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miércoles, 31 de enero de 2018

Karl Marx 1818-2018 a







Este año 2018, ha sido el año-recordatorio del 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx de quien no hace falta hacer presentación.
El veterano comunista e independentista galego Mauricio Castro ha escrito, durante este 2018, una serie de artículos sobre la vida de Marx, su obra y sobre el pensamiento marxista. 

Andoni Baserrigorri: Bueno Mauricio, abarcar la vida de Marx y su obra durante un año en varios artículos de opinión o investigación es difícil, pensamos que te habrás dejado «mucha tela por cortar»… y es que para abarcar toda la obra de Marx se necesitaría muchísimos artículos más, la primera cuestión sería qué aspectos de la obra de Marx has tocado y por qué.

Mauricio Castro: Déjame empezar por aclarar que no fue mi intención presentarme como especialista, ni siquiera como estudioso, cuando decidí escribir esos textos divulgativos. Únicamente soy estudiante de la obra de Marx, porque considero que su densidad y profundidad exigen acceder a ella con esa actitud y no como simple lector, si realmente queremos comprenderla y asumir lo que ella implica. Me refiero sobre todo a El Capital, claro, pero en general toda la obra de Marx exige una dedicación que podría colmar prácticamente toda una vida de trabajo intelectual.

En esta serie, publicada en dos medios digitales gallegos durante todo el año 2018 (Sermos Galiza y Diário Liberdade), intenté hacer un trabajo seriado de tipo divulgativo para animar a quien me leyese, especialmente la militancia de izquierda gallega, a hacer su propio camino hacia Marx. Introduje algunas de sus categorías más importantes, como la de explotación, fuerza de trabajo, valor, plusvalía, clases sociales, etc. Pero además de eso, intenté conectar cada uno de los doce artículos con la actualidad del capitalismo y de la izquierda en nuestro país, Galiza. Mi intención fue mostrar de ese modo la vigencia del pensamiento marxista y su utilidad para que la izquierda se levante de nuevo después de una derrota histórica como la sufrida sobre todo con el fin de la Unión Soviética. También intenté transmitir la necesidad de delimitar las tareas de la clase trabajadora y situarla al frente de las grandes transformaciones que Galiza necesita.

El Marx filósofo, el Marx economista, el Marx periodista… pero sobre todo el Marx militante comunista… ¿Con cuál de ellos te quedas? ¿Qué Marx te interesa más?

Tanto Marx como otros grandes teóricos que ganaron la consideración de clásicos del movimiento revolucionario tienen como característica, en relación a la izquierda académica de la actualidad, su carácter militante. Esto en el caso de Marx es muy claro, pues fue un luchador social toda su vida adulta, obligado a abandonar diferentes países en sucesivos exilios por su militancia revolucionaria. Dicho eso, no sé si es posible hacer una división entre «diferentes Marx», ni en el plano teórico, como algunos intentaron hacer con su obra, ni en su vida como revolucionario teórico y práctico. Creo que se trata de aspectos de una totalidad, lo que no impide que se pueda hablar de una evolución y de un enriquecimiento a nivel intelectual a partir del estudio y de las experiencias como militante y pensador. Yo me quedaría con el Marx crítico; es decir, antidogmático, abierto y firme a la vez, capaz de reconsiderar, madurar o matizar posiciones propias, además de demoler las teorías pre-científicas de los diversos socialismos utópicos existentes en su tiempo, como vemos ya en elManifiesto del Partido Comunista, pero también cuando en su etapa final confirma su apuesta en la posibilidad de que países atrasados como Rusia pudiesen avanzar hacia el socialismo sin necesariamente pasar por cada una de las etapas seguidas previamente por Inglaterra como modelo del capitalismo más avanzado de su tiempo.

Quería preguntarte acerca de la dialéctica de Hegel que Marx desarrolla… ¿Piensas que la importancia actual de la dialéctica es tan grande debido al desarrollo que de ella hace Marx?

En realidad, el de la dialéctica es uno de los diferentes campos que Marx no llegó a desarrollar sistemáticamente, pero que en su obra se plasma con toda su riqueza en la forma como accede al conocimiento de la realidad, con vistas a su transformación. A partir del estudio atento de su método, comprobamos la prioridad del objeto sobre el sujeto de conocimiento, así como de la materia sobre la idea, sin por ello caer en lecturas unilaterales ni mecánicas, como las que caracterizaron algunas lecturas vulgares de su obra, sobre todo a partir de la Segunda Internacional.
 Su recurso a Hegel le sirvió para superar tanto el positivismo como el agnosticismo, pero también las lecturas románticas o subjetivistas de la historia, yendo al mismo tiempo más allá del idealismo objetivo. Tomó de Hegel, por ejemplo, la consideración del ser como proceso y no como «cosa», pero situó ese proceso como base del conocimiento, descartando toda especulación autónoma de la realidad en la cabeza del observador, o cualquier teleología histórica que garantizase un curso determinado a la historia.

Situando las condiciones materiales como momento determinante de la reproducción de la vida social, Marx reconoció el papel de la actuación consciente del ser humano (a través del trabajo) en la transformación de la naturaleza primero y de la sociedad después. Y, coincidiendo también en eso con Hegel, atribuyó al sujeto colectivo, en su caso la clase, la prioridad sobre la actuación individual, contra el criterio liberal, pero afirmando la imposibilidad de que las contradicciones fuesen subsumidas por un Estado racionalmente impuesto, como Hegel creía. 
La historia dio la razón a Marx y, lejos de cualquier armonía o fin de la historia, el Estado burgués no apagó la lucha de clases, que continua hasta hoy, marcando el desarrollo de las sociedades con división social del trabajo en que aún nos encontramos.

También su reconocimiento del papel progresivo de la burguesía en la historia se enfrentó con la profunda crítica del mundo burgués, a la cual dedicó su obra, una contradicción dialéctica que, originando su contrario, posibilitó en la realidad, y no únicamente en la cabeza de Marx, que un nuevo sujeto histórico, el proletariado, protagonizase su superación. Que el proceso no haya culminado aún no niega su vigencia, pues las mismas luchas de clases continúan hasta hoy. Y que su resolución no tenga garantías de éxito aparece ya formulado en el propioManifiesto, cuando Marx afirma que la lucha puede acabar con una transformación de la sociedad entera o con la destrucción de las dos clases en lucha.

Y, en definitiva, ¿qué mayor muestra de la esencia dialéctica de la realidad del capitalismo que la contradicción entre el carácter crecientemente social de la producción y la apropiación privada del excedente? Es la resolución de esa y de toda una larga serie de contradicciones dialécticas existentes en la realidad y caracterizadoras del capitalismo la que determinará el curso de la historia, a través de las luchas de clases. Corresponde a Karl Marx la comprensión y exposición de principios teóricos como ese, válidos mientras el capital siga comandando la reproducción de la vida social y profundamente caracterizadores de su carácter dialéctico.

¿Qué papel atribuyes a Marx en la Primera Internacional?

Bueno, sabemos que hay quienes intentan limitarlo al papel de «intelectual invitado», pero lo cierto es que, a partir de su posición democrática radical burguesa de juventud, desde su ida a París en 1843, vista la imposibilidad de hacer trabajo político en la Alemania por la represión del Estado prusiano, irá realizando y asumiendo una militancia revolucionaria que desde 1845 es ya explícitamente comunista. Durante su etapa de refugiado en Bélgica y sus primeros viajes a Inglaterra participa decisivamente en la fundación de la Liga de los Comunistas, consiguiendo su reorientación para posiciones inequívocamente de clase que quedarían sintetizados en su consigna de ¡Proletarios de todos los países uníos!). Esta lucha interna y la etapa desde su salida de Alemania hasta la adopción del programa de clase, en confrontación con Proudhon, y la publicación delManifiesto, se reflejan bien en la películaEl joven Marx, del haitiano Raoul Peck, que recomiendo vivamente a quien tenga interés en aproximarse a su figura.

La experiencia de las revoluciones de 1848, en que Marx y Engels participan activamente, los lleva a reorientar sus posiciones, comprendiendo que el capitalismo podrá resistir más de lo previsto. Continúa su participación política, junto al estudio y elaboración teórica de la que será su gran obra (El Capital). Participa desde el primer momento en la fundación de la Primeral Internacional, que se concreta en 1864, e incluso redacta su mensaje inaugural que incluye algunos de sus principios políticos y hace aparecer a la clase trabajadora como fuerza independiente frente a una burguesía ya embarcada en formas de expansionismo bélico que anteceden el imperialismo explícito.

La lucha ideológica en su seno es constante, con Marx a la cabeza de la orientación más política de la Internacional, frente a diferentes corrientes utópicas, pequeño-burguesas y chauvinistas presentes en su interior. Frente a Bakunin, Proudhon y Lassale, entre otros, y aun sin obviar que la explosión revolucionaria de París en 1871 confirmó precisamente la hegemonía de las orientaciones no marxistas, lo que no impidió su apoyo solidario a los communards. Con sus limitaciones e incluso implicando la implosión de la Internacional, la experiencia de París fue un avance en el proceso histórico de la lucha internacional por el socialismo. No podemos olvidar que el fin de la Internacional dio paso a una nueva fase de mayor expansión del movimiento revolucionario bajo nuevas formas partidarias en toda Europa, con tendencias más o menos revolucionarias y más o menos reformistas. Marx y Engels tomaron partido durante todo ese largo período hasta el fin de sus vidas. Fueron militantes y dirigentes del movimiento real de la toma de conciencia y organización de la Internacional.

Marx empieza a explicar el papel histórico del proletariado y desarrolla la tesis de la «dictadura del proletariado» ¿Piensas que quizá algunos dirigentes lo aplicaron bien y quizá donde decía dictadura del proletariado ellos plantearon dictadura del partido y lo que conllevó a la emergencia de una nueva clase social (el aparato del partido) que es una de las causas del derrumbe del socialismo en Europa del Este?

En mi opinión, esa cuestión es suficientemente compleja para no «despacharla» en unas pocas líneas, pero debemos empezar por enmarcar su definición de «dictadura» como hegemonía de una clase, es decir, como contenido principal del sistema social que podrá tener formas diversas, más o menos democráticas. Del mismo modo que el capitalismo conoce diferentes regímenes de dominación de la clase burguesa, según las necesidades de la época o del momento, incluyendo formas de fascismo, monarquías absolutas y parlamentarias, bonapartismos y repúblicas de diverso signo, también el dominio de clase del proletariado podrá tener diversas formas. El ejemplo de la Comuna de París mostró a Marx la necesidad de ejercer la violencia para aniquilar la resistencia del enemigo de clase, evitando así que se repitiesen los errores que derivaron en la masacre que puso fin a la experiencia de los communards. En todo caso, será esa una «dictadura» de la mayoría trabajadora sobre la minoría burguesa, constituyendo al mismo tiempo una democracia superior frente a la meramente formal vigente en el capitalismo y evitando, eso sí, la reintroducción de los mecanismos materiales de reproducción del capital.

En cuanto a la concreción histórica de todo eso en el siglo XX, habría que empezar por explicar que es a partir del agotamiento de toda posibilidad de desarrollo social del modo de producción capitalista que surge la necesidad y posibilidad de construcción de un modelo social superior, el socialismo. El hecho de que fuese en sociedades de capitalismo atrasado que surgiesen procesos revolucionarios de transición al socialismo y la incapacidad de su extensión a países avanzados marcó los límites de aquellas transiciones y problemas como el fortalecimiento imprescindible del Estado y no su superación como forma social.

Mi impresión es que las experiencias del siglo XX fueron muy enriquecedoras a pesar de sus limitaciones y que sirvieron para que una nueva ola revolucionaria puediera avanzar sobre su ejemplo, como en su día ellas hicieron en relación a las revoluciones europeas de 1848 o a la Comuna de París de 1871. La historia no ha terminado y no tengo dudas sobre la apertura de nuevas oportunidades, aunque tampoco tenemos garantías de que una nueva civilización socialista, la que Marx primero llamó «emancipación humana» y después «comunismo», vaya a llegar.

Háblanos de Engels y la importancia que le das en la obra de Marx…

Bien, en realidad es un hecho conocido que Engels, a pesar de ser un miembro de la clase burguesa industrial alemana, se convirtió en firme militante y teórico comunista antes que el propio Marx, y que le sirvió de referente para su introducción al estudio crítico de la economía burguesa. Es decir, no exageramos si reconocemos en Engels una pieza imprescindible en la construcción del socialismo científico, así como en el trabajo político de ambos, tanto por su influencia en Marx como por sus contribuciones teóricas concretas, y tanto en vida de Marx como después de su muerte, siendo también su principal divulgador.

El Manifiesto del Partido Comunista escrito entre Marx y Engels sigue siendo un documento único en interpretar la historia… ¿Compartes esta opinión?

Sin duda, es así. A pesar de su reducida extensión, sintetiza de modo genial las tesis del movimiento revolucionario liderado por Marx y Engels, pero también del socialismo científico, situando ya abiertamente la posición central y las tareas de la clase trabajadora para la superación del mundo burgués-capitalista. Si bien eso está ya presente en su obra anterior (Miseria de la filosofía, de 1846), elManifiesto lo presenta de modo sintético y bajo responsabilidad colectiva, como programa de la Liga de los Comunistas. Su influencia posterior hasta hoy nadie puede negarla, constituyendo la mayor prueba de su valía.

¿Piensas que Lenin ha sido quien mejor ha interpretado a Marx y llevado a la práctica sus teorías?

Debo admitir que siento una especial admiración por la figura de Lenin y diría que sí, que es tal vez el único que alcanza un grado comparable al de Marx como talento teórico, con una obra monumental en extensión y variedad, que no deja de sorprender cuando tenemos en cuenta que, en simultáneo, fue capaz de organizar y dirigir la toma del poder por un pequeño partido, que consiguió ganar los corazones de millones de habitantes del antiguo imperio zarista. También me parece admirable su capacidad crítica de la realidad, lejos de todo dogmatismo y con gran fertilidad teórica, lo que también lo acerca al genio alemán que, sin duda, era su principal referente teórico. Sus estudios de tipo económico sobre la implantación del capitalismo en Rusia, en polémica con los populistas; la posterior disputa con las corrientes reformistas y economicistas en la construcción del Partido Bolchevique; incluso la pugna en el interior de la dirección de este durante el proceso revolucionario para orientarlo a la toma del poder y, después, su flexibilidad táctica para rectificar, por ejemplo, retomando parcialmente el mercado en tiempos de la NEP para salvar el país del colapso e incluso avanzando parte de los problemas que irían a afectar a la revolución en los años posteriores a su muerte…
Tampoco podría olvidar, como gallego, sus posiciones avanzadas en materia de derechos nacionales, enfrentándose a la corriente chauvinista en su propio partido antes y después de la toma del poder. También ahí Lenin apeló a la posición de Marx en relación a la lucha del pueblo irlandés, afirmando frente a otros líderes bolcheviques la vigencia de la lucha nacional también en la Europa Occidental. Me parece, en definitiva, el mayor líder revolucionario de la historia y el más sólido seguidor de las ideas de Marx, sin duda.

Voy a ir acabando, no deseo acribillarte a cuestiones… ¿Cual es el estado de salud del marxismo hoy día en 2019 en el mundo y en las naciones como la tuya y la mía sin Estado?

Como dije, creo que la izquierda a nivel mundial sufrió una derrota histórica con el fin del llamado «campo socialista», de la cual está lejos de recuperarse. A día de hoy, el marxismo está fuera de los programas de la inmensa mayoría de fuerzas significativas de izquierda, lo que es especialmente visible en Europa, y en su lugar contenidos social-demócratas y posmodernos se presentan como alternativas moralizadoras a la universalización del paradigma neoliberal, que no es más que la forma actual del capitalismo de siempre.

Es por eso que considero imprescindible volver a Marx. Estudiar su obra, evitando cualquier doctrinarismo y aplicando la crítica a todo lo existente, como él siempre defendió. Recuperar la centralidad de la clase como única vía de transformación radical de la realidad, en un mundo capitalista que camina hacia el desastre civilizacional. Sin negar el papel de las llamadas «luchas extraeconómicas», que en realidad están incluidas y determinadas por las luchas de clases, debemos ser capaces de integrarlas todas, evitando la fragmentación y reconstruyendo una lucha común por la revolución socialista. Todo ello sin confundir internacionalismo con falsos cosmopolitismos. Las luchas se desarrollaran a partir de cada realidad nacional, pero en coordinación con la perspectiva de que, tal como el capitalismo tiene dimensión mundial, el proceso revolucionario solo podrá vencer con sucesivas victorias en más y más países, incluyendo los del centro del sistema. Las naciones oprimidas deberán jugar su papel ahí, con protagonismo de la clase trabajadora, como ya lo jugaron en todas y cada una de las revoluciones del siglo XX.

martes, 3 de enero de 2017

Friedrich Engels a


(Friedrich o Federico Engels; Barmen, Renania, 1820 - Londres, 1895) Pensador y dirigente socialista alemán. Nació en una familia acomodada, conservadora y religiosa, propietaria de fábricas textiles. Sin embargo, desde su paso por la Universidad de Berlín (1841-42) se interesó por los movimientos revolucionarios de la época: se relacionó con los hegelianos de izquierda y con el movimiento de la Joven Alemania.

Enviado a Inglaterra al frente de los negocios familiares, conoció las míseras condiciones de vida de los trabajadores en la cuna de la Revolución Industrial; más tarde plasmaría sus observaciones en su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845).
En 1844 se adhirió definitivamente al socialismo y entabló una duradera amistad con Karl Marx. En lo sucesivo, ambos pensadores colaborarían estrechamente, publicando juntos obras como La Sagrada Familia (1844), La ideología alemana (1844-46) y el Manifiesto Comunista (1848).
Aunque corresponde a Marx la primacía en el liderazgo socialista, Engels ejerció una gran influencia sobre él: le acercó al conocimiento del movimiento obrero inglés y atrajo su atención hacia la crítica de la teoría económica clásica. Fue también Engels quien, gracias a la desahogada situación económica de la que disfrutaba como empresario, aportó a Marx la ayuda económica necesaria para mantenerse y escribir El Capital; e incluso publicó los dos últimos tomos de la obra después de la muerte de su amigo.
Pero Engels tuvo también un protagonismo propio como teórico y activista del socialismo, a pesar de lo contradictoria que resultaba su doble condición de empresario y revolucionario: participó personalmente en la revolución alemana de 1848-50; fue secretario de la primera Internacional obrera (la AIT) desde 1870; y publicó escritos tan relevantes como Socialismo utópico y socialismo científico (1882), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) o Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1888).
Tras la muerte de Marx en 1883, Engels se convirtió en el líder indiscutido de la socialdemocracia alemana, de la segunda Internacional y del socialismo mundial, salvaguardando lo esencial del marxismo, al que él mismo había aportado matices relativos a la desaparición futura del Estado, a la dialéctica y a las complejas relaciones entre la infraestructura económica y las superestructuras políticas, jurídicas y culturales.
No obstante, en los últimos años de su vida se alejó de sus primitivas concepciones revolucionarias y abrió la puerta a un socialismo más reformista, vía que seguiría después de la muerte de Engels su colaborador Eduard Bernstein y que acabaría por imponerse entre los socialdemócratas.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Familia de Karl Marx.-a


Esposa de Carlos Marx

Me encontré por vez primera con la historia de la familia Marx en las últimas páginas de una revista en Londres. El artículo trataba de diversas celebridades londinenses y una frase me llamó la atención. Decía que, de las tres hijas supervivientes de Marx, dos se habían suicidado.
Hice una pausa en la lectura a mitad del artículo pensando que no sabía prácticamente nada de la vida familiar y personal de Marx. Para mí era una gran cabeza en lo alto de un enorme pedestal de granito en el cementerio de Highgate, y un corpus de textos teórico de centenares de libros. Nunca había dedicado ni un minuto a las mujeres que le cuidaron día a día mientras él dedicaba sus esfuerzos a crear una teoría que iba a revolucionar al mundo, ni a la vida privada del hombre cuyas ideas contribuyeron a producir el socialismo europeo y a propagar el comunismo desde Rusia a África, desde Asia al Caribe.
Empecé a leer en busca de su historia, y lo que encontré fue que todos los aspectos de la filosofía de Marx, todos y cada uno de los matices de sus palabras, habían sido diseccionados, y que se habían escrito docenas de biografías desde todas las perspectivas políticas posibles, pero en inglés no había ni un solo libro que contase la historia de la familia Marx. Ni un solo texto entre los muchos volúmenes sobre Marx se centraba en las vidas de su esposa Jenny y de sus hijos y de los otros dos miembros de la ‘familia’, Friedrich Engels y Helene Demuth. Encontré varias biografías de Jenny Marx y de la hija menor de Marx, Eleanor, pero ni un solo texto contaba el agridulce drama que había sido la historia de su vida ni contextualizaba el impacto que sus luchas habían tenido en la obra de Marx. Decidí intentarlo yo.
Empecé reuniendo las miles de páginas de cartas que los miembros de la familia Marx se habían escrito unos a otros y con sus amigos y colaboradores durante más de seis décadas. Muchas de ellas estaban en archivos de Moscú y nunca habían sido publicadas en inglés. También utilicé cartas escritas por parientes y amigos más lejanos en las que hablaban de los Marx.
Leyendo esta multitud de documentos cronológicamente, contemporáneamente, empecé a oír a los diversos personajes hablando unos con otros mientras se sucedían los acontecimientos a su alrededor. Pude escuchar sus diálogos cotidianos: durante veinte años Marx y Engels se comunicaron por carta casi a diario, y las mujeres Marx fueron igualmente prolíficas. El cuadro que fue emergiendo gradualmente era el de una familia que lo había sacrificado todo en nombre de una idea que sería conocida como ‘el marxismo’, pero que durante sus vidas existía solamente en la mente de Marx. La exteriorización de sus ideas se vio continuamente frustrada.
La historia que descubrí era la historia de amor entre un hombre y una mujer que no dejó de ser apasionada y absorbente pese a las muertes de cuatro hijos, a la pobreza, la enfermedad, el ostracismo social y la traición final, cuando Marx engendró al hijo de otra mujer. Era la historia de tres mujeres jóvenes que adoraban a su padre y que se dedicaron a su gran idea, incluso a costa de sus propios sueños, incluso a costa de sus propios hijos. Era la historia de un grupo de personajes brillantes, combativos, exasperantes, divertidos, apasionados y en última instancia trágicos atrapados en las revoluciones que arrasaron la Europa del siglo XIX. Era, por encima de todo, la historia de unas esperanzas truncadas por el encuentro con el baluarte de una realidad amarga, personal y política.
En las palabras de los propios Marx encontré también que muchos de los detalles que han aflorado en las biografías escritas durante los últimos 125 años habían sido a menudo cambiados o malinterpretados, a veces por razones políticas, a veces por razones personales. Esto es lo que pasa siempre con las figuras polémicas, pero me atrevo a decir que nunca más que en el caso de Marx.

Algunos de los ejemplos son bien conocidos: inmediatamente después de su muerte en 1883, sus seguidores trataron de esterilizar su historial, eliminando las referencias a su pobreza, a sus borracheras, incluso al hecho de que tuviese un seudónimo –el Moro– con el que era conocido desde sus días universitarios.
Más tarde, durante la Guerra Fría y de nuevo después de la caída del muro de Berlín, su biografía se convirtió en un episodio más de la batalla ideológica entre el Este y el Oeste. Los detalles de su vida, y por extensión los de las vidas de sus familiares, iban cambiando en función de si quien los contaba estaba describiendo a un santo comunista o a un iluso pecador. A menos que uno supiera desde qué capital estaba escribiendo un autor, no resultaba inmediatamente aparente qué versión de la vida de Marx le estaban ofreciendo.
Los detractores de Marx a menudo le menosprecian como un burgués que vivió rodeado de lujos mientras pretendía luchar por la clase obrera. Estas acusaciones surgieron muy pronto –en vida del propio Marx– y le siguieron hasta el siglo XX con los esfuerzos que se hicieron para desacreditarle a él y a su obra.
Por otro lado, quienes querían mantener a Marx encaramado en lo alto de un pedestal socialista se esforzaron durante años negando que él fuese el padre de Freddy, el hijo de Helene Demuth. En los archivos de Moscú había cartas en las que miembros del partido discutían sobre el nacimiento de Freddy, pero cuando Stalin supo de su existencia por David Ryazanov, el director del Instituto Marx-Engels, lo consideró como un asunto insignificante y ordenó a Ryazanov que “ocultase [aquellas cartas] en lo más profundo de los archivos”. Las cartas no serían publicadas hasta cincuenta años más tarde.

A lo largo de los años han aparecido otros muchos ejemplos de errores y de falsedades, y muchos de ellos, como los ya citados, han sido descubiertos por los estudiosos y en gran parte corregidos. Pero otros, desgraciadamente, siguen repitiéndolos como si fuesen hechos, no solo los biógrafos de Marx sino también los de sus colaboradores. Yendo a las fuentes, las palabras de los propios actores principales –especialmente de las mujeres Marx, cuyas cartas parecen haber sido pasadas por alto por muchos investigadores– he tratado de clarificar algunos de los misterios que quedaban por resolver. (Por supuesto, sabemos que el propio Marx fue muy flexible con los hechos cuando lo creyó necesario, lo que significa que cuando reconoce que una cosa es verdad no tiene por qué serlo necesariamente. En estos casos he tratado de dejar claro que su versión de los hechos no era del todo fiable.)
Por rica que sea la historia de la familia Marx, descubrí que también proyectaba luz sobre el desarrollo de las ideas de Marx, ya que se desarrolló en el marco del nacimiento del capitalismo moderno. El sistema capitalista del siglo XIX maduró al mismo tiempo que lo hacían las hijas de Marx. A finales de siglo, las batallas que ellas libraron a favor de la clase obrera no se parecían en nada a las que había librado su padre a mediados de siglo. Las de Marx fueron relativamente insulsas, las de sus hijas se habían vuelto despiadadas. De hecho, este aspecto de la historia se fue haciendo más evidente a medida que avanzaba la historia.
Desde 1882 hasta su muerte en 1911, Laura Lafargue vivió discretamente con su esposo en Francia, traduciendo las obras de su padre y las de Engels al francés, y obsesionada por la muerte de sus tres hijos.
Cuando inicié este proyecto el mundo era muy diferente. Eran pocos quienes cuestionaban el sistema capitalista dominante, que se encontraba en medio de uno de sus periódicos ciclos de expansión. Pero a medida que iba pasando del trabajo de investigación al de redacción, la creencia en la infalibilidad del sistema empezó a tambalearse, hasta que, a consecuencia de la crisis financiera que alcanzó su punto culminante en otoño de 2008, académicos y economistas empezaron a cuestionar abiertamente los méritos del capitalismo de libre mercado y a considerar en voz alta cuál podría ser la alternativa. En estas circunstancias, los escritos de Marx parecían aún más clarividentes y más convincentes. En los albores del capitalismo moderno, en 1851, Marx ya había empezado a anticipar precisamente este resultado. Sus predicciones de una revolución inminente eran inevitablemente erróneas, la visión que tenía de una futura sociedad sin clases era probablemente más que utópica (por mucho que él sostuviese lo contrario), pero sus análisis de la debilidad del capitalismo se estaban cumpliendo inquietantemente. En consecuencia, fui más allá de mi propósito inicial –contar simplemente la historia de la familia Marx–, incluyendo también muchos aspectos de la teoría de Marx y una descripción más completa del desarrollo del movimiento obrero de lo que había planeado inicialmente.

Pero, a fin de cuentas, no creo que la historia de la familia Marx hubiese sido completa sin estos elementos. Esta fue la vida que vivieron; comieron, soñaron y respiraron la revolución política, social y económica. Esto, y un ab sorbente amor por Marx, fue la malla de acero que los unió.
Plutarco, al escribir poco antes de morir en el año 120 de nuestra era las biografías de los grandes hombres de Roma y Atenas, decía que la clave para entenderlos no había que buscarla en sus conquistas militares o en sus triunfos públicos, sino en su vida personal y en su carácter, hasta el menor de sus gestos o de sus palabras. Yo creo que leyendo la historia de la familia Marx los lectores llegarán a entender mucho mejor a Marx de la forma en que sugiere Plutarco.
También confío en que al hacerlo podrán valorar mejor a las mujeres en la vida de Marx, a las que, debido a la sociedad en la que crecieron, se les asignó sobre todo papeles secundarios. Creo que su coraje, su fuerza y su inteligencia han sido relegadas a un segundo plano durante demasiado tiempo. Sin ellas, no habría existido Karl Marx, y sin Karl Marx el mundo no sería como lo conocemos.

Esposa de Carlos Marx
Johanna Bertha Julie von Westphalen, llamada "Jenny" 


tumba familiar de los marx

tumba familiar de los marx

(Salzwedel, 12 de febrero de 1814-Londres, 2 de diciembre de 1881), fue una escritora1​ y pensadora política prusiana. Fue esposa del filósofo Karl Marx y primera miembro de la Liga de los Comunistas.2​ Fue una importante interlocutora intelectual de Marx, con quien tuvo siete hijos, cuatro de los cuales murieron siendo niños.

Origen familiar de Jenny von Westphalen


Jenny von Westphalen nació en Salzwedel en una prominente familia de la aristocracia prusiana. Su padre, el Barón Ludwig von Westphalen (1770-1842), era un viudo con cuatro hijos de anteriores matrimonios, que sirvió como "Regierungsrat" (burócrata con un alto cargo en la Administración Pública) en Salzwedel y en Tréveris. Su abuelo paterno fue el barón Christian Philip Heinrich von Westphalen (1723-1792), quien había sido de facto "jefe de gabinete" del duque Fernando de Brunswick durante de guerra de los Siete Años. Su abuela paterna, Jeanie Wishart (1742-1811), era una noble escocesa cuyo padre, George Wishart (1703-1785), descendía en línea directa del noveno Conde de Angus y de Lady Agnes Keith, esta última a su vez descendiente directa del rey Jacobo I y la Casa de Estuardo. La familia materna de Jeanie Wishart eran duques de Argyll, la familia aristocrática más poderosa de Escocia durante siglos. En cuanto a la madre de Jenny, era la baronesa Amalia Julia Caroline von Westphalen (de soltera Heubel), quien nació en 1780 y falleció en 1856.
El hermano de Jenny von Westphalen, Edgar Gerhard Julius Oscar Ludwig von Westphalen (1819-1890), fue compañero y amigo de Karl Marx. Otro de sus hermanos, el barón Ferdinand Otto Wilhelm Henning von Westphalen, fue el Ministro del Interior de Prusia, entre 1850 y 1858, y ordenó el arresto y deportación de su cuñado iniciando su largo exilio en Londres.

Matrimonio




Jenny von Westphalen y Karl Marx se encontraban regularmente cuando eran niños. Ella era cuatro años mayor que él. Durante la adolescencia se convirtieron en amigos íntimos, ya que ambos eran cultos y apasionados por la literatura. En el verano de 1835 comenzaron su noviazgo. Según Marx, quien confesaba estar muy enamorado, ella era la joven más linda de Tréveris.
El Barón Ludwig von Westphalen, padre de Jenny, era también amigo de Heinrich, el padre de Marx. Pronto el joven Marx también se convirtió en amigo y admirador del barón; juntos solían realizar largas caminatas, durante las cuales hablaban de filosofía y de literatura inglesa.
Jenny von Westphalen y Karl Marx se comprometieron en 1836. Un año después él le dedicaría a ella un compendio de numerosos poemas de amor.6​ Finalmente se casaron el 19 de junio de 1843 en la iglesia de San Pablo en Kreuznach (actualmente Bad Kreuznach).
Muy poco tiempo después de su matrimonio, en octubre de 1843, Karl y Jenny Marx se trasladaron a la Rue Vaneau en París y se hicieron amigos del poeta alemán Heinrich Heine, quien vivía en la Rue Matignon.

Hijos

Friedrich Engels (1820-1895), Karl Marx (1818-1883) y las hijas de Marx: Jenny Caroline, (1844-1883), Jenny Laura, (1845-1911), y Jenny Julia Eleonora (1855-1898)

Karl y Jenny Marx tuvieron siete hijos, en orden cronológico:

Jenny Caroline (1844-1883) militante socialista, (fue esposa de Charles Longuet).

Jenny Laura (1863)
Jenny Laura (1845-1911), nació en Bruselas, Bélgica y fue esposa de Paul Lafargue, junto al que se suicidó.
Edgar (1847-1855), recibió el nombre de su tío Edgar, el hermano de Jenny von Westphalen.
Herny Edward Guy "Guido" (nació en Colonia, Alemania en 1849; murió en Londres, Inglaterra en 1850).
Jenny Eveline Frances "Franziska" (1851-1852).
Jenny Julia Eleonora, autora marxista, (nació en enero de 1855; se suicidó en 1898, a los 43 años de edad).
Un niño sin nombre, que nació y murió en julio de 1857.

Exilio en Bélgica y Gran Bretaña

En febrero de 1845, la policía política francesa expulsó a Karl Marx y a Jenny, quien estaba embarazada, por lo cual el nacimiento de Laura tuvo lugar en Bruselas.
A partir de1846, Jenny von Westphalen desarrolló su participación política más activa tanto en la Liga de los Justos (Liga Comunista) como en la Unión de Trabajadores Alemanes dando conferencias y organizando encuentros. En enero de ese mismo año Karl y Jenny trabajaron juntos para terminar el Manifiesto Comunista, tratando ella de hacer legibles las acusaciones de Marx a la burguesía así como la idea de que la revolución era correcta, inevitable e inminente.
A principios de marzo de 1848, la policía belga detuvo con una orden de expulsión a Karl. Los Marx regresaron a París, entonces capital revolucionaria de Europa tras la revolución de febrero y la caída de Luis Felipe de Orleans y al poco tiempo se trasladaron a Colonia.
Las erupciones revolucionarias que tuvieron lugar en muchos países europeos en 1848, incluyendo los estados alemanes, les convencieron de la inminencia de una gran revolución democrática en su patria; pero tras el fracaso de la revolución alemana en junio de 1849, las autoridades prusianas detuvieron y deportaron a Karl Marx a Francia, quien se vio obligado a abandonar con su familia dirigiéndose en octubre de 1849 a Londres. Un año más tarde Jenny y sus hijos lo seguirían.
A partir de 1849-1850 los Marx vivieron en condiciones muy duras, a las que las disputas políticas, vigilancia y acoso policial, hubieron de añadir las penalidades más sórdidas de pobreza, desahucios y acoso de acreedores en Dean Street en el barrio de Soho. Lo peor de todo fue el fallecimiento de varios de sus hijos a muy corta edad.
A partir de 1851 la ayuda financiera sistemática de Friedrich Engels, gran amigo de la familia, palió en parte sus desgracias.
En 1856 los Marx se trasladaron a Grafton Terrace, cerca de Hampstead Hill, en el norte de Londres, gracias al dinero que heredó Jenny al fallecer su madre en 1856. La casa de Grafton Terrace 9, en aquel entonces en las afueras de la Londres "civilizada", tenía un pequeño jardín y dos pisos con siete habitaciones, incluyendo la cocina.
En sus últimos años Jenny Marx sufrió de dolores internos, diagnosticados como cáncer de hígado. Tras una visita familiar a Francia, falleció en Londres a la edad de 67 años el 2 de diciembre de 1881. La familia la enterró en el cementerio de Highgate. Tras la muerte de su esposa Jenny, Marx desarrolló una pleuresía; falleció el 14 de marzo de 1883 en Londres.

martes, 20 de diciembre de 2016

Carlos Marx, una vida de burdeles, borracheras y sexo con las criadas.-a


El comportamiento de Karl Marx, el pensador que clamó contra la
 opresión y defendió a las clases obreras más desprotegidas, fue muy poco
coherente con las ideas que desarrolló.

Karl Marx es el pensador que, posiblemente, más ha influido en la historia y la política de los dos últimos siglos, imprescindible para configurar el mundo tal y como lo conocemos hoy. Su obra es la responsable del surgimiento de ideologías tan importantes como el comunismo y el socialismo, que dio lugar a regímenes dominantes y longevos como la URSS de Lenin y Stalin, la China de Mao Tse Tung, la Cuba de Fidel Castro, la Camboya de Pol Pot, la Rumanía de Ceausescu o la Yugoslavia de Tito.
Desde su muerte, obviamente, se ha hablado y escrito mucho sobre sus ideas, pero no tanto sobre si estas han sido coherentes con la propia vida de su autor. Resulta chocante pensar que el hombre que se alzó contra los obreros esclavizados e introdujo conceptos como la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la importancia del trabajo llevara una vida de burgués y fuera, durante su juventud, un estudiante aficionado a los burdeles, las borracheras y los suspensos. Esa otra parte de su vida la recogen Malcolm Otero y Santi Giménez en «El club de los execrables» (Penguin Random House, 2018), donde cuentan el lado oscuro de otros de los personajes más idolatrados de la humanidad, como Churchill, Chaplin, Picasso, Hitchcock o Einstein.
El de Marx tiene lo suyo. No hay más que ver dónde gastó su estancia en la Universidad de Bonn, muy lejos de las aulas. Se unió al Club de la Taberna de Tréveris, una asociación de bebedores de la que llegó a ser su presidente. Allí malgastó sus primeros meses con unos compañeros de batallas que, encima, le describían como un juerguista violento e infiel, muy poco preocupado por su formación. La situación tocó fondo cuando, en el primer semestre de 1836, las autoridades universitarias lo expulsaron por «desorden nocturno en la vía pública y embriaguez».
La solución de la familia Marx, una familia de clase media acomodada, fue matricularle en Derecho por la Universidad Humboldt de Berlín y tampoco le fue muy bien. Sus estudios en leyes no le interesaron mucho (o nada), pero allí por lo menos comenzó a desarrollar su querencia hacia las ideas filosóficas de los jóvenes hegelianos. Finalmente se doctoró en la Universidad de Jena —conocida en el ámbito académico como un centro donde se conseguían títulos con relativa facilidad— con una tesis sobre el materialismo de Demócrito y Epicuro.

«Más que los jóvenes millonarios»

Marx nunca llegó a sentar la cabeza del todo. Durante su estancia en la Universidad de Berlín, donde pasó cuatro años y medio, fue encarcelado por alboroto y embriaguez y, además, fue acusado de llevar armas no permitidas. Llegó incluso a batirse en duelo y en el diploma que se le extendió la institución constaba que había sido denunciado en varias ocasiones por no saldar debidamente sus deudas económicas. En aquella época fue frecuente que su padre le llamase la atención por el mal uso que hacía del dinero que la familia le enviaba para su manutención.
Prueba de ello es la carta que este le manda preguntándole por cómo era posible que, durante el primer año en la capital alemana, se gastara 700 tárelos, tres o cuatro veces más que cualquier otro estudiante de su edad.

 «Más que los jóvenes millonarios», le decía este.

 Era casi lo que ganaba un concejal del ayuntamiento de Berlín. 
«A veces me hago a mí mismo amargos reproches por haberte aflojado demasiado la bolsa y he aquí el resultado: corre el cuarto mes del año judicial y tú ya has gastado 280 táleros. Yo no he ganado todavía esa cantidad durante todo el invierno», añadía su padre en otra carta recogida por Antonio Cruz en « Sociología: una desmitificación» (Clie, 2002).

Después de aquello, Marx se volcó en el periodismo. Se trasladó a la ciudad de Colonia en 1842 y comenzó a escribir para el periódico radical «Gaceta Renana». Allí expresó libremente unas opiniones cada vez más socialistas sobre la política, junto a unos compañeros de trabajo que le describían como un hombre dominante, impetuoso, apasionado y con una confianza sobredimensionada en sí mismo.

Matrimonio aristócrata

El pensador alemán ya se había casado con Jenny von Westphalen, una baronesa de la clase dirigente prusiana que rompió su compromiso con un joven alférez aristocrático para estar con él. Otra cosa es que Marx le correspondiera con es debido. Lo primero que hizo este fue pedirle que pagara las deudas que había contraído de sus de juergas y afición a las prostitutas. Y ni aún así detuvo sus excesos. La dote de su esposa se esfumó rápidamente. En la misma noche de bodas perdió una buena parte del dinero que le había regalado su suegra.
Obviamente, no se habló de estas cosas cuando, en mayo, un manuscrito del pensador alemán fue vendido por 523.000 dólares en una subasta celebrada en Pekín. Más de 1.250 páginas de notas que el filósofo de Tréveris produjo en Londres, entre septiembre de 1860 y agosto de 1863, como preparación para su obra cumbre, « El Capital», base de la ideología comunista. Fue precisamente durante su estancia en la capital británica, y mientras su propia familia sufría calamidades, cuando se pulió su propia herencia a base de borracheras.
Durante esos años, Marx y su familia tuvieron que sobrevivir de las pequeñas ayudas que les brindaba su suegra millonaria y sus amigos. El propio Friedrich Engel, con quien el filósofo alemán escribió su famoso « Manifiesto comunista» en 1848, tuvo que regalarles una casa. Y a pesar de ello, no consiguió que llegara a su hogar la estabilidad económica que tanto ansiaban su mujer y sus hijos. Él mismo lo confiesa en una carta a su amigo, en la que reconoce que, a pesar de no tener que pagar ningún alquiler, sus deudas no paran de crecer. Esto no impidió que Marx veraneara en los mejores balnearios ni que mandara a sus hijas a estudiar piano, idiomas, dibujo y clases de buenas maneras con los mejores profesores de Londres. Todo ello, claro, pagado por Engels.

Un nuero de «mala» familia

Resulta sorprendente igualmente que el famoso pensador socialista, promotor de la lucha de clases, llegara a escribir otra carta en la que expresaba sus dudas sobre el marido de una de estas hijas. La razón: no tenía claro que fuera de buena familia. Una actitud no muy propia de alguien que pregonaba contra la opresión y defendía a las clases obreras más desprotegidas y desfavorecidas.
Helene "Lenchen" Demuth (31 de diciembre de 1820 - 4 de noviembre de 1890) fue la ama de llaves de Jenny y Karl Marx, y luego se desempeñó como administradora de hogar y confidente política de Friedrich Engels.


Otra dato curioso es que, a pesar de las penurias económicas que arrastró, el autor del «Manifiesto comunista» tuvo una criada trabajando en su casa durante toda su vida. Su nombre era Helene Demuth y servía a familias ricas desde los diez años. Después de pasar por varias mansiones llegó a la de la baronesa Westphalen, la suegra de Marx. Cuando la hija de esta se casó con el pensador, les regaló a su sirvienta, que tuvo que seguir al matrimonio hasta París y Londres aunque solo hablaba alemán.
Por su trabajo, Karl Marx no la pagaba ni un solo céntimo, a pesar que se encargaba de las tareas domésticas, de cuidar a sus siete hijos y de administrar los pocos recursos de la familia. Y por si no fuera poco, el filósofo mantuvo con ella una relación extramatrimonial. En 1850 dejó embarazada a su mujer y, aprovechando un viaje de esta a Holanda para conseguir fondos para la causa marxista, también a su criada. Él no lo reconoció, hasta el mundo de que le dijo a su esposa que el padre era su amigo Engels. Hasta le puso el nombre de su colaborador.
A causa de esto, la mujer de Marx no podía ver a Engels. Marx mantuvo la mentira durante un tiempo, pidiéndole a su esposa que no le recriminara nada a su amigo, que no solo le regaló un piso, sino que asumió una paternidad que no le correspondía. Y cuando la señora von Westphalen por fin conoció la verdad, aquello se convirtió en una especie de herida familiar silenciada para los restos. 
«No se hablaba del asunto, en parte porque el hecho les parecía escandaloso a la luz de la moral burguesa imperante en la época, y en parte porque no se ajustaba a los rasgos heroicos e idílicos propios de un ídolo de las masas. Se borraron, pues, todas las huellas de ese hijo y, sólo la casualidad, preservó de la destrucción una carta que aclaraba el asunto», escribió el filósofo alemán Hans Blumenberg, en «Karl Marx en documentos propios y testimonios gráficos» (Salvat 1984).

Pero ahí no acabaron las andanzas del fundador del comunismo. Además de su afición por los prostíbulos londinenses, cuentan Otero y Giménez que, mientras su mujer estaba convaleciente con varicela, intentó abusar de su sobrina. Todo ello mientras su familia sufría un revés tras otro. De sus siete hijos, solo consiguieron sobrevivir tres hijas. Y de estas, una murió de cáncer a los 38 años y las otras dos se suicidaron. Una de ellas, Laura, lo hizo junto con a su marido, Paul Lafargue, uno de los introductores del marxismo en España y autor del famoso «El derecho a la pereza».
 Habían pactado hace años ya que se quitarían la vida cuando su salud no les permitiera mantener su independencia vital y lo cumplieron pasados los 60 años. La otra, Eleanor, se envenenó a los 43 al descubrir que su compañero, el socialista Edward Aveling, se había casado en secreto con una amante.

lunes, 7 de noviembre de 2016

¿Por qué las personas les gusto o gusta a Carlos Marx? a


Igual que es difícil explicar que uno odie el tiempo y el lugar que ocupa, es tentador citar a Marx para legitimar su propia misantropía. Ya lo he escrito, pero lo repito: a Marx se le perdonará mucho por haber declarado al final de su vida que no era marxista

¿Para qué sirve el liberalismo?

LA semana pasada en estas páginas de ABC, Ramón Pérez Maura y yo expresábamos nuestro asombro por la jubilosa celebración del bicentenario del nacimiento de Karl Marx. Ambos recordábamos que el marxismo legitimó los crímenes en masa más atroces del siglo XX. Una vez aclarado esto, que es irrefutable, queda por entender por qué Marx conserva tanto prestigio y tantos aduladores en todas las naciones. Evidentemente, no basta con decir que Marx estaba completamente equivocado para que sus partidarios, convertidos por la realidad, desaparezcan. ¿Podemos explicar este misterio de la eternidad del marxismo y la coexistencia de una historia totalmente negra con unos admiradores incondicionales? Creo que es posible, pero no leyendo a Marx, al que casi nadie ha leído durante un siglo, sino buscando en el inconsciente de sus seguidores.
Yo creo que el éxito del marxismo se debe, sobre todo, al hecho de que funciona como un ideólogo. Indiferente a los hechos, tanto a los de la época de Marx como a los episodios que le siguieron, el marxismo ofrece una solución aparente a todos los enigmas de la historia de los pueblos; es una llave que abre todas las puertas. Los conceptos con los que Marx ha enriquecido el vocabulario político, la lucha de clases, el capitalismo, la dictadura del proletariado, ofrecen una especie de comprensión del mundo que sustituye al análisis y la reflexión. Karl Popper fue el primero que en su libro de batalla, La sociedad abierta y sus enemigos, en 1938, definió la función de la ideología: ocupa el lugar de la inteligencia, es accesible a todos, y permite al mismo tiempo demonizar al adversario. Aventúrense a observar la complejidad de las cosas y el marxista les tachará de servidores del capitalismo. Como explicaba también Popper, es imposible probar que el marxismo es falso, ya que si se intenta, queda demostrado que uno está alineado con la clase de los explotadores.
 Entendemos entonces cómo los perezosos y los arrogantes se ven tentados a «creer» en el marxismo, que confiere -en su mente- un conocimiento y una superioridad de por sí indiscutibles contra todas las demás filosofías políticas.
Un segundo atractivo del marxismo es su pretensión científica. Marx consideraba que estaba haciendo un trabajo científico, a diferencia de los socialistas utópicos de su siglo, y que, ni más ni menos, revelaba al mundo las leyes inevitables de la evolución de la humanidad. A este respecto, recordaremos un episodio poco conocido pero muy esclarecedor: el intento de Marx de dedicar el Capital a Charles Darwin. Marx aspiraba a convertirse en el Darwin de las humanidades, a adaptar a las sociedades las leyes de la evolución de las especies y el principio de la selección natural; los capitalistas cederían el lugar al proletariado igual que los dinosaurios fueron reemplazados por el homo sapiens. Darwin rechazó esta dedicatoria y escribió a Marx que no sería posible trasladar la evolución de las especies a la sociedad. Marx no lo tuvo en cuenta y ese pseudocientifismo, ese pseudodeterminismo, constituye una de las fascinaciones permanentes del pensamiento marxista. No es científico, pero hace creer que sí lo es, lo cual no le impide evocar determinados aspectos del ecologismo contemporáneo.
Lo que, en tercer lugar, seduce a los marxistas es su carácter profético, la perspectiva de una tierra prometida al final de la historia; todos los castigos colectivos forman parte de una inevitable mecánica que llevará necesariamente a una sociedad sin clases, sin Estado y a una prosperidad infinita. Los marxistas contemporáneos evocan constantemente la profecía de Marx, que, sin embargo, nunca se ha confirmado. Esta visión irenista se debe en gran parte a la educación judía de Karl Marx, aunque él siempre lo negara e hiciera personalmente declaraciones antisemitas.
 Pero, ¿cómo no adivinar, detrás del proletariado portador de la luz, una metáfora del pueblo elegido y de la sociedad sin clases, una reproducción del Edén bíblico?
 A menudo se ha observado que los partidos comunistas tomaban prestados sus rituales de la Iglesia católica o la ortodoxa: procesiones, iconos, misas colectivas, himnos. El marxismo es un pensamiento de naturaleza religiosa.
Queda por comentar una cuarta función del marxismo, la legitimación de la dictadura. Esa es la idea del genio de Lenin que se recicla continuamente: el proletariado portador del porvenir de la humanidad está representado por el Partido Comunista, que a su vez está representado por su secretario general. Hegel, al ver pasar a Napoleón a caballo durante la campaña de Alemania, exclamó: «He aquí la Historia en marcha». Del mismo modo, bajo la cobertura del marxismo, se supone que los chinos admiran en Xi Jinping al proletariado en marcha hacia un futuro radiante.
La quinta y última razón para amar a Marx es demasiado conocida como para detenerse en ella: justifica el odio a la economía de mercado, a la burguesía y a la modernidad. Igual que es difícil explicar que uno odie el tiempo y el lugar que ocupa, es tentador citar a Marx para legitimar su propia misantropía.

Ya lo he escrito, pero lo repito: a Marx se le perdonará mucho por haber declarado al final de su vida que no era marxista.

jueves, 27 de octubre de 2016

Juicio final a Karl Marx, el diablo prusiano.-a


Karl Marx, el profeta fracasado


Una colosal biografía recoge las vidas de Marx en el bicentenario de su nacimiento: ese estudiante, periodista, agitador… que revolucionó el pensamiento del siglo XIX y que fue transmutado en máquina sobre la cual dogmatizar en el siglo XX


El éxito de Marx fue su desdicha. Y ese éxito fue obra del siglo que siguió a su muerte. Esa desdicha produce siempre, para cualquier autor, el imprevisto accidente de acabar triunfando como icono institucional. Y que su obra se mute, así, en doctrina sometida a la regulación disciplinaria de una Iglesia y de un Sacerdocio específicos.
Cuando muere, el 14 de marzo de 1883, Marx no es nada eso. Ni siquiera es un nombre internacionalmente demasiado conocido. Lo es sólo en el círculo muy restringido de la «Internacional Obrera», con la cual no siempre mantuvo las mejores relaciones. La boutade que en esos años lanza a amigos y enemigos, «yo lo único que sé es que yo no soy marxista», no podría ser leída aún como rechazo de movimiento constituido alguno. Es sólo la cautela de un hombre inteligente, que sabe hasta qué punto el sujeto que se toma demasiado en serio su propia identidad está a un paso de la idiotez o del manicomio.

Secreto desvelado

Pero la eclesialización va a consumarse pronto. Friedrich Engels, el amigo excepcional sobre cuyas espaldas correrá buena parte de la financiación de aquel hombre encerrado en la Biblioteca del British Museum a la búsqueda desesperada de la lógica inexorable del desarrollo capitalista, alzará acta del inicio de ese trastrueque del estudioso en autoridad sagrada. En agosto de 1895, el viejo autor del «Anti-Dühring», que había popularizado las difíciles tesis teóricas de su amigo, está agonizando. Antes de que todo acabe, juzga razonable desvelar un secreto que sólo con Karl Marx ha compartido. Hace llamar a la menor de las hijas de Marx, Eleanor, la Tussy que acompañó al autor de «El Capital» en sus últimos y desvalidos años.
Es hora, piensa, de que sepa que aquel a quien él ha inscrito como su hijo ilegítimo en el registro civil junto a su madre, Helene Demuth, es hijo, en realidad, de Karl Marx. Eleanor se encoleriza, cubre de invectivas al amigo moribundo, le acusa de mentir, envuelta en lágrimas. El viejo y paciente Friedrich Engels narra la escena, con desencanto, a su amigo Sam Moore: «Tussy quiere convertir a su padre en un ídolo». No lo era aún. Veintidós años después, la hagiografía soviética se encargaría de construir al milímetro tal icono y de regular metódicamente su idolatría.

Dos Karl Marx

Gareth Stedman Jones recoge -entre otras muchas- esa muy conocida anécdota en Karl Marx. «Ilusión y grandeza» (Taurus, 2018), su colosal biografía del comunista alemán que revolucionó el pensar del siglo XIX. Y que fue transmutado en máquina sobre la cual dogmatizar en el siglo XX.
Porque hay dos Karl Marx, en rigor. El primero nació hace doscientos años en Treveris, el 5 de mayo de 1818. Hijo de una familia funcionarial, la del abogado Heinrich Marx, judío descendiente de rabinos y converso al protestantismo, estudiante brillante que, en Berlín, aspira a una cátedra universitaria; y que, como tantos de su generación, verá sus aspiraciones rotas por un poder político despótico y ajeno a cualquier amago de libertad de pensamiento; que circulará por la Europa revolucionaria, en torno al gozne de 1848, hasta instalarse el calor de la Biblioteca en Londres, sin lograr salir jamás de la escasez extrema que define a la bohemia literaria de mediados de siglo; que verá morir, niños, a varios de sus hijos; y que, pese a todo, proseguirá una labor de estudio de la cual saldrá el libro más influyente de su tiempo, el inacabado «El Capital».

La hagiografía soviética se encargaría de construir al milímetro el icono

El segundo es el Marx de papel, ese que echa a rodar el libro I de su «Das Kapital», y que habrá de consumar una vida propia. La de un clásico del pensamiento, sí; un clásico como tantos otros -o como no tantos-, materia indispensable de lectura para los estudiosos del siglo en el que fue escrito. Pero también la vida de algo que iba, a partir sobre todo de 1917, a ser convertido en un Libro Sagrado: la referencia obligada -y casi nunca leída- de quienes optaban a entrar en la Iglesia Kominterniana. Un «libro profético» debe necesariamente haber sido escrito por «un profeta» -por «el profeta», en este caso-: la biografía de Marx -que todavía Franz Mehring había mantenido en términos equilibrados- entró a formar parte de ese género de religión popular que es el de las hagiografías. Y el brillante sabio bohemio fue convertido en un santo. Tanto cuanto la pobre Tussy -mujer de vida trágica que se cerró en suicidio- hubiera podido desear. Más aún, probablemente.

Trabajo minucioso

Gareth Stedman Jones sigue, con minucia de diseccionador, a lo largo de las casi novecientas páginas de su libro, los años que tejieron las sucesivas vidas de Karl Marx, ese Karl Marx estudiante, periodista, agitador, ratón de biblioteca… Es difícil que después de este libro suyo pueda aportarse nada relevante nuevo en cuanto a los datos personales del autor. Su infancia y su medio familiar nos son narrados con una exhibición de detalles hasta ahora desconocida. Y Stedman Jones evita siempre la tentadora argucia de amalgamar vida y obra, de tratar de dar razón del texto en función de las anecdóticas miserias de la vida de quien escribe. El historiador británico opta -y acierta- por ser descriptivo y distante. Y entiende que el valor académico de un texto es por completo independiente de lo que la posteridad haya hecho luego con su autor. La visión retroactiva mata el análisis de texto. Stedman Jones no es siquiera tentado por eso.

Una mala vida

Puede que al estudioso de Marx este libro no le aporte demasiado. Salvo pequeños detalles arrancados a los archivos, casi todo lo que aquí se cuenta es conocido. Pero agruparlo todo y darle esa forma casi novelística que es el mérito mayor de un buen estilo biográfico, es ya, de por sí, un logro de primer orden. Todo Marx está aquí. Todo el Marx que vivió, la mayor parte del tiempo, muy malamente. Ese Marx sobre cuya obra se alzaría la falsificación más poderosa del siglo XX. Pero, para esa hora, Marx llevaría ya un cuarto de siglo muerto.

«Karl Marx. Ilusión y grandeza». Gareth Stedman Jones
Biografía. Taurus, 2018. 888 páginas. 36,96 euros. E-book: 12,34 euros.

domingo, 11 de septiembre de 2016

La vida sexual de Carlos Marx a


Karl Marx, junto a su mujer, en 1869

La vida amorosa de Carlos Marx contiene todas las contradicciones que son comunes entre los personajes que con su labor revolucionaria han puesto los cimientos de numerosos cambios sociales y políticos.

Si se sitúan fuera del contexto en que se producen y se aíslan en el tiempo, tales contradicciones harían aparecer hoy al autor de El capital como un reaccionario con respecto a la vida cotidiana.
Las ideas de Carlos Marx sobre el divorcio, por ejemplo, casarían perfectamente hoy con las que mantienen personajes de la derecha española, la civilizada y la otra. El matrimonio, creía Marx, no debe ser disuelto sino cuando está roto. Las leyes que regían en su país con relación al tema eran inmorales porque tenían en cuenta la felicidad del individuo y no protegían suficientemente a la familia.
En su correspondencia con el pretendiente de su hija, un cubano que no parecía tener ni ofició ni beneficio, El Moro -como se llamaba cariñosamente a Marx- expone todas las dificultades existentes para que Jenny contraiga matrimonio. La penuria económica en que viven ambos es el mayor impedimento. Ante ese imponderable, y a la vista de la distancia que hay entre el noviazgo y el matrimonio, el joven cubano debe reprimir su pasión erótica latinoamericana, que, al parecer, asusta a Marx.
En la época en que su mujer enferma y una amiga de la familia acude a cuidar a los niños, Carlos Marx deja encinta a la generosa colaboradora. Federico Engels, con quien Marx lleva una relación amistosa realmente ejemplar, se hace cargo del desliz, y el matrimonio se salva civilizadamente. Un matrimonio que es, por otra parte, una unión perfecta que parece colmar los ideales que Carlos Marx tiene sobre este tipo de unión entre hombre y mujer.
La biografía de Pierre Durand está escrita con respeto y humildad. En realidad, el libro es una sucesión de documentos escritos por el propio Marx y por su mujer. Durand los recompone hasta crear una imagen desmitificada de uno de los seres más mitificados de la reciente historia cultural y política del mundo.
Sin embargo, la intención del autor de este libro no es la desmitificadora, porque al final no se cae ningún mito, sino que se crea un retrato fresco y humano de un ser que, como bien dicen los editores del volumen, después de dominar la historia cae preso de ella a través de su profundo amor por una mujer cuya muerte lo arrastra a la tristeza y a la falta de creatividad.
Mientras dura Jenny, Carlos Marx es capaz de salvar todas las profundas desgracias de su vida cotidiana. El poder que tiene la obra del autor del Manifiesto comunista resulta subrayado por la capacidad que demostró para vivir, en las circunstancias más penosas en que pueda desarrollarse la vida de un hombre. 
Por encima de ese pozo en el que vivió surge en el libro de Durand un Marx juerguista y bebedor, que fuma el peor tabaco para calmar el hambre y disfruta como un niño disparando piedras contra los árboles del parque de Hampstead, en Londres, donde luego sería enterrado.
Este es un libro que debería servir de prólogo o de epílogo a cualquier lectura de Carlos Marx o de alguno de sus seguidores. Quedaría en la mente la frescura de una existencia que los análisis políticos y sociológicos nos han negado sistemáticamente para ofrecemos un Marx de cartón piedra en vez de este Marx cursi, revolucionario o entristecido que realmente existió vagando por París, Bruselas, Londres o la Tréveris donde comenzó el gran amor de su vida.

Un adolescente cuyo romanticismo linda con la cursilería, un hombre que se desespera y se acusa por la miseria en que ve sumida a su familia, un amante que se permite “traicionar” a su gran amor, un padre que procura detener los “arrebatos” del criollo Lafargue respecto de su hija Laura, entre otras preocupaciones que acaban por desmitificara quien, tras “dominar” la historia, resulta presa de ella en lo que supone la continua recurrencia a la figura de la amada”.

 vida amorosa de Marx
Pierre Durand
Libros Dogal. Madrid, 1978





La vida poco «comunista» de Karl Marx: criadas, deudas y despilfarro de dinero en alcohol y burdeles.

Karl Marx es el pensador que, posiblemente, más ha influido en la historia y la política de los dos últimos siglos, imprescindible para configurar el mundo tal y como lo conocemos hoy. Su obra es la responsable del surgimiento de ideologías tan importantes como el comunismo y el socialismo, que dio lugar a regímenes dominantes y longevos como la URSS de Lenin y Stalin, la China de Mao Tse Tung, la Cuba de Fidel Castro, la Camboya de Pol Pot, la Rumanía de Ceausescu o la Yugoslavia de Tito.

Desde su muerte, obviamente, se ha hablado y escrito mucho sobre sus ideas, pero no tanto sobre si estas han sido coherentes con la propia vida de su autor. Resulta chocante pensar que el hombre que se alzó contra los obreros esclavizados e introdujo conceptos como la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la importancia del trabajo llevara una vida de burgués y fuera, durante su juventud, un estudiante aficionado a los burdeles, las borracheras y los suspensos. Esa otra parte de su vida la recogen Malcolm Otero y Santi Giménez en «El club de los execrables» (Penguin Random House, 2018), donde cuentan el lado oscuro de otros de los personajes más idolatrados de la humanidad, como Churchill, Chaplin, Picasso, Hitchcock o Einstein.

El de Marx tiene lo suyo. No hay más que ver dónde gastó su estancia en la Universidad de Bonn, muy lejos de las aulas. Se unió al Club de la Taberna de Tréveris, una asociación de bebedores de la que llegó a ser su presidente. Allí malgastó sus primeros meses con unos compañeros de batallas que, encima, le describían como un juerguista violento e infiel, muy poco preocupado por su formación. La situación tocó fondo cuando, en el primer semestre de 1836, las autoridades universitarias lo expulsaron por «desorden nocturno en la vía pública y embriaguez».

La solución de la familia Marx, una familia de clase media acomodada, fue matricularle en Derecho por la Universidad Humboldt de Berlín y tampoco le fue muy bien. Sus estudios en leyes no le interesaron mucho (o nada), pero allí por lo menos comenzó a desarrollar su querencia hacia las ideas filosóficas de los jóvenes hegelianos. Finalmente se doctoró en la Universidad de Jena —conocida en el ámbito académico como un centro donde se conseguían títulos con relativa facilidad— con una tesis sobre el materialismo de Demócrito y Epicuro.
«Más que los jóvenes millonarios»
Marx nunca llegó a sentar la cabeza del todo. Durante su estancia en la Universidad de Berlín, donde pasó cuatro años y medio, fue encarcelado por alboroto y embriaguez y, además, fue acusado de llevar armas no permitidas. Llegó incluso a batirse en duelo y en el diploma que se le extendió la institución constaba que había sido denunciado en varias ocasiones por no saldar debidamente sus deudas económicas. En aquella época fue frecuente que su padre le llamase la atención por el mal uso que hacía del dinero que la familia le enviaba para su manutención.

Prueba de ello es la carta que este le manda preguntándole por cómo era posible que, durante el primer año en la capital alemana, se gastara 700 tárelos, tres o cuatro veces más que cualquier otro estudiante de su edad. 
«Más que los jóvenes millonarios», le decía este. Era casi lo que ganaba un concejal del ayuntamiento de Berlín. 
«A veces me hago a mí mismo amargos reproches por haberte aflojado demasiado la bolsa y he aquí el resultado: corre el cuarto mes del año judicial y tú ya has gastado 280 táleros. Yo no he ganado todavía esa cantidad durante todo el invierno», añadía su padre en otra carta recogida por Antonio Cruz en « Sociología: una desmitificación» (Clie, 2002).

Después de aquello, Marx se volcó en el periodismo. Se trasladó a la ciudad de Colonia en 1842 y comenzó a escribir para el periódico radical «Gaceta Renana». Allí expresó libremente unas opiniones cada vez más socialistas sobre la política, junto a unos compañeros de trabajo que le describían como un hombre dominante, impetuoso, apasionado y con una confianza sobredimensionada en sí mismo.

Matrimonio aristócrata

El pensador alemán ya se había casado con Jenny von Westphalen, una baronesa de la clase dirigente prusiana que rompió su compromiso con un joven alférez aristocrático para estar con él. Otra cosa es que Marx le correspondiera con es debido. Lo primero que hizo este fue pedirle que pagara las deudas que había contraído de sus de juergas y afición a las prostitutas. Y ni aún así detuvo sus excesos. La dote de su esposa se esfumó rápidamente. En la misma noche de bodas perdió una buena parte del dinero que le había regalado su suegra.

Obviamente, no se habló de estas cosas cuando, en mayo, un manuscrito del pensador alemán fue vendido por 523.000 dólares en una subasta celebrada en Pekín. Más de 1.250 páginas de notas que el filósofo de Tréveris produjo en Londres, entre septiembre de 1860 y agosto de 1863, como preparación para su obra cumbre, « El Capital», base de la ideología comunista. Fue precisamente durante su estancia en la capital británica, y mientras su propia familia sufría calamidades, cuando se pulió su propia herencia a base de borracheras.

Durante esos años, Marx y su familia tuvieron que sobrevivir de las pequeñas ayudas que les brindaba su suegra millonaria y sus amigos. El propio Friedrich Engel, con quien el filósofo alemán escribió su famoso « Manifiesto comunista» en 1848, tuvo que regalarles una casa. Y a pesar de ello, no consiguió que llegara a su hogar la estabilidad económica que tanto ansiaban su mujer y sus hijos.
 Él mismo lo confiesa en una carta a su amigo, en la que reconoce que, a pesar de no tener que pagar ningún alquiler, sus deudas no paran de crecer. Esto no impidió que Marx veraneara en los mejores balnearios ni que mandara a sus hijas a estudiar piano, idiomas, dibujo y clases de buenas maneras con los mejores profesores de Londres. Todo ello, claro, pagado por Engels.

Un yerno de «mala» familia

Resulta sorprendente igualmente que el famoso pensador socialista, promotor de la lucha de clases, llegara a escribir otra carta en la que expresaba sus dudas sobre el marido de una de estas hijas. La razón: no tenía claro que fuera de buena familia. Una actitud no muy propia de alguien que pregonaba contra la opresión y defendía a las clases obreras más desprotegidas y desfavorecidas.
Otra dato curioso es que, a pesar de las penurias económicas que arrastró, el autor del «Manifiesto comunista» tuvo una criada trabajando en su casa durante toda su vida. Su nombre era Helene Demuth y servía a familias ricas desde los diez años. Después de pasar por varias mansiones llegó a la de la baronesa Westphalen, la suegra de Marx. Cuando la hija de esta se casó con el pensador, les regaló a su sirvienta, que tuvo que seguir al matrimonio hasta París y Londres aunque solo hablaba alemán.

Por su trabajo, Karl Marx no la pagaba ni un solo céntimo, a pesar que se encargaba de las tareas domésticas, de cuidar a sus siete hijos y de administrar los pocos recursos de la familia. Y por si no fuera poco, el filósofo mantuvo con ella una relación extramatrimonial. En 1850 dejó embarazada a su mujer y, aprovechando un viaje de esta a Holanda para conseguir fondos para la causa marxista, también a su criada. Él no lo reconoció, hasta el mundo de que le dijo a su esposa que el padre era su amigo Engels. Hasta le puso el nombre de su colaborador.

A causa de esto, la mujer de Marx no podía ver a Engels. Marx mantuvo la mentira durante un tiempo, pidiéndole a su esposa que no le recriminara nada a su amigo, que no solo le regaló un piso, sino que asumió una paternidad que no le correspondía. Y cuando la señora von Westphalen por fin conoció la verdad, aquello se convirtió en una especie de herida familiar silenciada para los restos.

 «No se hablaba del asunto, en parte porque el hecho les parecía escandaloso a la luz de la moral burguesa imperante en la época, y en parte porque no se ajustaba a los rasgos heroicos e idílicos propios de un ídolo de las masas. Se borraron, pues, todas las huellas de ese hijo y, sólo la casualidad, preservó de la destrucción una carta que aclaraba el asunto», escribió el filósofo alemán Hans Blumenberg, en «Karl Marx en documentos propios y testimonios gráficos» (Salvat 1984).

Pero ahí no acabaron las andanzas del fundador del comunismo. Además de su afición por los prostíbulos londinenses, cuentan Otero y Giménez que, mientras su mujer estaba convaleciente con varicela, intentó abusar de su sobrina. Todo ello mientras su familia sufría un revés tras otro. De sus siete hijos, solo consiguieron sobrevivir tres hijas. Y de estas, una murió de cáncer a los 38 años y las otras dos se suicidaron. Una de ellas, Laura, lo hizo junto con a su marido, Paul Lafargue, uno de los introductores del marxismo en España y autor del famoso «El derecho a la pereza»
Habían pactado hace años ya que se quitarían la vida cuando su salud no les permitiera mantener su independencia vital y lo cumplieron pasados los 60 años. La otra, Eleanor, se envenenó a los 43 al descubrir que su compañero, el socialista Edward Aveling, se había casado en secreto con una amante.

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