miércoles, 9 de noviembre de 2016

El lerrouxismo.-a

estampilla 

El Lerrouxismo es el nombre que recibe el movimiento político surgido en torno a la figura de Alejandro Lerroux, figura destacada del republicanismo español y varias veces presidente del gobierno durante el periodo de la Segunda República

El lerrouxismo nació y se desarrolló en una fase una cierta moder­nización de la estructura de las empresas cuyos dueños se hicieron eco también de los aires políticos regeneracionistas, que se habían intensificado en España a raíz de la derrota de 1898. Coincidieron en esto con los elementos catalanistas y, a partir de esa coincidencia, se perfiló una alianza que confirió un acusado tono burgués al nacionalismo catalán de los años siguientes.
Pero por entonces Barcelona contaba también con una población obrera estimada en unas ciento cin­cuenta mil personas. Esa población procedía, en su mayor parte, de la anexión de municipios realizada en 1897 (Las Corts, Sans, Gracia, San Andrés, etcétera), así como de una in­migración que registraba un ritmo anual de cinco mil personas en el momento del cambio de siglo. La magnitud de las cifras y las profundas transformaciones sociales que pre­senció Barcelona en la primera década de 1900 otorgan un especial interés a las fuerzas políticas que influyeron sobre ese grupo social.
Las masas proletarias barcelonesas se ha­llaban, en los albores del presente siglo, en un cierto desamparo desde el punto de vista de la organización política o sindical. Las organi­zaciones anarquistas habían agotado sus posibilidades por su conexión con las locas y turbias campañas terroristas, y su fracaso en la huelga de 1902 terminaría por enajenarles la confianza del mundo obrero durante algún tiempo. En cuanto a los socialistas y sus or­ganizaciones sindicales, tardarían años en consolidar sus bases barcelonesas.
Por lo que hace a los republicanos, sus posibilidades de influir sobre esta población obrera eran, si cabe, más bien pobres. El re­publicanismo barcelonés de finales de siglo era una perfecta réplica del caos imperante en el conjunto del republicanismo español. Un caos que ha permitido escribir a Romero Maura: Veinticinco años de restauración habían con­vertido el republicanismo español en un mosaico de grupos reducidos y comúnmente ineficaces, que sus afiliados se complacían en apellidar partidos. En efecto, los repu­blicanos españoles, y los barceloneses entre ellos, se hallaban divididos por la vieja cuestión teórica entre centralismo y federalismo, así como por la no menos vieja cuestión táctica entre legalismo y revolucionarismo como medio de llegar al deseado cambio de régimen po­lítico.
El monopolio de las soluciones federalistas lo ejercía el Partido Federal de Pi y Margall que, en Cataluña, iba a sufrir fuertes tensiones como consecuencia del empuje del nacionalis­mo catalán. En cuanto a los republicanos cen­tralistas catalanes, estaban bastante divididos. Por lo tanto,  no resulta demasiado exagerado pensar que el número de verdaderos afiliados republicanos no debió ex­ceder en mucho el de unos pocos centenares o, lo que es lo mismo, que esos partidos republicanos eran poco más que una tertulia de colegas.
No es extraño que, en esas condiciones, ni los republicanos de Barcelona ni los del resto de España tuviesen la sensibilidad y la energía suficientes para sacar partido de la poten­cialidad revolucionaria que encerraba la de­rrota de 1898. Los republicanos ni siquiera sin­tonizaban con el lenguaje regeneracionista de un Costa o un Paraíso, aunque se mostraran inicialmente atraídos por él. De ahí los mi­serables resultados electorales obtenidos en abril de 1899 y que, al anunciarse otra consul­ta para mayo de 1901, los progresistas bar­celoneses tuviesen que echar mano de un periodista madrileño de dudosa reputación, pero del que se esperaba que pudiese resultar atractivo al electorado obrero por haber par­ticipado años antes en algunos mítines en pro de la revisión de los procesos de Montjuich.
Alejandro Lerroux era hijo de un veterinario militar que se había paseado por casi toda la península —a causa de cambios de destino— durante los últimos años del reinado de Isa­bel II. Coincidiendo con su estancia en La Rambla (Córdoba), vino al mundo (1864) un quinto hijo, al que bautizaron —contra su volun­tad futura, añadiría años más tarde un correli­gionario con un anticlericalismo entre cómico y patético— con el nombre de Alejandro.
El joven resultó un perfecto zascandil: se le atragantó el bachillerato y abandonó sus proyectos militares cuando pensaba incor­porarse a la Academia. Como aún no había llegado la moda de irse a Ibiza, Alejandro se fue a Lugo, y parece que trabajó en la re­caudación del impuesto de consumos, lo que no era, ni mucho menos, un trabajo brillante y con prestigio popular. Vuelto a Madrid en 1886, poco después de comenzada la regen­cia, Lerroux trampeó como pudo —y debió poder de muy variadas maneras— hasta que salió a la superficie como redactor de El País,en 1892.

Posiblemente sólo fuera el principio un hom­bre de paja del propietario del periódico, pero Lerroux acreditó pronto una notable perso­nalidad y no tardaría en perfilarse como po­lemista agresivo y una de las escasas pro­mesas entré las huestes republicanas. Así dijo haberlo previsto el conocido anarquista Fran­cisco Ferrer: Hace años, en 1892, cuando que una de las cosas más importantes que le conté fue que había en El Paísun redactor llamado Lerroux que valía un imperio y que llegaría a ser una de las primeras fisuras del “partido revolucionario”. La carta de Ferrer de 1899, debía de tener su poquito de exa­geración adulatoria, ya que iba dirigida al propio Lerroux, pero sería insensato pensar que pudiera carecer de fundamento.
La respuesta de Lerroux de diciembre de ese mismo 1899 no muestra precisamente a un moderado reformista, y contribuye mucho a conocer su ánimo político en los años in­mediatamente anteriores a su llegada a Bar­celona. Busquemos al pueblo —escribía el futuro caudillo radical— y digámosle: traba­jador asalariado, de cuyo trabajo viven el Es­tado, el rico, el cura, el soldado y el juez en la holganza, robándote las dos terceras partes del producto que es tuyo en su totalidad, vamos a concluir con todo eso; queremos que todos trabajen, para que todos produzcan y ninguno huelgue viviendo a costa de otro. Trabajadores, somos como tú (sic); no nos basta la igualdad moral que predicó Cristo, ni la política que no sea la República, tan liberal y radical como sea posible, pero en cuya bandera es­cribamos este lema: Lucharemos hasta con­seguir que los hombres no necesiten ni leyes, ni gobiernos, ni Dios, ni amo, la fórmula ácrata acuchada originalmente acuñada por August Blanqui.
Este lenguaje libertario era el mismo que había utilizado en los mítines para la revisión del proceso de Montjuich y el que habría de utilizar para sacar a los obreros de su modorra electoral en vísperas de los comicios de mayo de 1901. Para Lerroux, consistía en un tra­tamiento homeopático con el que, a base de pequeñas dosis de oratoria revolucionaria, se calmaba la pretendida sed de revolución que dominaba a las masas obreras. Parece, sin embargo, que a los burgueses nacionalistas catalanes que escuchaban los discursos de Lerroux las dosis no les parecían tan pe­queñas ni tan inocuas.

Muy por el contrario, el nacionalismo político catalán, que se consolidaba en estos mismos años, presentó a Lerroux como un demagogo puesto en Barcelona por el gobierno de Madrid para obstaculizar los avances del catalanismo.
Esta interpretación, aunque indemostrada, no deja de tener algunos puntos de apoyo, hasta el punto de que algún biógrafo-apologista de Lerroux nos ha transmitido la anécdota de que, cuando éste llegó a Barcelona, tenía madurado un proyecto para viajar a América en busca de negocios, pero que, al ser infor­mado de la situación política barcelonesa, no dudó en exclamar: ¡Mi América está aquí! Por otra parte, entre los papeles de Dato ha quedado testimonio de que Lerroux cobraba con regularidad de los fondos privados del Ministerio de la Gobernación.
Pero si esos datos perfilan la catadura moral del personaje, no resuelven la cuestión del profundo significado del movimiento lerrouxista barcelonés. Lerroux pudo ir a Barcelona en connivencia con el Gobierno de Madrid —y aún dependiendo económicamente de él—, pero, como ha señalado Romero Maura, Lerroux no fue el primer demagogo que compareció en el escenario barcelonés, aunque sí el primero entre las masas obreras barcelonesas. Y para ese arraigo —que supuso la formación de un verdadero partido obrero— las 1.000 pesetas recibidas del Ministerio de Gobernación resul­tan una explicación muy pobre. Muchas más gastaron las izquierdas catalanistas en intentar hacer de Pere Coromines un leader atractivo para los obreros, y no lo consiguieron.
Aquellas elecciones de mayo de 1901 dieron unos días tensos en los que catalanistas y lerrouxistas presionaron al unísono para im­pedir que los caciques de los partidos de turno falseasen una vez más los resultados elec­torales. Aquellas elecciones —ha escrito Romero Maura en su imprescindible estudio sobre La Rosa de Foc— fueron importantísimas. Los caciques de los partidos monárquicos per­dían Barcelona para siempre. Los regionalistas entraban en la vida pública española por primera vez como partido organizado. El re­publicanismo barcelonés resucitaba. Los obreros de la ciudad se desperezaban y pronto entrarían masivamente en la política.
Efectivamente, Lerroux seguiría cultivando su clientela e iniciaría la formación de un par­tido en el que los obreros dejaban de ser sim­ples comparsas como lo habían sido en los viejos progresismos. Bien es verdad que el radicalismo —producto de este impulso le­rrouxista— estuvo lejos de ser un partido de clase obrera, y que los obreros aparecían a duras penas entre sus cuadros dirigentes, pero los obreros barceloneses comprobaron que Lerroux utilizaba un lenguaje inteligible y que parecía certeramente dirigido hacia ellos. En consecuencia, adoptaron a Lerroux como por­tavoz de sus intereses políticos.
La consistencia del movimiento lerrouxista se confirmó con el éxito en las elecciones municipales de noviembre de aquel mismo año. Lerroux prosiguió su tarea de configurar un partido que intentaba rebasar los marcos convencionales a través de iniciativas asistenciales, concretadas inicialmente en las lla­madas fraternidades republicanas —que pretendían ser algo más que los raquíticos casinos republicanos— y, más adelante, en las Casas del Pueblo, implantadas desde 1903, a semejanza del modelo socialista belga. Con esta iniciativa, Lerroux pisaba a los socialistas españoles la patente del invento, cosa de la que siempre se ufanó.

Esas instituciones fueron instrumentos utilizados por Lerroux para mantener su influen­cia sobre unas masas obreras desorientadas tras el fracaso de la huelga general de 1902. Para esa misma labor de representación po­lítica y de defensa de los intereses laborales, Lerroux se sirvió también de su posición como director de La Publicidad, el más importante de los periódicos republicanos de Barcelona.
En cuanto a sus colaboradores, Lerroux tratará de hacer compatible una actitud con­ciliadora con las figuras consagradas de la vida republicana barcelonesa, y la captación de jóvenes procedentes de campos ajenos al republicanismo y, sobre todo, del doliente anarquismo barcelonés.
Más adelante, cuando Lerroux extienda sus campañas propagandísticas a todos los puntos de la geografía española, el político barcelonés se preocupará de establecer contacto con figuras locales del republicanismo, para incor­porarlos a su organización barcelonesa Así se presenta en Barcelona el pontevedrés Emiliano Iglesias, después de aterrorizar a las beatas de Pontevedra con incendiarias soflamas anti­clericales. También acuden Juan José Rocha desde Cartagena, y Rafael Guerra del Río desde Las Palmas.
Por otra parte, y como ya se ha señalado. Según describe Romero Maura, el escenario político barcelonés  había quedado transformado después .de  las  elecciones  de   1901. Frente  al naciente movimiento lerrouxista —que aún no era  un partido diferenciado en el mundo republicano barcelonés— se alzaba un partido político  recién  nacido:   la  Liga Catalana   re vez desde 1901, del acta de día para empeorar las cosas, le complicaciones con la justicia delitos de prensa, de los que cuando en su inmunidad parlamentaria.  La reacción de Lerroux fue la creación del Partido Radical durante un mitin en el que arremete contra la reacción burguesa; pero al defender un mensaje po­lítico regenerador que pretendía superar las luchas de clases, no aceptaba la configuración de un enfrentamiento obrerismo-catalanismo. Esto explica el permanente interés del cata­lanismo de izquierdas (grupo de El Poblé Cátala que desembocará, en 1906, en el Cen­tre Nacionalista República) por implantarse en el mundo obrero. Pero esa tendencia aún tar­daría en perfilarse y lo que estaba claro tras las elecciones de 1901 era el enfrentamiento entre lerrouxistas y catalanistas.
La primera ocasión de contrastar las fuerzas de ambos movimientos se produjo con las dos elecciones (generales y municipales) cele­bradas en Barcelona a lo largo del año 1903.

En esa ocasión, los republicanos barcelo­neses estaban fortalecidos no sólo por la ac­tividad de Lerroux, sino también porque, por primera vez en bastantes años, los republi­canos españoles se encontraban casi com­pletamente reunificados como consecuencia de la Asamblea de Unión Republicana celebrada el 25 de marzo de aquel año, y de la que había salido un partido republicado unificado, bajo la dirección de don Nicolás Salmerón, el último superviviente de los jefes de 1873. En esta reunión republicana de 1903 sólo habían quedado al margen algunas facciones del federalismo y del progresismo.

Las elecciones generales de 26 de abril de 1903 dieron un gran triunfo a los republicanos barceloneses que, al obtener 35.000 votos, multiplicaron por siete los sufragios obtenidos en 1901. Los catalanistas no tuvieron más remedio que plegarse a la elocuencia de las cifras y, a modo de justificación, adujeron que la población barcelonesa se había dejado arrastrar por una especie de sugestión re­publicana. También sacaron a relucir los catalanistas algunos trapícheos de Lerroux, pero las elecciones municipales del 8 de noviembre del mismo año confirmaron la vic­toria republicana de las elecciones generales de abril y, lo que era más importante, otor­garon al lerrouxismo su principal base de operaciones de los años siguientes: el Ayun­tamiento de Barcelona.

El movimiento lerrouxista era por aquel en­tonces, y a pesar de la desesperación de los catalanistas, un fenómeno político que no sólo atraía a los sectores obreros, sino que encon­traba también el apoyo de algunos sectores burgueses. Ese apogeo de las fuerzas le­rrouxistas debió enconar la crisis interna del catalanismo, del que se separó un grupo iz­quierdista que fundaría El Poblé Cátala en el mismo año 1904.

Lerroux, por otra parte, compaginaba su ac­ción política barcelonesa con actividades conspiratorias de carácter pretendidamente re­volucionario en las que estableció contactos con otros líderes locales del republicanismo español (Blasco Ibáñez, Rodrigo Soriano) y otros que estaban muy cercanos a los medios terroristas, como podían ser Nicolás Estévanez o el propio Francisco Ferrer Guardia. Estas gestiones, de las que Lerroux no dio cuenta al. jefe nacional de su partido, Nicolás Salmerón, provocaron tensiones entre ambos líderes y condicionaron la trayectoria futura del repu­blicanismo barcelonés.

Las diversas elecciones que se celebraron en Barcelona a lo largo de 1905 apuntaron una cierta recuperación del catalanismo, pero, sobre todo, condujeron a una completa redis­tribución de las fuerzas políticas en la vida catalana.

Los acontecimientos arrancaron de la victoria relativa del catalanismo barcelonés en las elecciones municipales del mes de noviembre de 1905. Los militares de la guarnición barcelonesa se sintieron heridos por la propaganda antimili­tarista del catalanismo y asaltaron las redac­ciones de La Veu de Catalunyay del semanario Cu-Cut. El asunto desembocó en las Cortes y, al discutirse la suspensión de garantías soli­citada por el capitán general de Cataluña, Sal­merón ofreció la alianza de todas las fuerzas políticas catalanas para oponerse a la solicitud y para evitar una polarización que pudiera con­vertir a Cataluña en una nueva Cuba. La oferta fue inmediatamente aceptada por los catalanis­tas y la Solidaridad Catalana quedó perfilada.

Más allá de consideraciones coyunturales, el nuevo entendimiento implicaba la colabo­ración de fuerzas hasta entonces muy distantes (desde -el republicanismo hasta el carlismo) y resultaba lógico que no todos quedasen con­tentos con la nueva situación. Uno de ellos fue Lerroux, que inmediata­mente inició una furibunda campaña periodís­tica en contra de la coalición, hasta provocar una completa escisión del republicanismo bar­celonés. Son de entonces algunos de los más famosos e inflamados artículos de Lerroux (El alma en los labios, Mi evangelio y otros por el estilo) en los que el antisalmeronismo sólo es superado por el furibundo anticatalanismo que los inspira. Pero Lerroux fue incapaz de controlar todos los ór­ganos locales del partido y, lo que era mucho peor para él, perdió la tribuna que le brindaba la dirección de La Publicidad. Algunos meses más tarde, en junio de 1906, Lerroux sacó a la calle un nuevo periódico —El Progreso— que habría de convertirse en el principal portavoz del Partido Radical de los años siguientes. Emiliano Iglesias fue puesto en la dirección del nuevo periódico.

Situados en esta tesitura,.no fue extraña la derrota de Lerroux en las elecciones generales de abril de 1907, que le privaron, por primera Santander en enero de 1908. La fecha y la ocasión no significaron, evidentemente, mucho, pues la proclamación del nuevo partido no venía a añadir nada al ya consolidado movimiento lerrouxista. Por otra parte, los problemas judiciales se agudizaron y Lerroux se vio obligado a buscar un exilio que le llevó a la Argentina después de unos meses en Fran­cia. El lerrouxismo barcelonés quedó des­cabezado y a la espera de que amainara el temporal solidario. Al frente de la organización barcelonesa quedaba Hermenegildo Giner de los Ríos, mientras Emiliano Iglesias ejercía un liderato complementario desde la dirección de El Progreso.

El desplome del movimiento solidario no tar­daría en ocurrir, pues las grandes distancias ideológicas que separaban a los por entonces coaligados no podían dejar de causar ten­siones, y éstas se hicieron evidentes conforme se robustecía la idea de que el pacto solidario redundaba fundamentalmente en beneficio de los elementos conservadores del catalanismo.

Los dirigentes solidarios no parecieron ad­vertir las fisuras que se apuntaban y provo­caron unas elecciones parciales de diputados en la confianza de que podrían repetir el copo de abril de 1907. Pero la euforia de entonces había desaparecido y las elecciones parciales de diciembre de 1908 dieron la victoria a la candidatura lerrouxista, encabezada por su exiliado caudillo. Los resultados suponían, jun­to con la devolución del acta de diputado a Lerroux, el final de la aventura solidaria, aun­que los catalanistas se negaran, inicialmente a reconocerlo. Las elecciones municipales de mayo del siguiente año ratificaron la victoria de los radicales que recuperaron su plataforma política y su fuente de subsistencia: el Ayun­tamiento barcelonés.

Dentro del horizonte lerrouxista no había otra nube que la representada por el fortalecimiento de una nueva organización obrera —la Soli­daridad Obrera— que podría hacer peligrar la influencia del radicalismo en los medios obreros barceloneses. Pero, a finales de 1908, eso era tan sólo una posibilidad. Lerroux no se apresuró a volver de Argen­tina para hacerse cargo de su acta de dipu­tado, entre otras cosas, porque sus cuentas con la justicia tardaron en resolverse. Los radicales barceloneses, por tanto, esperaban apaciblemente la vuelta de su jefe, bien afian­zados en el Ayuntamiento y sin otra preocu­pación que contener la creciente presión de la Solidaridad Obrera.

Sin embargo, el recrudecimiento de la ac­tividad militar en el norte de África, en la primavera de 1909, sería ocasión de una gran agitación social en Barcelona y desembocó enun estallido revolucionario en la última semana de julio. Fue la Semana Trágica *. Grupos de agitación paralizaron la ciudad mientras que los impulsos violentos se orientaron fundamentalmente hacia la quema de edificios de la Iglesia.
El movimiento no tuvo nunca una dirección coherente y, mucho menos, un plan. Francisco Ferrer, fusilado como principal inspirador de la revuelta, tal vez pagó en esta ocasión su labor propagandística a través de la Escuela Moder­na y sus conexiones, mucho más claras, con el atentado realizado por Morral contra Alfon­so XIII (aunque Ferrer también fue encausado en aquella ocasión, no se pudo concluir su culpabilidad).
En realidad, los agitadores barceloneses no necesitaban un director de orquesta, porque se conocían la partitura casi de memoria. Una partitura que estaba en los incendiarios artí­culos escritos por Lerroux en los años ante­riores, especialmente los escritos con ocasión de sus campañas antisolidarias.
En uno de sus artículos más conocidos —El alma en los labios, de 9 de diciembre de 1905— co­mentaba así el asalto de los militares a las redacciones de las publicaciones catalanistas: Yo digo que si hubiera sido militar, hubiera ido a quemar La Veu,el Cu-Cut,la Lliga y el palacio del obispo, por lo menos. Y, a con­tinuación, añadía lo que hoy nos parece un perfecto programa de lo que ocurriría en la Semana Trágica: Y si yo hubiera estado en Barcelona la noche de «autos» hubiéramos ido el pueblo y yo a quemar varios conventos, es­cuelas de separatismo, y a llamar a la puerta de los cuarteles, y a decirles a los soldados que antes que la disciplina están, en la con­ciencia de los hombres, la libertad y la patria.

Aparte de la identificación sugerida entre catalanismo y clericalismo, que era una forma de descalificar a la izquierda catalanista, el programa revolucionario quedaba nítidamente trazado. Tiene, por eso, razón Romero cuando afirma: El patrón a que obedecieron los su­cesos de la Semana Trágica no responde en sus rasgos generales más que a una expli­cación que reconduce la conducta seguida a las actitudes del republicanismo radical. Los anarquistas —salvadas las excepciones in­dividuales— se condujeron como republicanos lerrouxistas.

Pero una cosa era plantar la semilla y otra ponerse a segar cuando el clima se caldea. Emiliano Iglesias se quitó de enmedio cuando previo que podían intentar ponerle a la cabeza del movimiento, y Lerroux, que aún no estaba seguro de cómo le iba a recibir la justicia es­pañola, fue informado de los sucesos cuando el barco en el que viajaba desde Argentina hizo escala en Canarias y consideró mucho más oportuno seguir camino hacia Inglaterra. Esto no impidió que, al volver a Barcelona a finales de año, se constituyera en rehabilitador de aquellas jornadas revolucionarias y acometiera una campaña para conseguir la libertad de los encarcelados por aquellos sucesos.

La defección de los líderes radicales podría haber provocado una rotunda pérdida de credibilidad del partido en el mundo obrero, y no han faltado los que han situado ahí el comienzo del declive del radicalismo barce­lonés. Hay razones, sin embargo, que permiten poner en duda esa apreciación.

La principal razón es la trayectoria del par­tido en las posteriores confrontaciones elec­torales, que más bien sugiere un declive lento de las posiciones radicales, en la medida en que se reforzó el asociacionismo obrero y las organizaciones políticas de clase.

Por lo pronto, las elecciones municipales de diciembre de ese mismo año 1909 confirmaron una clara mayoría de los radicales, tanto sobre la izquierda catalanista como sobre los conser­vadores de la Lliga. El radicalismo seguía con­tando con el apoyo del censo electoral obrero, pero no por mucho tiempo.


De todas formas, si no hay un inmediato declive del radicalismo barcelonés, sí que se puede apreciar un cierto cambio de clima a partir de los sucesos de la Semana Trágica. Un cambio que se concreta en el intento de trascender el marco barcelonés, tal vez porque Lerroux previo que el declive del movimiento barcelonés-era inexorable.
Fruto de esa nueva orientación es la acti­vidad propagandística de Lerroux en Madrid y la fundación, también en la capital de España, de un nuevo periódico —El Radical— que ocasionaría un fugaz movimiento de atracción en los círculos intelectuales madrileños. De este fenómeno quedan testimonios en las páginas de Pío Baroja, Ortega y Azorín  que tuvieron sus inclinaciones izquierdistas, sobre todo el último.
El declive barcelonés, de todos modos, ter­minó por producirse, y de ello son buena mues­tra los negativos resultados de las elecciones municipales de noviembre de 1911, debidos:, sin duda, a la presión de la CNT sobre el mundo obrero barcelonés y también a los escándalos provocados por los radicales con motivo de su gestión municipal.
El retroceso se engloba dentro de un fe­nómeno general de debilitamiento del repu­blicanismo barcelonés (también del catalanis­ta), que ni siquiera lo detuvo la alianza —contra natura— entre los radicales y los catalanis­tas de la UFNR (Pacto de San Gervasio, de febrero de 1914). El desenlace fue que, tras las elecciones municipales de noviembre de 1915, los radicales perdieron el control del Ayuntamiento de Barcelona, después de haberlo mantenido casi ininterrumpidamente desde 1903. Con el Ayuntamiento, lógicamen­te, los radicales perdieron su base de ope­raciones y se enfrentaron al problema de bus­car nuevos horizontes, pues el episodio bar­celonés parecía terminado.
Eso no impedía que la implantación bar­celonesa del radicalismo siguiese propor­cionando sus dividendos y Lerroux aún pudo ser protagonista destacado en los aconteci­mientos del verano de 1917, pero la suerte ya estaba echada. En las elecciones de 1918, Lerroux perdió su acta por Barcelona y, aun­que la recuperó en las elecciones de los años siguientes, el partido tuvo ya que conformarse con minorías angustiosamente conseguidas.

Acababa, en definitiva, la historia de un fenómeno político que había contribuido po­derosamente a la transformación de la vida política barcelonesa y a la superación del mar­co creado por la restauración canovista. El episodio del lerrouxismo radical no era sólo Una cuestión de oportunismo político, llevada a cabo por un mercenario inmoral.

Lerroux estaba, desde luego, muy lejos de la pureza política inmaculada; él fue siempre el primero en reconocerlo. Pero negar categoría a sus realizaciones barcelonesas durante la primera década de siglo es algo que si tuvo sentido político entonces, hoy debemos superar los historiadores para no quedarnos perezo­samente anclados en trasnochadas claves.
Allí hubo efectiva movilización y una notable capacidad organizativa que, por encima de defectos e inmoralidades, contribuyó a moder­nizar la escena política barcelonesa. Y la vida barcelonesa no era en aquellos años, como no lo ha sido casi nunca, un lugar más de la vida política española, sino un puesto de avanzada, un escaparate que servía como punto de ex­perimentación y referencia para el resto del país.
El Partido Radical, por lo demás, trató de continuar su trayectoria como partido nacional y, tras un desvanecimiento impuesto por su propia debilidad y por la dictadura de Primo de Rivera, reapareció en la Segunda República como uno de los principales catalizadores de los votos populares. Era, ciertamente, un partido bastante diferente de aquel que se había desarrollado en Barcelona a comienzos de siglo, pero los viejos clichés siguieron operan­do y el propio partido fue incapaz de crearse una nueva imagen. Los escándalos de 1935 parecieron confirmar una continuidad en don­de, pese a todo, se habían producido numerosas modificaciones en un contexto en el que la clase trabajadora animada por los anarquistas, comienza a tener más confianza en sí misma, más capacidad organizativa.
De todo aquello, apenas si queda el recuerdo, unas páginas en los libros de historia. Por eso es bastante probable que, entre el inmenso gentío que cada 11 de septiembre se moviliza en Cataluña, sean escasos los que sepan el significado de la palabra lerrouxismo, una palabra –repito- hoy en total desuso.



Este trabajo se basa en la lectura de dos de las mejores obras sobre el periodo, la de Joaquín Romero Maura, Larosa de fuego. El obrerismo barcelonés de 1899 (RBA, Barcelona, 2012) yel de JoséÁlvarez Junco.El emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista. Alianza Editorial. Madrid, 1990).

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