicos alemanes. Se construyó asímismo un submarino experimental alemán que luego fue vendido a la marina turca, y se realizaron cursos 'clandestinos' de guerra química para oficiales españoles, por ejemplo. El encargado de gestionar todos estos asuntos era el agregado militar de la embajada española, Juan Beigbeder, futuro organizador de las fuerzas moras que ayudaron a la revuelta militar de 1936 y ministro de Asuntos Exteriores.

La Academia Militar General de Zaragoza era un proyecto muy querido tanto por Primo de Rivera como por Franco. Se les ofrecía la oportunidad de formar promociones de oficiales que compartieran su espíritu nacionalista y conservador y pusiesen fin a la tradicional división entre armas que había aquejado la organización militar española desde la instauración del régimen liberal. Una cerrada oposición ofrecían, sin embargo, los denominados cuerpos facultativos -fundamentalmente artillería e ingenieros-. A estas armas iban a parar, tradicionalmente, los elementos más ilustrados de la milicia, y su formación técnica era mucho más importante que la recibida por los oficiales de infantería o caballería. Como resultado, al acabar su paso por las academias respectivas, recibían también la titulación civil de ingeniero industrial o de caminos, por lo que podían, en caso necesario, plantearse el abandono de un ejército mal pagado y con muy escasas posibilidades de promoción. Para ellos, pasar dos años junto con sus compañeros de otras especialidades, de conocimientos teóricos muy limitados y educados a base de marchas y cabalgatas, constituía una evidente pérdida de tiempo y ponía en riesgo su propia capacitación profesional.

Franco deseaba inspirarse en el ejército alemán. Significativamente, no se dirigió hacia los modelos francés o británico, aureolados por la victoria en el último gran conflicto. El caso francés podía haber ofrecido la escuela de Saint-Cyr como modelo más próximo a lo que se deseaba crear, pero el general español decidió fijarse en la Escuela Militar de Dresde, fundamentalmente destinada a la infantería, cuerpo al que él mismo pertenecía.  Durante dos semanas se entrevistó con responsables de la enseñanza militar alemana, giró visita a las instalaciones de la escuela y presenció, a petición propia, las maniobras desarrolladas por un batallón de infantería de la guarnición de Berlín.

A Franco le chocaron diversas cosas, algunas importantes y otras quizá más frívolas. Entre las primeras, observó que los alemanes simulaban el empleo de carros blindados en combate utilizando automóviles revestidos con planchas, y que los usaban de manera independiente a la infantería, planteamiento que le pareció incorrecto, tal como hubiera opinado también un gran número de oficiales de toda Europa. No se percató de que estaba asistiendo a los ensayos tácticos de lo que posteriormente sería conocido como bliztkrieg, lo que vendría a demostrar que la opción por el ejército alemán no era tan técnica como ideológica . En el apartado de aparentes frivolidades, incluye en el informe que los almuerzos oficiales que le ofreció la oficialidad germana eran exageradamente austeros, en claro contraste "con lo copioso de nuestros banquetes militares". En lugar de prestar tanta atención a celebraciones y ágapes, los generales alemanes se dedicaban a interrogar y corregir a los oficiales participantes en las maniobras, lo cual también causó cierta sorpresa en el futuro Caudillo.

Le chocaron mucho algunos hábitos políticos o semipolíticos introducidos en el ejército alemán tras la guerra, como la existencia de 'soldados de confianza', que ejercían de intermediarios entre oficiales y tropa y podían plantear ciertas demandas cotidianas de ésta para mejorar la situación del soldado. Y, sobre todo, el hecho de que, según le explicaron, en Austria los 'socialistas' (no habla de los otros partidos) pudiesen enviar sus militantes a los cuarteles para hacer propaganda entre la tropa -que voluntariamente les quisiera escuchar- en periodos electorales.

Consideró los métodos de enseñanza alemanes muy sofisticados, con empleo de máquinas de cine o proyectores (aprovechó para encargar algunos con destino a Zaragoza) y, sobre todo, con un planteamiento abierto de las clases donde profesores y alumnos discutían las propuestas de técnica militar explicadas en el aula, frente al tradicional estudio memorístico practicado en España. Todo ello no debió desanimarlo mucho, porque su informe concluye afirmando que, en poco tiempo, la futura Academia Militar española se hallará "a la altura de similares extranjeras".

Cuando el gobierno republicano de Azaña, que pugnaba por reducir el extraordinariamente elevado número de oficiales que sobrecargaban las plantillas, suprimió la Academia General Militar, no hizo sino enconar el rechazo que la República inspiraba a Franco, privándole de una herramienta con la que había deseado forjar a su propia imagen valores idénticos en los oficiales de todas las armas, un espíritu, por cierto, sólo en parte coincidente con el que se respiraba en las academias alemanas.

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