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miércoles, 28 de octubre de 2020

Santiago hacia el futuro.-a

santiago


Con una densidad poblacional cada vez mayor y una expansión de las zonas urbanas hacia la periferia Santiago parece no ceder ante su crecimiento. Se estima que la ciudad llegará a los 9 millones de habitantes en 2035. Cinco expertos en urbanismo y arquitectura comparten sus proyecciones sobre cómo será Santiago si continúa creciendo y qué se debe hacer para evitar el colapso de las zonas más pobladas.

Tal como ocurre en varias capitales latinoamericanas, el crecimiento de Santiago sigue concentrando una gran cantidad de la población total del país, y no hay signos de que esto se detenga.

Tomemos por ejemplo el Centro Histórico de la ciudad: si hace tres décadas había 50 viviendas por hectárea, hoy existen 5.000, de acuerdo con el Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la UC, lo que no se replica en ninguna otra ciudad del territorio.

Hoy, Santiago acumula alrededor de seis millones de habitantes (35,6% de la población chilena total), según el último Censo. Luego hay un salto hacia las áreas urbanas de que forman Valparaíso y Concepción, ambas con menos de un millón de personas. Pero el crecimiento pareciera no ceder.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas, Santiago podría llegar a los 9 millones de habitantes en 2035. El crecimiento requiere considerar el impacto que una alta densidad poblacional puede afectar materias como transporte, salud, educación e incluso recreación.

El problema de la planificación

Los problemas de segregación y las zonas con una densidad problemática podrían tener su génesis en la tardía planificación que tuvo Santiago, de acuerdo a expertos. El expresidente del Colegio de Arquitectos, Alberto Texido, propone que la ciudad ha tenido pocos episodios de planificación desde su trazado original. 

"Gran parte de las avenidas que conocemos hoy fueron los límites de grandes predios agrícolas, sin que las líneas rectas de la planificación pudieran imponerse, como sí ocurrió en ciudades como Barcelona, Nueva York o Berlín", propone Texido.

La Doctora en arquitectura e investigadora del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS), Alejandra Rasse, explica que hace algunos años se veía que las periferias sur, norte y poniente de la ciudad estaban conformadas por hogares de bajos ingresos que vivían en condiciones de alta segregación.

 "En estos barrios lo que se hizo fue solo vivienda. La dotación de servicios llegó mucho después. Eso perjudicó la calidad de vida de las personas que no encontraban ninguna oportunidad de esparcimiento ni de trabajo y les implicaba moverse en viajes bastante largos", sostiene Rasse.


Las comunidades desprovistas de suficientes servicios básicos dieron pie a la segregación que caracteriza a Santiago y a la mayoría de las ciudades de Chile. Según el presidente del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano, Sergio Baeriswyl, la última medición que la institución hizo en 117 comunas del país, arrojó que ninguna de ellas cumplía con los estándares de integración social esperados. Baeriswyl, también arquitecto, propone que la segregación se instaló en las ciudades chilenas por una política habitacional muy fuerte en las décadas de los 80 y 90, en que se construyeron grandes barrios periféricos con suelo muy barato destinado exclusivamente a familias vulnerables.

La densificación equilibrada

Conociendo la situación actual de la ciudad, ¿es posible enmendar el camino? La respuesta, dicen los expertos es la densificación equilibrada, es decir, un aumento según las capacidades del espacio público, las áreas verdes, la vialidad y el transporte; que procure poblar zonas de Santiago sin afectar a la comunidad. Alejandra Rasse explica, por ejemplo, que las construcciones deben quedar sobre calles que puedan soportar el alto tránsito que deriva del aumento de la densidad, además de aumentar los servicios de la ciudad en esos sectores.

Aunque asegura que no existen fórmulas mágicas para la densificación equilibrada en todos los casos, Sergio Baeriswyl explica que hay factores que ayudan. 

“Se densifica en la medida que tenga disponibilidad, una brecha a favor, de servicios urbanísticos. Puede darse también la acción más proactiva, donde un proyecto se hace cargo del déficit que tiene el lugar. Por ejemplo, que cree un espacio público o ciertos servicios en la plataforma baja”, propone el presidente de la CNDU.

Desde la Asociación de Oficinas de Arquitectos de Chile (AOA), su presidenta Mónica Álvarez asegura que tanto la institución a su cargo como la Cámara Chilena de la Construcción y la Asociación de Desarrolladores Inmobiliarios han promovido la densificación equilibrada en los últimos años.

 "Nosotros hemos peleado porque las ciudades tengan muchos centros y no solo uno o dos, para que existan núcleos por comunas, donde la gente pueda trabajar en su comuna", afirma. 

Sin embargo, asegura que deben existir políticas públicas que exijan la densificación equilibrada, además de un cambio profundo en los planos de las ciudades. Advierte que no es una tarea fácil, tomando en cuenta qué es lo que viene para el futuro.

Las proyecciones para Santiago

Aunque reconoce que proyectar cómo será la segregación en unos años es complejo, el investigador asociado del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), Luis Valenzuela, distingue ciertas tendencias que, aunque podrían cambiar, afirma que posiblemente continuarán. Valenzuela, quien además es director del Centro de Inteligencia Territorial de la Universidad Adolfo Ibáñez, postula que en Santiago los grupos que más se segregan son los de altos ingresos, y no solo en los barrios altos tradicionales de Santiago, sino que repiten la segregación en otros sectores de la precordillera, como las zonas más altas de La Reina, Peñalolén, La Florida y Puente Alto. Y advierte que eso podría agudizarse.

Otra de sus proyecciones es que los grupos de menores ingresos han tendido a disminuir por el costo de vivir en Santiago. 

"Han venido a la baja, dado el alto costo de lo que es arrendar una vivienda, un departamento, incluso una pieza", dice el investigador. 

Sobre la segregación de viviendas sociales, la también socióloga Alejandra Rasse agrega:

 "El suelo es tan caro, que no se está desarrollando vivienda social no solo dentro de la ciudad, sino que tampoco hay mucha oferta de vivienda social para los hogares más pobres en zonas del periurbano de la ciudad". 

La doctora Rasse afirma que en comunas como Quilicura, Pudahuel y Maipú se ha trabajado en la oferta para sectores medios, lo que diversifica los barrios. No obstante, no se generan oportunidades de acceder a vivienda para los hogares más pobres.

Baeriswyl, el presidente del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano, se muestra optimista ante las proyecciones de segregación en Santiago. Asegura que los subsidios están focalizados preferentemente a la integración social, por lo que, en los próximos 10 años, los niveles de segregación podrían disminuir si la infraestructura urbana llega a los suburbios. También sostiene que, con la llegada del metro a zonas periféricas, llegan también servicios, más equipamiento y comercio que subsanan la segregación. 

"Es una carrera de fondo, larga, que va a tomar muchos años. Lo importante es que hoy día está en el centro de la política pública de nosotros como Consejo", dice Baeriswyl.



Adiós, Santiago

Fredi Velásquez

2 ENE 2021 

Las inmobiliarias se han percatado de un nuevo fenómeno entre jóvenes profesionales: ya no buscan vivir en la capital, sino que están mirando las regiones para una nueva vida. La posibilidad del teletrabajo y el alto costo de la vida en la Región Metropolitana están haciendo que cada vez sean más los que emigran.

Desde niño que Jorge Ricci vivía cerca del Parque Forestal. Sus padres lo habían criado ahí, en un sector que por sus áreas verdes y su ubicación parecía perfecto. Sin embargo, en el último tiempo vio cómo el barrio fue cambiando.

La explosión del sector de Lastarria como polo gastronómico modificó el paisaje urbano. La tranquilidad se fue acabando paulatinamente. Luego, el estallido social cambió para siempre la vida de sus vecinos. Se tuvieron que acostumbrar al fuerte olor de las bombas lacrimógenas, a las barricadas en la puerta de la casa y a los enfrentamientos a diario entre carabineros y manifestantes. El barrio, como lo imaginaba, ya no existía más.

“Tenía mucho cansancio mental de estar viendo cómo llegaban las 18.00, venía la turba y uno tenía que arrancar de la lacrimógena. Hace años que tenía la idea de irme, hasta que di un pasito y me cambié de casa”, recuerda Jorge Ricci.

La misma situación debió enfrentar María José Tapia, quien hasta este año vivía sola en un departamento a un costado de La Moneda. Venía de Rengo y le gustaba aquella vida en el centro de la capital. A pasos del Metro, del Paseo Bulnes y de varios centros comerciales. Pero el estallido social vino a cambiarlo todo.

“Quería mantener una vida más tranquila. El agobio de tanta protesta, de tanta presión, fue súper agotador para mí”, dice ella.

Los dos cuentan que el ritmo de vida en Santiago siempre les pareció agitado. Los tacos, la neurosis de los peatones y la contaminación eran cuestiones negativas. La idea de emigrar siempre estuvo en sus cabezas. Faltaba un empujón. Todo lo que sucedió post 18 de octubre terminó por convencerlos. Y el encierro de la pandemia fue el punto final de su historia en la capital. Ambos decidieron cambiar de vida. Jorge a Chiloé y María José de vuelta a su casa familiar, en Rengo.

“Literalmente, quería arrancar de Santiago, de la vorágine. Me vine hace casi cinco meses a Chiloé, tengo que viajar por trabajo, pero procuro que sea lo menos posible. Fue un cambio mejor. Es otra vida”, dice Jorge Ricci, quien eligió Chiloé por el consejo de una hermana, quien se había ido dos años antes al sur desde Santiago.

“Volví a mi ciudad natal en marzo, con la esperanza de vivir una vida más tranquila, de recuperar mi salud que se vio muy complicada durante el último año”, comenta Tapia.

Los nuevos provincianos.

Las inmobiliarias han notado este nuevo hábito. Gente de Santiago que quiere migrar hacia las regiones. Pucón, Coquimbo y La Serena son algunas de las ciudades preferidas. No hay diferencias entre el norte y el sur. El interés es el mismo. Aunque la tendencia empezó hace algunos años, la pandemia y el teletrabajo han acelerado los cambios. Se estima que muchas empresas van a seguir funcionando bajo esta modalidad y esto es una oportunidad.

“La pandemia tuvo mucha incidencia en esta decisión de compra. Esto lo podemos separar en tres etapas: muchos santiaguinos siempre han querido irse a regiones a vivir por un tema de calidad de vida. Con el estallido social comenzaron a incrementarse la posibilidad de cotizaciones y compras de propiedades y terrenos fuera de Santiago. Por último, la pandemia es el gran gatillador que incrementó la necesidad de mayor espacio”, asegura Cristián Martínez, fundador de Crece Inmobiliario.

La cuarentena en la Región Metropolitana hizo que muchas personas extrañaran el vivir con un patio amplio o con áreas verdes a disposición. Varios se mueven en búsqueda del lago, el mar o la montaña.

“En general, 2018 y 2019 exhiben números bastante similares. Sin embargo, en 2020 el escenario cambió. Sobre todo a partir del tercer y cuarto trimestre, en que se concentra el 61% de las cotizaciones de este año y en los que también se evidencia un aumento relevante en el número total de cotizaciones”, comenta Sergio Barros, director ejecutivo de Enlace Inmobiliario.

El precio de la vida en la capital también es un factor a considerar: la demanda por departamentos y casas ha hecho que el metro cuadrado suba de valor. En regiones se pueden encontrar viviendas con más espacio a un precio conveniente. Muchos buscan escapar de la burbuja.

“Un departamento de 60 m2 en Puerto Varas cuesta 4.800 UF. En Las Condes o Providencia podría costar entre 6.600 UF y 5.800 UF: estamos hablando de un 27% o un 17% más que en Puerto Varas, con vista al lago”, asegura Alejandro García-Huidobro, gerente comercial de propiedades Macal.

En la empresa, aseguran que Puerto Varas es la ciudad de mayor crecimiento en el valor de sus propiedades, con un 18%. Le siguen Rancagua (16%) y Concepción (15,3%).

Un estudio de Enlace Inmobiliario sobre los principales balnearios de Chile con ofertas relevantes, indica que los potenciales compradores se interesan en Coquimbo y la Serena (47%), Viña del Mar y Concón (34.5%) y Pucón y Villarrica (11%).

“Entre 2019 y 2020 observamos un aumento del 25% en el total de cotizaciones de personas que actualmente viven en Santiago y que corresponden a proyectos ubicados fuera de la Región Metropolitana”, dice Sergio Barros.

La mayor conectividad de vuelos nacionales ha sido factor para que varias personas decidan invertir. Casi todas las capitales regionales cuentan con varios vuelos diarios hacia el aeropuerto Arturo Merino Benítez.

“Si revisamos encuestas de años anteriores, podemos descubrir que a muchas personas les atraía Santiago. Pero si les preguntabas si se hubiesen cambiado para irse a vivir a un lugar más tranquilo, más del 50% decía que sí”, comenta Barros.

El perfil del comprador, según Propiedades Macal, incluye a dos grupos mayoritarios. Los primeros son personas entre 60 y 70 años que están pensando en vivir por temporadas en regiones. Y un segundo grupo, el que va más al alza, está conformado por matrimonios jóvenes entre 30 y 40 años. En ambos casos, se trata de profesionales universitarios con una situación económica que les permite tener ahorros e invertir en propiedades.

Hubo un boom de mucha gente preguntando por estas ciudades, Puerto Varas y Pucón. Antes era para segunda vivienda, pero ahora están cotizando para primera vivienda. Hemos vendido mucho, el doble o el triple de lo que vendemos habitualmente”, comenta Benjamín Reichhard, gerente comercial de Tricapitals.

Poder dormir

La voz de Jorge Ricci llega entrecortada desde Chiloé hasta Santiago por teléfono. Vive en el campo, dentro de un sector que queda a 30 minutos de Castro. La mala señal afecta las comunicaciones, pero se está acostumbrando. 

“Es de las pocas cosas malas que hay por acá”, dice.

Ricci pasó de un departamento en el corazón de la capital a una parcela llena de verde. Un cambio que ha notado en pequeños signos. El más notorio: ahora no tiene problemas para conciliar el sueño. Dormir en Santiago Centro no era fácil en tiempos de pandemia.

“Hay cosas que son más engorrosas que en Santiago. Son los costos asociados. Si quieres comprar algo tienes que esperar más por el envío o viajar para hacer los trámites a Castro. Pero la tranquilidad acá es impagable”, asegura.

En Rengo, María José Tapia también encontró una vida más llevadera.

“Encontré tranquilidad, seguridad, y fue un apoyo al bolsillo. En región es mucho más barato vivir que en Santiago. Eso fue importante para mantenerme estos meses”, comenta ella. El sueño también ha mejorado. “Duermo mucho mejor. Ahora tengo espacios como la montaña y el río para hacer deportes. Bajé de peso. Me trajo un sinfín de beneficios en términos emocionales y de salud”.


Ambos están trabajando de manera remota para sus empleadores. Ella como periodista y él en Marketing Digital.

En el futuro, María José proyecta volver a la capital solo para lo necesario: un par de reuniones y nada más.

“No extraño nada de Santiago. A los amigos, obviamente, y a la gente que conocí en los trabajos que tuve. Pero la verdad es que Santiago es una cosa del pasado”, dice Tapia.

Jorge Ricci cuenta que adaptarse no ha sido complejo. Los chilotes son cálidos y lo han hecho sentir bienvenido. Aunque no ha hecho tantos amigos, por la pandemia, sí ha conversado con vecinos. Las invitaciones a tomar once son una muestra de afecto en el sur. Y coincide:

 “Tengo que volver a Santiago para visitas médicas si es que no hay cuarentena. Pero para vivir, nunca más”.

Los dos volvieron a empezar sus vidas en regiones y no piensan mirar atrás.


domingo, 3 de noviembre de 2019

Columna de Mario Vargas Llosa: El enigma chileno.-a



 SAB 2 NOV 2019 |  04:07 PM

Dentro de la catastrófica quincena que ha sido esta para América Latina -derrota de Macri y retorno del peronismo, con la señora Kirchner en la Argentina; fraude escandaloso en las elecciones bolivianas, que permitirán al demagogo Evo Morales eternizarse en el poder; agitaciones revolucionarias de los indígenas en Ecuador -hay un hecho misterioso y sorprendente que me niego a emparentar con los mencionados-; la violenta explosión social en Chile contra el alza de los boletos de Metro, los saqueos y devastaciones, los 20 muertos, los millares de presos y, por último, la manifestación de un millón de personas en las calles protestando contra el gobierno de Sebastián Piñera.

¿Por qué misterioso y sorprendente? Por una razón muy objetiva: Chile es el único país latinoamericano que ha dado una batalla efectiva contra el subdesarrollo y crecido en estos años de manera asombrosa. Aunque sé que los informes internacionales no conmueven a nadie, recordemos que la renta per cápita chilena es de 15 mil dólares anuales (y en poder adquisitivo es de 23 mil dólares, según organismos como el Banco Mundial). Chile ha acabado con la pobreza extrema y en ninguna otra nación latinoamericana han pasado a formar parte de las clases medias tantos sectores populares. Goza de pleno empleo y las inversiones extranjeras y el desarrollo notable de su empresariado y sus técnicos han hecho que sus niveles de vida suban velozmente, dejando muy atrás al resto de los países del continente. El año pasado yo viajé por el interior chileno y me quedé maravillado de ver el progreso que se manifestaba por doquier: los pueblos olvidados de hace 30 años son hoy ciudades pujantes, modernas y con muy altos niveles de vida, teniendo en cuenta los estándares del Tercer Mundo.

Por eso, Chile ya casi ha dejado de ser un país subdesarrollado; está mucho más cerca del Primer Mundo que del tercero. Esto no se debe a la dictadura feroz del general Pinochet; se debe al resultado del referéndum de hace 31 años con el que el pueblo chileno puso punto final a la dictadura (y en el que, por lo demás, Piñera hizo campaña contra Pinochet) y al consenso entre la izquierda y la derecha para mantener una política económica que ha traído gigantescos progresos al país. En 29 años de democracia, la derecha apenas ha gobernado cinco años y la izquierda -es decir, la Concertación-, 24. No es irreverente afirmar, pues, que la izquierda ha contribuido más que nadie a que aquella política de defensa de la propiedad y la empresa privadas, el aliento de las inversiones extranjeras, la integración del país en los mercados mundiales y, por supuesto, las elecciones libres y la libertad de expresión, haya traído el extraordinario desarrollo del país. Un progreso de verdad, no solo económico, sino al mismo tiempo político y social.

¿Cómo explicar entonces lo ocurrido? 

Para entenderlo, es imprescindible disociar lo que ha pasado en Chile del levantamiento campesino ecuatoriano y los desórdenes bolivianos por el fraude electoral. ¿A qué comparar la explosión chilena, entonces? Al movimiento de los “chalecos amarillos” francés, más bien, y al gran malestar que hay en Europa denunciando que la globalización haya aumentado las diferencias entre pobres y ricos de manera vertiginosa y pidiendo una acción del Estado que la frene. Es una movilización de clases medias, como la que agita a buena parte de Europa y tiene poco o nada que ver con los estallidos latinoamericanos de quienes se sienten excluidos del sistema. En Chile nadie está excluido del sistema, aunque, desde luego, la disparidad entre los que tienen y los que apenas comienzan a tener algo sea grande. Pero esta distancia se ha reducido mucho en los últimos años.

¿Qué ha fallado, pues?

 Yo creo que un aspecto fundamental del desarrollo democrático que postulamos los liberales: la igualdad de oportunidades, la movilidad social. Esto último existe en Chile, pero no de manera tan efectiva como para frenar la impaciencia, perfectamente comprensible, de quienes han pasado a formar parte de las clases medias y aspiran a progresar más y más gracias a sus esfuerzos. No existe todavía una educación pública de primer nivel, ni una sanidad que compita exitosamente con la privada, ni unas jubilaciones que crezcan al ritmo de los niveles de vida. Este no es un problema chileno, sino algo que Chile comparte con los países más avanzados del mundo libre. Una sociedad admite las diferencias económicas, los distintos niveles de vida, solo cuando todos tienen la sensación de que el sistema, por lo abierto que es precisamente, permite en cada generación que haya progresos individuales y familiares notables, es decir, que el éxito -o el fracaso- esté en el destino de todos. Y que ello se deba al esfuerzo y la contribución hecha al conjunto de la sociedad, no al privilegio de una pequeña minoría. Esta es, probablemente, la asignatura pendiente del progreso chileno, como sostiene, en un inteligente ensayo, el colombiano Carlos Granés, cuyas opiniones en gran parte comparto.

La obligación en esta crisis del gobierno chileno no es, pues, dar marcha atrás, como piden algunos enloquecidos que quisieran que Chile retrocediera hasta volverse una segunda Venezuela, en sus políticas económicas, sino en completar estas y enriquecerlas con reformas en la educación pública, la salud y las pensiones hasta dar al grueso de la población chilena -que en toda su historia no ha estado nunca mejor que ahora- la sensación de que el desarrollo incluye también aquella igualdad de oportunidades, indispensable en un país que ha elegido la legalidad y la libertad y rechazado el autoritarismo. La justicia tiene que estar en el corazón de la democracia y todos deben sentir que la sociedad libre premia el esfuerzo, y no las conexiones y los enchufes.

El segundo hombre de la “revolución venezolana”, el teniente Diosdado Cabello, ha tenido la desfachatez de decir que todas las movilizaciones y alborotos latinoamericanos se deben a que un “terremoto chavista” está soplando sobre el continente. No parece haberse enterado de que cuatro millones y medio de venezolanos han huido de su país para no morirse de hambre, porque en la Venezuela socialista de estos días solo comen como es debido quienes están en el poder y sus compinches, es decir, aquellos que roban, trafican y disfrutan de los típicos privilegios que las dictaduras de extrema izquierda (y las de derecha, a menudo) conceden a sus súbditos sumisos. No es imposible que agitadores venezolanos, enviados por Maduro, hayan enturbiado y agravado las reivindicaciones de los indígenas ecuatorianos y hasta echado una mano a Cristina Kirchner en su retorno al poder, medio oculta bajo el paraguas del presidente Fernández, pero en Chile, desde luego que no. Que en la cúpula venezolana celebren con champán francés los dolores de cabeza del gobierno de Piñera está descontado. Pero que sea el motor de la revuelta, es inconcebible, por más que fueran los niñitos bien quienes quemaron 29 estaciones del Metro de Santiago y pusieran pintas a favor del socialismo del siglo XXI.

(Lo paradójico es que estos niñatos ni siquiera se pagan el pasaje de Metro: su carné escolar los excluye de ese trámite).

martes, 3 de septiembre de 2019

Galvarino Sergio Apablaza Guerra.-a




Galvarino Sergio Apablaza Guerra (Santiago, 9 de noviembre de 1950) es un exguerrillero chileno, perteneciente al Partido Comunista y uno de los fundadores del FPMR (Frente Patriótico Manuel Rodríguez). Llegó a ser el líder de dicha organización desde 1988 hasta el 2001. Actualmente se encuentra en Argentina.

Hijo de Galvarino Apablaza, un suboficial de ejército que murió en 1986, y de Luisa Guerra Urrutia, era el antepenúltimo de seis hermanos. Entre sus hermanos todos llegaron a completar los estudios secundarios y los mayores se vieron obligados a trabajar en los últimos años de su enseñanza, como una forma de contribuir a las necesidades del hogar. Esto le brindó a Galvarino la oportunidad de ingresar a la universidad y por ser el primero y el único de los hijos con la posibilidad de continuar estudios superiores, 
En sus años de universidad definió su conciencia política, integrándose en 1968 a las Juventudes Comunistas. Al cabo del primer año, fue electo como representante de la facultad ante la Federación de Estudiantes de Chile. Luego del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, fue detenido y deambuló por distintos centros de detención como Londres 38, el Estadio Chile, la Cárcel Pública de Santiago, la ex-Penitenciaría, Tres Álamos y Puchuncaví. El 5 de septiembre de 1974, fue expulsado del país rumbo a Panamá junto a otros 124 chilenos en calidad de exiliados políticos. Desde allí, por razones de salud, decidió trasladarse a Cuba, llegando a la isla en diciembre de 1974. Allí se hizo conocido bajo el apodo de "Compay".
Luego de un tiempo en La Habana, aceptó la oferta de su partido cuando éste le propuso enrolarse en “un nuevo ejército para liberar a Chile del fascismo”. En ese contexto despuntó como el líder natural del joven destacamento militar del Partido Comunista, desde los inicios del proyecto en 1975. Egresado de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, alcanzó el grado de comandante, el más alto en el aparato militar del Partido Comunista, en la especialidad de artillería. Desde ese momento pasó a ser conocido como el “Comandante Salvador”.

Su ascenso al Comité Central del Partido Comunista de Chile, en 1978, fue una señal de que el partido jugaba todas sus cartas en su figura para sacar adelante su proyecto armado. Sin embargo, la colectividad nunca se preocupó de conocer realmente su pensamiento. Su prueba de fuego como “comandante” llegó en 1979, cuando el contingente chileno debió viajar a Nicaragua para apoyar al Frente Sandinista de Liberación Nacional que luchaba en ese momento por derrocar al gobierno de Anastasio Somoza Debayle.
Luego de la victoria sandinista, el “comandante Salvador”, fue uno de los primeros en entrar al búnker del derrocado dictador, encabezando un grupo rebelde que arribó a Managua al amanecer del 20 de julio de 1979.
Para ejercer su liderazgo entre los chilenos, Apablaza contaba con un círculo de incondicionales entre los que contaban Raúl Pellegrin, y Juan Gutiérrez Fischmann, el “Chele”, este fue uno de los últimos en plegarse al grupo y tenía inmejorables vínculos con la dirigencia cubana, ya que su suegro era Raúl Castro, hermano de Fidel Castro. Por otro lado se especula que gracias a su lealtad a Apablaza, Pellegrín asumió como jefe máximo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez cuando sus primeros mandos ingresaron a Chile, procedentes de Cuba en 1983.
Pese a todo Apablaza optó por regresar clandestinamente a Chile a comienzos de 1986, cuando se integró al Trabajo Político del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, pero después de conocida la internación de armas de Carrizal Bajo y fracasado el atentado contra Augusto Pinochet, debió regresar rápidamente a Cuba. En ambas operaciones, por lo demás, no participó en la línea operativa. Protegido por el régimen cubano y primero en la línea jerárquica de los oficiales chilenos de las FAR, nunca estuvo en misiones arriesgadas.
Sólo volvió a ingresar a Chile tras la muerte de Raúl Pellegrin en octubre de 1988. Entonces, asumió plenamente la jefatura del FPMR-Autónomo, la facción más radical del frentismo, que un año antes se había separado del Partido Comunista. Para conducir al FPMR-A, “Salvador” articuló una dirección junto al “Chele” y Mauricio Hernández Norambuena, “Ramiro”. Según investigaciones judiciales posteriores, fue al interior de este trío donde habrían surgido las órdenes para el asesinato del senador Jaime Guzmán y del secuestro de Cristián Edwards, ambos hechos ocurridos en 1991. Luego de estos sucesos, Apablaza nuevamente debió abandonar el país, regresando a Cuba. En 1994 el “comandante Salvador” decidió trasladarse definitivamente a Sudamérica, para establecerse en Argentina.

A fines del año 2000 las discrepancias entre “Salvador” y el resto de los comandantes que abogaban por una línea más militarista, terminaron por quebrar a la cúpula del FPMR, haciendo que Apablaza, en abierto desacuerdo con “Ramiro” y el “Chele”, decidiera abandonar la organización.
En el 2001, Apablaza ratificó públicamente su alejamiento del FPMR en una carta dirigida a la militancia, donde criticó con fuerza que se haya impuesto en la organización “una mentalidad operativa que busca vencer y no convencer”, donde “la eficacia política se ve asociada al carácter operativo de la acción y no a su pensamiento”. Luego de su salida de la cúpula del FPMR, se supo que Apablaza creo un grupo denominado Identidad Rodriguista, en el cual intento plasmar sus ideas políticas, junto a varios ex-frentistas que lo acompañaron en este proyecto.
Apablaza es acusado de ser el autor intelectual del asesinato de Jaime Guzmán y el secuestro de Cristián Edwards y, a pedido de la Justicia chilena, se extendió una orden de captura de la Interpol en su contra en junio de 2004.​
No se habían vuelto a tener noticias concretas de él hasta el 29 de noviembre del 2004, cuando, en un operativo especial de la policía argentina, fue apresado en la localidad de Moreno, provincia de Buenos Aires, donde residía bajo el falso nombre de "Héctor Daniel Mondaca" desde hacía varios años junto a su pareja, la periodista chilena Paula Chahín, quien es empleada en la Secretaría de Medios de la Presidencia, y sus tres hijos de nacionalidad argentina.
El 30 de septiembre de 2010, el Poder Ejecutivo decidió otorgarle a Apablaza el asilo político, por lo cual finalmente no fue extraditado.


Palma Salamanca en París

Daniel Alarcón investigó durante un año y medio antes de publicar el episodio ‘El helicóptero, el silencio, el balazo, la huida‘. Esta crónica la escribió en diciembre de 2018, mientras cubría el proceso de extradición contra Ricardo Palma Salamanca en el Palacio de Justicia en París. 

La primera vez que vi en persona a Ricardo Palma Salamanca fue en los pasillos del Palais de Justice en París, en octubre de 2018. El Palais es justamente eso: un palacio decidida y descaradamente regio, con corredores largos y amplios y escalones de piedra hundidos como viejos colchones. En esa audiencia de octubre, entre los exiliados ahí reunidos, se habló sobre pesadillas, tortura y recuerdos crudos y aterradores de la vida bajo el mando de Pinochet. Ver a Palma Salamanca les había traído todas esas remembranzas de vuelta, y los exiliados se mantuvieron juntos, compartiendo memorias y apoyo, reviviendo traumas que creían haber enterrado hacía mucho tiempo. La prensa chilena había venido, unos pocos medios franceses también, y Palma se destacaba entre la multitud, de rostro impávido, con tres guardaespaldas que levantaban una manta frente a su cara cada vez que alguien intentaba tomarle una foto. Un periodista, un muchacho desgarbado con un traje mal cortado que trabajaba para la televisión chilena, fue amenazado cuando se rehusó a dejar de tomar fotografías. Después de la audiencia hubo incluso un breve forcejeo, mientras él intentaba tomar una foto y un exiliado chileno empujó al joven periodista al piso.

Cuando regresé en diciembre, la atmósfera había cambiado por completo. En los meses anteriores, la Oficina Francesa de Protección a Refugiados y Apátridas, OFPRA, le había otorgado asilo a Palma Salamanca. Esto no significaba que su caso había terminado —técnicamente, extradición y asilo son dos procesos separados e independientes —, pero, en la práctica, ahora era difícil imaginar que el estado chileno tendría éxito en su intento de que Palma Salamanca fuera devuelto. Las posibilidades de que una corte francesa contradiga y anule la decisión de la OFPRA en un caso de asilo eran casi nulas. En Chile, el caso había sido descartado por lo enemigos políticos de Palma. Yo había estado en Santiago cuando se publicó ese fallo y vi cómo miembros del comité formado en solidaridad con Palma Salamanca levantaron una copa de champaña en celebración, un grupo heterogéneo de ex militantes de mediana edad y víctimas de la dictadura brindando frente a los miembros de la prensa chilena e internacional. Un raro momento de satisfacción: los activistas a favor de Palma sintieron, correctamente, como si hubieran ganado.


Palma Salamanca fue arrestado por las autoridades chilenas en 1992

Ahora, en diciembre, había menos prensa y ningún medio francés. En el corredor en frente de la sala del tribunal, los exiliados charlaron, vapearon, rieron y esperaron de buen humor. Habían venido a mostrar solidaridad, con la confianza de que la audiencia de hoy era sólo una formalidad.

Aún así, optimismo y confianza no son lo mismo que certeza. Que las cortes francesas finalmente negasen la solicitud de extradición —eso sería certeza. Eso significaría que todo había acabado, significaría claridad en el futuro, estabilidad e inexpugnable legalidad, algo que Palma Salamanca no había tenido en décadas, aún si había logrado crear un simulacro de todas esas cosas, brevemente, en México.

Esta vez, daba la impresión de ser un festejo, Palma en silencio en el centro de una reunión social, el corazón de la fiesta, pero no exactamente el alma de la misma. Sus partidarios venían a presentarle sus respetos, y él aceptó cada apretón de mano con una sonrisa, un breve y carismático destello de calidez, y entonces retrocedió y se alejó de forma casi imperceptible, y las conversaciones continuaron sin él. Era como si la gente lo tocara para tener buena suerte, o para verificar que era real, esta figura que para muchos exiliados es más un mito que un hombre. Vestía una chaqueta de cuero y una bufanda, que no se quitó, y nunca se puso cómodo. Le pregunté en cierto momento si así lo prefería, las conversaciones zumbando a su alrededor, pero sin él. Dijo que así era. Si los otros se sentían confiados, él aún era prudente.

No es que fuera poco amigable o distante. Era simplemente cauto; no era una falla de carácter sino una adaptación a las extraordinarias circunstancias que han marcado su vida desde que se unió al Frente Patriótico Manuel Rodríguez cuando era adolescente. En octubre, cuando la tensión era más alta, la incertidumbre apenas tolerable, él había estado protegido, rodeado por una impenetrable masa de exiliados chilenos. Esta vez estaba más accesible, sonriendo más, incluso dejaba de cruzar los brazos de vez en cuando. Esperamos un largo tiempo a que comenzara la audiencia —otra diferencia con respecto a octubre, cuando las autoridades vieron el tamaño de la multitud y reorganizaron el expediente para permitir que el caso de Palma Salamanca fuera escuchado primero. No le habían dado ninguna deferencia esta vez, y en algún momento, más o menos en la tercera hora de espera, giré y vi a Palma solo en el corredor, una imagen tan sorprendente en el contexto que tuve que mirar dos veces para confirmarlo.


Fue sentenciado en Chile a dos cadenas perpetuas y 30 años de prisión.

La larga espera también me permitió ver mi entorno con más claridad, o más bien entender algo que había pasado por alto la última vez: que la sala del tribunal no le pertenecía a Palma Salamanca o su drama particular, que el Palais era una institución francesa llena de historias francesas, y no, como parecía, un barroco destacamento de Chile, congelado en ámbar en algún punto de los últimos años de la dictadura. Una sala de audiencias —cualquier sala de audiencias— es un lugar ampliamente utilitario, donde se deciden destinos, donde se cambian vidas. No sólo la vida de Palma Salamanca. De alguna manera, en octubre, no me lo había parecido, pero hoy, mientras esperábamos, una mujer se me acercó y me preguntó en francés qué caso estaba esperando. Ella era una intérprete del árabe, me dijo, y había sido asignada a una audiencia de extradición para un hombre apellidado Djif.

 ¿Era esta? ¿Esta era la sala de audiencias? 
Le contesté sin pensarlo: No, dije. No hay ningún Djif aquí, y luego me di cuenta, al igual que ella, de que, por supuesto, había un Djif ahí. Era él, ese caballero de rostro estrecho que de alguna manera no noté porque no hablaba español, el que vestía un abrigo pesado y una barba marrón de un par de días, aquel con manos nerviosas, rodeado de su esposa y cuatro hijos, el más pequeño aún en un cochecito. La intérprete se alejó, y noté a la esposa de Djif, con un velo un poco suelto: estaba hecha un desastre, ansiosa y claramente asustada. Perdió de vista varias veces a sus dos hijos menores, de cinco o seis años, que se entretenían peleándose y que sólo pararon cuando un policía se llevó a su padre. El más joven, sintiendo intuitivamente el peligro, comenzó a llorar desconsoladamente y cayó hecho un ovillo entre los brazos de su madre.     

 

Para cuando comenzó la audiencia, a eso de las cinco de la tarde, habíamos esperado durante horas y nuestra energía se había agotado. Mucho tiempo de pie. Muchas cámaras tomando la misma foto una y otra vez. Gente arremolinándose, luego dirigiéndose a los bancos a lo largo del pasillo, después de vuelta. A buscar un café y luego de regreso. Cuando las puertas finalmente se abrieron, Palma Salamanca y su séquito entraron primero, después los chilenos, más o menos en orden de su cercanía personal, y una vez que ellos habían entrado, fue el turno de la prensa. La mayoría de nosotros nos quedamos de pie. Había unas cuarenta y cinco personas en la sala del tribunal, una habitación pequeña y cuadrada que se sentía atestada y cálida. Si no hubiera estado de pie, me habría quedado dormido.

El abogado de Chile habló primero, refiriéndose ocasionalmente a sus anotaciones y volviendo una y otra vez a los delitos por los cuales Palma Salamanca había sido condenado hace tantos años. No el contexto que los había rodeado, sino los detalles crudos del asesinato del senador Jaime Guzmán, por ejemplo. Lo que se alega: Guzmán, arquitecto de la constitución de 1980 de Pinochet, ideólogo del régimen, enseñaba derecho en la Universidad Católica. Un día, mientras Guzmán salía de clases, se encontró con dos hombres en las escaleras, quienes aparentemente lo estaban esperando. Ellos eran Palma Salamanca y otro militante del FPMR, Raúl Escobar Poblete, hoy preso en México. Cuando Guzmán los vio, supo que estaba en peligro, así que volvió a subir las escaleras, tomando un camino alternativo hacia su carro. Escobar Poblete y Palma Salamanca fueron al estacionamiento. El chofer de Guzmán no pudo huir, y los dos jóvenes supuestamente le dispararon a Guzmán, quien estaba en el asiento trasero. Como cualquier asesinato, es un crimen simple y brutal. Pero en el transcurso de esas visitas a París, a menudo les preguntaba a los exiliados chilenos, a muchos de ellos, qué justificaba el asesinato, y me encontré una y otra vez con incredulidad, como si no se pudiesen molestar en explicar algo tan obvio. Más allá de la cuestión moral moral, decía yo, ¿no fue un error táctico asesinar a un senador democráticamente electo en un momento político tan precario? Más tarde, volví a escuchar la grabación de estas entrevistas, y me sentí decepcionado: si te quedas debatiendo las tácticas del asesinato y no la cruda inmoralidad de él, entonces quizás has perdido por completo la conversación.    



Aunque era diciembre, una fría e invernal tarde parisina, en el tribunal el calor era soporífero y Palma cerró suavemente sus ojos, como si dormitara. Su francés está bien, no es magnífico. “Me las arreglo”, me había dicho al principio de la semana, entonces me pregunté qué pensaba de todo esto, si podía entenderlo del todo, o si las palabras se apilaban una sobre otra, casi indiferenciables, en una monótona recapitulación de eventos que preferiría olvidar. No era difícil imaginarlo desconectándose de aquello. Luego, en un momento, el abogado de Chile describió a Palma como “un homme très violent”  y vi que los ojos de Palma se abrieron de golpe, su rostro luciendo una expresión de sobresalto y desagradable sorpresa.

Cuando el monólogo del abogado de Chile llegó a su conclusión, la fiscal del estado habló. Ella representa al estado de Francia. Su presentación fue más notable por la mención de los eventos del día anterior en Estrasburgo, donde un islamista armado disparó a once personas, matando a dos, en un mercado navideño. Es más difícil que nunca distinguir entre violencia política y terrorismo, argumentó, particularmente en momentos como este. Aún así, el factor atenuante en el caso de Guzmán fue la tortura que sufrió bajo custodia, y ella parecía inclinada a rechazar su confesión en esos términos. Esta no era una audiencia para descubrir la verdad, no se presentaría evidencia para probar o refutar este o aquel alegato. Para la fiscal, si la confesión se obtuvo bajo tortura, no tenía valor legal.

Finalmente, habló el abogado de Palma, Jean-Pierre Mignard. Es un tipo jovial e ingenioso, pálido, redondo y alegre, con un algo de hombre de espectáculo, lo que era particularmente bien recibido en esa sala de audiencias cálida y atestada. Hizo hincapié en la larga historia de Francia de apoyar a aquellos que combaten regímenes autoritarios. Resaltó una y otra vez que la constitución de 1980 de Guzmán es aún, salvo por algunos cambios cosméticos, el documento que define la política chilena. No pude evitar pensar en una entrevista que había hecho semanas antes en Santiago, en la que un hombre cercano a la familia de Guzmán miró por la ventana de su oficina en un alto edificio hacia los rascacielos y amplias avenidas de la limpia y próspera ciudad, y me dijo con un movimiento de sus brazos que Guzmán era responsable de todo ello. Ese documento —su constitución— había hecho posible este capitalismo sin restricciones y todo lo que conlleva. Lo dijo con una pizca de asombro. No creo que los enemigos políticos de Guzmán diferirían, aunque quizás ellos podrían decirlo con un tono de voz distinto, con los dientes apretados. Llenos de rabia.

El largo día finalmente terminó poco después de las seis y media, y no hubo tiempo para deliberar. La jueza anunció un receso hasta el 23 de enero, golpeó su martillo y eso fue todo. Ese día, este capítulo de la historia de Ricardo Palma Salamanca no tendría fin. Sin cierre, la espera continuó.

El final de esta crónica está contado en el episodio ‘El helicóptero, el silencio, el balazo, la huida’, producido por Daniel Alarcón. 





lunes, 29 de julio de 2019

Bélgica otorgó refugio a ex frentista implicado en el asesinato de Jaime Guzmán.-a


Miguel Ángel Peña.

Pese a que la Corte Suprema había solicitado la extradición de Miguel Ángel Peña, el Comisionado General para Refugiados y Apátridas de ese país decidió otorgarle la calidad de refugiado.
Miguel Ángel Peña, ex integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) y sindicado como uno de los participantes en el atentado que le dio muerte al senador Jaime Guzmán en 1991, recibió la calidad de refugiado en Bélgica, por parte del Comisionado General para Refugiados y Apátridas de ese país.
Según La Tercera, Mariana Durney, directora general de asuntos jurídicos del Ministerio de Relaciones Exteriores, fue quien informó a la Corte Suprema que la decisión se tomó hace pocos días, pese a la petición de extradición solicitada por el máximo tribunal.
Con esto, se complican las opciones de que Peña regrese al país para ser procesado por el ministro Mario Carroza.
No obstante, en su escrito Durney afirmó a la Suprema que se encuentran “abocados a la realización de todas las gestiones diplomáticas pertinentes” para revertir el fallo y agilizar los requerimientos enviados por Carroza.


Miguel Ángel Peña Moreno se habría encargado con Soto de robar el taxi en que se movilizaron los autores del asesinato. Alias "Simón”, el pistolero del FPMR. 
Rut : 10.526.005-9


El ministro en visita Mario Carroza, quien investiga el homicidio del senador de la UDI, Jaime Guzmán, ubicó en Bélgica a uno de los partícipes del crimen que por años permaneció en la clandestinidad. Se trata del frentista Miguel Ángel Peña Moreno, que adoptó la chapa de “Simón”, según averiguó The Clinic Online.

De acuerdo a los antecedentes que obran en el expediente, “Simón” fue el encargado de conseguir el automóvil donde el comando se movilizó para asesinar a Guzmán en el frontis del Campus Oriente de la Universidad Católica en abril de 1991.
Peña Moreno, luego del atentado a Guzmán se escondió en Illapel, Cuarta Región. Allí asesinó al esposo de la mujer que fungía como su pareja a mediados de los 90. Purgó varios meses de cárcel por ese hecho, pero logró obtener el beneficio de la libertad condicional. De allí partió al sur y casi a fines de los 90 la Inteligencia Policial, conociendo su participación en el crimen del parlamentario montó un dispositivo para detenerlo. Sin embargo, “Simón” nunca más se dejó ver, ya que había sido condenado a una pena de cárcel por este último asesinato.

Azar y apoyo

En esta ubicación que logró Carroza también jugó el azar. Sucede que el magistrado vivió en Illapel hace algunos años. De allí que mantenía contactos con personas que militaron en partidos de izquierda, cuya identidad este medio se reserva. Fue a través de ellos que logró conseguir la información, que indica que Simón hace una vida normal en Bélgica, con familia y trabajo estable.
El magistrado se encuentra estudiando los antecedentes para conocer cuál es el estatus que “Simón” tiene en esa nación europea. Ello con el fin de solicitar, si el caso lo amerita, el envío de un exhorto -para que sea interrogado- o una eventual petición de extradición.
Este diario consultó al abogado Luis Hermosilla, querellante de la familia Guzmán, quien indicó que “vamos a apoyar todas las gestiones que el ministro carroza haga para que este sujeto responda en Chile por los delitos que cometió en el país”.
“No hay que olvidar que este hombre fue condenado por un crimen cometido en illapel, pena que nunca se presentó a cumplir”, indicó Hermosilla.

El pistolero.

Peña Moreno, de acuerdo a los antecedentes recabados por este diario, también tendría responsabilidad en la ejecución del frentista y agente de “la oficina”, Agdalín Valenzuela ocurrido en 1995 en Curanilahue.
La decisión de asesinar a Valenzuela se tomó, luego que fuera detenido junto a Mauricio Hernández Norambuena, comandante “Ramiro”, entonces jefe del FPMR, siendo liberado el mismo día, con lo que su condición de informante del organismo gubernamental quedó en evidencia.


sábado, 27 de julio de 2019

Un enigma llamado “Fabiola” (Adriana del Carmen Mendoza Candia) a

Un enigma llamado “Fabiola” (Adriana del Carmen Mendoza Candia)




El septiembre de 1986, en una casa en el Cajón del Maipo, una veintena de combatientes del FPMR se prepara para morir. Están a punto de atentar contra la comitiva de Augusto Pinochet y tienen la certeza de que no saldrán con vida. Sólo uno de ellos es mujer; usa la chapa de “Fabiola”. La emboscada fracasa, pero la joven logra huir, evadiendo por años a la justicia. Su huella fue seguida por el periodista Juan Cristóbal Peña, autor de Los fusileros, la más completa investigación publicada sobre el atentado y sus protagonistas. Esta es la historia de esa búsqueda. En la emboscada a Pinochet se inspiró parte del octavo capítulo de la serie Los archivos del cardenal.
Por Juan Cristóbal Peña

as cosas ocurren en los patios de la antigua Peña de los Parra. Calle Carmen, entre Marín y Santa Victoria. Es de noche, es comienzos de septiembre de 2006 y en minutos comenzará un acto de homenaje por los veinte años transcurridos desde el atentado al general Pinochet. En ese entonces, cuando el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) estuvo a punto de matar a Pinochet, muchos de los presentes en este patio bordeaban los veinte años y eran muchachos y muchachas dispuestos a dar la vida. Más todavía en el caso de quienes se ofrecieron a participar de una acción que -se les dijo- cambiaría la historia de Chile pero en la que había un uno por ciento de posibilidades de salir con vida. Todos los fusileros salieron con vida de esa acción, pero en el camino varios fueron perdiéndola. Por las balas, por las torturas, por el cáncer y por accidentes de tránsito.
Más que héroes, los fusileros que quedan vivos para septiembre de 2006 son sobrevivientes, y algunos de ellos –y ella- rondan por los patios de la antigua Peña de los Parra.
Ella es “Fabiola”, la Negra “Fabiola”, la única mujer que esa tarde de domingo 7 de septiembre de 1986 disparó a la caravana en que viajaba el dictador. La única de entre veinte hombres.
“Fabiola” pertenece a la categoría de los fusileros que fue identificado pero jamás detenido. Jamás hasta que un hecho casual ocurrido mucho después del atentado la llevó a pasar unos pocos días en prisión, sin que se acreditara su autoría en el hecho por el que tenía orden de captura.

Vivió en la clandestinidad por muchos años. Incluso hasta después del fin de la dictadura. La prensa y la policía de los años ochenta la llamaron “una peligrosa terrorista” y la describieron como “morena y de estatura baja”. Esa misma policía, y la que vino después en democracia, la supuso participando en hechos subversivos de relieve. Ella misma corroboró esto último en una entrevista a Punto Final -la única que ha dado-, en la que dijo que esa tarde de domingo 7 de septiembre, en la cuesta las Achupallas del Cajón del Maipo, “las fuerzas de elite de la comitiva del tirano no dispararon un solo tiro” y “se lanzaron como conejos al barranco que da al río Maipo”.
Esa noche de septiembre de 2006, a veinte años de lo que el FPMR llamó tiranicidio, “Fabiola” subirá a un pequeño escenario y saludará a los presentes diciendo hermanos, compañeros, la lucha continua, aunque de otro modo y en otro frente. Luego subirá un muchacho con una guitarra eléctrica para interpretar una versión metalera del himno del FPMR. Esto es: una versión subversiva de un grupo subversivo. Entonces “Fabiola” volverá al escenario y presentará lo que todos han venido a ver: un documental del atentado producido por los autores del atentado.
La sala se ensombrece y la pantalla proyecta el emblema del FPMR. Por cinco, diez, quince minutos. Se escuchan tímidas rechiflas, algunas bromas. El público se inquieta, comienza a levantarse de sus asientos. Entonces alguien sube al escenario y explica que si bien, por problemas técnicos, no se podrá exhibir la película, quedan todos invitados a un vino de honor. La fecha para un nuevo estreno será anunciada en los próximos días.
Lo que ha ocurrido es un deja vu. Una cruel relación de hechos desafortunados. Como hace veinte años, el estreno de una película documental sobre el atentado falla por impericia de sus autores.

***

La primera vez que contacté a “Fabiola” fue por correo electrónico. Le conté que preparaba un libro sobre el atentado a Pinochet y que quería hablar con ella sobre el tema. Le dije que había estado en Francia y Bélgica hablando con algunos de los 21 fusileros y que la idea era contar sus vidas, quienes eran antes de esa acción y qué había sido de ellos –y de ella- después. Le escribí un largo y cuidado correo electrónico y de vuelta recibí uno corto y seco.

-Gracias, no me interesa.

Para entonces, por testimonios de ex frentistas, sabía algo de ella. Había pertenecido a las fuerzas especiales del FPMR, encargadas de realizar las acciones más connotadas y audaces, acciones de propaganda armada que pretendían apoyar el levantamiento popular al que apostaba la organización militar, apoyada por el Partido Comunista, del que dependía. En su diseño original, el FPMR no buscaba derrotar por las armas al ejército de Pinochet. Eso habría sido un delirio. Más bien el FPMR era el puntal que impulsaría a las masas a alzarse contra el dictador en tiempos en que el descontento popular campeaba. De ahí se entiende que además de organizar asaltos para financiarse y acciones de hostigamiento contra cuarteles de la CNI, la organización realizara apagones, secuestros de figuras del régimen, robos a camiones de pollos que eran repartidos en poblaciones, y tomas de medios de comunicación para la difusión de proclamas.
“Fabiola” fue la mujer -la única, otra vez- que participó de la toma de radio Minería, en junio de 1984. El FPMR cumplía seis meses de vida y sus fuerzas especiales llegaron hasta los estudios de Providencia esquina Tobalaba para realizar la que fue considerada la acción más audaz y efectiva que se le conociera hasta entonces. Técnicos y periodistas fueron encerrados en un casino mientras en La Florida un segundo grupo se ocupaba de neutralizar a los custodios de la antena transmisora. A esas horas de la noche, quienes escuchaban al locutor deportivo que relataba un partido de fútbol en directo desde el Estadio Nacional se encontraron con la grabación en caset de una voz gangosa y enérgica que dijo:
Atención, pueblo de Chile: la dirección del Frente Patriótico Manuel Rodríguez se dirige al país. Hermanos, la paciencia de los chilenos se está agotando. ¿Hasta cuando vamos a seguir soportando esta miseria a la cual se nos pretende condenar? ¿Hasta cuándo tanta hambre, tanta cesantía y tanta pobreza? ¿Hasta cuándo tendremos que vivir así, mientras unos pocos se apropian de los bienes nacionales? (…) ¿Hasta cuándo habrá que soportar tanta injusticia? ¿Tanto atropello a nuestra dignidad? ¿Tanto crimen de la siniestra CNI? ¿Tanta persecución y tanto abuso? ¿Hasta cuándo? (…) Sólo cabe luchar con renovada fuerza, empleando todos los medios que podamos, incluidas las armas.
Dos días después de la difusión de esta proclama, La Tercera del 8 de junio informaba que “el grupo, en el que aparentemente participaba una mujer, permaneció alrededor de cinco minutos en las oficinas de radio Minería”. Y que “una vez que la proclama comenzó a ser difundida, los desconocidos se retiraron” con rumbo desconocido.

Las fuerzas especiales de ese entonces estaban a cargo de Fernando Larenas Seguel, el “Loco” Larenas, ex estudiante de Ingeniería y recordado arquero del Club Social y Deportivo Orompello. Era muy cercano a otros dos jugadores del mismo club del conurbano entre Viña del Mar y Valparaíso que participarán del atentado a Pinochet y harán fama en el FPMR: Mauricio Hernández Norambuena y Mauricio Arenas Bejas. Como todos y todas en esta y en cualquier otra organización subversiva, y también en algunas de fachada legal como la misma CNI, sus integrantes usaban apodos para evitar ser identificados. Larenas era “Salomón” y así lo conocían “Fabiola” y otros combatientes que formaban parte de las fuerzas especiales..
Por testimonios y archivos judiciales supe que “Salomón” no sólo tenía a cargo un grupo de elite sino también que era uno de los que seleccionaba combatientes para enviarlos a instruirse militarmente en Cuba. Seleccionaba y daba instrucciones y dinero y mensajes cifrados en clave que solían ir embutidos al interior de un tubo de pasta dental. “Salomón” solía citar a sus subordinados en el Parque O’Higgins o en un restorán chino cercano al Paradero 9 de la Gran Avenida José Miguel Carrera llamado Sayonara. A sitios como este, que eran sitios de encuentros regulares, el FPMR los llamaba la oficina.

Es probable que “Fabiola” haya sido citaba a esta o a alguna otra oficina frecuentada por “Salomón”. Y que fuera el mismo “Salomón” quien le diera la noticia de que seguiría un curso de instrucción militar en Cuba. Aunque también es probable que la noticia se la diera Benito, el jefe que reemplazó a “Salomón” al frente de las fuerzas especiales una vez que en octubre de 1984 éste quedó fuera de combate. El hecho seguro es que en algún momento de su carrera subversiva “Fabiola” viajó a Cuba para aprender aspectos básicos de guerrilla urbana. Y que cuatro meses después del asalto a radio Minería, mientras caminaba por las cercanías del Sayonara, “Salomón” fue emboscado por la CNI.

Como correspondía a un combatiente de su talla y experiencia, “Salomón” acostumbraba andar armado y decía, como decían muchos en el FPMR, que un combatiente jamás se entrega, que antes es mejor resistir a tiros que caer en manos de los chanchos. Eso fue precisamente lo que hizo “Salomón”: se enfrentó a balazos, pero así y todo, tras recibir un tiro en la cabeza que lo dejó muy mal herido, cayó en manos de la CNI.

Ocho meses después, en junio de 1985, sus compañeros lo rescataron a balazos desde una clínica y lo sacaron del país, pero “Salomón” nunca más volvió a ser el de antes. La bala en la cabeza lo dejó con un daño neurológico irreparable.

“Fabiola” debió sentir el golpe, luego también el consuelo de saber liberado a “Salomón”. Pero ella fue leal a otra máxima que alguna vez pronunció “José Miguel”, el jefe de jefes de la organización, quien dijo que el “dolor no nos detiene a llorar”, “el dolor y la rabia -agregó- no se transforman en llanto, sino en más fuerza y empuje para salir adelante”. Eso fue precisamente lo que los jefes de “Fabiola” vieron en ella: una mujer con arrojo y preparación militar. Más capaz y preparada que varios de los hombres seleccionados para actuar en esa acción que debía cambiar la historia de Chile.

***

La segunda vez fue en directo, en septiembre de 2006, en los patios de la antigua Peña de los Parra. Había llegado a ver el estreno del documental sobre el atentado, pero sobre todo a hablar con “Fabiola”. Sabía que no era una mujer fácil de abordar para un desconocido, más todavía para un desconocido que oficiaba de periodista. A “Fabiola” no le gustan los periodistas, me advirtió un ex combatiente.

La abordé diciéndole algo similar a lo que le había dicho unos meses atrás por correo electrónico: Hola, mi nombre es tal y preparo un libro sobre el atentado a Pinochet. Soy la misma persona que tiempo atrás te escribió un correo electrónico. Quise presentarme personalmente y explicarte lo que estoy haciendo: un libro sobre quiénes eran y qué fue de los autores del atentado. Mi idea es dignificar esa historia. Me parece que esa historia ha sido muy maltratado por la prensa conservadora, me parece que hay una historia humana y política que no se ha contado como se debe.

Como la primera vez, hablé largo, midiendo mis palabras. Ella escuchó atenta, sin un asomo de empatía, y cuando terminé, como la primera vez, respondió corto y seco:

-Gracias, pero ya te dije no te voy a hablar.

“Fabiola” había hablado y su respuesta no dejaba lugar a la persistencia. Pero así y todo, guiado más por el orgullo del momento que por la curiosidad, pregunté:

-¿Por qué que no quieres hablar conmigo?

-Esa historia es nuestra. Esa historia la vamos a contar nosotros.

***

Un fusilero del atentado a Pinochet me dijo que la idea fue de “Tamara”, Cecilia Magni Camino, egresada del colegio Grange y quien llegaría a ser comandante y pareja del líder del FPMR. Tamara siempre se quejaba de que las mujeres no tenían el mismo lugar que los hombres en el FPMR, de que había mucho machismo para ser un grupo revolucionario. Por eso insistió ante la jefatura con que “Fabiola” tenía tantas o más condiciones que varios de los hombres seleccionados para participar del atentado al dictador.

Gracias a Tamara, “Fabiola” estuvo desde el comienzo. Desde que la dirección del FPMR decidió que la mejor manera de terminar con Pinochet era con un atentado dinamitero al paso de su comitiva, de la misma forma en que trece años antes ETA había acabado con la vida de Luis Carrero Blanco, el leal y más probable sucesor de Franco. Para ello se escogió una amasandería a los pies de la ruta El Volcán, frente al autódromo de Las Vizcachas, que Pinochet solía transitar cuando iba o volvía de su casa de descanso en El Melocotón. La amasandería era la fachada desde la cual nacería un túnel subterráneo cargado de explosivos, y quien estaba a cargo de atender ese negocio de pan amasado, empanadas y bebidas era “Fabiola”, la Negra “Fabiola”.
En rigor, poco antes de “Fabiola” estuvo “Claudia”, una mujer joven y menuda que hacía un pan amasado delicioso. Su problema era otro. En confianza, Claudia se mostraba temerosa y dubitativa con los alcances de la misión. “Y si nos pillan, ¿qué nos puede pasar?”, le decía a uno de los dos hombres a cargo de cavar el túnel bajo la ruta, y ese hombre no tardó en alertar a sus superiores del peligro. Entonces Tamara pensó en “Fabiola”, esa mujer resuelta, de un carácter opuesto al de “Claudia”, formada en las fuerzas especiales de “Salomón”.
Veinte años después, en la entrevista a Punto Final, “Fabiola” recordó que fue Tamara quien la citó a un punto en un café de Santiago para decirle que preparara un bolso con ropa porque “estarás fuera por un tiempo”. También le dijo que ese mismo día se reuniría con “un compañero al que [yo] había conocido en el exterior”, quien le explicaría detalles de la misión. Ese día de mayo de 1986 todo fue precipitado para “Fabiola”: al mediodía recogió su bolso, a la tarde se reunió con el hombre al que probablemente había conocido en Cuba, y a la noche ya estaba instalada en la amasandería.

En un comienzo “Fabiola” debía amasar y preparar almuerzo para ella y los dos encargados de cavar el túnel, además de llevar la marcha del negocio. Pero el trabajo era tan demandante que al tiempo no quedó otra que comprar pan y empanadas en un local cercano para venderlo como si fuera de elaboración propia. La amasandería recibía clientes, y “Fabiola” y los dos hombres debían guardar las apariencias. También, cuando las obras ya estaban avanzadas, guardaban armas y explosivos. El plan debía ser ejecutado en septiembre de 1986, a más tardar, pero por alguna razón fue abortado de manera repentina.
SI bien el diputado comunista y entonces jefe militar del FPMR Guillermo Teillier ha sostenido que la acción fue descartada porque se determinó que podía morir gente inocente, no se explica por qué no se pensó en eso antes de que el túnel de dieciocho metros de largo por seis de ancho estuviera concluido. El mismo razonamiento debilita la explicación planteada por “un alto jefe del FPMR” en el libro Operación Siglo XX (1990), de Carmen Hertz y Patricia Verdugo, según la cual “el estudio final de esa operación determinó que la velocidad de los vehículos era muy alta, sólo fracciones de segundos sobre el túnel, lo que impedía asegurar que cayeran los dos o tres autos claves de la comitiva y así asegurar la eliminación de Pinochet”.
Un hombre que tuvo rango e influencia en la jefatura del FPMR me dijo que lo que echó por tierra el atentado explosivo fue el hallazgo de los arsenales de Carrizal Bajo, ocurrido en agosto de 1986, en los días en que el plan estaba próximo a ser ejecutado. Entre las cincuenta toneladas de arsenales incautadas por la policía de Pinochet había más de 1.200 kilos de explosivos de TNT y T-4. Una décima parte de esa cantidad fue suficiente para que el auto de Carrero Blanco volara hasta 35 metros y quedara tendido sobre la azotea de un edificio. Pero según el mismo frentista al que consulté, el descalabro por la pérdida de arsenales fue de tal magnitud que obligó a cambiar los planes.

Quizás confluyeron varias cosas. Errores de cálculo, dispersión de arsenales, detenciones masivas. El hecho es que un día de agosto de 1986, cuando el túnel estuvo concluido, “Tamara” llegó a la amasandería para dar la noticia. El atentado explosivo sería reemplazado por una emboscada de aniquilamiento. Y entonces, otra vez, “Tamara” pensó en “Fabiola”.

***

En la casa del poblado de La Obra, donde se acuarteló el comando que emboscó a la comitiva de Pinochet, “Fabiola” tenía privilegios de los que no gozaban otros combatientes de su rango. Compartía una pieza junto a un grupo de tres hombres asignados a la Unidad 502, que se situaría en la ladera del cerro, frente a los primeros autos de la caravana, pero a diferencia de sus compañeros de cuarto, era la única que podía entrar y salir sin autorización de algún superior. Eso habla de una jerarquía por sobre los otros.
“Fabiola” tenía más experiencia militar que los tres hombres de ese cuarto, especialmente que “Juan” y “Óscar”. Este último, que es Lenin Fidel Peralta Véliz, declaró en el proceso del caso Atentado que en esos días de encierro en la casa de la Obra fue “Fabiola” quien lo ayudó a “practicar en seco (con un fusil), haciendo puntería a la llama de una vela en la pieza a oscuras”. También declaró, después de ser apremiado de muy malas maneras por la policía, que antes del Cajón del Maipo jamás había disparado un fusil ni menos había estado en Cuba. Cuanto más -agregó ante la sorpresa de sus torturadores- había hecho tiro al blanco en los patitos de los juegos Diana.
A diferencia de una de las piezas contiguas, donde se escuchaban risas y hasta chistes, en el cuarto de “Fabiola” había silencio, si es que no tristeza. Sobre todo después de que la acción fue postergada por una semana y en ese intertanto la jefatura decidió que “Tamara” no entraría en combate en la cuesta Las Achupallas. El argumento esgrimido por los jefes fue que “Tamara” era comandante y resultaba necesaria para la etapa que se abriría en Chile una vez que el dictador fuera ajusticiado. “Tamara” era demasiado importante para exponerla en una acción en la que de seguro resultaría muerta, se dijo.
Algunos de los que estuvieron cerca de ella en esos días me contaron que se resistió a la orden, orden que de seguro tomó el mismo “José Miguel”, el jefe de jefes, que era su pareja y tenía el nombre de Raúl Pellegrin Friedman. Dicen que Tamara protestó, que hizo amago de rebelarse, pero a fin de cuentas, porque el FPMR era una organización militar y no un club de amigos, terminó acatando.

En su reemplazo llegó “Guido”, alias de Julio Guerra Olivares, que se convirtió en el nuevo jefe de la Unidad 502.

“Tamara” estuvo hasta el último día en la casa del poblado de La Obra. Alentó a sus compañeros, repasó los planes con ellos y consoló a “Fabiola”. Fue un sustento moral para el grupo de fusileros, además de fungir ante los vecinos de dueña de casa convencional, a quien la política la tenía sin cuidado. Su lugar en esta historia quedó representado esa mañana de domingo 7 de septiembre, cuando llamó a los combatientes a formar filas en el living de la casa, y, fusil en ristre, sin mediar palabra, los hizo escuchar el último discurso del presidente Allende.
“Tamara” estuvo hasta el último, hasta minutos después de que el teléfono de la casa sonara para alertar que la comitiva del dictador se había puesto en marcha. Entonces “Tamara” y “Lidia”, la cocinera de la casa, se despidieron con abrazos del resto de los combatientes y abordaron un auto rumbo a Santiago.
El dolor no nos detiene a llorar, dirá “José Miguel”, el líder del FPMR. Pero esa tarde de domingo 7, cuando se despidió de “Tamara”, “Fabiola” la vio llorar.

***

Cuando me acerqué a “Fabiola”, quería saber cómo fue que ella vivió esos siete a nueve minutos que duró la emboscada. Qué ocurrió con el lanzacohetes LAW que tenía a su cargo, si logró dispararlo y dio en algún blanco o bien, como ocurrió esa tarde con otros combatientes, si se encontró con un lanzacohetes en mal estado. Si vació los tres cargadores de su M-16, si efectivamente vio cómo las fuerzas de elite del dictador se lanzaban como conejos al barranco que da al río Maipo.
Sabía algunas pocas cosas de ella y quería saber muchas más, entender lo que no terminaba de calzar en relatos de terceros. “Fabiola” era descrita como una mujer dura, demasiado autoritaria a gusto de algunos, pero esa misma mujer, cuando escapaba de la cuesta Las Achupallas a bordo de un Toyota Land Cruiser, dejando cinco escoltas muertos y nueve gravemente heridos, creyendo que había tenido éxito pero sin saber si lograría sortear la barrera de un control policial en Las Vizcachas, esa misma mujer de rostro severo que viaja en un auto rumbo a la muerte, fue la que le pidió matrimonio a viva voz a uno de sus compañeros que venía sentado a su lado.
“Fabiola” guardaba las distancias y parecía autosuficiente, pero esa tarde de domingo, cuando bajó del Toyota tras sortear la barrera policial y comenzó a caminar por una calle de Puente Alto, se topó con uno de los fusileros de más baja estatura, le tomó la mano y le dijo: “Vámonos juntos, chico, como pololos”.
Entonces “Fabiola” y “Rodrigo”, de la mano, como pololos ensimismados en sus asuntos, subieron a una micro cualquiera que se dirigía al centro de Santiago.

Veinte años después, en la entrevista a Punto Final, “Fabiola” habló del atentado pero no contó mucho de esa acción ni menos de sí misma. Tengo la impresión de que esa entrevista a rostro cubierto, sin identidad verdadera, ayudó a alimentar el mito de “Fabiola”. Especialmente cuando recordó el modo en que José Valenzuela Levi, el jefe de la emboscada, murió en manos de la CNI -amarrado, de rodillas, de un balazo en la cabeza- y lo relacionó con “el momento de la retirada, cuando (el mismo Valenzuela Levi) ordenó no rematar a los escoltas heridos”.

Después de leer y releer esa parte de la entrevista, me quedó rondando una duda: qué hubiera hecho ella en caso de no haber recibido esa orden. O bien, qué hubiera hecho si Valenzuela Levi hubiera ordenado lo contrario.

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En diciembre de 1986, a cinco días de Navidad, la prensa oficialista anunció que la Policía de Investigaciones había identificado a dos mujeres protagonistas del atentado. Una de ellas era “Fabiola”, que según la información oficial se llamaba Adriana del Carmen Mendoza Candia, chilena, soltera, de 28 años.
No había más datos de ella ni pistas para ubicarla. Esa mujer que la policía chilena suponía “Fabiola” había abandonado el país a fines de septiembre de 1986.
Desde entonces, y hasta el 2000, Adriana Mendoza tuvo orden de detención pendiente. Es probable que para entonces nadie la buscara. Es probable que la misma Adriana Mendoza pensara que esa orden de detención que se dictó en 1986 había perdido vigencia catorce años después. De lo contrario no se explica que en diciembre de 2000 haya llegado a un cuartel de la Policía de Investigaciones para interponer una denuncia por robo y, para su sorpresa, quedara detenida.
En el expediente del caso Atentado, que aún sigue abierto, Adriana Mendoza negó ser “Fabiola”. Negó todo lo que le imputaban: haber participado del atentado a Pinochet, haber estado en el FPMR y conocido a una tal “Tamara”. De todas formas, pese a su negativa, y al tiempo transcurrido desde la ocurrencia de los hechos, el juez a cargo de la causa mantuvo detenida a esa mujer de profesión comerciante, con domicilio en Ñuñoa, nacida en diciembre de 1958.
Adriana Mendoza permaneció detenida hasta el 4 de enero de 2001. Casi dos semanas. Sus abogados lograron su libertad condicional después de que presentaran un escrito en el que argumentaban que las declaraciones de algunos de los fusileros que la reconocieron en fotografías habían sido obtenidas bajo tortura.
Ese escrito también formulaba razones humanitarias: Adriana del Carmen Mendoza Candia sufría un linfoma que la obligaba a someterse a tratamiento de radioterapia.

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En estos días he vuelto a buscar a “Fabiola”. Pienso que puede haber cambiado de opinión tras leer mi libro sobre el atentado a Pinochet [Los fusileros, 2007]. Pienso, quiero pensar, que ha cambiado su parecer sobre el oficio con que me gano la vida. Me dan un par de números de teléfono fijo donde contactarla pero están fuera de servicio. Me prometen que la ubicarán y le darán mi recado. Pasan días, semanas, y “Fabiola” no acusa recibo. Vuelvo a llamar a uno de mis contactos y le pregunto cómo le ha ido con mi encargo. Me dice que bien y mal. Mi contacto ubicó a un amigo de un amigo de “Fabiola” que se comprometió a preguntarle si esta vez hablaría conmigo. Pero el amigo de ese amigo sabe que “Fabiola” es una mujer discreta, que guarda distancias, especialmente con los periodistas.
Al otro lado de la línea telefónica mi contacto promete que seguirá insistiendo, pero me advierte de que no me haga muchas ilusiones.
Tú sabes cómo es “Fabiola”, dice.

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ADRIANA DEL CARMEN MENDOZA CANDIA 


Familia 

Madre: CANDIA AVENDAÑO, NELLY NORMA;
Hermano: EDUARDO PABLO DURÁN CANDIA, 
 29-10-2013


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