martes, 21 de noviembre de 2017

Práxedes Mateo Sagasta.-a


Mateo-Sagasta Escolar, Práxedes. Torrecilla de Cameros (La Rioja), 21.VII.1825 – Madrid, 5.I.1903. Ingeniero de Caminos, jefe del Partido Liberal-Progresista, presidente del Consejo de Ministros.

Nacido en el seno de una familia burguesa vinculada al comercio —actividad que sería uno de los estímulos para el desarrollo del Logroño isabelino—, Sagasta encarna, mejor que nadie, las tres facetas definidoras del espíritu de su siglo: la técnica, el ímpetu romántico y el liberalismo exaltado. La primera de estas facetas se manifiesta en la peculiaridad de su formación: no en las aulas de la Facultad de Derecho, según la pauta tradicional en los políticos de la época, sino en las de la Escuela de Ingenieros de Caminos —donde coincidiría con el luego renombradísimo dramaturgo José Echegaray—. Terminada su carrera en 1850, Sagasta la ejerció con una brillante actividad: destinado a Zamora, llevó allí a cabo, en poco tiempo, la realización de los importantes proyectos de carreteras que enlazaban la capital zamorana con Salamanca y Valladolid, y la de los tramos más difíciles de la que comunicaba las comarcas zamoranas con el puerto de Vigo —alternativa a la salida, por Santander, de los trigos y harinas de la región—. Pero además proyectó e inició la construcción del ferrocarril de Valladolid a Burgos, integrada en la importantísima línea del Norte.

Se comprende así que en 1853, contando sólo veintiocho años, fuese ascendido a ingeniero primero del Cuerpo, con 12.000 reales de sueldo anual.

Simultáneamente tenía lugar la curiosa peripecia sentimental que marcó su vida privada con un airón romántico: su pasión —correspondida— por la joven Ángela Vidal Herrera, casada contra su voluntad con el comandante Nicolás Abad, a quien abandonaría para unirse con el joven ingeniero. Tras el escándalo, la pareja adúltera hubo de dejar pasar cierto tiempo antes de su regreso a Zamora; en cuanto al marido burlado, no trató de vengar la afrenta ni de anular su matrimonio: se limitó a alejarse del lugar de su desventura. Los amantes, que constituyeron un hogar solidísimo, hubieron de aguardar más de treinta años —hasta el 18 de febrero de 1885— para legalizar y santificar su unión, casándose al mes de ocurrido el fallecimiento, en Valladolid, de Nicolás Abad. De este matrimonio nacieron dos hijos: José y Esperanza.

En cuanto a la faceta, fundamental, de su vocación política, ésta se canalizó, desde la primera juventud de Sagasta, en el progresismo, y en la lucha contra el monopolio del poder que ostentaban los moderados desde 1843; colaborando, por lo pronto, en la revista La Iberia, fundada por Calvo Asensio en 1854, y de la que andando el tiempo llegaría a ser director el propio Sagasta. Diputado brillante en las Cortes Constituyentes de 1855, al cerrarse éstas un año más tarde sin haber logrado su objetivo, ocupó ya lugar destacado en la oposición progresista, cada vez más enfrentada con el régimen. Tras el brillante gobierno de la Unión Liberal de O’Donnell, la obcecación de la Reina, que abandonó de hecho su papel arbitral en la pugna política, para aferrarse a un solo partido (el Moderado), daría lugar al deslizamiento revolucionario de todas las oposiciones —ahora abanderadas por el general Prim, nuevo jefe del Partido Progresista, junto a Olózaga, contra los llamados “obstáculos tradicionales”—. Sagasta, uno de los “lugartenientes” del conde de Reus —el otro sería Ruiz Zorrilla—, tomó parte activa en los movimientos subversivos que a partir de 1865 precedieron a la Revolución de 1868, que puso fin al reinado de Isabel II, y en la que Sagasta desempeñó destacado papel.

Fue decidido partidario y colaborador en el logro del modelo político cifrado por Prim en una “democracia coronada” —según la Constitución de 1869—, modelo político garante de la soberanía nacional expresada en el sufragio universal masculino, la libertad de cultos y la plenitud de los derechos individuales, pero afectado por un error básico —el gran error de Prim—: el rechazo de la dinastía histórica y el intento de sustituirla por la casa de Saboya. Por añadidura, el advenimiento al trono del Monarca elegido, Amadeo, hijo de Víctor Manuel II, coincidió fatalmente con el asesinato del que hubiera sido su valedor, en la calle del Turco de Madrid en enero de 1871.

Dividido el Partido Progresista a la muerte del general Prim, entre los seguidores de Sagasta (“constitucionalistas”) y los de Ruiz Zorrilla (“radicales”), alternaron ambos en el poder sin que se lograse una mínima solidaridad entre ellos —cuando tenían que habérselas con dos guerras civiles (la carlista, en la Península, y la secesionista, en las Antillas)—; la Monarquía saboyana, pese a la pulcritud del Rey en el cumplimiento de sus deberes democráticos constitucionales, fue de crisis en crisis hasta febrero de 1873, en que Amadeo abdicó la Corona de forma irrevocable, para él y sus sucesores. Durante el desastroso paréntesis republicano, Sagasta permaneció al margen de la vida política.

Pero, tras el fracasado intento llevado a cabo con acierto por Castelar para normalizar la República sacándola de aquel caos, y el golpe de estado de Pavía, Sagasta colaboró en el “régimen” del general Serrano (una República sin parlamento) y estaba al frente del Gobierno cuando se produjo el pronunciamiento de Martínez Campos y la restauración en la persona de Alfonso XII, largamente preparada por Cánovas del Castillo. Al plantear éste el Régimen recién instaurado como una plataforma de encuentro entre las distintas formaciones liberales que acatasen la Monarquía alfonsina, Sagasta, tras una asamblea de su Partido (constitucionalista) celebrada en el Circo Price, de Madrid, aceptó la mano tendida de Cánovas para colaborar en la Restauración, siempre que se le brindasen facilidades para llevar a ella, si le favoreciesen las urnas, “las esencias del 69”. Tenía muy presente su reciente experiencia en la Monarquía de Amadeo, fracasada por la insolidaridad flagrante entre los partidos que debían sustentarla, y entendía, como Cánovas, que un consenso integrador entre demócratas y conservadores —muy alejados éstos del viejo moderantismo isabelino— podía suponer, en España, el triunfo de una paz interior —el final de las guerras civiles de todo el siglo—, bajo un signo civilista contrapuesto al “régimen de los generales” isabelino.

En 1882, tras una primera experiencia de gobierno, en la que quedó clarificada en su persona la jefatura de la izquierda del régimen (“fusionistas”), fue afianzándose el sistema que quedaría definitivamente asentado en el llamado “pacto de El Pardo”, a la muerte de Alfonso XII (1855). El propio Cánovas aconsejó a la Regente la llamada al poder de los “liberales” —tal era la nueva denominación de los fusionistas—.

Sería Sagasta, pues, el encargado de presentar al nuevo rey Alfonso XIII, cuando éste nació en mayo de 1886. Los cinco primeros años de la Regencia supusieron el gran momento político de Sagasta y su partido: tuvo lugar entonces la “democratización” de la Monarquía, a través de una importante obra legisladora: en junio de 1887 fue promulgada la Ley de Asociaciones; el 20 de abril de 1888, la que restablecía el juicio por jurados. El Código Civil, aprobado también por las Cortes de 1886, se promulgó por leyes del 26 de mayo y 24 de julio de 1889. Por último, ya en 1890 se restableció la ley de sufragio universal masculino. El régimen estaba ahora firmemente asentado, y de ello sería prueba el fracaso del pronunciamiento de Villacampa (19 de septiembre de 1886), animado por Ruiz Zorrilla desde su exilio francés. El propio Castelar condenó la intentona, manifestándose mediante lo que se denominó “posibilismo”, favorable al Gobierno que había restablecido la democracia en España. Este “Gobierno largo” coincidió, además, con el auge económico que hizo evidente en Cataluña (“febre d’or”) la brillante Exposición Internacional de 1888.

Tras un paréntesis conservador —según las pautas del Pacto de El Pardo—, entre 1890 y 1892, volvió al poder Sagasta, pero esta nueva etapa liberal (1892- 1894) tuvo un signo muy distinto de la anterior, ya que hubo de enfrentarse con las circunstancias más difíciles atravesadas hasta entonces por la Restauración: ofensiva del terrorismo ácrata, que haría en estos años a Barcelona “la ciudad de las bombas”; presión de los regionalismos catalán y vasco; y, finalmente, replanteamiento del problema cubano. Fue un grave error de Sagasta desechar el proyecto autonomista, que Antonio Maura (por entonces militante en su partido, y ministro de Ultramar en este Gobierno), había diseñado para Cuba. La oposición cerrada que los intereses afectados plantearon ciegamente a este proyecto, decidió a Sagasta a negarle su respaldo; la crisis de abril de 1893 supuso la sustitución de Maura —que pasó a Gracia y Justicia— por Becerra, luego sucedido por Abárzuza. Por añadidura, el Gobierno hubo de enfrentarse con una campaña en Marruecos —un conflicto “de frontera” con Melilla, superado con evidente retraso y dificultad por una expedición al mando de Martínez Campos, que cerró la crisis mediante el tratado de Marrakech—. Pero este evidente paso en falso fue suficiente para animar una nueva insurrección en Cuba, encabezada por José Martí.

Poco después, ciertos incidentes que enfrentaron a la oficialidad de Madrid con determinados órganos de prensa que habían criticado su actuación, dieron pie a Sagasta para presentar su dimisión el 27 de marzo de 1895. Durante la guerra de Ultramar, los liberales de Sagasta —especialmente, Segismundo Moret— contrapusieron a la política bélica de Cánovas —que exigía la rendición de los insurgentes, al fin y al cabo súbditos españoles, como paso previo a la autonomía prevista tras la pacificación— el cese de la acción militar y la concesión de una autonomía amplísima.

Cuando Cánovas fue asesinado en agosto de 1897, y tras un breve mando de Azcárraga, Sagasta formó nuevo Gobierno en el que la cartera de Ultramar fue confiada a Moret. Según su programa, Weyler fue retirado de Cuba y cesó la guerra, pero la Constitución autonómica redactada por Segismundo Moret en brevísimo tiempo no consiguió conjurar la rebelión cubana —aunque sí fue asumida por Puerto Rico—. De hecho, fue Estados Unidos quien hizo fracasar el proyecto, apoyando a los rebeldes. La cuestión del Maine —sin duda una añagaza del presidente Mckinley para ir a la guerra— dio lugar a que ésta fuese declarada, con resultados adversos para España, cuyas escuadras fueron destruidas en Cavite (Filipinas) y Santiago de Cuba. Tras el armisticio subsiguiente, la Paz de París puso fin, en febrero de 1899, a los últimos restos del Imperio español en América y Asia.

Tras el Gobierno regeneracionista de Silvela —cuyos frutos positivos fueron la liquidación de la deuda de Ultramar y el comienzo de la legislación social— y cuando ya, hasta cierto punto, se habían cerrado las heridas del Desastre, Sagasta ocupó por última vez el poder en 1901, con un programa que trataba de reverdecer las antiguas señas de identidad del progresismo, mediante un anticlericalismo remozado, pero que tenía su razón de ser en la proliferación de Casas y Órdenes religiosas ocurrida en las últimas décadas del siglo a favor de la libertad de asociación garantizada por la Constitución de 1876, pero que se hallaba en contradicción con el Concordato de 1851; e incorporaba el problema de la enseñanza, atenida, en los colegios religiosos, a inspiraciones integristas según el espíritu del Syllabus. En mayo de 1902 cupo al viejo Sagasta la satisfacción de proclamar la mayoría de edad de Alfonso XIII, cuyo nacimiento, dieciséis años atrás, había tenido lugar asimismo cuando él presidía el Gobierno. Perturbaciones de signo social y regionalista, sobre todo en Cataluña, señalaron los comienzos de una nueva época, que ya no conocería Sagasta. Poco después de la crisis del 6 de diciembre, que según el “turno” dio de nuevo el poder a los conservadores, el 5 de enero de 1903 fallecía en su casa de Madrid, dejando abierto el problema de su sucesión, que enfrentaría a Moret y a Montero Ríos.

El 19 de enero de 1891 fue elegido caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro. En 1897 ingresó en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (medalla número 25).

De Sagasta cabe decir que al cabo de una trayectoria siempre fiel al liberalismo progresista, y tras sus experiencias revolucionarias, fue la pieza fundamental para que Cánovas pudiese afianzar la Restauración: uno y otro, desde posiciones y caracteres muy diferenciados, se complementarían en el “sistema centro” que definió aquel régimen. Personalmente caracterizaron siempre a Sagasta unas dotes de modestia, afabilidad y generosidad que le ganaron, por ejemplo, el afecto y la predilección de la Reina Regente. Como Azorín escribió, “a Cánovas se le admiraba; a Sagasta, se le quería”.



Bibl.: J. Francos Rodríguez, En tiempos de Alfonso XII, 1875-1885, Madrid, Renacimiento, Madrid, s. f.; A. de Figueroa, marqués de Santo Floro, Epistolario de la Restauración, Barcelona, Ariel, s. f.; C. Massa Sanguinetti, Historia política de Práxedes Mateo Sagasta, Madrid, T. Fortanet, 1876; J. Martín de Olías, Políticos contemporáneos. Práxedes Mateo Sagasta, Madrid, Miguel Guijarro, 1877; A. Blin y Granados, La crisis de 1881. Semblanza del partido conservador y el Gabinete presidido por Práxedes Mateo Sagasta, Madrid, Felipe Pinto Orovio, 1881; F. Martínez Alcubilla, Sagasta: su pasado, su presente y su porvenir, Madrid, Álvarez Hermanos, 1882; M. Cordero Caravantes, Sagasta, o el orden y la libertad, Madrid, Hernando, 1884; L. Morote Creus, “Práxedes Mateo Sagasta”, en Nuestro Tiempo, año I, n.os 10, 11 y 12 (octubre, noviembre y diciembre de 1901), págs. 456-478, págs. 620-638 y págs. 762-782, respect.; E. Pardo Bazán, “Siguiendo al muerto”, en La Ilustración Artística, n.º 1100 (26 de enero de 1903) (repr. en E. Pardo Bazán, La vida contemporánea, Madrid, Magisterio Español, 1977, págs. 149- 154); S. Canals, “Sagasta”, en Nuestro Tiempo, año III, n.º 25 (1903), págs. 5-16; J. del Nido y Segalerva, Historia política y parlamentaria de Práxedes Mateo Sagasta, Madrid, Ramona Velasco, 1915; G. Maura, Historia crítica del reinado de Alfonso XIII, durante su minoridad bajo la regencia de su madre, Doña María Cristina de Austria, Barcelona, Montaner y Simó, 1919-1925, 2 vols.; Conde de Benalúa, Memorias, Madrid, Blass, 1924; M. de la Torre, El ágora. vol. I. Sagasta y su tiempo (el desengaño); vol. II. Maura y su tiempo (el fracaso). vol. III. Alba (el símbolo), Santander, Aldús, 1930; Á. de Figueroa y Torres, conde de Romanones, Sagasta o el político, Madrid, Espasa Calpe, 1930; Doña María Cristina de Habsburgo Lorena, la discreta regente de España, Madrid, Austral, 1935; M.ª P. de Borbón, Cuatro revoluciones e intermedios, Madrid, Espasa Calpe, 1935; P. de Répide, Alfonso XII; la restauración de un trono, Madrid, Nuestra Raza, 1936; Marqués de Rozalejo, Cheste, o todo un siglo, Madrid, Espasa Calpe, 1939; N. Rivas, Sagasta. Conspirador. Tribuno. Gobernante, Madrid, Purcalla, 1946; M. Almagro San Martín, Bajo los tres últimos Borbones, Madrid, Afrodisio Aguado, 1948; J. Pabón, El 98, acontecimiento internacional, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores-Escuela Diplomática, 1952; Cambó, Barcelona, Alpha, 1953-1969, 2 vols.; M. Almagro San Martín, La pequeña historia. Cincuenta años de vida española, Madrid, Afrodisio Aguado, 1954; M. Fernández Almagro, Historia política de la España contemporánea, Madrid, Pegaso, 1956, 2 vols.; J. Cortés Cavanillas, María Cristina de Austria, reina regente de España de 1885 a 1902, Barcelona, Juventud, 1961; V. Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza, Madrid, Rialp, 1962; J. Pabón, Días de ayer, Barcelona, Alpha, 1963; R. Carr, España, 1808-1939, Barcelona, Ariel, 1968; J. Pabón, España y la cuestión romana, Madrid, Moneda y Crédito, 1972; J. L. Cepeda Adán, “Sagasta y la incorporación de la izquierda a la Restauración”, en VV. AA., Historia social de España. El siglo XIX, Madrid, Guadiana, 1972, págs. 311-335; M. Fernández Almagro, Cánovas. Su vida. Su política, Madrid, Tebas, 1972; L. Díez del Corral, El liberalismo doctrinario, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1973 (3.ª ed.); J. M.ª García Escudero, Historia, política de las dos Españas, Madrid, Editora Nacional, 1975, 4 vols.; J. Varela Ortega, Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración, 1875-1900, Madrid, Biblioteca Nueva, 1977; E. R. Beck, A Time of triumph and sorrow. Spanish Politics during the reign of Alfonso XII, 1874-1885, Suthern Illinois University, Press, Carbondale, 1979; J. M. Cuenca y S. Miranda, Notas históricas sobre la iglesia española contemporánea, Madrid, Biblioteca de la Ciudad de Dios, 1979; J. Andrés Gallego (coord.), “Revolución y Restauración, 1868-1931”, en Historia General de España y América, t. XVI, Madrid, Rialp, 1981- 1982, 2 vols.; J. M.ª Jover Zamora, “La época de la Restauración. Panorama político-social, 1875-1902”, en M. Tuñón de Lara (dir.), Historia de España, vol. VIII, Barcelona, Labor, 1981, págs. 269-406; J. Cortés Cavanillas, El Rey romántico, Barcelona, Juventud, 1982; C. Seco Serrano, Viñetas históricas, intr. de J. Tusell, Madrid, Espasa Calpe, 1983; M. M. Campomar Fornieles, La cuestión religiosa en la Restauración, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1984; C. Seco Serrano, Militarismo y civilismo en la España Contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1985; A. M.ª Calero, “La prerrogativa regia en la Restauración, teoría y práctica (1875- 1902)”, en Revista de Estudios Políticos, 55 (enero-marzo de 1987), págs. 273-315; F. Montero, El Reformismo en Sagasta. La Comisión de Reformas Sociales, Córdoba, Monte de Piedad y Caja de Ahorros, 1987; M. Tuñón de Lara, J. Tusell y F. Portero (eds.), Antonio Cánovas y el sistema político de la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva, 1988; Á. Martínez Velasco, R. S ánchez Mantero y F. Montero, Manual de Historia de España. Siglo XIX, Madrid, Historia 16, 1990, págs. 307-503; M. Martínez Cuadrado, Restauración y crisis de la Monarquía, 1875-1931, Madrid, Alianza, 1991 (2.ª ed.); J. L. Cepeda Adán, “Sagasta en la Regencia de María Cristina: las horas amargas del Desastre”, en VV. AA., Revolución y Restauración en Madrid, 1868-1902, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1994; J. Varela Ortega, “Sobre la naturaleza del sistema político de la Restauración”, en G. Cortázar (ed.), Nación y Estado en la España liberal, Madrid, Noesis, 1994, págs. 195-208; J. L. Cepeda Adán, Sagasta, el político de las horas difíciles, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1995; J. L. Ollero Vallés, “Práxedes Mateo Sagasta y la Masonería: relación institucional e ideológica. Una nueva aportación al binomio masonería-política”, en J. A. Ferrer Benimeli (coord.), La masonería española entre Europa y América (VI Simposium de Historia de la Masonería Española), Zaragoza, Gobierno de Aragón, Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, 1995, págs. 77-84; J. Rubio, La cuestión de Cuba y las relaciones con los Estados Unidos durante el reinado de Alfonso XII. Los orígenes del “desastre” de 1898, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1995; C. Seco Serrano, La España de Alfonso XIII. El Estado y la política (1902- 1931), en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, vol. XXXVIII, Madrid, Espasa Calpe, 1995; J. L. Comellas, Cánovas del Castillo, Barcelona, Ariel, 1997; A. Duarte, La época de la Restauración, Barcelona, Hipótesis, 1997; M. Suaréz Cortina (ed.), La Restauración, entre el liberalismo y la democracia, Madrid, Alianza, 1997; C. Dardé, “La Restauración. 1875-1902. Alfonso XII y la Regencia de María Cristina”, en Historia 16 (Madrid, Temas de Hoy) (1997); C. Dardé, “Sagasta y el partido liberal de la Restauración”, en Jávega, n.º 78 (1998), págs. 46-56; L. Arranz, “La Restauración (1875-1902). El triunfo del liberalismo integrador”, en J. M.ª Marco (coord.), Genealogía del liberalismo español, (1751-31), Madrid, Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, 1998, págs. 189-235; I. Margarit, La vida y la época de Alfonso XII, Barcelona, Planeta, 1998; C. Robles, Insurrección y legalidad. Los católicos y la Restauración, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1998; L. Morote Creus, Sagasta, Melilla, Cuba, París, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas (ed. facs., Ciudad Autónoma de Melilla, Consejería de Cultura, Educación, Sociedad y Deporte, 1999); M.ª Á . Lario González, El Rey, piloto sin brújula. La Corona y el sistema político de la Restauración. 1875-1902, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1999 (Biblioteca Nueva); J. L. Ollero Vallés, El progresismo como proyecto político en el reinado de Isabel II. Práxedes Mateo Sagasta. 1854- 1868, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 1999; J. L. Ollero Vallés, “El universo madrileño de Sagasta”, en J. M. Delgado Ibarrieta (ed.), La Rioja-Madrid, Madrid-La Rioja en la España de los siglos XIX y XX, Logroño, Gobierno de La Rioja, 1999, págs. 19-44; J. R. Milán García, “Sagasta. Teoría y práctica del posibilismo liberal”, en Cuadernos de Historia Contemporánea, n.º 21 (1999), págs. 183-212; J. R. Milán García, Sagasta. El arte de la política, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; J. R. Milán García, “Liberalismo nacional y caciquismo local. Sagasta y el liberalismo zamorano”, en Ayer, n.º 38 (septiembre de 2000), págs. 239-259; G. Capellán de Miguel, J. M. Delgado Idarreta y J. L. Ollero Vallés, Manuel de Ovosio y Práxedes Mateo Sagasta. Discursos parlamentarios, Logroño, Parlamento de la Rioja-Ateneo Riojano, 2000; M. Espadas Burgos (coord.), La época de la Restauración (1875-1902). El Estado, la política, e Islas de Ultramar, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, vol. XXXVI-1, Madrid, Espasa Calpe, 2000; A. de Ceballos- Escalera y Gila (dir.), La Insigne Orden del Toisón de Oro, Madrid, Palafox & Pezuela, 2000, págs. 560-561; C. Seco Serrano, Historia del conservadurismo español, Madrid, Temas de Hoy, 2000; De los tiempos de Cánovas, Madrid, Real Academia de la Historia, 2004; J. L. Ollero Vallés, Entre la libertad y el orden. Sagasta y el progresismo, Madrid, Marcial Pons / Fundación Práxedes Mateo-Sagasta, 2006; C. Seco Serrano, Alfonso XII, Madrid, Ariel, 2007; J. A. Caballero López, J. M. Delgado Idarreta y C. Sáenz de Pipaón Ibáñez (eds.), Entre Olózaga y Sagasta: retórica, prensa y poder, Logroño-Calahorra, Instituto de Estudios Riojanos-Ayuntamiento de Calahorra, 2011.

sábado, 4 de noviembre de 2017

El "progre", la incoherencia de un burgués con ideas de izquierda.-a

La mediática politóloga guatemalteca intenta desarmar con ironía los mitos e ideas preconcebidas de los nuevos "progres", entendidos por la autora como un colectivo de izquierda que desde su "superioridad moral" dice defender los intereses de los trabajadores.

El progre es una figura tan universal que es fácilmente reconocible. Da igual dónde los situemos, sus rasgos son tan definitorios que, salvo leves adaptaciones nacionales, identificarlos será fácil, y ésa es nuestra primera tarea cuando hemos de interactuar con él.

El progre, como todos hemos podido ver cuando nos tropezamos con ellos, es de clase media o alta, con ideas de izquierda, y cierta inquietud intelectual. Es un burgués que no reconoce serlo, que no renuncia a su vida cómoda, pese a que dichas comodidades materiales que tanto aprecia vienen de su principal enemigo: el capitalismo. Pero nadie dijo que el progre viva de forma coherente con sus ideas; de hecho, es uno de sus rasgos característicos allí donde lo encontramos.

Sus denominaciones son diversas, pero todas reflejan la misma realidad:
- En España se les llama, entre otras denominaciones, rojos o izquierda caviar.
- En México les llaman chairos o pejezombies...
- En Cuba, comecandela.
- En Guatemala, comanches, guerrilleros de cafetería o socialistas de las zonas 10 y 14. (...)
- En Argentina, progres o zurdos, hippie con Osde.
- En Chile, rojos, comunachos, zurdos, monos, progres, cuico progres o socialistas de balneario.
- En Paraguay, zurdos.
- En Uruguay, socialatas, tupas, bolches, chinos, suciolistas, fracaso amplistas o fraude amplistas, zurdos caviar.
- En Brasil, esquerdistas, esquerda caviar o mortadelas.

El jurista estadounidense G. Gordon Liddy definía al progre como "aquel que se siente profundamente en deuda con el prójimo y propone saldar esa deuda con tu dinero". En 1970 Tom Wolfe, que los denominó radical chic, nos daba de ellos una perfecta descripción. En un artículo publicado en el New York Magazine tras una fiesta en el lujoso apartamento de Leonard Bernstein en Manhattan, en la que de hecho se coló, reflexionaba sobre cómo la actividad de las elites sociales se dirigía más a revestir una postura de izquierdas que a mostrar una verdadera convicción política por la misma. Su comportamiento reflejaba más una idea de ganar prestigio social o incluso de limpiar culpas que una auténtica creencia en dichas ideas.

Así, criticaba como la cultura de clases que tienen estos progres les llevaba a considerarse en monopolio de una virtud conseguida a través de sus actos políticos de defensa de determinadas causas sociales. Una virtud que han de mostrar siempre y en todo caso al mundo, que toman como elemento de conducta y que sirve para diferenciar al que puede entrar en sus círculos del que no. Porque, no nos engañemos, ser progre no es fácil, y ser reconocido, admitido e incluido en círculos progres lo es aún menos. Hay que demostrar ciertas aptitudes para ser considerado, por ellos mismos, dignos del "carné de progre pata negra".

Por supuesto, un buen progre que se precie nunca reconocería su incoherencia. Para ellos conducir un coche de último modelo de gran cilindrada es compatible con hacer del ecologismo una causa, con defender las muy dudosas democracias rusas, venezolanas, ecuatorianas o iraníes, con defender derechos de las mujeres y homosexuales, con abogar por el laicismo mientras se defiende la religión islámica y al tiempo se ataca a judíos y a católicos. Por eso no les molesta la disonancia cognitiva que a los defensores del sentido común nos produce cuando nos enteramos que Daniel Ortega es accionista de las principales industrias nicaragüenses, que Rafael Correa manda a censurar canciones en la radio, películas en la televisión o noticias en la prensa.
De hecho, es precisamente lo que criticaba Wolfe; mientras los progres o radical chic defienden la paz, el diálogo o el respeto a las minorías, son capaces de recaudar fondos para asociaciones como los Black Panthers, aquellos para los que Berstein pedía financiación en la fiesta a la que se refería Wolfe en su artículo. Así, se puede decir que se lucha contra él pero al mismo tiempo se justifican los ataques de Hamas a Israel, porque en este caso son autodefensa; o denominar al grupo terrorista ETA movimiento de liberación y a sus presos, presos políticos sin sonrojarse.
Y qué decir de los derechos humanos. Puede defenderse cualquier causa en base a la quiebra de un derecho humano (lo sea o no, ya que su confusión sobre la naturaleza de los derechos les impide diferenciarlos y califican cualquier necesidad material que consideren que ha de existir como derecho humano) pero al tiempo defender, apoyar y tomar como ejemplo a países que tienen en la violación de los mismos su seña de identidad internacional. Por eso para el progre es condenable que un Pinochet haya acabado con la vida de cerca de tres mil opositores, pero para nada es considerado un crimen a su juicio los miles que Ernesto Che Guevara fusiló confesando el placer que le daba hacerlo en sus cartas a su padre.

Hijos de la burguesía

Este comportamiento de clase, aunque vistan sus reivindicaciones de clase obrera, tiene como consecuencia también que su entorno acomodado o muy acomodado les ofrezca una seguridad económica y personal que favorece su dedicación a la lucha por los derechos del pueblo desde la calidez de su domicilio, con la ayuda de su Mac y su iPhone último modelo. Porque si las personas de izquierda de toda la vida usan la pancarta, la chapa en la solapa y las manifestaciones como forma de protesta, el kit básico del progre es un móvil, un hashtag y una sentada en una plaza bien armado de cerveza..., aunque una buena manifestación nunca será rechazada.
Si bien sus formas no son las de la izquierda a la que estamos acostumbrados -esa izquierda ortodoxa de costumbres reivindicativas-, sí comparten con ellos escenarios y causas. De hecho, una manifestación es un plan al que no dudan en sumarse y es habitual ver como intentan mezclarse con ellos en sus tradicionales algaradas, ya tampoco dudan en gritar sus consignas, aunque luego las discusiones tengan lugar en bares con un desalineado pero muy cuidado aspecto diseñado por algún decorador -por supuesto, progre- con un carísimo gusto por lo antiguo, lo francés y seguramente la fotografía, en lugar de cafeterías de barrio o locales vecinales con carteles comerciales y calendarios adornando las paredes.
Lo que sí es común en estas discusiones, más allá de los escenarios, es el odio al capitalismo, el rechazo a Estados Unidos o la simpatía hacia los populismos, que normalmente abrazan. Porque si algo tiene el progre es su deseo de abrazar a cualquier salvador mesiánico que haga del rechazo al capitalismo que al tiempo le financia una bandera que poder enarbolar como hacían los progres de antaño, a finales de los años sesenta, en Europa y gran parte de América con el Che Guevara, Castro, Perón o Allende; e incluso hoy lo hacen con el primero. El primero, de hecho, y a pesar de sus desméritos, no ha salido nunca de su iconografía.
Porque al igual que estos libertadores lo hicieron con su pueblo -aunque los lograran a base de violencia, crímenes y violación de libertades una vez que alcanzaron el poder-, ellos han venido para redimirnos. Se consideran en posesión de una superioridad ética y moral y nos perdonan por nuestros pecados, fruto sólo de nuestra ignorancia, pero no dudan en darnos motivos para alcanzar su fe, comunicarnos su catecismo y hacernos comulgar con sus ideas.
Su causa es ayudarnos, sacarnos de nuestra ceguera. Una ceguera en la que hemos caído todos presos por culpa del capitalismo como sistema económico, el liberalismo como meta política y Occidente como entorno social. Así, al igual que los protagonistas de la novela de Saramago, un día nos levantamos todos ciegos, nos contagiamos la incapacidad de ver, y ellos son los que nos van a reeducar hasta que expiemos nuestros pecados y volvamos a ver el mundo como el progre considera que hay que verlo. Queridos lectores, lejos de criticar su adoctrinamiento hemos de dar las gracias porque nos hagan partícipes de su catecismo.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Las tres novias del galán José Antonio Primo de Rivera.-a


Pese a ser uno de los personajes más estudiados en la historia de España, la aureola mítica con la que se ha cubierto a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, fundador de la Falange Española, desvirtúa su eminente figura de «un hombre como todos los hombres», en palabras de su hermana Pilar. José Antonio fue, como recordaba Pilar, un hombre «capaz de debilidades, heroísmos, caídas y arrepentimientos». Un hombre, muy hombre, en toda la extensión del término, que supo amar como el que más a una mujer en especial. Flaco favor han hecho a su legado quienes, creyendo rendir con su sigilo el mejor tributo al biografiado, callaron sus conquistas sentimentales y exageraron otros detalles de su vida. José Antonio se enamoró de Cristina de Arteaga, hija de los duques del Infantado, a la que conoció siendo un veinteañero; nada más verla, se sintió deslumbrado por su belleza, pero pronto reparó en que era una mujer muy inteligente y culta, además de una excelente oradora ante la que también había sucumbido Emilio Castelar, quien, tras escucharla, dijo inspirándose en ella: «El mundo está gobernado por faldas». La ingenua relación de los dos jóvenes duró poco tiempo, hasta que Cristina de Arteaga, que barruntaba ya entonces su verdadera vocación, decidió consagrar su vida a Dios como religiosa de la Orden de las Jerónimas; hoy, su abnegada entrega aspira al reconocimiento universal en los altares. José Antonio conoció entonces al gran amor de su vida, Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, duquesa de Luna. Era su tipo de mujer: rubia, delgada, de ojos claros... e inteligente. Esta vez el apasionamiento fue mutuo. «Ella estaba enamoradísima y él también», me comentaba Pilar Cavero Crespi de Valldaura, nieta del conde de Orgaz. Y no solo ella: la única hermana superviviente de la duquesa de Luna, María Concepción Azlor de Aragón, de 90 años (31 de mayo de 1924), marquesa de San Felices, rompió su silencio conmigo en una entrevista exclusiva con LA RAZÓN en marzo de 2015. «La primera vez que les vi pasear fue en la playa de Ondarreta, en San Sebastián, en la bahía de la Concha». Proclamada la Segunda República, el 14 de abril de 1931, su padre, José Antonio Azlor de Aragón y Hurtado de Mendoza, monárquico empedernido y gentilhombre de cámara de Alfonso XIII, a quien profesaba auténtica devoción, cerró su palacio de Villahermosa y nunca más volvió a Madrid, negándose a ver el Palacio Real sin rey. «Nos fuimos de este modo –explicaba María Concepción– a vivir a San Sebastián y Pedrola (Zaragoza); también en Javier, Navarra, y en Azcoitia. Precisamente en la ciudad donostiarra fue donde vi por primera vez a mi hermana con José Antonio, cuando éste aún no había fundado la Falange. Yo tenía entonces alrededor de siete años, pues era casi dieciséis años menor que mi hermana». José Antonio y Pilar formaban una pareja ideal, aunque solo fuera físicamente, dadas las continuas desavenencias provocadas por dos temperamentos fuertes que les hacían romper la relación para retomarla poco después. Uno de esos amores tempestuosos que solo la mutua atracción física y el recíproco embelesamiento intelectual lograban recomponer una y otra vez. «Ella», como se la denominaba de forma enigmática, era recelosa (en los círculos falangistas preservaba su anonimato), delgada, de metro setenta y dos de estatura, con esa apariencia frágil de porcelana de Limoges que parece que fuera a romperse si no se la mimaba entre algodones; él, con metro setenta y ocho y ojos azules como los de ella, encandilaba a las mujeres también por su absorbente capacidad dialéctica. De hecho, llegó a dominar el lenguaje y a gesticular como nadie en el improvisado escenario de un salón, o vestido con un impecable traje oscuro y corbata a rayas en un mitin político. «Estaban enamorados –aseguraba la marquesa de San Felices– de lo contrario no hubiesen sido novios durante años. José Antonio fue el único novio de mi hermana. Iba también a verla a nuestro Palacio de Pedrola. Lo hacía a escondidas, porque mi padre no aprobaba esa relación. Es probable que hiciesen juntos alguna excursión a bordo del Ford-T que todavía conservamos. Pilar no tenía carnet de conducir, pero a veces cogía el coche por el campo». Otra mujer de la familia, que prefiere mantenerse en el anonimato, afirma que «se querían muchísimo. Estoy casi convencida de que, si se hubiesen casado, la historia habría sido bien distinta pues José hubiese abandonado la política, en la que entró solo para defender la memoria de su padre, volcándose en su profesión de abogado y en su propia familia». Pero al final, el padre de Pilar se opuso al enlace; entre otras razones porque, como monárquico medular, culpaba al padre de José Antonio de la caída de la monarquía tras su dictadura militar de siete años.

Las tres novias del galán José Antonio
La princesa «con chispeante inteligencia»

José Antonio cayó en brazos de Elizabeth Bibesco, hija del primer ministro británico entre 1908 y 1916, el liberal Herbert Asquith, y esposa del príncipe y diplomático rumano Antoine Bibesco. Convertida en la princesa Bibesco tras su matrimonio, Elizabeth se enamoró del líder de Falange, a quien trató incluso de salvar la vida cuando estaba preso en Alicante, recurriendo al presidente de la República, Manuel Azaña, y a los contactos diplomáticos de su padre y de su marido en Inglaterra y en Francia. Elizabeth, llamada Libby en familia, era la única hija del segundo matrimonio de su padre con Margot Tennant, hija a su vez de un lord inglés. Además de su hermano, el célebre director de cine Anthony Asquith, Elizabeth tenía cinco hermanastros del primer matrimonio de su padre con Helen Kelsall Melland, hija de un médico de Manchester. Nacida el 26 de febrero de 1897, la princesa Bibesco había conocido a José Antonio en Madrid a partir de marzo de 1927, cuando Cristina de Arteaga decidió abrazar la vida conventual y el joven abogado empezaba a flirtear con la duquesa de Luna, aunque Elizabeth era seis años mayor que José Antonio. Sepamos cómo era Elizabeth. Para ello contamos con el valioso testimonio de Claude G. Bowers, embajador de Estados Unidos ante la República española: «Conocía yo a la princesa como autora de inteligentes novelas epigramáticas y había sabido que cuando su marido estuvo en Washington ella conquistó fama de desairar a los impertinentes. Menuda, hermosa, brillante, con chispeante inteligencia en la conversación, encontré en ella a la persona más fascinadora del cuerpo diplomático». Elizabeth era inteligente y admiraba a quienes lo eran más que ella, como el crítico literario y periodista británico John Middleton Murry, director de la prestigiosa revista «The Athenaeum», con quien mantuvo al parecer un escarceo amoroso pese a que éste era el esposo de Katherine Mansfield. De sus efímeras conquistas –acoso incluido– no se libró ni John Maynard Keynes, el economista más célebre del siglo XX. Y, si no, leamos lo que dejó por escrito el propio Keynes: «La última noche cumplí con lo prometido a la princesa (Elizabeth Bibesco, la hija de Asquith), cena, teatro y tête-à-tête. Me llevó a la platea y en la oscuridad empezó a acariciarme sin mi consentimiento. Cuando se hizo la luz miré al lado y ¿quién estaba? Nuestro vecino de localidad no era otro que mi amigo míster Cockerell del Museo Fitzwilliams, ¡espero que aquello valiera para agrandar mi reputación!». Se daba la circunstancia de que el 13 de junio de 1930, los Bibesco habían ofrecido en la legación rumana una cena al Príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón y Battenberg, y a su hermana la infanta Beatriz... ¡en honor de los señores de Keynes!

El amor que nació en la infancia

A medida que recabé información de Cristina de Arteaga, no me sorprendió que José Antonio se fijase en ella y desease entablar una relación más allá de la amistad. Cristina encarnaba, desde su primera juventud, los mismos valores que defendió hasta su muerte el líder de la Falange: inteligencia, voluntad, ilusión, reciedumbre, valentía, entrega, cultura, compromiso, y tantos otros. José Antonio y Cristina se conocieron a principios de los años veinte, con alrededor de dieciocho años. «Era el amigo –comenta la doctora en Filosofía Araceli Cansans y de Arteaga, sobrina de Cristina de Arteaga– con el que coincidía en clase y en las reuniones sociales. Hicieron juntos algunas asignaturas que hasta entonces eran comunes entre Filosofía y Derecho. Sus familias eran muy amigas, los dos tenían fuertes inquietudes sociales y políticas, de manera que lo más normal era que se enredaran a charlar allí donde se encontraran. Aún en 1981, en una entrevista en televisión a Madre Cristina, ya venerable priora, le preguntaron por este tema. Ella, no recuerdo con qué palabras, contestó la realidad: de aquella simpática amistad y camaradería no se derivó ningún amor, al menos por su parte». Araceli Casans ponía especial cuidado en matizar que su tía no profesó a José Antonio un afecto más allá de la simple amistad. «Al menos por su parte», añadía, dando a entender así que los sentimientos de él podían ser ya otra cosa.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Asesinato de Pyotr Voykov en 1927 a




Pyotr Lazarevich Voykov  (13 de agosto [ OS 1 de agosto de] 1888 - 7 de junio 1927) fue un soviético revolucionario y diplomático conocida por su papel en el asesinato de la familia Romanov . 

Nació el 13 de agosto [OS 1 de agosto] 1888 en una familia ucraniana  en Kerch . Su padre fue expulsado del Instituto de Minería de San Petersburgo , se graduó del seminario de profesores en Tiflis y trabajó como profesor de matemáticas.  Más tarde se vio obligado a abandonar este puesto; trabajó como jefe de taller en la planta metalúrgica, construyó el camino, trabajó como ingeniero en varias empresas.  Esto condujo a algunas contradicciones sobre el origen de Pyotr Voykov. Su madre recibió una buena educación: se graduó del Instituto Kerch para Doncellas Nobles . Los rumores sobre el origen judío de Voykov son populares entre la extrema derecha , pero no tienen fundamento y, aparentemente, son el resultado de un error. 

Diplomático soviético 

En octubre de 1921, Voykov encabezó la delegación del SFSR ruso y el SSR ucraniano, que coordinaría con Polonia la implementación de la Paz de Riga . Según el quinto párrafo del artículo X de este último, la Rusia soviética debía devolver "archivos, bibliotecas, objetos de arte, trofeos históricos militares, antigüedades, etc., artículos de patrimonio cultural que se exportaron de Polonia a Rusia". Según Kurlyandsky y Lobanov, fue Voykov quien transfirió los objetos de arte, archivos, bibliotecas y otros valores materiales rusos a las autoridades polacas.
En agosto de 1922, fue nombrado representante diplomático del SFSR ruso en Canadá, pero no se le permitió ingresar al país debido a su participación en la ejecución de la familia imperial y actividades terroristas anteriores, y debido a su reputación como revolucionario profesional. El Foreign Office reconoció a Voykov, junto con personalidades similares, como persona non grata . Un problema similar surgió cuando Voykov fue nombrado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República de Polonia, pero sin embargo recibió este cargo en octubre de 1924 y asumió el cargo el 8 de noviembre de 1924.

El embajador inglés en Varsovia informó a Londres en enero de 1925 que:

Naturalmente, no tiene imaginación sobre la etiqueta diplomática o pública y se siente muy oprimido cuando se da cuenta del deseo natural tanto de sus colegas diplomáticos como de los funcionarios polacos de limitar las conversaciones con él exclusivamente a los límites requeridos por cortesía diplomática.


Grigory Besedovsky, quien trabajó con Voykov en la Misión Permanente de Varsovia, caracterizó a Voykov con lo siguiente:

Alta estatura, con una figura enfáticamente enderezada, como un cabo retirado, con ojos desagradables y eternamente nublados (como resultó más tarde, de borrachera y drogas), con un tono cínico y, lo que es más importante, miradas inquietas y lascivas que lanzó. A todas las mujeres que conoció, le dio la impresión de un león provincial. El sello de la teatralidad yacía en toda su figura. Siempre hablaba con un barítono artificial, con largas pausas, con magníficas frases espectaculares, siempre mirando a su alrededor, como para comprobar si había producido el efecto deseado en los oyentes. El verbo "disparar" era su palabra favorita. Lo usó por cualquier motivo. Siempre recordaba el período del comunismo militar con un profundo suspiro, refiriéndose a él como una época que "daba espacio a la energía, la determinación, la iniciativa".

Asesinato 

Voykov fue asesinado a tiros el 7 de junio de 1927 en Varsovia, en la estación central de trenes de Varsovia por Boris Kowerda , el hijo de 18 años de un monárquico ruso blanco , y un estudiante del gimnasio ruso de Wilna . Voykov había llegado a la estación para encontrarse con Arkady Rosengolts , que acababa de ser relevado de su cargo de embajador de la Unión Soviética en el Reino Unido, en su camino de regreso a Moscú, cuando Kowerda se acercó a los dos diplomáticos y entabló una conversación con Voykov, que duró varios minutos. En cierto momento, se despidieron y los dos diplomáticos reanudaron su camino hacia el carro que esperaba, cuando Kowerda sacó un revólver y disparó cuatro veces a Voykov desde cerca, gritando "¡Muere por Rusia!". Voykov recibió un disparo cerca del corazón e intentó sacar una pistola de su bolsillo interior, pero perdió el equilibrio y cayó inconsciente en la plataforma. Voykov fue inmediatamente transportado al Hospital Infantil Jesús en Varsovia, donde fue declarado muerto. Kowerda permaneció en su lugar y se entregó tranquilamente a la policía. El cuerpo de Voykov fue transportado más tarde a Moscú para ser enterrado en la necrópolis del muro del Kremlin . 

Cuando se le preguntó por qué mató a Voykov, Kowerda respondió:
"Vengué a Rusia por millones de personas".
 El asesinato fue luego justificado como venganza por el papel de Voykov en el asesinato del zar y su familia, y muchas personas en Polonia consideraron a Kowerda como un héroe; La opinión pública estaba llena de comprensión e incluso simpatía por el asesino. Un tribunal polaco inicialmente sentenció a Kowerda a cadena perpetua debido a presiones externas, pero tuvo éxito al pedirle al presidente de la República, Ignacy Mościcki, que conmutara su sentencia a 15 años. Kowerda fue posteriormente amnistiada y liberada después de diez años el 15 de junio de 1937.
El incidente dañó aún más las relaciones soviético-polacas, ya agriadas por la guerra polaco-soviética de 1921. Los soviéticos interrumpieron las negociaciones sobre un pacto de no agresión , acusando a los polacos de apoyar a la resistencia blanca antisoviética. Se reanudarían en 1931 . Del mismo modo, los soviéticos "respondieron" al asesinato a su manera, arrestando y ejecutando arbitrariamente a veinte ex aristócratas, terratenientes y monárquicos sin juicio o una sentencia formal el 9 de junio. El 14 de junio en Odessa, 111 personas fueron condenadas a muerte por supuestamente espiando para Rumania . Cuatro polacos fueron fusilados en Minsk y Kharkiv , y 480 presuntos monárquicos fueron arrestados en Ucrania. Al mismo tiempo, las autoridades soviéticas organizaron una amenazante manifestación frente a la embajada de Polonia en Moscú, y en Kiev incitaron disturbios que demolieron casi todas las tiendas de propiedad polaca.

Legado 

Las autoridades soviéticas apreciaron su memoria, dando su nombre a la estación de metro de Moscú Voikovskaya , varias calles y plantas, y una mina de carbón en Ucrania

El valenciano que fue asesinado por firmar la ejecución de Primo de Rivera.-a

Emilio Valldecabres, de Quart de Poblet, fue fusilado en 1940, aunque su familia 
asegura que fue obligado a autorizar la muerte del falangista
2019
Emilio Valldecabres nació en Quart de Poblet y fue fusilado el 17 de enero de 1940 por haber firmado y autorizado la ejecución del falangista José Antonio Primo de Rivera. Sus familiares, residentes en Valencia, aseveran que lo despertaron de madrugada para que estampara su firma en el documento después de la muerte del hijo del dictador. "Él no quería, pero su cargo de asesor en el ministerio le obligaba a ello. Tenía que justificar su muerte".
La exhumación de los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos la pasada semana ha despertado el interés por revisitar algunos episodios del pasado vinculados a la dictadura y la Guerra Civil. En 2008, el homenaje a los 13 republicanos que fueron fusilados en Quart de Poblet por sus ideales durante el franquismo dejó al descubierto una historia desconocida hasta el momento. Otro vecino de la localidad, Emilio Valldecabres, también fue fusilado, pero el trasfondo político de su muerte sólo lo conoce su familia. Hombre culto y estudioso, Valldecabres pudo marcar la historia de España al ser la persona que firmó y autorizó la ejecución del falangista José Antonio Primo de Rivera. O eso les habían hecho creer a sus familiares.
"Lo que no sabe nadie es que él estaba en contra de su asesinato, por ello firmó el documento de muerte de Primo de Rivera una vez ejecutado el falangista", según explicó a Levante-EMV la sobrina del fusilado, Annik Onofra Valldecabres desde su casa de Valencia. Su madre Juana Alberich, cuñada de Emilio, a sus 89 años aún recuerda la historia. Para ella está muy fresca porque, en el exilio, "nunca hemos tenido reparos en contar nuestra vida, ni nuestros ideales de izquierda y republicanos".
Y es que según consta en la documentación a la que tuvo acceso este periódico, Emilio Valldecabres era asesor jurídico del Ministerio de Defensa Nacional y del propio presidente del Gobierno hasta 1939 y un año después fue ejecutado. Su papel en el juicio fue decisivo para la muerte del hijo del dictador que fue acusado de un delito de "rebelión militar", por el que se le condenó a la muerte.

Valldecabres redactó un informe en el que aduce que "está claro que el condenado José Antonio Primo de Rivera (...) habida cuenta de las contestaciones dadas a las preguntas en el juicio (...) la pena de muerte impuesta está bien aplicada". Al parecer, según su familia, fue obligado a firmar este informe dado su cargo en el ministerio. "Por todo lo expuesto y con sujeción al decreto de 25 de agosto de 1936, esta asesoría concluye aconsejando que no procede realizar, en relación con la pena de muerte impuesta a José Antonio Primo de Rivera, más diligencia que cumpliendo lo dispuesto, por el fin de que se ejecute la sentencia", según consta en la documentación firmada por Emilio Valldecabres.
Juana Alberich recuerda que llegaron a su casa unos hombres que despertaron a Valldecabres y le obligaron a firmar. "Por eso ya estaba unido a los personajes que tenían sentenciados por haber intervenido en mayor o menor grado en el proceso y muerte de José Antonio", añadió. Por eso intentó huir de España. Se despidió de su madre y de su hija y emprendió un viaje a Gandia, pero una avería en el coche "le hizo perder mucho tiempo y no llegó para salir con las personas que había acordado partir", según sus familiares, quienes consideran que fue víctima de un sabotaje "y que su chófer lo delató".
Entonces se dirigió al puerto de Alicante para subir al buque Stanbrook, la última opción de salida de los republicanos rumbo al exilio. Fue allí donde se encontró con "un gran cepo donde quedó atrapado junto a miles de republicanos más". El barco estaba bloqueado por la armada franquista, submarinos de Mussolini y la aviación nazi. Sus compañeros le sugirieron salir del puerto antes de la llegada de las tropas nacionales, pero rehusó hacerlo porque pensaba que le sería "muy difícil ocultarse porque era una persona muy grande y corpulenta", añadió. Además, no consintió "que nadie se arriesgase a darle cobijo y con estoicismo, esperó".

"Que sufra el mismo castigo"

Al acabar la Guerra Civil "era necesario que sufriese el mismo castigo", según el expediente. Fue trasladado al campo de concentración de los Almendros, a la plaza de Tocabán, a los Castillos, a los cuarteles de Benalúa y finalmente al campo de Albatera. Cuando los Servicios Especiales dieron con él "fue casi una fiesta el hallazgo de esta pieza tan valiosa" en la que se había convertido Valldecabres para el franquismo. Fue trasladado a Madrid por ser considerado una de las piezas clave en el proceso de ejecución a Primo de Rivera. El 17 de enero de 1940 fue fusilado. Su madre se enteró días después cuando, tras una fuerte nevada, acudió a llevarle mantas a la cárcel. Por el camino, unos amigos de la familia le dieron la noticia de su muerte.
 nota

Tras el fusilamiento de Emilio Valldecabres por haber firmado la sentencia de muerte de José Antonio Primo de Rivera, su madre y su hija intentaron emigrar a Argelia, donde se encontraban
sus cuñados -Onofre y Juana junto a sus hijas- exiliados españoles. Tardaron cinco años en poder recopilar toda la documentación para poder marcharse ya que a la hija de Emilio no le concedían la documentación necesaria para obtener el pasaporte.
Cuenta su familia que el gobierno de Quart de Poblet les ofreció una pensión porque la hija del
republicano fusilado, Marina, quedó huérfana y fue su abuela quien se hizo cargo de ella. "Ella
rechazó la ayuda porque provenía del franquismo", aseveró Juana Alberich que era la mujer del
hermano de Emilio Valldecabres.
La familia estaba muy bien considerada en el exterior, pero aún así la tragedia se cebó con esta
parte republicana de los Valldecabres. Emilio fue enterrado en el cementerio de Madrid aunque su madre recibió una llamada en la que le informaban que su cadáver iba a ser trasladado al Valle de los Caídos, junto al de José Antonio Primo de Rivera. "Era como un trofeo para ellos haber matado a quien firmó la muerte de su líder", señaló la sobrina del fusilado.
Esa propuesta fue "un insulto" para la familia, se negaron al traslado del cuerpo y permaneció enterrado en Madrid. En esta ciudad vive ahora su única hija y sus descendientes, pero en Argelia estuvo conviviendo durante 12 años junto a su tío Onofre Valldecabres, su mujer Juana, sus dos hijas entre ellas Annik Onofra, y su abuela.


VALLDECABRES MALRAS, Emilio
Afiliado Agrupación Socialista de Quart de Poblet (Valencia)
Valencia (Valencia) [1906 o 1907] -- Madrid (Madrid) 17/01/1940

Abogado. Miembro de la UGT y afiliado a la AS de Quart de Poblet (Valencia). Durante la guerra civil fue asesor jurídico del Ministerio de la Guerra y auditor de la 3ª División. En noviembre de 1936 informó que la sentencia recaída contra José Antonio Primo de Rivera, que lo condenaba a muerte, se ajustaba a derecho. En enero de 1937 fue nombrado miembro de la Comisión Gestora de la Asociación de Funcionarios Públicos de la UGT de Valencia, encargado de constituir con los funcionarios radicados accidentalmente en Valencia el Sindicato de Funcionarios Públicos de Madrid (UGT) y crear la Federación Nacional de Funcionarios y Trabajadores del Estado de la UGT. Finalizada la guerra civil fue detenido en Alicante y tras pasar un tiempo en el campo de concentración de Albatera trasladado a Madrid donde fue condenado a la pena de muerte y ejecutado el 17 de enero de 1940.


Annik Onofra Valldecabres Alberich nacio en Sidi Bel Abbes, en Argelia en 1945.

Sus padre,son Onofre Valldecabres Malras, nacido en Valencia el 15 de octubre de 1912 hijo de Emilio Valldecabres Pechuan y de Elisa Malras Clement, su madre, Juana Alberich Marti nacida en Valencia el 21 de mayo de 1919 hija de Miguel Alberich Llorente y de Rosario Marti Juan.
Su padre, Onofre fue durante la guerra  miembro del partido republicano, y el hermano de este fue del partido socialista durante la guerra obtuvo el grado de comandante y fue el director del SIM ( servicio de inteligencia militar).
Al final de la guerra fue condenado a muerte por conmutas ya que pudo salir desde  Alicante a Argelia en el barco " el StaNbrook".
En Argelia estuvieron varios años, después en 1947 pasaron a Francia, para después volver a Argelia hasta 1957, cuando el principio de la guerra de Argelia volvieron a Francia, donde Onofre ocupo cargos directivos en diversas fabricas de cerámica.
A la muerte de Franco, Onofra volvió a España , a Valencia , donde ya residía su hija pequeña, Annik, y donde recidió hasta su muerte en Francia,en Ttourcoing ( norte) donde había ido a pasar las vacaciones de navidad con su hija mayor,Jeanne, el 11 de enero de 1980. Su viuda, Juana sigue viviendo en Valencia, así como su hija menor,
Annik trabajó como profesora, funcionaria francesa en el liceo francés de Valencia, se casó, con un español de Santander, tuvo dos hijos, Alexis y Leticia. En la actualidad está divorciada y se acaba de jubilar.

Entrevista
¿Annik, tú nombre, el nombre de tus padres y tu lugar de nacimiento?

Me llamó Annik Onofra Valldecabres Alberich, mi padre era Onofre Valldecabres Malrás, mi madre Juana Alberich Martí. Y yo he nacido el siete de noviembre de 1945 en Sidi Bel Abbes.

¿Tienes recuerdos y conoces la historia de tus padres de cómo fue durante la guerra y del exilio?

Claro, bueno mi madre salió primero porque el Partido Republicano al cual pertenecía mi padre sabía que a mi padre lo iban a condenar a muerte y para que no hubiese represalias contra su mujer decidieron enviarla fuera de España. Entonces salió en el barco que salió para Argelia.

¿De dónde eran ellos?

De aquí de Valencia.

¿Tanto padre como madre?

Sí, mi padre era originario de Quart de Poblet, de Valencia y mi madre de Valencia, Valencia.

¿Y tus abuelos también estaban de parte de los republicanos tanto de un lado como del otro?

Sí, eran gente de izquierdas claro, los dos. Entonces mi madre salió primero, a mi padre lo condenaron a muerte, se tuvo que esconder y estuvo escondido un mes en Alicante y al cabo de un mes consiguieron subirlo en el último barco que salió, era el Stanbrook y se fue también al exilio.
La suerte que tuvieron los dos es que cuando mi madre llegó a Argelia una persona que viajaba con ella conocía a alguien en Orán, mi madre estaba embarazada de mi hermano y esta señora, una señora que vivía allí, que era de origen español también, la sacó del barco y se la llevó a su casa. Porque había dos posibilidades o ibas a un campo de concentración o alguien de allí se hacía responsable de ti y te llevaba a su casa.

Antes de esta historia que me estás contando, un poquito antes, ¿por dónde vive tu padre y por dónde vive tu madre y cómo se conocen?

Pues mis padres se conocieron a través del Partido Republicano, mi padre vivía detrás del ayuntamiento y se conocieron en el Partido Republicano.

¿Después de la guerra tu padre está también en el Partido Republicano?

Mi padre por el Partido Republicano entró en las milicias republicanas, mi padre cuando salió al exilio lo acababan de nombrar comandante, fue el director del SIN, lo que eran los servicios secretos de la República. Su hermano, él era del Partido Socialista, el hermano de mi padre era el abogado del partido y fue el auditor de la república, del gobierno de la república, a él lo cogieron y lo fusilaron, con 33 años.

¿Al hermano?

A Emilio, a el hermano de mi padre, sí.

Me contaste que él estuvo con la firma de algo de Primo de Rivera.

Sí claro, por su cargo, tuvo que hacer el informe y según el informe de mi tío no había razón para condenar a muerte a José Antonio Primo de Rivera pero como ya se sabe por la historia, a Primo de Rivera lo sacaron y lo picaron en Alicante, con lo cual el Presidente de la República sacó a mi tío a las cuatro de la mañana de la cama para que firmase la condena de muerte porque había que regularizar esa situación.
Entonces a mi tío lo apresaron cuando iba a reunirse con mi padre en Alicante para salir al exilio, porque el gobierno republicano había salido de Manises en avión. Mi tío era viudo tenía una niña pequeña…

¿Y eran aviadores los dos?

No, no, no, el gobierno republicano salió con un avión y mi tío tenía que reunirse en Manises con el gobierno republicano para salir al exilio pero como tenía una hija no quiso salir al exilio. Volvió a casa y al cabo de unos días le dijeron que se fuese porque lo iban a   matar. Entonces se fue hacia Alicante con el coche de la casa y el chófer de la casa, pero el chófer lo había vendido y no llegó a Alicante claro, lo apresaron, estuvo en un campo de Albatera.
En Albatera intentaron esconderlo, no pudieron porque mi tío era un hombre muy alto, muy fuerte y claro lo vieron enseguida con lo cual se lo llevaron a Madrid y lo condenaron a muerte y lo fusilaron.

¿Para entonces tus padres estaban casados?

Mis padres estaban casados, se casaron con el gobierno de la república, ya sabes que esos matrimonios después no se reconocieron y yo recuerdo, tenía yo 10 años o una cosa así, 10 u 11 años, recuerdo esperar en un banco con mi hermana delante del arzobispado de Valencia, mientras mi madre con su hermano, se volvía a casar por poderes con mi padre claro, porque había que regularizar ese matrimonio, que no reconocían de la república.

¿Entonces tu madre se va en qué año a Argelia?

Pues al final de la guerra unos meses antes que mi padre.

¿Estaba embarazada?

Estaba embarazada de mi hermano.

¿Y se fueron barco?

Se fueron en barco pero no me acuerdo el nombre del barco.

¿Y en dónde vivían ellos?

Ellos llegaron primero a Orán.

¿Y se encontraron allí con tu padre?

Entonces mi madre fue a sacar a mi padre del barco, primero le iba a llevar comida, porque estuvo varios días que no lo dejaron bajar del barco.

¿Del Stanbrook?

En el Stanbrook, después la señora en casa de quien estaba mi madre, salió responsable de mi padre con lo cual no fue a un campo de concentración, pero claro no podía trabajar y mi padre estuvo descargando barcos por la noche para ganar algo de dinero.

¿Y qué profesión tenía?

Mi padre era hijo de una familia de dinero, no había hecho nada de su vida y claro pues tuvo que trabajar descargando barcos en el muelle por la noche.

¿Tu madre no trabajaba?

Mi madre estuvo cosiendo por las casas, de Orán se fueron bastante rápidamente, se fueron a Sidi Bel Abbes, estuvieron unos años y de ahí volvieron a Orán donde mi padre montó una fábrica de cerámica, la familia de mi padre era de una familia de ceramistas.

¿Antes naces tú?

Justo cuando nací yo, en el 45… No, lo estoy diciendo mal… Primero salieron a Alsacia, cuando terminó la guerra yo tenía dos años, salieron a Alsacia donde mi padre estuvo trabajando en una fábrica de cerámica, la suerte de mis padres es las relaciones que tenían por la familia en el sector ceramista y los francmasones. Estuvo dos o tres años justo después de la guerra en la frontera alemana y después volvió a Orán a montar una fábrica de cerámica. No dio muy buen resultado esa fábrica y entonces después se fue a trabajar en una fábrica de cemento a St. Lucien.

¿Y son dos hermanas nada más, tú y tu hermana?

Mi hermano murió. Mi hermano nació y me imagino que por todo lo que debió de pasar mi madre, al niño se le declaró una enfermedad....

¿Y después nace tu otra hermana?

Después nació mi hermana, después de morir mi hermano nació mi hermana y después nazco yo, la pequeña.

¿Tú sabías o habías escuchado si tus padres siempre querían volver a España?

Bueno eso es una cosa que era constante, yo no sé si tenían la maleta preparada, pero por lo menos mentalmente la maleta la han tenido en 40 años de exilio.

¿Siempre pensaban que iban a volver?

Sí, sí, sí.

¿En los lugares que vivieron tus padres, tenían relación con gente del exilio o estaban aislados?

Primero en Sidi Bel Abbes tenían relación con gente del exilio, por ejemplo los González que viven ahora en Alicante, en Elche y son los amigos de infancia, de los que más recuerdo, Antoñito, que actualmente es el director de la Tropa Teatral de La Carátula, en el Liceo. Que con el tiempo también se licenció en Letras y fue profesor de la Facultad de Elche, seguimos en contacto.
Después había Antonio, otro amigo de mi padre que recuerdo que yo cuando era pequeña me gustaba mucho bailar y venían muy a menudo a cenar a casa y me iban a despertar, me ponían encima de la mesa y me ponía bailar y mi madre siempre se enfadaba porque yo estaba en la cama y me habían sacado de la cama.
Y había otro gran amigo de mis padres que era José Tabuara, Pepe Tabuara que había sido, era marino, había sido el instructor del infante don Juan entonces, el conde de Barcelona después, y cuando se exilió a Argelia entró en la legión extranjera y claro Pepe venía muy a menudo a casa, traía arroz, traía chorizo, traía patatas y entonces en casa de mis padres se hacían cenas donde venían todos los amigos exiliados.


Annik con sus padres

¿En tu casa que se hablaba…?

Español.

Siempre. ¿Nunca oíste hablar valenciano?

¿Valenciano?, sí claro que sí, también se hablaba valenciano pero era sobre todo el castellano.

¿Por lo que me cuentas la comida era de tipo…?

La comida era típicamente española, eran los cocidos, eran los arroces era la paella, el arroz con fesols y naps, el arroz con caracoles y acelgas, era la comida de casa, sí.

¿Tú fuiste a la escuela?

Yo fui a la escuela en Orán primero y en St. Lucien después.

¿Antes, no?

No, salí con dos años de Sidi Bel Abbes, de ahí nos fuimos a Alsacia durante dos años y después volvimos a Orán y después a St. Lucien. La escuela, lo que recuerdo de pequeña de la escuela es en St. Lucien.

¿Y cómo era? ¿Fuiste a la escuela pública?


¿Las europeas, era gente europea?

Toda la gente que no era mora.

¿Tus amigos eran de todas partes, eran de la escuela o también eran del exilio?

Bueno, en La Cado, que es como se llamaba el sitio de la fábrica, o sea el sitio donde vivíamos no había españoles, había exiliados políticos españoles, había franceses, no había diferencias entre unos y otros. En la época en que hemos estado en La Cado, no había tanta relación fuera de la gente que trabajaba, porque era un círculo cerrado.

¿Y ahí hasta qué año estudiaste?

Ahí me quede hasta los 12 años. A los 12 años fue cuando empezaron los atentados en Argelia, mi hermana estaba interna en un colegio religioso y hubo un atentado una noche, las monjas hicieron que las niñas se acostaran en el suelo porque pasaban de un lado a otro las ráfagas de metralleta. Y al día siguiente por la mañana, -porque estaban en pensión en casa de las monjas y luego iban al Instituto público y claro iban a pie- atravesaron la plaza del pueblo pasando por encima del los cadáveres que habían dejado los militares franceses para dar una lección, claro, porque era un pueblo más árabe que francés.

Y después un día al volver mi padre, íbamos en el coche y había unos corderitos en el medio de la carretera y mi padre iba a parar y mi madre empezó a decirle “acelera, acelera”, había visto a los moritos que salían de la cuneta y nos salvamos de milagro.

Al poco tiempo un amigo de mi padre que  era pintor, tengo su autorretrato en mi casa, era amigo de mi padre y le dijo “mira, has pasado la guerra en España, has pasado parte de la guerra de Francia, te aconsejo que cojas a tu familia y que la lleves porque aquí esto va a explotar”.

Era el 57 y en septiembre mis padres nos pusieron en un avión y salimos de Argelia, a los dos meses salieron mis padres también. Mis padres salieron dejando todo en la casa, porque no querían que se supiese que nos íbamos definitivamente, el por qué, las razones políticas y tal, no lo sé. Sé que después cuando hubo la independencia de Argelia, el gobierno argelino llamó a mi padre para que volviese a Argelia y mi padre entonces tenía una situación muy hecha y entonces no quiso volver, o sea que no eran problemas con el FML, todo lo contrario.

¿Y cuando salen de Orán vienen directamente a Valencia?


¿Y cuánto tiempo estuviste ahí?

Pues... estuvimos cuatro o cinco años.

Y aparte de ese choque primero que tuviste cuando llegaste a esa casa, al entrar nuevamente a la escuela, porque me imagino que llegaste una escuela, ¿qué paso contigo?

Pues entré en sisième, era primer año de bachillerato o algo así.

¿Pero te trataron como una extraña?

Era una española.

¿Eras una española? una española hablando francés.

Si francés, pero con un acento especial, imagínate de Argelia, con el acento de Argelia, me mandan al norte de Francia con un acento muy cerrado. La vergüenza más grande que tuve fue cuando la maestra, la profesora de francés dijo “Annik Valldecabres va a leer el texto, vais a ver la diferencia de acento”, me lo pasé fatal, claro, no es que era tímida, en ese sentido, no, pero claro era ponerme por delante y yo no tenía la culpa de hablar como hablaba.

¿Y en esa época en Francia tus papás tenían relación con republicanos?

Sí, en Francia sí.

¿En esa zona de Francia también?

Sí, siempre, siempre en Francia hemos estado conectados con el exilio republicano, siempre.

¿Y cuantos años dices que estás ahí?

En el norte de Francia cuatro años, de ahí nos fuimos al centro de Francia, mi padre cambio de empresa,  a una empresa muchísimo más fuerte, que tenía varias fábricas…

¿Siempre de cerámicas?

Siempre de cerámicas, varias empresas por toda Francia y fue la época donde se transformaron las fábricas de cerámica que pasaron de hornos de carbón a eléctricos y después a los de gas y mi padre se dedicó a reformar todas esas fábricas, entonces estuvimos cuatros años allí, fueron cuatro o cinco años en cada sitio nada más.

¿Y cómo iba siendo tu vida en ese tiempo, ibas estudiando, ibas teniendo relaciones?

Pues ibas dejando amigos en el camino, muchos de ellos que no vuelves a encontrar, algunos de ellos que 40 años después he vuelto a encontrar, ¡más de 40 años!, un amigo del Lycée donde empecé a estudiar, no me acuerdo cómo conectamos y se vino de vacaciones con la mujer y los hijos.

¿Y tú, como chica joven que eras, te molestaba cada vez que tu padre decía que tenías que cambiar de lugar, del Liceo, de amigos?

Bueno claro que me molestaba porque dejabas amigos alrededor, pero yo no tengo conciencia de que me haya molestado mucho porque como es lo que he hecho desde que nací con mis padres, era normal. Pero no cabe duda que después cuando me casé, cuando nombraron a mi marido en Madrid que mis hijos renegaron porque no se querían ir, me pesó más el que no quería que mis hijos vivieran lo que yo había vivido para quedarme en Valencia y no irme a Madrid.

¿Vas cambiando, vas estudiando hasta que vas la universidad?

Bueno yo hice mi carrera de Filosofía y Letras, la hice en Francia.

¿En qué parte?

París.

¿Llegan a París también o vas tú sola a París?

Bueno yo empecé a estudiar antes de casarme, me casé y termine de estudiar, con el bombo delante.

¿Y te casas en París?

No, me casé en Santillana del Mar, mi marido era de Cantabria pero lo conocí en París.
Él estaba haciendo un posgrado, era Ingeniero Agrónomo, bueno mi ex marido.

¿Se casaron en Santillana del Mar y después vuelven a París?

Volvimos a París, nació mi hijo, nació mi hija a los 20 meses y nos vinimos a vivir a Valencia. Mi marido había hecho parte de los estudios de Agronomía aquí en Valencia, abrieron un Centro de investigación aquí y vinimos a Valencia.

¿En qué año se vienen a Valencia?

En Valencia nos vinimos en el 72.

¿Y cuándo llegas a vivir a Valencia…?

Era la francesa. En Francia era la española y en España era la francesa. Me daba una rabia tremenda.

¿Tuviste problemas para relacionarte con la gente o fue fácil?

No, es que Valencia era mi tierra. Yo tenía dos años cuando mis padres alquilaron un avión taxi desde Orán y mi hermana y yo con unos amigos de mis padres nos vinimos a España a pasar las vacaciones, entonces yo tenía casi tres meses de vacaciones porque era julio, agosto y septiembre y empezábamos en octubre. Y yo desde los dos años siempre me he venido de vacaciones a Valencia, mis amigos de infancia realmente están en Valencia. Mis recuerdos de juventud, de guateques y cosas de ésas es Valencia, básicamente.

¿Pero siempre has sido la francesa?

Siempre, siempre era la francesa y ya te digo a mí me daba una rabia tremenda y sistemáticamente decía “bueno y ¿el príncipe Juan?, el príncipe Juan Carlos ha nacido en Roma entonces ¿es un italiano?” y ahí no, él era un español, pero yo era la francesa, me daba muchísima rabia.

¿Y a tu marido también le gustó mucho Valencia?

Sí, él había estudiado aquí aun siendo de Cantabria y de hecho sigue viviendo aquí.

¿Me contabas que te diste cuenta cuando tuviste a tus hijos que el moverse o quedarse en un lugar era...?

Yo creo que ha sido más de mayor que me he dado cuenta que esa vida itinerante de mis padres por obligación del trabajo no era bueno a nivel de amigos, de relaciones y yo comprendí perfectamente que mis hijos cuando eran unos adolescentes pues no les apetecía irse a Madrid y no me fui a Madrid claro y me costó mi matrimonio.

¿Te separaste?

Sí, me separé después.

En todo este caminar de tu vida te has ido más o menos acomodando ¿Dónde te has sentido mejor o peor?

Yo donde me he sentido mejor realmente ha sido en Valencia, bueno en París me gustaba estar, claro París también me gustó pero por la época de estudiante, fue mayo del 68, también toda esa época fue una época bonita. Pero donde realmente me he encontrado bien ha sido Valencia. De hecho estuve a punto de casarme con un francés y le dije a mis padres “no, yo me casaré con un español” y me casé con un español, mi hermana se ha casado con un francés, yo no.

¿Y viven Francia?

Sí.

¿Qué es lo que más has valorado de vivir en Valencia?

La familia, la familia. Toda la familia de mi padre, de mi madre, están aquí, íbamos de sitio en sitio y no teníamos familia, éramos los cuatro, mi padre, mi madre, mi hermana y yo y sin embargo aquí pues está toda la familia que tenemos alrededor.


Me comentabas que durante toda la época de Francia siempre tuviste o tuvieron relación con la gente del exilio, con gente republicana. ¿Había grupos dónde ibas? ¿Asistías a eventos?

No yo no, gente que recibieran mis padres en casa sí, después cuando estuve en la facultad sí que tuve relación con gente.

¿Más joven no tenías relación?

Más joven no, directa no, algunos amigos de mis padres del exilio, como el hijo de Valera que era amigo mío, gente así sí, pero ya de más mayor. De pequeñas yo recuerdo los amigos de mis padres que venían a casa a comer, a cenar.

¿Ya en París ya tenías más interés por tener relación con el exilio, dijéramos?

Sí. En París es que claro, primero, sobre todo, a partir del 67, que fue cuando el que fue después mi marido vino a París, y en el colegio de España era un hervidero de gente de izquierdas, es a través de esta gente más que nada que he tenido más contacto que a través de mis padres.

¿Desde que venías de pequeña entonces siempre has conocido el lugar donde nacieron tus padres?


¿Y siempre has sido la francesa o has dejado de serlo?

Se sigue arrastrando eso, se sigue arrastrando eso y cuando me dicen la francesa yo digo “no, mira perdona yo soy el producto del franquismo en el exilio”, pero yo soy francesa de papeles y es verdad soy francesa de papeles, soy funcionaria francesa, ha sido la suerte del exilio, de mis padres que me ha permitido eso, pero soy española, soy española ante todo, aunque la abuela era francesa por parte de mi padre.

¿Cómo ha influido en tu vida y en tu forma de actuar el hecho de ser hija del exilio?


¿Y en tu forma de actuar, de ser, crees que eres diferente a mucha gente, de cómo la ves actuar y la forma en que tú actúas?

¿Ser diferente? No, eso es tener un carácter, yo no creo que el hecho de ser hijo o hija de  exiliados políticos haya influenciado en mi forma de ser o de reaccionar, la forma de reaccionar es mi carácter, un poquito jodidito, pero es mi carácter. La rebeldía no me viene por el hecho de ser hija de republicanos.

No, ¿de qué te viene?

Yo creo que es familiar, es un atavismo

¿Has fomentado esa forma de ser a tus hijos?

No. Yo no he fomentado nada a mis hijos, en este sentido. Tengo que decirte que me casé con una persona de una familia monárquica, entonces era difícil influenciar mucho en mis hijos en un entorno que hubiese podido volverse hostil, no lo fue, porque fui muy bien acogida por esa familia. Pero no puedes influenciar cuando hay dos ideologías un poco diferentes.

¿Qué piensas de la memoria histórica?

Como tú comprenderás con un padre que condenaron a muerte, que pudo escapar, un tío fusilado por Franco a los 33 años, por suerte mi abuela, mi prima y mi padre sabían dónde estaba el hermano, sí, el hijo, dónde estaba enterrado, por suerte entre comillas claro está.

Yo creo que tienen derecho todos a saber dónde están sus muertos que han desaparecido, tienen derecho, tenemos derecho a que la memoria de nuestros padres de lo que han hecho por ideas, sean rehabilitados. Me parece que es importantísimo, no se trata de únicamente la memoria de las izquierdas, pero también hay gente de derechas que ha desaparecido y tienen derecho a saber dónde están. Pero como los que fusilaron están de nuestro lado también consideró que la memoria histórica es la rehabilitación de esta gente.

¿Quieres añadir algo más?

No

Muchas gracias


miércoles, 1 de noviembre de 2017

Café republicano en la calle del exilio en México.-a

El Café Villarías, en el centro de Ciudad de México, es el recuerdo de la España republicana que nunca fue. El negocio, fundado en 1942 por refugiados originarios de Santoña, sobrevive en la calle que los exiliados españoles hicieron suya.




 14/04/2019
La primera vez que Leoncio Villarías pisó México tenía 18 años y los últimos dos los había pasado haciendo las maletas, desde que en 1938 tuviese que exiliarse de Santoña ante la llegada de las tropas franquistas. De Santoña a Barcelona. De Barcelona a San Juan de Luz (País Vasco francés). De San Juan de Luz a Nueva York. De Nueva York a Veracruz, primer destino mexicano antes de llegar a la capital. Su ficha migratoria, fechada en julio de 1940, lo describe como un hombre de metre setenta y cinco de altura, moreno, ojos marrones, obrero en la empacadora familiar y con conocimientos de francés.
Ese era el Leoncio Villarías recién exiliado, el que no militaba en partido político alguno pero que, a pesar de todo, se vio forzado a escapar junto a su padre, del que heredó el nombre; su madre Juliana y sus hermanos Juan, Puerto, Ignacio y Julián. Este año se cumple el 80 aniversario de un éxodo, el de los republicanos que escaparon de la represión franquista, que se cobró miles de muertos en España.
La primera vez Leoncio Villarías pisó España tras casi cuatro décadas de exilio tenía 53 años, era un hombre hecho y derecho, casado y con dos hijos, con pasaporte mexicano y dueño de un negocio de venta de café ubicado en la calle de López, en el centro histórico de la ciudad de México.
Ese era el Leoncio Villarías forjado en la distancia, mexicano por convicción, agradecimiento y despecho, e involucrado en todo tipo de actividades vinculadas a la España que le habían robado.
Cuenta su hija, Sara, que Leoncio no regresó a España hasta que Franco estuvo muerto. Sería diciembre de 1975, un mes después de que el dictador falleciese en la cama de su palacio. Que cuando se identificó en el aeropuerto de Barajas con el pasaporte mexicano, el de adopción, un guardia le preguntó que, siendo español, por qué utilizaba otro documento. “Porque yo a España no le debo ni esto”, respondió el hombre. Eran tiempos de esperanza pero que en el exilio mexicano ya se analizaban con preocupación. Villarías y otros compañeros siempre sospecharon que la llamada Transición a la democracia tenía mucho de intercambio de cromos, de quítate tú para ponerme yo. De un rey, Juan Carlos de Borbón, nombrado por el mismo dictador que les había obligado a vivir durante casi 40 años fuera de casa.

Leoncio Villarías falleció en 2005. La venta de café, el negocio que heredó de su padre en el exilio, sigue en pie. Ahora lo gestionan su viuda, su hermano Diego y su hija, además de ocho empleados que despachan, a empresas y particulares, café de Chiapas, de Puebla, de Veracruz, de Guerrero. En las paredes, tricolores y símbolos republicanos que mantienen el recuerdo de la España que nunca llegó a ser.

El miedo a una Francia nazi

En el 38 tuvieron que dejar Santoña y se fueron a Barcelona. Tenían una conservera”, dice Sara Villarías, historiadora de formación, pero también la tercera de la saga que se hace cargo de la expendedora de café. A su alrededor, en las dependencias del negocio, ir y venir de empleados. Cargan sacos de café. Muelen los granos. Limpian el suelo. El uniforme está compuesto por una camisa azul oscuro, pantalones beige y el delantal. En los brazos, dos banderas, discretas pero inconfundibles: en la derecha, la mexicana, con su verde, blanco y rojo. En la izquierda, la republicana, con su rojo, amarillo y morado.

En realidad, la familia Villarías no tenía una especial significación política. Solo un tío de su abuelo, llamado Gregorio, tenia militancia republicana. De hecho, estuvo afiliado al Partido Republicano Radical Socialista, una formación que solo existió entre 1929 y 1934, cuando entró a formar parte de la Unión Republicana, y también participó en el Partido Republicano Radical Socialista Independiente. Quizás su papel más relevante fue al frente de milicianos que impidieron que el golpe de Estado del 36 triunfase en Santoña y llegó a ser gobernador de Burgos. Son suficientes pecados para que los sublevados no le perdonasen, ni a él ni a su familia. Había comenzado el exilio.
“Se quedaron dos años en San Juan de Luz, una fábrica que enlataba sardinas. Estuvieron ahí en lo que ahorraban para poder sacar un boleto para los vapores que salían hacia Nueva York”, dice la joven, que tiene dos tesis analizando el discurso del Centro Republicano de México, una durante la dictadura y otra al llegar la transición. Ahí en San Juan de Luz le pilló a la familia VIllarías el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El miedo a una Francia completamente controlada por los nazis les llevó a embarcarse hacia Estados Unidos. Lo hicieron a bordo del De Grasse, que los llevó hasta Nueva York. El trayecto lo realizaron con una mano delante y la otra detrás. Según relata Sara, al escapar de Santoña guardaron en una maleta las joyas familiares. Pero uno de los hermanos la perdió en el camino. Así que alcanzaron el nuevo mundo pobres de solemnidad. Así sería como alcanzaron Veracruz, el primer estado mexicano al que llegaron en tren desde Nueva York. No duraron mucho. Finalmente, la familia se estableció en la Ciudad de México. 
Ahí, en 1942, nace el Café Villarías, en la misma esquina en la que se encuentra actualmente.

Esta fue la calle del exilio español, por trabajo o por vivienda”; dice la Sara Villarías. Recuerda que sus abuelos y sus padres se instalaron en el número 82. Unos metros más adelante, en dirección hacia el palacio de Bellas Artes, se encontraba el Centro Republicano, que funcionó hasta el año 2000. La calle López, que es como se llama, tiene una placa en la que la rebautiza como “calle del exilio español”.
La cafetería es uno de los vestigios de aquellos tiempos. Al entrar, a la izquierda, aparece el escudo del consulado republicano. Se trata de un círculo enorme, colgado en la pared, a la altura de las escaleras. “Consulado General de la República Española”. Casi nada. El interior del local tiene el encanto de lo antiguo sin resultar apolillado. Un enorme cartel con imágenes de Leoncio, de Santoña, del exilio, preside el local. En la esquina superior izquierda, el escudo de la antigua conservera, con tres sardinas entrelazadas. En la esquina superior derecha, el escudo de la actual cafetería, en el que las sardinas han sido sustituidas por granos de café.

“Este era un café con otra marca, en el año 42. Mi abuelo cogió el traspaso”, dice Sara, que explica que aquí trabajaron, en un primer momento, su abuelo, su padre y su tío Juan. Era un lugar efervescente la calle del exilio español. El Centro Republicano se encontraba en el número 60 y muchos de sus miembros pasaban por la cafetería antes de acudir a las reuniones. “Tenían un periódico que se llamaba El Boletín”, explica la joven, “en el que publicaban sus ideas sobre la dictadura franquista y sobre la transición”.

Fueron años de mucha intensidad. En Jiquilpan de Juárez, estado de Michoacán, construyeron una escuela. Este es el municipio de donde es originario Lázaro Cárdenas, el presidente que mexicano que abrió las puertas a miles de exiliados españoles. Además, estaba la actividad del centro republicano, que conmemoraba cada año los 14 de abril. “Crecí yendo al 14 de abril, cantando el Himno de Riego en los Niños Héroes de Chapultepec (una parte del bosque de Chapultepec que conmemora la batalla entre México y Estados Unidos en el siglo XIX) y luego en el parque España”, dice.
La cafetería también fue un centro neurálgico del activismo. Desde aquí, explica Sara, se enviaban alimentos a Europa durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en una mesita todavía se conserva la máquina de coser con la que su abuela cosía los costales para realizar los envíos. Este negocio tiene una parte de cafetería y otra de museo histórico. La joven abre un cajón tras el mostrador y saca, plastificados, los albaranes de todos aquellos envíos. Papeles amarillos que en otro tiempo significaron bienes vitales a miles de kilómetros de distancia. 
Sara, que habla de su padre como a todo padre le gustaría que una hija hable de él, dice que este era un hombre “orgulloso”. Por eso no pidió nunca que le devolviesen nada de lo que le fue confiscado tras el triunfo fascista. Eso sí, recuerda que en sus últimos años paseaba por Santoña en los alrededores de la conservera que le habían arrebatado, como marcando el territorio de lo robado. Una vez, en México, se enteró de que la habían tirado. Una preocupación menos.

La llegada de la transición no fue lo que Leoncio y sus compañeros esperaban. Tanto tiempo debatiendo sobre cómo se había perdido la guerra, sobre qué harían cuando cayese el dictador, para que todos terminasen aceptando al tipo que este designó como sucesor. En efecto, Juan Carlos de Borbón. Eso fue un golpe para los exiliados, que desde el Centro Republicano mantuvieron una posición crítica. Sin embargo, Sara dice que su padre convirtió todo lo que le había ocurrido en agradecimiento a México, un sentimiento mucho más constructivo que el rencor.
Al morir Franco, Leoncio comenzó a viajar a España, a Santoña. Ahí conoció a Gloria Solana, tres décadas más joven que él, y que se convertiría en su mujer. 
Con la llegada de la Transición y después de que México reconociese el Gobierno español surgido después de que se aprobase la Constitución en 1978, la efervescencia republicana fue decreciendo. “Si tenía poca relevancia, a partir de ahí pierde todavía más y se convierte en una asociación cultural”, explica Sara Villarías.
Mi padre fue un exiliado republicano. Aun así, no fue un hombre de política, se dedicó toda su vida a defender la España que habían perdido”; recuerda su hija, mexicana, que aprendió a “querer a México desde pequeña” pero que siempre ha mantenido un fuerte vínculo con el exilio español. No en vano, todos los veranos los pasaba en España, con su padre, conociendo sus raíces. “Los lugares a los que me llevaba mi padre eran, por ejemplo, en Santander, el despeñadero donde tiraban a los rojos. Los lugares que conozco de España son porque mi padre me hacia una ruta que tenía que ver con su historia”, dice.
La España que encontraron exiliados como Leoncio no es la que habían soñado durante los largos años de extrañamiento forzoso. Sin embargo, Sara pone énfasis en la acogida mexicana, en los brazos abiertos de quienes los recibieron. Y establece un paralelismo con el momento actual, “ahora que tanta gente se está moviendo”, dice, en referencia a los flujos migratorios procedentes de Centroamérica y que atraviesan México con destino a Estados Unidos.
La historia de la República española fue cortada por un levantamiento fascista. En México, a miles de kilómetros, hay un café republicano donde se mezclan los recuerdos con la esperanza de la España que nunca fue. 

Juego de tronos y la política.-a ; Las 50 leyes del poder

vídeos sobre juego de tronos Las 50 leyes del poder para convertirte en El Padrino. 19/05/2023 El sociólogo, politólogo, escritor, podc...