martes, 10 de abril de 2018

I.-Los emblemas de Europa.-a


12 estrellas doradas de 5 puntas dispuestas en círculo sobre fondo azul.



La bandera europea,​ también conocida como bandera de Europa, está formada por doce estrellas doradas dispuestas en círculo sobre fondo azul.

​ Fue diseñada en 1955 por Arsène Heitz, un pintor de Estrasburgo, y aprobada el 8 de diciembre de ese mismo año por el Consejo de Europa, que animó a otras instituciones europeas a adoptar esa misma bandera. El Parlamento Europeo la aceptó en 1983. Finalmente, en 1985, la insignia fue adoptada por los Jefes de Estado y Gobierno de la UE como emblema oficial de las Comunidades Europeas. Todas las instituciones europeas la utilizan desde 1986.

Es, por tanto, el símbolo de unión de los estados europeos, siendo asumida como tal, por la Unión Europea y el Consejo de Europa (que es una organización política independiente de la Unión). Si bien ambas instituciones reconocen la bandera, más frecuentemente se asocia con la Unión Europea debido al fuerte uso de la enseña que ha hecho desde su aprobación, incluyéndose en las instituciones, actos y documentos oficiales. Así, a pesar de ser el Consejo de Europa la primera institución en adoptar la bandera, desde mayo de 1999 dejó de utilizarla al haberse convertido en un "símbolo europeo común", para pasar a emplear otro emblema personalizado.
Aunque tras aprobación del Tratado de Lisboa los símbolos de la Unión Europea no son jurídicamente vinculantes para los países miembros, dieciséis países pertenecientes a la UE han declarado su lealtad a estos símbolos en una declaración anexa al documento, comprometiéndose a su utilización en actos públicos.​ También el Parlamento Europeo modificó su reglamento interno a fin de utilizar los símbolos más frecuentemente.



Gallardete de los buques de inspección de pesca de la Unión Europea.




Autor.

Arsène Heitz fue un pintor de Estrasburgo, que trabajó de 1950 a 1955 en el proyecto de la actual bandera de la Unión Europea. Es coautor de la Bandera de Europa (en colaboración con Paul M. G. Lévy).
Heitz trabajó en el servicio postal del Consejo de Europa mientras se elegía la bandera entre 1950 y 1955, y presentó 21 de los 101 diseños que se conservan en los Archivos del Consejo de Europa.
Propuso, entre otros dibujos, un círculo de quince estrellas amarillas sobre un fondo azul; inspirada en el halo de doce estrellas de la Virgen María, la Reina del Cielo del Libro de Apocalipsis, a menudo retratada en el arte católico romano, que se puede ver en el Rosetón que el Consejo de Europa donó a la Catedral de Estrasburgo en 1953. De hecho, propuso un diseño con "una corona de 12 estrellas doradas con 5 rayos, sus puntas no se tocan".
Su bandera con doce estrellas fue finalmente adoptada por el Consejo, y el diseño fue finalizado por Paul M. G. Lévy.

Arsène Heitz, quien diseñó principalmente la bandera europea en 1955, le dijo a la revista Lourdes que su inspiración había sido la referencia en el Libro de Apocalipsis, la sección final del Nuevo Testamento, a "una mujer vestida del sol ... y una corona de doce estrellas en su cabeza "(Apocalipsis 12: 1).
Bandera del Parlamento Europeo hasta 1983.

Era un católico devoto que pertenecía a la Orden de la Medalla Milagrosa, que pudo haber influido en sus puntos de vista sobre el simbolismo de las 12 estrellas. La mayoría de los fundadores de la Unión Europea, Konrad Adenauer, Jacques Delors, Alcide de Gasperi y Robert Schuman, también eran católicos devotos.

Bandera parlamento europeo.

Bandera del Parlamento Europeo hasta 1983.
El himno de la Unión Europea, oficialmente Himno Europeo, es uno de los cuatro símbolos oficiales de la Unión Europea.1​ El himno tiene su origen en la Oda a la Alegría (An die Freude en alemán), escrita por Friedrich von Schiller en 1785 y la composición realizada por Ludwig van Beethoven para su novena sinfonía. Fue adoptado oficialmente en 1985.



Himno Europeo

El himno de la Unión Europea, oficialmente Himno Europeo, es uno de los cuatro símbolos oficiales de la Unión Europea.​ El himno tiene su origen en la Oda a la Alegría (An die Freude en alemán), escrita por Friedrich von Schiller en 1785 y la composición realizada por Ludwig van Beethoven para su novena sinfonía. Fue adoptado oficialmente en 1985.
Este himno, según la Unión Europea, no sustituye a los himnos nacionales de los países de la UE, sino que "celebra los valores que todos ellos comparten".


lunes, 9 de abril de 2018

De Little Havana a Miamizuela a


En resto de  los estados unidos el español es un idioma de los sirvientes, mientras que en la ciudad  Miami es la lengua de poder, la de los amos.

ciudad de Miami

Más de 37 millones de latinos en Estados Unidos hablan español en sus casas y en Miami esa tendencia se refleja en más del 90 por ciento de la población latina. Credit Scott McIntyre para The New York Times

En Nueva York el español es un idioma de cocina, mientras que en Miami es una lengua de poder”, me dice Pedro Medina mientras recorremos en su coche el Biscayne Boulevard. Tras leer Varsovia, una novela sucia, poblada por putas y policías de Miami Beach, me esperaba a un tipo rudo y tatuado a lomos de una Harley Davidson: en su lugar ha aparecido un peruano de 41 años que ha pasado aquí la mayor parte de su vida adulta, gafas de sol, polo negro, a bordo de un Volkswagen Jetta gris. En esta ciudad sin peatones, es lógico que la entrevista sea a 50 kilómetros por hora.
“Miami es una vaina que cambia todo el tiempo”, afirma. Por eso no es raro lo que ocurrió con Miami Vice en los años ochenta. La serie de Michael Mann se inventó con su vestuario, sus efectos visuales y su banda sonora new wave y techno una metrópolis que no existía “pero con el tiempo la realidad se acabó pareciendo a la de la serie”.
El jefe de Sonny Crockett y Rico Tubbs era el teniente Martín Castillo, de origen cubano. Dos décadas después llegó Dexter y la jefa de la comisaría cambió de género pero no de origen: Maria LaGuerta también venía de la isla. Aunque el actual alcalde de Miami, Francis X. Suárez, sea hijo del exalcalde Xavier Suárez, nacido en Cuba, el mapa del poder está cambiando, como lo está haciendo el del periodismo y la literatura.
Cuando Medina llegó desde Lima a principios de siglo la ciudad era sobre todo anglosajona y cubana: 
“Yo siempre destaco una novela de aquella época, Nieve sobre Miami, de Juan Carlos Castillón, porque el noir estaba en manos de los escritores anglos, y con ese libro un escritor de Barcelona, pero con muchos años en América, empieza a narrar Miami en nuestro idioma”.
Eso es lo que se han propuesto durante los últimos diez años los autores del grupo Suburbano: impulsar la crónica, la ficción y la crítica escritas en español, a través de su portal de periodismo digital y de la publicación de libros. Libros como Viaje One way. Antología de narradores de Miami, que editaron Medina y Hernán Vera (el otro impulsor, de origen porteño, del proyecto) y se ha convertido en un libro de referencia para entender la transformación literaria de esta ciudad que se hunde lentamente.

“Lo que diferencia nuestra literatura de la cubana”, opina Vera, “es que para ellos el pop y la tecnología nunca fueron importantes, y en cambio para nosotros fueron fundamentales”. Alrededor de su taller literario, que cuenta con la complicidad de más de veinte escritores que se reúnen regularmente, se ha articulado una escena literaria latinoamericana con autores como la peruana Rossana Montoya Calvo, los argentinos Gabriel Goldberg y Gastón Virkel o el venezolano Camilo Pino. Aunque la joven Legna Rodríguez Iglesias o los veteranos José Abreu Felippe y Antonio Orlando Rodríguez sigan asegurando el acento cubano, ya no es el predominante en los libros escritos en Miami, donde viven también Jaime Bayly, Maye Primera, Andrés Oppenheimer o César Miguel Rondón.
Estas autopistas urbanas, estos barrios que parecen islas, estos contrastes entre la opulencia extrema y la miseria enajenante, este bochorno con fuerte olor a trópico, este hundimiento y cada uno de los huracanes están siendo narrados en todos los acentos de nuestros idioma.
“Yo hablo perfecto inglés”, le dice en perfecto español una muchacha mulata a un señor con guayabera. No está hablando en inglés ni una sola de las cuarenta y tres personas que hay en este momento en la bakery del Versailles, el restaurante cubano más famoso del mundo según reza el rótulo —y tal vez sea cierto—. Piden o degustan croquetas, empanadas gallegas, tortillas de pimiento, sándwich cubano, cheesecake, pastel tres leches o tartaleta de manzana o de nueces, que acompañan con un jugo natural o un cortadito con evaporada.

Desde su apertura en 1971 el Versailles ha sido un importante lugar de reunión del exilio cubano. Aquí se celebró con música, ron y tanta euforia la muerte de Fidel Castro el 25 de noviembre de 2016. El suelo es una colmena verdiblanca de hexágonos muy desgastados. Los cubanos ricos ya no viven aquí, pero sí vienen a reunirse con amigos o a comprarles la merienda a sus hijos. En Little Havana conversaron en voz baja durante décadas los agentes de la CIA y los líderes del exilio para conspirar y para tramar atentados. Es muy probable que varios de esos encuentros ocurrieran en estas mismas mesas.
“Ahora, en este preciso momento, esas reuniones están ocurriendo en el Doral, una zona de Miami que se conoce como Doralzuela, para acabar con Maduro”, me dice Medina quitándose las gafas de sol en una mesa de la cafetería. 
Y sentencia: 
“Dentro de diez o quince años estudiaremos el Miami venezolano como ahora estudiamos el cubano”.
Nos despedimos después de pasear por las cigarrerías, los locales de salsa y mojitos y el Parque del Dominó, donde los viejos cubanos juegan como si fueran atracciones del parque temático del exilio. “Ahora me quitaré mi ropa de escritor y me pondré el traje de la oficina”, me confiesa Medina mientras nos damos la mano. Luego agrega: “Trabajo en un banco venezolano”.

Viaje al exilio venezolano

Entre Little Havana y Miamizuela (es decir, el Doral) hay cuarenta minutos en uber y casi medio siglo de historia latinoamericana. De 1953 a 1999, de la Revolución de los Barbudos al inicio de la presidencia del comandante Hugo Chávez.
“Mi papá es hijo de cubanos y nacido en Cuba, llegó a los tres años a Venezuela, sabía muy bien qué era un régimen comunista, de modo que el primer año del gobierno de Chávez dijo que no se quedaba allá y se vino para los Estados Unidos”, me cuenta Verónica Ruiz del Vizo —32 años, chispa en la mirada, 115.000 seguidores en Instagram—, “forma parte del primer grupo de inmigrantes venezolanos, que llegó a principios de este siglo, con mucho dinero, compró casas en dos zonas, Weston y en el Doral, hizo inversiones, creó empresas, pero no fue una emigración públicamente notoria”.

La que se hace notar es la que comienza en 2014. Las protestas y la represión y las sucesivas crisis vuelven irrespirable el aire en Venezuela: empiezan a llegar miles de estudiantes, profesionales, periodistas, intelectuales, en una sucesión de olas que llega hasta nuestros días. La mayoría de ellos se instala en el Doral. Y empieza a organizarse como una auténtica diáspora.
A través de Facebook, Instagram, Whatsapp o Twitter, los inmigrantes del mundo cultural se han podido vincular y organizar a una velocidad sin precedentes.
Ruiz del Vizo es la directora de Mashup, la agencia de gestión de contenidos digitales que fundó hace casi una década cuando todavía estaba en la universidad, y se ha convertido en una de las voces destacadas de ese segundo gran exilio masivo de habitantes de un país latinoamericano en Miami. Entre las iniciativas en que se ha involucrado destaca Dar Learning, un programa educativo en el que varios grandes profesionales venezolanos —con más de diez años de experiencia en un área— dan cursos gratuitos en línea para ayudar a personas en su proceso migratorio.

“Lo que diferencia nuestra diáspora de la cubana”, según la ejecutiva e influidora, “es que muchos de los primeros venezolanos que llegaron aquí tenían experiencia en el mundo corporativo y encontraron puestos de nivel ejecutivo, cuando no abrieron sucursales de sus propias empresas, y todos los jóvenes que llegamos después teníamos una gran experiencia en el uso de lenguajes contemporáneos, como los de las redes sociales”. 
Twitter, por ejemplo, se convirtió hace años en la herramienta que utilizan miles de ciudadanos de Caracas y otras ciudades del país para conseguir penicilina o sangre.
A través de Facebook, Instagram, Whatsapp o Twitter, los inmigrantes del mundo cultural se han podido vincular y organizar a una velocidad sin precedentes. El Paseo de las Artes, que cerró en Doral, por ejemplo, ha reabierto en Wynwood, con una gran oferta teatral y de humor. Las salas se llenan cada fin de semana. En la subcultura del exilio George Harris se ha convertido en una estrella de la comedia en vivo (stand up comedy), con sus chistes sobre Nicolás Maduro y Diosdado Cabello y hasta su propia madre.
“Eso ha supuesto una alianza inesperada entre inmigrantes venezolanos y colombianos, en teatros, en galerías de arte, en artesanía”, comenta Ruiz del Vizo. Incluso la arepa se ha vuelto un lugar de encuentro, con nuevos restaurantes que tienen en su carta arepas reinventadas en clave de cocina creativa, por parte de cocineros de los dos países. La discusión de siglos sobre quién inventó la arepa ha encontrado una tregua en Miami: a ver si se animan los inmigrantes chilenos y peruanos y llegan a un acuerdo sobre la propiedad intelectual del pisco sour.
“¿Por qué no abre una sucursal de Altamira en el Doral?”, le pregunto a Carlos Souki, dueño de la única librería que vende exclusivamente libros en español en Miami, situada en Coral Gables.
“Porque no nos interesa centrarnos en los lectores venezolanos, aunque nosotros lo seamos, y aquí, entre Books and Books y Barnes and Noble, es donde vienen los lectores en nuestro idioma de toda la ciudad, por eso nos interesaba estar aquí”.
En Caracas tenía tiendas de discos, porque en los años ochenta descubrió que había un público muy interesado en música en inglés que no podía conseguir lo que deseaba:
“Y aquí descubrimos que también había un público insatisfecho, pero a la inversa, de literatura en español, por eso importamos libros de España, México, Colombia y, hasta hace poco, Argentina, para que todas esas personas puedan tener acceso a lo que les interesa”.
Tras viajar a la feria Liber de Madrid y llegar a acuerdos con las editoriales más importantes se dieron cuenta de que podían competir con Amazon, que en Estados Unidos no cuenta con una política de precios tan agresiva como la que rige sus ventas en inglés, porque comercia a través de terceros. “Amazon es el Coco, pues”, dice Souki sonriendo y señalando los anaqueles de madera bañados por una luz verdosa, “pero nosotros hemos logrado que el 80 por ciento de nuestros títulos tengan un precio inferior al del nombre que no se puede nombrar”.

Según el Pew Research Center, más de 37 millones de latinos en Estados Unidos hablan español en sus casas y en Miami esa tendencia se refleja en más del 90 por ciento de la población latina (2.208.303 personas). La Feria del Libro organiza cerca de doscientas actividades al año con autores hispanoamericanos. Pero el mercado está muy condicionado por la presión social y cultural del mundo anglosajón. Altamira cumple dos años de vida en su lucha por conseguir que los habitantes de Miami, acostumbrados a cronometrar su vida cotidiana y a comprar por internet, se acerquen al 219 de Miracle Mile para pasar la tarde entre libros.
Para que veas cómo son los hábitos, incluso de los latinos, te cuento que nuestro mejor cliente nos llama cada tres lunes para darnos una lista de los libros que querrá tres lunes más tarde, y nos envía un cheque; no lo conocemos, vive a cuatro cuadras, pero nunca le hemos visto la cara. Un día le dijimos que podíamos ir personalmente a llevárselos, y nos dijo que no le diéramos problemas, que lo prefería por correo”.

sábado, 7 de abril de 2018

Nacionalismo catalán I a



La historia del catalanismo político o del nacionalismo catalán comienza en los primeros años de la Restauración borbónica en España tras el fracaso de la experiencia federal de la Primera República, aunque los orígenes del catalanismo político se remontan a la primera mitad del siglo XIX con el crecimiento de la oposición al modelo centralista del Estado liberal y con el desarrollo del movimiento de la Renaixença.


Los orígenes del catalanismo político (1808-1875)
La doble identidad catalana y española y la oposición al
 modelo centralista y uniformista del Estado Liberal.

En Cataluña comienza a fraguarse un «sentimiento de identidad española» durante la guerra antinapoleónica, cuando los catalanes «por primera vez compartieron con los otros españoles un enemigo común». Sin embargo, se mantuvo la «férrea oposición a cualquier tentativa de identificación con Castilla en lengua y leyes», ya que a lo largo del siglo XVIII se había mantenido la reivindicación de las instituciones y leyes propias del Principado de Cataluña abolidas por el decreto de Nueva Planta de Cataluña de 1714, así como el uso de la lengua propia, incluso en ciertos niveles administrativos y académicos, como lo prueba la reiteración de decretos exigiendo el uso exclusivo del castellano.
En el opúsculo propagandístico Centinela contra franceses publicado poco después de la batalla de Bailén de julio de 1808, el barcelonés Antonio de Capmany, que luego sería diputado en las Cortes de Cádiz, alababa la existencia en España de una diversidad de la que adolecía Francia, donde «no hay provincias ni naciones», y que había servido para resistir al invasor napoleónico:

¿Qué sería ya de los Españoles si no hubiese habido Aragoneses, Valencianos, Murcianos, Andaluces, Asturianos, Gallegos, Extremeños, Catalanes, Castellanos, etc.? Cada uno de esos nombres inflama y envanece, y de esas pequeñas naciones se compone la masa de la gran Nación, que no conocía nuestro conquistador.

Sin embargo, Campany consideraba el catalán un «idioma antiguo provincial muerto para la república de las letras».​ Un punto de vista que era compartido por el liberal mataronense Antonio Puigblanch quien en su obra La Inquisición sin máscara (1811) defendió que Cataluña «abandone el idioma provincial», el catalán, para adoptar la «lengua nacional», el español, para «estrecharse más y más bajo las nuevas instituciones con el resto de la nación, e igualarla en cultura». De lo contrario, «el que no posea como nativa la lengua nacional» «será siempre extranjero en su patria» y «quedará privado de una gran parte de la ilustración que proporciona la recíproca comunicación de las luces».
Durante el complejo proceso de construcción del Estado liberal en España sus partidarios en Cataluña se preocuparon en destacar la continuidad de las antiguas libertades catalanas con el nuevo régimen constitucional, para de esa forma «favorecer la plena integración de Cataluña a la España liberal», pero también para «consolidar el sentimiento de catalanidad».

A raíz de la convocatoria de las Cortes de Cádiz, la Junta Superior del Principado de Cataluña formada en 1808 tras el rechazo a las abdicaciones de Bayona, redactó una «Exposición de las principales ideas que... cree conveniente manifestar a los señores Diputados de la Provincia que en representación de la misma pasan al Congreso de las próximas Cortes» en la que se decía:

Que aunque desde luego deben reconocerse las ventajas políticas que resultarían de uniformar la Legislación y los derechos de todas las Provincias de la Monarquía para que no quede esta después de la actual crisis hecha un cuerpo compuesto de partes eterogéneas; con todo quando no pensase así la pluralidad, o quando insuperables obstáculos se opusiesen a la realización de esta medida saludable, en tal caso debe Cataluña no solo conservar sus fueros y privilegios, sino recobrar los privilegios de que disfrutó Cataluña en el tiempo que ocupó el trono español la augusta Casa de Austria.

En 1820, al principio del Trienio Liberal, la Diputación Provincial de Cataluña se declaraba sucesora del «espíritu que animaba a nuestros mayores» para «mantener su libertad civil», pues «la historia nos recuerda… su sabio gobierno, su representación por medio de sus Diputados, su adhesión a las leyes establecidas por sí mismos». También se establecieron paralelismos entre la Constitución de 1812 y la antigua legislación catalana pues ambas, como dijo el diputado Vila en noviembre de 1836, habían sido arrebatadas por una «fuerza extranjera», en las dos ocasiones francesa, la primera en 1714 y la segunda en 1823.

Víctor Balaguer, uno de los escritores principales de la Renaixença, impulsor del periódico La Corona de Aragón.
La consecuencia de todo ello fue la formación de una doble identidad catalana y española, un doble patriotismo que se podría resumir en la frase «España es la nación, Cataluña es la patria». Esta dualidad de sentimientos se manifestaba por ejemplo en la primera revista escrita en catalán, Lo verdader catalá (1843), que preconizaba el mantenimiento de la personalidad catalana junto con la unidad material y espiritual de España. Y al mismo tiempo se criticaba el modelo centralista de Estado que estaba construyendo el Partido Moderado, en el poder durante la mayor parte del reinado de Isabel II.7​ El liberal progresista Tomás Bertran i Soler llegó a proponer que el gobierno de Isabel II otorgara «al pueblo catalán su antigua constitución», «conforme hizo con los vascos».
En 1851 J.B. Guardiola defendió la descentralización como mejor garantía de la unidad de España, pues ésta constituía no «una sola nación, sino un conjunto de naciones». Tres años después tras el triunfo de la Vicalvarada, nacía el periódico impulsado por Víctor Balaguer La Corona de Aragón en el que se reivindicaba también la descentralización y cuyo título, según un editorial, era «el guante que arrojamos a los déspotas y a los tiranos que, ya sea desde un trono ya desde una silla ministerial, pretenden esclavizarnos». Para el periódico, que llegó a ser acusado de ser una «bandera de independencia», se defendía que «España es un conjunto de varios reinos» por la raza, la lengua y la historia. En 1855 J. Illas Vidal se lamentaba en su opúsculo Cataluña en España de «que las que fueron dos nacionalidades distintas, no hayan sido unidas por el tiempo y la justicia», una queja que compartía J. Mañé y Flaquer, «el más influyente ideólogo de la burguesía catalana conservadora», cuando destacaba la ausencia de «aquella comunidad de sentimientos y aspiraciones que debieran alentar pueblos hermanos», y que atribuía al uniformismo castellanizador de los Gobiernos isabelinos. 
En 1860 varios diputados catalanes de la Unión Liberal encabezados por Manuel Duran y Bas presentaron en las Cortes una propuesta de descentralización de España, atendiendo a la «aspiración universal y legítima del país», pero no fue apoyada por el gobierno de Leopoldo O'Donnell y fue rechazada. Ese mismo año se publicaba el libro de Juan Cortada Cataluña y los catalanes, en el que se diferenciaba a los catalanes de «los demás españoles», pero a los que consideraba «como hermanos» por lo que proponía la construcción de una España sólida y cohesionada. También se constataba la existencia de un sector de catalanes que «con exagerado celo patriótico pretenden renovar épocas y administraciones antiguas en consonancia con el espíritu altamente libre de los habitantes del principado». También en 1860 Antonio de Bofarull escribía:

España, como he defendido en otras ocasiones, no es una nación, y sí un conjunto de nacionalidades, cada una de las cuales tiene su historia y gloria particular, que las demás no conocen, originándose de esta ignorancia que solo prepondere y se tenga por buena y capaz la que ha tenido medios para absorber toda la importancia.

La Renaixença y el «catalanismo popular»

La Renaixença fue un movimiento cultural que pretendía dignificar la lengua catalana, restituyéndole su espacio culto, ya que en la literatura popular no había desaparecido. Su inicio se ha situado tradicionalmente en agosto de 1833 cuando se produjo la publicación de la Oda a la Patria de Buenaventura Carlos Aribau en el diario El Vapor, a la que siguieron los 27 poemas en catalán de Joaquín Rubió y Ors que publicó en el Diario de Barcelona a partir de 1839 y que fueron reunidos en el libro titulado Lo Gayter del Llobregat, el seudónimo del autor, quien en la introducción exponía su programa literario, basado en el amor a «las cosas de sa patria» y en la reivindicación del idioma que «desgraciadament se pert dia a dia» y del que algunos se avergüenzan de que se les «sorprengue parlant en catalá». Rubió i Ors también decía (en catalán):

Cataluña puede aspirar todavía a la independencia; no a la política, pues pesa muy poco en comparación con el resto de las naciones, que pueden poner en el plato de la balanza, además del volumen de su historia, ejércitos de muchos miles de hombres y escuadras de cientos de navíos; pero sí a la literaria, hasta la que no se extiende la política del equilibrio.

El interés del movimiento se centró en la literatura, y dentro de ella en la poesía, por lo que se considera como uno de sus hitos la celebración de los primeros Jocs Florals en 1859 organizados por el Ayuntamiento de Barcelona —aunque tuvo un antecedente en 1841 con el certamen poético convocado por la Academia de Buenas Letras, en el que resultaron premiados un poema de Rubió y Ors sobre los almogávares y una memoria histórica de Braulio Foz sobre el compromiso de Caspe—.​ Los Jocs con sus tres premios ordinarios —a la fe, la patria y el amor— fomentaron los poemas de exaltación historicista y los tres discursos rituales —del presidente, el secretario y uno de los mantenedores— se convirtieron en «una cátedra de regionalismo», según se dijo tiempo después, que atraían a un público numeroso y variado. Así, «los Jocs avivaron el sentimiento de catalanidad, mientras proclamaban la españolidad de Cataluña».
Sin embargo, como denunció a principios del siglo XX el líder nacionalista catalán Enric Prat de la Riba, los que impulsaban los Jocs Florals, «lloraban los males de la lengua catalana y en su casa hablaban en castellano; enviaban a los Juegos Florales hermosas composiciones llorando trágicamente los males de Cataluña, y fuera del redil de los Juegos ya no se acordaban de Cataluña y se asociaban con sus enemigos». Proponían la huida hacia un pasado idealizado en un momento de grandes cambios economícos y sociales, ya que, a excepción del liberal progresista Víctor Balaguer —aunque su primera poesía en catalán la dedicó A la Verge de Montserrat—, la mayor parte de los integrantes de la primera Renaixença fueron afines al moderantismo. Rubió y Ors, por ejemplo, fue mucho más conocido en España por obras integristas como El libro de las niñas (1845) o Manual de elocuencia sagrada (1852) y en el discurso que pronunció ante la reina Isabel II con motivo de la apertura del curso 1861-1862 de la Universidad de Barcelona, defendió que «las universidades, manteniéndose católicas, sean en España las encargadas de impedir que el error se derrame por nuestro suelo». También fue muy conservador y clerical, Antonio de Bofarull, autor del primer folletín en catalán L'orfeneta de Menargues o Catalunya agonisant (1862).

Al mismo tiempo que se desarrollaba la Renaixença, y en conexión con ella, se produjo el resurgimiento de la historiografía catalana, que arranca en 1836 con la publicación de las Memorias para ayudar a formar un diccionario crítico de escritores catalanes, de Félix Torres Amat —«la primera historia indirecta de la literatura catalana»— y Los condes de Barcelona vindicados, de Próspero de Bofarull y Mascaró —«una historia a la vez crítica y laudatoria de los primeros condes-reyes»—, a las que siguieron tres años después Recuerdos y bellezas de España de Pablo Piferrer, que en palabras de su autor relata con pasión «las felices épocas de los Raimundos y los Jaimes» y elogia a todos los que fueron «el sostén de las libertades de su patria, que nunca consintieron que fuesen holladas por mano de Rey», por lo que esta obra es considerada como la primera «en dibujar las grandes líneas de la historia nacional de Cataluña», en palabras de Josep Fontana, quien además señala que en ella se esboza «el cuadro esencial de los hechos que hoy conmemoramos como los hitos de la nacionalidad, incluyendo el 11 de septiembre».
Entre los continuadores de estas obras pioneras destacaron Víctor Balaguer, con Bellezas de la historia de Cataluña (1853) e Historia de Cataluña y de la corona de Aragón (1860) —cuyo propósito según el autor era reivindicar para España «un único, sí, unido, pero confederado», y Antonio Bofarull, quien además de editar las grandes crónicas medievales catalanas inició en 1876 la Historia crítica (civil y eclesiástica) de Cataluña. El historiador Jaume Vicens Vives señaló en el siglo siguiente que la obra de Balaguer proporcionaba argumentos a los poetas patrióticos y la de Bofarull a los juristas y a los políticos.

En 1863 el Ayuntamiento de Barcelona encargó a Víctor Balaguer que propusiera los nombres de las calles del nuevo Ensanche de la ciudad. Este hizo un compendio del imaginario catalanista y español, recurriendo a las antiguas instituciones y dominios para las vías norte-sur (Gran Vía de las Cortes Catalanas, Diputación del General, Consejo de Ciento, etc.) y a las batallas, literatos y héroes para las de este-oeste (Balmes, Aribau, Muntaner, Roger de Lauria, Pau Claris, Rafael Casanova, Berenguer de Entenza, Antonio de Villarroel, etc.).
Víctor Balaguer pronunció el discurso inaugural de los Jocs Florals de mayo de 1868, celebrados unos meses antes de la Revolución Gloriosa que pondría fin al reinado de Isabel II y en la que Balaguer participó activamente —fue elegido diputado en las Cortes Constituyentes de 1869—. En él dijo que «España es una gran nación compuesta de varias nacionalidades», «que la lengua castellana es solo la de nuestros labios, mientras que la catalana es la de nuestro corazón» y que su cultivo literario «es una obra regeneradora, y todo ha de ser para mayor esplendor y gloria de España, que así como es más rica una familia que tiene dos patrimonios, así ha de ser más rica una nación que tiene dos literaturas».
La corriente democrático-republicana que se desarrolló en Cataluña a la izquierda del progresismo utilizó el catalán para su difusión porque esa era la lengua de los sectores populares que le daban apoyo. Pero el idioma que utilizaba estaba muy alejado del catalán culto y arcaizante de los Juegos Florales, defendiendo en su lugar el català que ara es parla ('el catalán que ahora se habla'). Entre los críticos del catalán consagrado por los Jocs Florals destacó Frederic Soler (Serafí Pitarra), cuya primera obra teatral Don Jaume el Conqueridor (1856) fue una sátira de trazo muy grueso de la venerada figura del rey Jaime I de Aragón y que por ello sólo se representó en privado. Le siguieron otras que sí se escenificaron en teatros como La Esquella de la Torratxa (1860), que daría nombre a un semanario satírico posterior, y Lo castell dels Tres Dragons.

El Sexenio Democrático: el fracaso del federalismo

La revista La Renaixensa fundada en 1871 se convirtió en diario en 1881. En la cabecera aparecía el escudo de Cataluña con el ave Fénix.

En Cataluña tras el triunfo de la Revolución Gloriosa de 1868 se quemaron símbolos y retratos borbónicos, se ensalzó a los héroes de 1714 y se llegó a pedir la restitución de las leyes e instituciones propias abolidas por el decreto de Nueva Planta de Cataluña, pues, como dijo la revista literaria Lo Gay Saber había llegado «la hora de regenerar a Cataluña» porque «en nombre de la libertad no se puede consentir que se continúe privándonos de la libertades rasgadas por las bayonetas del verdugo de Cataluña», en referencia a Felipe V. Asimismo se denunció la castellanización que se traducía en «tantos y tantos bastonazos, con los que moralmente y a todas horas se intenta herir nuestra dignidad de catalanes-españoles».
Aunque hubo monárquicos que, como Víctor Balaguer, defendieron la «federación monárquica», fueron los republicanos los que apoyaron la solución federal. Así los representantes del Partido Republicano Democrático Federal de Cataluña, Valencia, Aragón y Baleares firmaron el 18 de mayo de 1869 el Pacto Federal de Tortosa, en cuyo artículo 1º se decía:

Los ciudadanos aquí reunidos convienen que las tres antiguas provincias de Aragón, Cataluña y Valencia, incluidas las Islas Baleares, estén unidas y aliadas para todo lo que se refiere a la conducta del partido republicano y a la causa de la Revolución, sin que de ninguna manera se deduzca de ello que pretenden separarse del resto de España.

Ese mismo año Francesc Romaní Puigdendolas publicó El federalismo en España en el que defendía el «sistema federalista» que era el propio de la tradición española —España era «un haz de nacionalidades… aunado, pero no confundido»— y que «ha de ser el encargado de hacer revivir en la forma moderna las antiguas libertades». Más innovador era Josep Narcís Roca Farreras que planteaba acabar con la «unidad absorbente, centralizadora y uniformativa» como el único camino para modernizar España. Para Roca Farreras había dos clases de nacionalismos, uno «agresivo, belicoso, orgulloso, dominador, altanero, tiránico, instrumentos de los déspotas» como el de Castilla-España, y otro «defensivo, amigable, fraternal, pacífico, emancipador, humanitario, social» como el catalán.

En 1870 surgió la que puede ser considera como la primera asociación patriótica catalanista con el nombre de La Jove Catalunya, «un nombre mazziniano para un círculo literario que en realidad postulaba principios opuestos a los del italiano». Integraban el grupo Pere Aldavert, Ángel Guimerá, Francesch Matheu, Josep Roca, José Pella y Forgas, Lluís Domènech i Montaner, Francesch Pelay y Antoni Auléstia. El grupo impulsó el semanario La Gramalla, dirigido por Matheu, que a partir de febrero de 1871 fue sustituido por el quincenal La Renaixensa. Periódich de literatura, ciencias y arts. 
En sus dos primeros años acogió también artículos ideológicos y políticos de Roca Farreras y otros, pero a partir de 1873, bajo la dirección de Guimerá, se decantó por la crítica literaria, la investigación histórica y los debates culturales y lingüísticos.​ La Jove Catalunya fue la primera entidad que aunó literatura y reivindicación política marcadamente anticastellanista —sus miembros encabezaban sus misivas con la expresión Salut i Catalunya Independenta—.

A la reivindicación anticentralista se sumaron por primera vez los carlistas catalanes que adoptaron la defensa de los fueros como ya habían hecho los carlistas vascos. Así en el panfleto de 1872 Los catalans y sos furs, realizaron una dura diatriba anticastellana y reclamaron los Fueros abolidos en 1714, aunque su propuesta, como destacó Roca Ferreras, estaba muy lejos del federalismo.​ El pretendiente carlista Carlos VII en su proclama del 16 de julio de 1872 dijo:

Hace siglo y medio que mi ilustre abuelo Felipe V creyó deber borrar vuestros fueros del libro de las franquicias de la patria. Lo que él os quitó como rey, yo como rey os lo devuelvo. [...] Os llamaré, y de común acuerdo podremos adaptarlos a las exigencias de los tiempos.

El 11 de febrero de 1873 tras haber renunciado al trono Amadeo I de Saboya las Cortes proclamaron la Primera República Española. El 16 de febrero el periódico republicano de Barcelona La Campana de Gracia publicó el siguiente artículo en catalán:

Ja la tenim! Ja la tenim, ciutadans! Lo trono s'ha ensorrat per a sempre en Espanya. Ja no hi haurà altre rey que'l poble, ni mes forma de gobern que la justa, la santa y noble República federal. […]
Republicans espanyols! En aquestos moments solemnes dels quals depen la vida de les nacions, es quan se coneixen als homes y es quan se coneixen als pobles.
Donem lo nostre apoyo moral als homes a qui hém donat nostres aplausos, a qui hém fet objecte de nostre entusiasme. Posémnos a las sevas ordres, baix la bandera de nostres principis inmaculats é íntegros, y avassallem quants obstacles se presentin, per erigir definitivament en Espanya lo temple del dret, de la justicia, de la moralitat y de l'honra, que es lo de la República democrática federal!

¡Ya la tenemos! ¡Ya la tenemos, ciudadanos! El trono ha caído para siempre en España. Ya no habrá otro rey que el pueblo, ni más forma de gobierno que la justa, santa y noble República federal.[…]
¡Republicanos españoles! En estos momentos solemnes de los que depende la vida de las naciones, es cuando se conocen a los hombres y es cuando se conocen a los pueblos.
Damos nuestro apoyo moral a los hombres a los que hemos dado nuestros aplausos, a quienes hemos hecho objeto de nuestro entusiasmo. ¡Pongámonos a sus órdenes, bajo la bandera de nuestros principios inmaculados e íntegros, y derribemos cuantos obstáculos se presenten, para erigir definitivamente en España el templo del derecho, de la justicia, de la moralidad y de la honra, que es el de la República democrática federal!

El 9 de marzo de 1873 diversos sectores federalistas catalanes con el apoyo obrero intentaron proclamar el Estado Catalán lo que obligó al recién nombrado presidente del poder ejecutivo de la República, el catalán Estanislao Figueras, a trasladarse a Barcelona para convencer a sus correligionarios de que debían esperar al acuerdo de las Cortes.​ El objetivo que perseguía el intento de proclamación fue el de presionar para que la recién nacida República española fuese federal. Con la misma intención apareció en Madrid por iniciativa de Valentín Almirall el primer número de la segunda época del periódico El Estado Catalán que se publicó hasta junio.
En julio estalló la revolución cantonal que en Cataluña no tuvo un gran seguimiento debido probablemente al peligro que suponían los carlistas que ocupaban parte del interior del antiguo Principado.​ La revuelta cantonal condujo al fracaso de la Primera República con lo que las aspiraciones a construir una España federal se vinieron abajo, dando paso a la Restauración de la monarquía borbónica.

domingo, 1 de abril de 2018

Guerra Fría en américa latina, historia. a



El periodo de la Guerra Fría ha sido ampliamente estudiado desde el punto de vista de los dos actores principales, Rusia y Estados Unidos, pero en los recuentos históricos quedaron fuera de foco —o tratadas de forma exigua— otras regiones como América Latina. Con el fin de llenar ese hueco, el historiador Vanni Pettinà (Florencia, 1978), miembro del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, traza en Historia mínima de la Guerra Fría en América Latina, que presentó ayer en Madrid, una relación de hechos que muestran cómo las posiciones irreconciliables de las dos potencias se interpusieron en el desarrollo y la apertura de América Latina. Sus consecuencias llegan hasta la actualidad. En un momento de giro político en la región y una vuelta a la polarización, el historiador defiende en conversación con EL PAÍS, la objetividad y los hechos como antídoto. “La historia proporciona las herramientas para atenuar el impacto de tu visión personal”. Y enfatiza: “Hay que redistribuir responsabilidades históricas viendo los hechos”.


P. Su obra anterior la dedicó a las relaciones entre EE UU y Cuba.

R. Cuba me causaba cierto interés, el proceso revolucionario, que había empezado con unos objetivos muy ambiciosos de ruptura real, de reforma radical de las estructuras sociales… pero el proceso de entusiasmo intelectual acabó siendo una visión crítica, que desarticula el relato propagandístico que la revolución hizo de su propia historia.

P. ¿Por qué ahora se centra en este periodo?

R. El caso de Cuba me ayudó a buscar mayor objetividad en un campo de estudio que sigue estando muy politizado. Yo estoy sujeto también a mi ideología, mi sensibilidad política, pero creo que la historia te proporciona las herramientas para atenuar el impacto que tu visión, creo que hay que redistribuir responsabilidades históricas viendo los hechos. En este caso según donde te colocas ves cosas distintas. Una cosa es estar en Berlín y otra en Guatemala en 1954.

P. ¿Se ha escapado América Latina del mapa de la Guerra Fría?

R. Se ha escrito y pensado sobre la Guerra Fría en Latinoamérica desde el punto de vista de Estados Unidos. Para algunos historiadores fue la suma de las intervenciones de Washington en América Latina, pero si no cambias de perspectiva no se ve otra realidad. Hubo golpes de Estado como el de Guatemala en 1954 apoyado por la CIA, pero también casos como México y Costa Rica, que cruzan el periodo con relativa estabilidad, incluso con procesos de reforma social importantes.

P. ¿Cómo lo consiguieron?

R. Logran desactivar el problema que tiene América Latina: el radicalismo de la política exterior de EE UU, que intervino siguiendo una agenda anticomunista y cuando identificó que ciertos procesos políticos podrían ser cooptados por fuerzas comunistas intervinieron. Costa Rica y México eran Gobiernos progresistas sin asustar a EE UU, nacionalistas, pero no comunistas o incluso anticomunistas.

P. ¿Por qué no ha profundizado la Universidad en la región?

R. Han estado concentrados en otras épocas, en el caso de México la Revolución Mexicana ha sido el gran imán para los historiadores. Con pocas excepciones, lo historiadores en Latinoamérica no trabajan a nivel hemisférico, estudian la historia de su país y sus procesos, pero no han intentado ver los hilos que unen lo que sucede en su país a nivel regional.

P. ¿Qué problemas afrontó la región en ese periodo?

R. Uno de los primeros efectos de la Guerra Fría es que descarriló el proceso económico latinoamericano que tuvo décadas de crecimiento en los años 30 y 40. Para EE UU América Latina está más periférica y los recursos que otorgaba para el desarrollo son mucho menores que los que dan a Europa y a regiones donde la amenaza comunista es más fuerte. Otra son las dictaduras. Son décadas de golpes de estados y militarización de los procesos políticos. Dictaduras de derechas, por un lado, y la izquierda encuentra en la guerrilla, más que en el voto, un mecanismo para manifestar su presencia política.

P. ¿Cuáles son las consecuencias en la actualidad?

R. Por un lado ha dejado unas sociedades polarizadas, que ya no se manifiesta tanto en términos de comunismo y anticomunismo —dicotomía que cayó con el muro de Berlín— pero si te fijas en el proceso electoral brasilero, el bipolarismo es muy excluyente “o ellos o nosotros” y eso se articula en un entorno a derecha e izquierda. Otra de las herencias es los niveles de violencia brutales que hubo en América Latina a raíz del impacto de la Guerra Fría. En algunos países como Argentina se ha avanzado más, con juicios a militares que hicieron desapariciones; en México nunca se arreglaron las cuentas de la guerra sucia. Y eso genera un impacto en el presente porque hay madres de desaparecidos que nunca tuvieron justicia. No te sientes incluido.

P. ¿Hay riesgo de que vuelvan los regímenes autoritarios en la región?

R. En los grandes países latinoamericanos, Argentina, Chile, Brasil, México, no veo en la actualidad un régimen que podamos definir como autoritario. El Gobierno que apunta a una recuperación de cierta vena autoritaria, como Bolsonaro, llega al poder de forma democrática, ha habido una competencia electoral que ha sido certificada por observadores internacionales como aceptable. Pero sí veo riesgos importantes de que pueda ver una deriva hacia formas de autoritarismo. 

P. ¿Y qué pasa en Venezuela?

R. Sí, en el caso de Venezuela podemos hablar de régimen con tendencias fuertemente autoritarias, es un caso que si se ha escapado absolutamente de control y creo que hay un ejercicio muy discrecional del poder por parte del presidente actual y hay un intento muy claro de reducir los espacios de pluralismo y la autonomía de las instituciones democráticas del país. Este es un proceso que viene de lejos.

P. ¿Cómo ve el futuro de la región?

R. América Latina entra en un periodo complejo. Por un lado qué va a hacer en una etapa de menor crecimiento y con menos recursos para políticas sociales, redistribuir la riqueza, etcétera. El segundo problema es qué va a pasar con figuras radicalmente de derecha como Jair Bolsonaro en Brasil. El gran reto es como sale la democracia latinoamericana de esta prueba en la que está cercada por el lado de Brasil por el conservadurismo más radical y por el lado de la izquierda el daño que le está haciendo el régimen chavista a la idea de la democracia. Es una pinza.

P. ¿Estamos ante una segunda Guerra Fría?

R. Yo creo que no, porque el gran componente era el dualismo entre dos ideologías radicalmente en conflicto —el capitalismo y el socialismo— y un conflicto geopolítico que se articulaba en dos ideas del mundo radicalmente distintas. Hoy no hay una alternativa al modelo que hemos adoptado después de 1989. Sí hay fricciones y proyectos geopolíticos en competencia, pero todavía hay muchas capacidades de diálogo de acuerdo y entendimiento, no hay una rivalidad ideológica que acompañe a la geopolítica.

domingo, 25 de marzo de 2018

Jorge Edwards: «La revolución no es una ideología, es una religión» a




Aunque, como él mismo reconoce, Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) tiene «una inmensa cantidad de años», se considera «un joven de 87». Y a esa cifra ha llegado con una memoria lúcida que soporta el peso de lo mucho vivido, y contado. Porque el escritor, colaborador de ABC y premio Cervantes en 1999, utiliza ese lenguaje narrativo suyo capaz de sacar al lector a bailar, a base de ritmo, para resucitar las cosas del pasado y hacerlas presente. Edwards es un memorialista de los de antes, amante de lo(s) clásico(s), de esos que ya no quedan, imitador de sus amados Rousseau y Stendhal –pronunciado con su pulcro francés–. Lo demostró, hace seis años, en «Los círculos morados», primer volumen de sus memorias, y vuelve a evidenciarlo en «Esclavos de la consigna» (Lumen), el segundo tomo, cuya publicación motiva este encuentro, en su domicilio madrileño de la Villa de París (¿dónde, si no, podía vivir?).


¿Cómo logra conservar esa asombrosa memoria, con todo lo que ha vivido?

Cuando uno es escritor no habla del presente.

¿El escritor habla del pasado?

El pasado es uno de los puntos enigmáticos. Sin pasado no hay escritura, porque la escritura reinventa el pasado.


Para poder afrontar el futuro.

Para lo que sea. Conocer el pasado ayuda a conocer el futuro.

¿Y las memorias son una forma de enfrentarse al pasado, de anclarse al presente o más bien de afrontar el futuro?

Las memorias son un ejercicio intelectual. Ahora estoy escribiendo mi tercer tomo. Casi todos los días escribo. Soy un analfabeto electrónico.

¿Sigue escribiendo a mano, entonces?

Escribo mucho a mano. Las memorias son un gran género literario. Los españoles son muy púdicos para escribir.

¿Por qué?

No sé por qué. Tienen miedo de decir la verdad cruda.

En «Esclavos de la consigna», casi más que en «Los círculos morados», conviven su memoria política y su memoria literaria. ¿Cómo se han llevado esas dos facetas a lo largo del tiempo? ¿Cómo se han tolerado?

Pasa lo siguiente: a veces la memoria política ha perturbado la otra. Por ejemplo, recuerdo que Neruda llegó a México a mediados de 1940. Un pintor mexicano, David Alfaro Siqueiros, había hecho un ataque armado contra la casa de Trotski para tratar de asesinarlo. Después, lo tomaron preso y un mexicano llevó a la cárcel a Neruda para que conociera a Trotski y Neruda le dio una visa a Trotski para ir a Chile, y lo hizo sin autorización.

¿No tenía autorización del Gobierno chileno?

No, el Gobierno chileno, que era el Gobierno del Frente Popular, lo castigó por eso. Esta es mi memoria, funciona todavía.

Usted se dio cuenta a tiempo para no convertirse en un «esclavo de la consigna» del comunismo.

Me di cuenta de lo siguiente: a los tres días de estar en La Habana vi que los intelectuales tenían un miedo impresionante, el miedo dominaba todo. No podían hablar de Fidel Castro, sino que cuando lo hacían, hacían un gesto de una barba. Todo era miedo, recelo, sospecha. Se sospechaba que tal era agente de la policía política, que tal otro era agente de otra cosa. A los tres días de estar allá, vi que la mitad de Chile pensaba que aquello era la panacea, que con eso se arreglaban todos los problemas de la sociedad chilena. Si eso se hacía en Chile, yo sería el primer exiliado. Y lo dije. Y no se podía decir. Pero todo el mundo era cómplice. Hasta Felipe González se me acercó… Es una vieja historia.

Muchos intelectuales, amigos suyos, murieron siendo esclavos de esa consigna.

Estaba prohibido hablar con Cabrera Infante, porque fue el primer exiliado cubano. Era un maldito. Yo no admitía esas maldiciones.

¿Cómo se explica esa adhesión tan irracional a la revolución cubana, esa creencia en la utopía socialista?

Porque la revolución no es una ideología, es una religión. Hay santos de esa religión, y el mundo estaba lleno de beatos de esa religión.

En el libro recuerda la visita de Fidel Castro a Princeton. Creo que fue en abril de 1959.

Sí, porque cuando triunfó la revolución, la Asociación de la Prensa Norteamericana invitó a Fidel Castro a visitar EE.UU. En ese momento estudiaba en la Universidad de Princeton, y me acababa de casar con Pilar.

¿Se transformó, con los años, en un monstruo dictador o de casta le venía al galgo, que decimos en España?

Tenía un espíritu autoritario, dominante. Era hijo de un cubano español, gallego, que tenía muchas tierras, y de niño su padre lo dominaba todo, no pasaba nada sin que él lo supiera. Él aplicó esa experiencia infantil de poder y de dominio a la isla de Cuba. En eso se equivocó, porque no se puede gobernar una isla de esa manera. A mí me hacía pensar en Sancho Panza

¿Por qué?

Por la ínsula Barataria.

¿Qué piensa de la situación que ahora vive Cuba?

En el fondo, las primeras medidas de Raúl iban orientadas a crear una sociedad de mercado, a que un cubano con su dinero pudiera comprar un coche, ir a un hotel, hacer un viaje; medidas de acercamiento a una economía de mercado que hizo con mucha prudencia, porque Fidel, desde su rincón, lo frenaba. A la larga, hay que tener paciencia, porque creo que Cuba va a cambiar.

¿Confía en que pueda cambiar?

Creo que sí. No confío en nada, pero espero. Soy un tipo que no confía.

Tiene razón, no es lo mismo la confianza que la esperanza.

Claro.

Dependerá mucho de quién gobierne en Estados Unidos.

Depende mucho de Estados Unidos, como lo que se hizo dependió de Obama. Así que, no soy totalmente una persona que se niegue a la posibilidad de ver un cambio. Espero que Cuba cambie. Quiero a mucha gente cubana que he conocido. Es un recuerdo de mi vida.

De hecho, tras su estancia allí escribió «Persona non grata». Precisamente, ese libro le distanció de su gran amigo Julio Cortázar, que llegó a decir: «Soy amigo de Jorge Edwards, pero no quiero volver a verlo».

Hace tres años, en la Sorbona, en un homenaje a Cortázar, me encontré con Aurora Bernárdez.

¿Y qué tal fue el encuentro?

Aurora me dijo: «Jorge, tú eres la persona que piensa mejor en política en América Latina». Yo le dije: «¿Y qué hubiera dicho Julio si te oye decir esto?». Y ella me dijo: «Es que Julio, al final de su vida estaba sometido a muy malas influencias». ¿Cómo era Julio Cortázar? Era un ingenuo político. Julio descubrió América bastante tarde. Y la descubrió en Cuba. Se fue a Cuba con esa misma actitud de los franceses, como Sartre, que partieron a descubrir el mundo en Cuba y descubrieron el mambo, la salsa, el ron, la pintura y las mulatas. Ese era Julio.

Hablando de amistades, una de las cosas que deja ver en el libro es que uno de sus errores fue no haber cuidado la amistad.

Perdí a mucha gente, se quedó mucha gente en el camino mío. Está en la memoria. Es la verdad.

¿Es la vanidad el pecado capital de los escritores?

La vanidad es un pecado capital no solo de los escritores, de casi todos los seres humanos. Es un pecado general, muy generalizado.

Pero que se da más en los escritores...

En las mujeres. En las actrices de cine, en las poetisas, en las diseñadoras de moda... ¿Sí o no?

Sí, por supuesto, es que yo no hago distingos: cuando digo escritores, me refiero a mujeres y hombres. Antes ha mencionado a Neruda y he olvidado decirle que me ha sorprendido descubrir, gracias al libro, que votó por Allende sin entusiasmo.
Nadie que votaba por Allende era muy entusiasta. Neruda sabía más de economía que el ministro de Economía de Allende. Allende sabía muy poco de asuntos económicos.

¿Hubieran sido las cosas distintas en Chile de no haber sido elegido Allende?

Sí, pero, en el fondo, Chile era un país que tenía una democracia llena de errores, pero tenía respeto por el Estado de derecho. Eso frenaba excesos. Ahora se habla de la Constitución Española. ¿Por qué hay constitución en este país? Porque hubo una derecha moderada, no autoritaria, y porque hubo una izquierda razonable que aceptó la monarquía constitucional. La razón vino al final. Cuando un periodista muy conocido, muy buen entrevistador, que se llamaba Edouard Bailby, de la revista «L’Express», asedió a Neruda con preguntas sobre su estalinismo, sobre su actitud frente al intento de asesinar a Trotski, Neruda, al final, le dijo: «Je me suis trompé», me he equivocado.

A veces, también es muy bueno reconocer los errores.

Creo que reconocer una equivocación es un acto pacífico. Neruda, en ese momento, se acordaba mucho de la guerra de España, que había conocido en el comienzo, aquí, en esta ciudad, en Argüelles, donde tenía su casa. Tenía mucho miedo de que lo de Chile terminara en una guerra civil. Era su mayor temor.

¿Y por qué le tocó tanto la Guerra Civil a Neruda?

Porque el gran amigo de Neruda en Madrid era Federico García Lorca. Fue el último que llevó a Federico a la estación cuando partió a Granada. El asesinato de Federico García Lorca lo marca, le duele de una manera muy profunda.

En el libro sostiene que su vocación por la verdad narrativa exigía una lucha permanente contra la autocensura. ¿Tan poderosos son los fantasmas ideológicos?

Los fantasmas ideológicos tienen un poder tan terrible que no dejan ni dormir ni escribir.

¿Cuándo logró usted derrotar a esos fantasmas?

Porque yo fui un apasionado de Miguel de Unamuno. Me enseñó eso. Me dio un pensamiento crítico que no responde de inmediato «sí» a todo, sino que duda, que examina... Por eso admiro y amo la literatura de Michel de Montaigne, que representa eso.

No sé si se ha enterado de la polémica que ha surgido en Chile, porque quieren ponerle el nombre de Neruda al aeropuerto de Santiago...

Me gustaría que el voto fuera secreto, como en las grandes elecciones parlamentarias.

¿Usted por quién votaría?

Depositaría mi voto secreto por Gabriela (Mistral).

¿Qué le parece la polémica?

Me parece una polémica muy provinciana.

Tachan de maltratador a Neruda.

Ninguno de los tipos que participan en esa polémica tienen ni idea de quién era Pablo Neruda ni Gabriela Mistral.

Sobre el Chile actual, en el libro dice que es posible que esté mejor en los números y en las estadísticas, pero que en el espíritu, en aquello que usted llama «la sal de la vida», está bastante peor.

Está pobre. Pero la prueba son los parlamentarios que discuten porque Gabriela es famosa y Neruda es famoso, pero ninguno les leerá.

En ese sentido ¿cómo ve a España?

Aquí hay gente que piensa, aquí hay gente interesante, pero a veces no se la respeta lo suficiente. En resumen.

Alguna vez se ha quejado de que los políticos actuales se jactan de no leer.

Sí, se jactan de no leer, pero aquí veo que hay un respeto por el escritor, por el intelectual. Están todos sentados en el Palacio Real frente al Rey, a la Reina... Eso no pasa en Chile.

Y, teniendo en cuenta que este libro abarca un periodo de transformaciones radicales, tanto políticas como sociales y culturales, ¿qué le parecen los populismos que están surgiendo en todo el mundo?

Es un problema muy serio de la política actual.

De uno y otro lado, tanto de izquierdas como de derechas.

Sí, además son fáciles, son ingenuos y son simplistas. Hay que luchar. Por eso quiero resucitar el tema de la libertad de expresión, porque es muy importante. Mire lo que pasa con la libertad de expresión en Venezuela, en Cuba, lo que pasó hasta en Argentina con la Kirchner… Es una causa de gran importancia, y es la causa con la que yo, como escritor y como memorialista, me siento más identificado hasta hoy.

¿Qué están haciendo mal los intelectuales para que figuras como Bolsonaro en Brasil o Trump en Estados Unido, por poner sólo dos ejemplos, estén llegando al poder?

No seamos fáciles. Trump ya sabemos lo que es, es un error político enorme tenerlo ahí. Bolsonaro no sabemos con qué va a salir, porque en Brasil andas por la calle y te pueden matar, te vuelan las balas por todos los lados. Es un tema de seguridad fundamental. Vamos a ver qué hace Bolsonaro. Un brasileño es lo más impredecible que puede existir.

¿Sigue teniendo «parisitis»? Se lo pregunto porque me gusta mucho la anécdota que cuenta sobre Acario Cotapos y eso que decía que había que venderle Chile a los norteamericanos y comprarse «algo más chico» cerca de París.

Acario era un gran humorista. La «parisitis» se me ha curado un poco con la «madriditis», y porque estuve mucho en París. Pasé gran parte de mi vida en París.

De hecho, allí estaba en mayo del 68, y Carlos Fuentes le llamaba desde Londres para que le contara todo.

Me tendría que dar la mitad de los derechos de autor... (ríe).

¿Cómo ve el fracaso de aquella revolución cincuenta años después?

Fue una revolución de un romanticismo... en la que la revolución como religión funcionaba con mucha fuerza. Influyó en el gusto, en las costumbres, pero en algunas cosas fue totalmente superficial, porque al final, los franceses se habían vuelto chovinistas.

¿Qué le parece Macron?

En general, a pesar de sus dificultades, me gusta.

Ahora, los «chalecos amarillos» se lo están poniendo difícil...

Se lo están poniendo muy difícil, pero a mí me gusta Macron. Me gustó que el otro día, en la televisión, llegó con el libro de gramática con el que él estudiaba de niño, y explicó por qué la gramática, la lengua, el lenguaje son importantes. Tiene un sentido de la cultura literaria francesa... En los gobernantes franceses, hay dos que tienen esa cultura: De Gaulle y él. ¿Qué más puedo pedir?

Teniendo en cuenta que empezó su prolífica carrera como poeta clandestino, escribiendo casi a hurtadillas para que su padre no se contrariara, porque no toleraba que su hijo fuera escritor...

Y poeta menos. En mi casa había un escritor, que era primo hermano de mi padre. Se llamaba Joaquín Edwards Bello. Cuando se hablaba de él en casa de mi abuelo se decía: «el inútil de Joaquín». Y yo soy «el inútil de Jorge».

Pero si hasta estudió Derecho.

No solo estudié Derecho, sino que terminé. Soy abogado, puedo ejercer, pero no lo hago.

Y, con la perspectiva de los años, ¿a qué conclusiones «probables», como advierte en el libro, ha llegado?

Yo hice muchas rupturas y a lo mejor me equivoqué. A lo mejor he terminado convertido en un viejo conservador, y tengo un respeto por viejas cosas.

A sus 87 años, ¿qué espera de la vida?

Espero tener una vejez razonable y lo más larga posible, porque me gusta mucho la vida. Así que si llegara el diablo y me propusieran un pacto de supervivencia, yo firmaría.

Incluso con los ojos cerrados.

Sí, a ojos cerrados. Yo he pensado lo siguiente: si yo consigo vivir en un departamento que yo tengo en Santiago, que es muy bonito, que tiene como 220 metros, que está frente a un cerro lleno de vegetación -tengo la ventana más bonita de Santiago-, y abajo, en el subterráneo, tener un cochecito, y en el fin de semana irme a la playa y ver los pajaritos y caminar por la orilla del mar. ¿Qué más quiero?

Aún tiene tiempo.

Tengo tiempo. Y si consigo hacerlo, me considero feliz, un viejo feliz. Hay quien duda de la vejez feliz, pero existe (ríe).

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